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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Confianza y cercanía con Dios.
Homilía atri001a, predicada en 20020526, con 8 min. y 52 seg. 
Transcripción:
Celebramos a Dios; es el motivo de nuestras reuniones, Él, quien nos reúne siempre. Toda liturgia es una alabanza. Es culto que tributamos en razón de justicia al Dios grande, al Dios santo, al Dios bueno. El culto, la liturgia, sale de nuestro corazón que ha sido bendecido por Dios para bendecir a Dios. Y por eso la liturgia nos invita siempre a entrar en la esfera de Dios, es decir, entrar en el pensamiento de Dios, entrar en los planes de Dios, entrar en el poder de Dios. Esto es siempre así, pero guiados por las lecturas que acabamos de escuchar hoy estamos recordando ese misterio grande. El misterio de la Santa Trinidad, es un misterio que celebramos todos los años y se le ha llamado la fiesta de Dios. Es la celebración de Dios por excelencia, el misterio de su mismo ser. Lo tenemos todos los años, pero cada año tiene como un énfasis distinto. Nosotros recordamos que los domingos en la liturgia nuestra de la Iglesia Católica tienen como un ciclo. Por ejemplo, estamos en el ciclo A, en el ciclo A la mayor parte de las lecturas del domingo vienen del Evangelio de Mateo. Luego vendrá el ciclo B, donde el énfasis está en San Marcos. Luego el ciclo C en que vienen las lecturas de San Lucas. Y luego vuelve a empezar A, B y C. Cada año tiene su propio énfasis. En cuanto al Evangelio de Juan, lo escuchamos especialmente en el tiempo pascual. Entonces tenemos dos cosas claras, que la liturgia es un acto de adoración que nos eleva hacia Dios, que nos hace entrar en la esfera de lo divino y que estamos celebrando hoy particularmente la fiesta de Dios. Desde la perspectiva del ciclo A. ¿Y las lecturas de este ciclo, qué tienen de particular? ¿A dónde nos conducen? ¿Qué nos enseñan? Yo creo que nos invitan a mirar como ese contraste tan hermoso entre la grandeza de Dios y la cercanía de Dios. Fíjese que en la vida humana estas dos cosas suelen estar separadas. Es decir, lo que es grande queda alejado y lo que es cercano, pues es pequeño y casi sin importancia. La gente grande la vemos pocas veces, casi nunca podemos hablar con ellos. Las grandes fortunas, pues, seguramente están lejos de nuestro país y de nuestras familias. Los grandes planetas están muy lejos. Lo grande está lejos. Y si miramos a las cosas cercanas, pues las cosas cercanas son las cosas de la vida de cada día. Y bien se ha dicho que ninguna persona parece tan grande cuando se le conoce suficientemente cerca. Eso pasa incluso en el matrimonio. Un hombre, cuando conquista a la mujer, le parece que es como una estrella inalcanzable. Y precisamente por eso se habla de conquista, porque es como la búsqueda, como el ascenso a algo que parece casi imposible. Pero a veces, cuando ya pasa el tiempo del matrimonio, teniéndola ahí cerca, como que los ojos ya no permiten reconocer la grandeza de esa mujer y ese que parecía como un astro inalcanzable, como una maravilla, ya teniéndola todos los días, o ya teniéndolo todos los días, ya no parece tan grande. Por eso digo que lo grande y lo cercano no suelen ir juntos. Casi siempre lo grande parece lejano y casi siempre lo cercano parece pequeño. Por eso las lecturas de hoy nos traen una gran enseñanza. Dios es a la vez grande y cercano. Y esto es lo que conmueve el corazón de Moisés en la lectura que hemos oído. El Dios que conduce a Moisés a una experiencia espiritual única, lo que se llama una teofanía, una manifestación de Dios, una experiencia intensa de Dios. Eso es lo que tiene Moisés. Pero esa experiencia grande, lo que Dios pronuncia al corazón de Moisés, es: "Soy compasivo, soy misericordioso". El Dios grande que sabe, sin embargo, abajarse, que llega hasta nuestra miseria, que no se avergüenza de llamarse Dios nuestro. Y algo parecido está en la segunda lectura, la que hemos oído de la segunda carta de Pablo a los Corintios. ¡Qué grande el misterio de Dios! Y sin embargo, nos dice Pablo: "El Dios de la paz estará con vosotros". Y da una serie de señales de cómo es la presencia de Dios en la comunidad. Y las señales que da Pablo no son multiplicación de grandes milagros ni prodigios infinitos, sino cosas elementales. Mira cuáles son las señales de la presencia de Dios: "Alegraos, trabajad por la perfección, animaos, tened un mismo sentir, vivir en paz". Cosas tan elementales casi no aparecen ni milagros. Ahí, en eso tan sencillo, pero tan profundo en esa caridad, en esa alegría, en esa búsqueda de la perfección, en ese darnos ánimos los unos a los otros. Ahí está Dios. El Dios grande, el Dios infinito, ahí, en medio de las cosas elementales, de las cosas sencillas. Y en el Evangelio la enseñanza es parecida. El misterio de Dios que en tiempos de aquellos judíos de la época de Cristo, ni siquiera se pronunciaba. Cuando un judío llegaba. Y algunos sostienen todavía esa piadosa costumbre, llegaba al nombre de Dios que se abrevia en las cuatro letras y, h, w h pronunciadas Yavé. Usualmente no decían Yavé, sino decían el Señor, o decían el Altísimo. Ni siquiera pronunciaban el nombre de Dios por un respeto infinito ante su presencia. Y ese Dios impronunciable, ese Dios que casi parece inaccesible, como nos dice la carta de Santiago ese Dios es el que ama al mundo y que llega al extremo de entregarle a su Hijo único para que quien cree en Él no perezca. Es una manera muy linda de descubrir a Dios. Dios es grande, tan grande para llenarnos de admiración. Y Dios es cercano, tan cercano para llenarnos de confianza. Y el corazón verdaderamente cristiano sabe vibrar en estas dos frecuencias; una gran confianza con Dios y una profunda, una infinita admiración al misterio de Dios. Que estas reflexiones nos ayuden a vivir con mayor intensidad esta fiesta, este momento litúrgico, y nos ayuden también a entregar nuestra vida al Señor. Precisamente porque es grande, lo merece todo de nosotros. Y precisamente porque es cercano, no desprecia ninguno de nuestros dones.

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