Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La fiesta de la Santísima Trinidad nos recuerda ante todo que al Hijo y al Espíritu los hemos recibido de Dios nuestro Padre.

Homilía atri003a, predicada en 20110619, con 4 min. y 31 seg.

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Transcripción:

Feliz domingo.

Este es el Domingo de la Santísima Trinidad. Yo creo que vale la pena ver cómo se relaciona esta fiesta con lo que hemos tenido antes y con lo que vamos a tener después. Acuérdate, el corazón de nuestra fe es la Pascua, muerte y resurrección de Jesucristo. ¿Cuándo celebramos este acontecimiento central? En la Semana Santa. Por eso nos preparamos a través de un camino que se llama la Cuaresma. Y por eso, después de la gran Vigilia Pascual, que es la fiesta central, que es el corazón de nuestra liturgia y de nuestra fe, después tenemos lo que se llama el tiempo pascual. Y ese tiempo pascual sirve sobre todo para celebrar a Jesús, para gozarnos en el señorío de Cristo.

Pero como eso, no puede quedar únicamente en recuerdo, entonces ¿el señorío de Cristo, cómo se va hacer presente en nuestra vida? A través del don del Espíritu Santo, porque el Espíritu es el que nos hace semejantes a Jesucristo, El Espíritu Santo es el que nos permite participar de la misma herencia de Cristo, El Espíritu Santo es el único que nos concede decir esa palabra, la palabra Abba, la palabra Papá Padre, la palabra que el mismo Cristo utilizó para dirigirse a Dios, su Padre.

El Espíritu, el Espíritu Santo que ungió a Jesús, viene a nosotros y desde nosotros, desde lo más profundo de nuestro ser, desde esa región tan íntima que ni siquiera tiene nombre en nuestras propias vidas. Desde ahí, desde las entrañas de nuestro ser, hace brotar una oración purísima, una oración que es concorde plenamente con aquello que pronunciaron los labios de Jesucristo, el Padre Nuestro.

Entonces por eso el tiempo pascual tiene como esos dos centros de gravedad, al mismo tiempo, estamos recordando la victoria de Cristo y preparando la efusión del Espíritu, es decir, la fiesta de Pentecostés, esa es la fiesta hermosa que tuvimos el domingo pasado. Pero fíjate lo que hemos dicho del Espíritu: que el Espíritu Santo que ungió a Jesucristo viene a nuestros corazones para que nosotros oremos, vivamos y actuemos como Jesucristo, reconociendo a Dios Padre. Ahí está la Trinidad y ese es el misterio que celebramos hoy.

Está el Espíritu que viene a nosotros, está Cristo que nos enseña y está el Padre Celestial, de quien procede Cristo y de quien procede el Espíritu. El Padre celestial es la fuente de donde hemos recibido toda bendición. Por eso los Padres de la Iglesia, antiguos y santos predicadores, hablaban del Hijo y del Espíritu como las dos manos, los dos brazos de Dios Padre. Papá Dios nos abraza con el Hijo y con el Espíritu y nos acerca a su corazón. Y ese abrazo paterno, ese abrazo vital del Espíritu, eso es lo que nosotros queremos celebrar, ese abrazo vital que es del Espíritu y que es de Cristo, pero que tiene su fuente en el Padre.

Ese abrazo de nuestro Padre Dios que nos recoge, que recoge todo nuestro ser, que recoge nuestros anhelos más profundos, que recoge nuestras esperanzas más íntimas, nuestras alegrías más puras. Eso celebramos en esta hermosa fiesta de la Santísima Trinidad.

Y por eso yo quiero destacar aquella frase que está en la conclusión de la segunda Carta a los Corintios. . . Eso es allá, en el capítulo 13, cuando dice el Apóstol San Pablo: -La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios nuestro Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes-. Ahí está la Trinidad, ahí está el misterio de Dios, para que lo recibas, para que lo vivas, para que lo abraces.

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