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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¡Celebramos a Dios! Y celebramos que él se ha revelado a nosotros. Y celebramos su Nombre.
Homilía atri004a, predicada en 20110619, con 14 min. y 13 seg. 
Transcripción:
Tiene tanto contenido dogmático o doctrinal esta fiesta de la Santísima Trinidad, que a uno se le puede olvidar que se trata de una celebración. El contexto en el que nos encontramos es litúrgico y, por consiguiente, celebrativo. Y por eso cabe la pregunta finalmente, ¿Qué es lo que celebramos hoy? Una respuesta sencilla y bella es: Estamos celebrando a Dios. El motivo de nuestra alegría, la razón de nuestra vida, el principio de nuestra esperanza, la luz de nuestro camino, toda nuestra fuerza, todo lo que somos, tenemos, esperamos. Todo está en Dios. Entonces se puede decir que estamos celebrando a Dios. Pero también se puede decir, y es un poco más preciso, que estamos celebrando que Dios se ha dado a conocer y se ha dado a conocer interiormente y exteriormente. Interiormente Dios se da a conocer por su Espíritu. Exteriormente se ha dado a conocer en el Hijo. Entonces, a través del Hijo y del Espíritu, nosotros hemos reconocido al Padre Celestial. Y conociendo al Padre, y conociendo que ha enviado a su Hijo, hemos llegado a afirmar que el Hijo es Dios. Y conociendo al Padre y conociendo el don del Espíritu, sabemos que el Espíritu Santo es Dios. Pero lo que estamos celebrando es que Dios se ha dado a conocer y por eso el centro y fruto de esta fiesta es precisamente que nosotros lleguemos al conocimiento de Dios. Pero como se llama Solemnidad de la Santísima Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo, ese conocimiento de Dios significa conocimiento del Hijo y experiencia del Espíritu. Entonces, la manera correcta de celebrar a la Santísima Trinidad es conociendo más y más a Cristo y experimentando más y más al Espíritu. Hemos conocido del misterio de Cristo, especialmente por su Pascua, y hemos conocido, hemos tenido experiencia del Espíritu, especialmente por Pentecostés. Esa es la razón de la ubicación cronológica de esta fiesta Pascua y Pentecostés. El fruto de la fiesta es, de esta fiesta de la Trinidad. Es un amor renovado por Jesucristo, porque conociéndolo a Él conocemos al Padre, según le dijo Cristo a Felipe. Y el fruto de esta fiesta es una experiencia más profunda, más durable del Espíritu. Porque el mismo Cristo dijo El Espíritu os conducirá a la verdad completa. Lo que nosotros sacamos de esta fiesta, entonces, es un anhelo más profundo de conocer a Jesús y en él reconocer a Papá Dios. Pedir el don del Espíritu, Espíritu que nos hace hijos y que nos hace exclamar Padre. Eso es lo propio de esta fiesta de la Trinidad. Otra manera de ver la fiesta es con la palabra -Nombre-. Especialmente en este ciclo A, en el que nos encontramos, hay una insistencia en el tema del nombre, por lo menos en la primera lectura y en el Evangelio. En la primera lectura hay una revelación de Dios, lo cual va en consonancia con lo que hemos dicho, que esta fiesta de la Trinidad es la celebración de que Dios se ha dado a conocer. Una revelación que sucede ante Moisés, El Señor dice El texto del Éxodo, "Bajó en la nube, se quedó con Moisés allí. . . y Moisés pronunció el nombre del Señor". El momento místico fundamental aquí es: -Moisés pronunció el nombre del Señor- ¿Y qué sucede entonces? El Señor pasó ante Moisés proclamando: "Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia y lealtad". Hay varias cosas que destacar en esta escena tan profundamente contemplativa, tan hermosamente mística. La nube. Esta es la famosa nube de la gloria de Dios, la nube que al mismo tiempo indica presencia y oculta el rostro. La nube que es como una, como un hermoso símbolo. Es casi un sacramental en el Antiguo Testamento y también en el Nuevo. Esta es la nube de la transfiguración. Esta es la nube de la ascensión; cuando Cristo asciende a los cielos, dice ahí que una nube lo ocultó de su vista. Eso no quiere decir que en ese momento Cristo estaba a cinco kilómetros más o menos, ó a ocho kilómetros donde hay otras nubes. Las últimas nubes suelen estar como a esa altura. Esto no indica la altura a la que iba Cristo, sino indica esta gloria en la Ascensión. La presencia de la nube significa Cristo entra en la gloria. Entonces, fíjate, es la nube de la ascensión, es la nube de la transfiguración. De hecho, la palabra sombra que se utiliza en el pasaje de la Anunciación tiene el mismo sentido. La sombra, pues, es lo propio de quien va en el desierto y pasa la nube es el que está bajo la nube. Entonces, en el pasaje de la Anunciación, cuando se dice. . . -De la sombra del Altísimo-, quiere decir que ella entra como en esa intimidad y misterio glorioso de Dios. Esta también es la nube de Isaías en el templo. Está lleno del esplendor de la gloria de Dios, el templo. Pero en primer lugar, es la nube que acompaña al pueblo de Dios, una nube que es al mismo tiempo oscura y luminosa, oscura durante el día, lo suficiente como para que se vea, pero luminosa en la noche, nube misteriosa de Dios. Esa es la nube en la que está Moisés, es decir, la nube de su presencia y de su gloria. Y nos dice el texto sagrado "Moisés pronunció el nombre del Señor". ¿Qué quiere decir este pronunciar el nombre ahí? Lo hermoso de esta escena es que, si nosotros recordamos la historia de amor entre Dios y Moisés, todo empieza porque Dios pronuncia el nombre de Moisés. Allá en la zarza ardiente, Dios llama a Moisés. Y ese llamado de Moisés tiene una culminación cuando Moisés llama a Dios. En la soledad, en el desierto junto a la zarza, Moisés escucha su nombre, en la soledad, en la montaña, en la nube luminosa, Moisés llama a Dios. Es decir, lo que estamos encontrando aquí es como, la respuesta más íntima de Moisés. No es el simple llamar como cuando se está en un peligro o cuando se pide un milagro. No es el llamar de una interjección o de una intercesión. Este llamado ¿Qué es? Es como una apelación a lo íntimo del corazón del otro. Realmente hay un componente amatorio muy grande en esto, y eso hay que tenerlo presente. Como se sabe de la vida mística y contemplativa, precisamente en esa unión tan grande, ¿Para qué se pronuncia el nombre de la otra persona? Para llamar lo más íntimo de su corazón. Cuando dos personas, por ejemplo, marido y mujer, que se aman, que comparten su tálamo, cuando se llaman estando ya presentes, ¿Qué sentido tiene esa palabra? Pues esa palabra es una apelación al corazón, es una apelación a lo más íntimo de la otra persona. Entonces, lo que está sucediendo aquí es que, por una parte, Moisés está respondiendo del modo más pleno posible a su propio llamado. Llamando a Dios. Y por otro lado, Moisés está apelando a lo más íntimo, podríamos decir, al corazón de Dios. Y Dios entonces se revela ante él, se revela como compasivo, misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia y lealtad. Moisés quiere que ese momento no termine jamás. Es lo que sucede cuando hay verdadero amor. -Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros-. No quiere que termine ese momento. Con este contexto del nombre divino, podemos darle otra mirada al Evangelio. Dice Jesús: "El que cree -en Él, en el Hijo- no será condenado. El que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios". Es evidente que el nombre aquí es como el que carga la presencia de Dios. El nombre atrae y carga la presencia divina. Entonces podemos decir que en esta fiesta de la Trinidad estamos celebrando el nombre de Dios. Los Testigos de Jehová tienen un modo muy ingenuo, muy infantil, de mirar el nombre de Dios. Para ellos, el nombre de Dios es como descubrir que se llama -Onesíforo-. Por fin alguien dio con la palabra que nadie conocía. Apareció la palabra. Claro que esa palabra para ellos es la palabra Jehová, la cual palabra, como ya se sabe hace mucho tiempo, proviene de una mala lectura del hebreo. Es decir, ni siquiera corresponde a una manera correcta de leer el texto hebreo. Pero para ellos, para los Testigos de Jehová, el nombre de Dios consiste en eso, en descubrir como una secuencia de letras y sonidos que corresponde a Dios. Así como eso se llama libro. Eso se llama tapete. Eso se llama lámpara, o eso se llama cuadro. Éso se llama Jehová. Y no se dan cuenta de que ese es un empobrecimiento infinito de la trascendencia divina, porque al razonar de ese modo, están tratando a Dios como si fuera otro objeto dentro del universo, otro ser. Esta se llama Aurora. Este se llama Nelson. Este se llama Pilar. Este se llama. . . y entonces este se llama Jehová uno más. Es un empobrecimiento infinito. Cuando decimos que celebramos el nombre de Dios, no decimos que estamos celebrando que por fin encontramos. Alguien por fin descifró que el verdadero nombre es Onesíforo u Onesiforo o como se diga. No, eso no es lo que hemos encontrado. Lo que hemos encontrado es que la intimidad divina, lo más profundo de Dios, se ofrece a nosotros. Ha abierto un camino, hay un camino abierto, y ese camino abierto es el que encontramos en la revelación que pasa por Moisés y que pasa por el nuevo Moisés, que es nuestro Señor Jesucristo. Resumen: ¿Qué estamos celebrando hoy? Estamos celebrando a Dios, estamos celebrando que Dios se ha dado a conocer y estamos celebrando el nombre de Dios.

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