Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

San José aparece como modelo del verdadero padre y esposo, que es cabeza del hogar, pero no buscando provecho para sí, sino el bien de todos.

Homilía asfa008a, predicada en 20101226, con 16 min. y 44 seg.

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Transcripción:

Es muy hermoso ver cómo en el plan de Dios cada uno de nosotros tiene su lugar. José, por ejemplo, destaca mucho en el Evangelio de hoy, como aquel, que tiene que tomar las decisiones, tiene que llevar el timón de la barca. Y creo que esa es una buena ocasión para que recordemos el papel que debe tener el hombre en la familia.

A mí me parece que de las cosas que hace más daño en la sociedad actual es que nosotros, los hombres, hemos perdido la brújula; creo que no tenemos claro nuestro papel y hay mucha confusión sobre esto. La Biblia, en cambio, nos dice dos veces en los textos de hoy qué es lo que debe ser el hombre. Y son textos un poco difíciles de predicar, pero no por eso los vamos a tachar de la Biblia.

Dice el apóstol San Pablo en su carta a los Colosenses, dice -que los hombres tienen que ser cabeza de la mujer y dice, la mujer debe ser dócil al marido, pues el Señor así lo quiere, los maridos deben amar a las mujeres y no tratarlas con dureza-. Y en el Evangelio ya dijimos es José el que tiene que tomar estas decisiones, es el que tiene que llevar el barco.

Con la ayuda del Espíritu Santo, tratemos de descubrir o de volver a descubrir el papel que el hombre tiene en la casa. Y lo primero será decir lo que ¡no! debe ser el hombre en la casa. El hombre no debe ser un tirano, porque dice el texto de San Pablo a los Colosenses -que no deben tratar con dureza a la mujer- y tratar con dureza, se refiere no solamente a los golpes, se refiere también a las palabras, a las humillaciones, se refiere también a las veces en que el hombre mira a la mujer sencillamente como un objeto. Con los objetos somos duros.

Yo, por ejemplo, nunca le pregunto a un cojín si le parece bien que yo me siente encima de él. El cojín lleva del bulto o lleva el bulto según el caso. Yo el cojín no le hago preguntas, yo dispongo de él y en ese sentido hay una dureza que es volver a las personas como objetos.

Entonces el hombre, el hombre no puede ser un tirano en la casa. Hay otro texto de San Pablo que también nos ilustra en esto. Dice: -Así como Cristo amó a la Iglesia, así el hombre tiene que amar a la mujer-, es decir, que el hombre tiene que ser al mismo tiempo un líder y un servidor. El hombre tiene que ser el primero, primero en todos los sentidos de la palabra, primero para tomar una decisión, pero primero también para servir primero para orar primero para dar ejemplo, primero para amar. El hombre tiene que ser el primero que determina, el primero que resuelve y el primero que parte para la Eucaristía dominical. Ese es el papel del hombre.

El hombre, idealmente, ha de ser el primero que toma, por ejemplo, el Rosario en la casa y dice: Vamos a rezar a tal hora el Rosario, vamos a tener esta oración en la casa. Cuando se sirven los alimentos, el hombre ha de ser el primero que da gracias a Dios. Cuando hay problemas, cuando hay tensiones, que siempre las hay en todos los hogares, el hombre tiene que ser el primero que trae una palabra de sabiduría y de paz. Ser hombre es ser el primero, pero ser el primero en todo, en todo: El primero en perdonar, el primero en traer sabiduría, el primero en devolver la paz, el primero también en resolver lo que es mejor para la familia. -Este es el verdadero valor del hombre-, esto es lo que significa ser un hombre de valor.

Y yo he encontrado a lo largo de mis años de servicio sacerdotal y de mis años de vida, que esta clase de hombre le fascina a la mujer. Y esto es lo que la mujer realmente espera del hombre. A la mujer no le molesta que el hombre tome decisiones, lo que le molesta es que tome decisiones solo para su propio provecho. A la mujer no le molesta que el hombre vaya de primero, le molesta que únicamente piense en sí mismo. Es el egoísmo del hombre, es la arrogancia del varón, es la dureza del esposo. Eso es lo que duele a las mujeres.

Pero que el hombre sea primero no es problema si va a ser primero en todo. Por eso, una primera enseñanza que tenemos que sacar el día de hoy es, que necesitamos volver a encontrar lo que significa ser primeros.

Ya dije que San Pablo compara el matrimonio cristiano con la relación entre Cristo y la Iglesia, y esto explica también el papel que tiene que, Cristo sea un varón. Cristo está casado con una dama que es la Iglesia. Cristo tiene su esposa, que es la Iglesia. En la tradición bíblica y en la experiencia humana, las multitudes son siempre femeninas. Ustedes jamás encontrarán en la Biblia un pasaje donde Dios haga el papel femenino y el pueblo haga el papel masculino.

Siempre en la Biblia, cuando se habla del amor esponsal entre Dios y su pueblo, el pueblo es la parte femenina. Por eso se habla de la hija de Sión; esa no era una mujer. Es un modo de referirse a todo el pueblo, al pueblo de Israel, porque las muchedumbres, las multitudes, son básicamente femeninas.Hay una relación maravillosa, mística, profunda, que tomaría demasiado tiempo explicar aquí entre el ser multitud y el ser mujer. Baste con decir este descubrimiento de la neurología reciente y ustedes lo conocen también por experiencia.

Las mujeres tienen una gran capacidad de lo que se llama en informática procesamiento paralelo. Una mujer puede tratar varios temas, varias realidades y seguir varios procesos al mismo tiempo. En general, los varones somos muchísimo más limitados en eso. Nosotros no trabajamos en paralelo, sino que trabajamos en serie. Es decir, primero una cosa, luego otra, luego otra y luego otra. A los hombres, a los varones nos cuesta demasiado trabajo atender a varias cosas al tiempo. En las mujeres, en cambio, es mucho más espontáneo eso. Una mujer es como una multitud y puede atender muchas cosas a la vez... Incluso el cerebro femenino es distinto. El cuerpo calloso, que es el nombre que tiene esa parte del cerebro que une los dos hemisferios, es muchísimo más grueso, denso e interconectado en la mujer que en el hombre.

Por eso parece, hay una base neurológica que permite a la mujer ser una multitud y tratar las cosas de manera paralela; es decir, al mismo tiempo muchas cosas. Los hombres no. Por eso también la comprensión del lenguaje de la mujer es asombrosa. Desde niña, la mujer tiene una tremenda capacidad de unir distintas percepciones, de unir torrentes de información que llegan por distintos canales y convertir todo eso en un solo mensaje. La mujer es como una multitud. Cada mujer es como una multitud y las multitudes también, entonces son como mujeres.

En la Biblia el pueblo siempre se compara con una mujer, no con un hombre. En la Biblia, cuando se habla de relación de amor entre Dios y el pueblo, la parte femenina siempre es el pueblo. Esto explica hasta cierto punto, en cuanto a esas materias pueden ser explicadas, por qué Cristo es varón y por ahí derecho explica también por qué Cristo escogió varones y por ahí derecho también explica por qué los sacerdotes somos varones.

Resulta que nosotros tenemos que hacer el papel del esposo y la Iglesia tiene que ser la esposa. Es decir, que un buen sacerdote tiene que ser para su comunidad lo que el esposo es para la esposa. El esposo tiene que ser para la esposa? líder en todos los sentidos, también en el amar y en el servir. Dice San Pablo: -Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella-. El sacerdote tiene que amar a su comunidad y entregarse por ella. El esposo tiene que amar a la esposa y entregarse a ella. Ese es el papel. Ese es el orden, querido por Dios. Entonces el sacerdote tiene que vivir como el esposo con la esposa y tiene que ser fiel a su comunidad y tiene que cuidarla y tiene que liderarla. No es que el sacerdote sea el único testigo de Jesucristo, ¡no!, Todos tenemos que ser testigos de Cristo; pero el sacerdote tiene un papel particular. El sacerdote representa a Cristo en cuanto cabeza, y eso lo representa en la vida de la comunidad y lo representa entonces, en consecuencia, también en la Eucaristía, en la Eucaristía, el sacerdote está representando a Cristo Cabeza. Por eso la Eucaristía la debe presidir el sacerdote, y por eso también el sacerdote es un varón.

Pero lo mismo que dijimos de la familia, hay que aplicarlo a la Iglesia. A las mujeres no les molesta que el hombre sea el número uno, les molesta es que sea el número uno que solo piensa en sí mismo, les molesta que sea el número uno lleno de arrogancia, lleno de vanidad, lleno de agresividad, eso es lo que le molesta a la mujer, no que él sea el número uno. Una mujer se siente feliz de que su esposo sea el número uno y sentirse ya casada con el número uno; si ese número uno es fiel a ella, amoroso con ella, detallista con ella, si ese número uno la prefiere a ella, la escoge a ella, la honra, la quiere, la protege, la mima., ¡Esa mujer es feliz!, y se siente feliz de tener esa calidad de esposo.

A ninguna mujer le gusta tener por esposo a un mequetrefe, un tipo que no pinta nada, un tipo que no vale nada. Esa no es felicidad para la mujer, tener de esposo un don nadie que lo lleva a cualquier parte que lo maneja, no le gusta a la mujer; por eso algunas mujeres hacen incluso como una especie d?e buen humor de su situación y dicen que tienen un hijo más. Es decir, -toca organizarle la vida a los hijos y también a otro hijo grande que me salió después de vieja, refiriéndose así al esposo-. Pero esa no es la felicidad de la mujer. A la mujer le gusta, por supuesto, su vocación materna; pero una cosa es ser mamá y otra cosa es ser esposa.

Entonces, si el esposo no tiene liderazgo, la mujer no está contenta porque quiere decir que el esposo se le volvió otro hijo, que toca resolverle la vida también. Entonces ella se siente madre soltera con un hijo grande, problemático. Como me decía una señora cuando se pensionó el esposo: padre, ¿yo qué hago que mi esposo desayuna y queda libre?. Sentía que tenía que organizarle la vida al esposo todo el día, es decir, lo mismo que al niño hay que ponerlo a hacer planas, a jugar con plastilina, que vaya al parque, a que regrese del parque, que se tome la sopa... lo mismo toca hacer con el esposo. Pero esa no es la felicidad de la mujer. Una mujer para sentirse feliz, si esa es su vocación de hogar, quiere ser no solamente mamá, sino -esposa-. Y debe haber alguna diferencia entre las dos cosas, ¿no?.

Y esa diferencia consiste en que mi esposo es el número uno. Mi esposo es el que sabe para dónde van las cosas, pero no mira sólo por sí mismo, sino que mira por mí, porque me ama, porque me prefiere y porque quiere guiar esta barca. Así como la esposa no se siente disgustada cuando el esposo es el número uno. Si es un número uno en humildad, en amor y en servicio, así también la Iglesia se siente feliz cuando encuentra sacerdotes que sean número uno.

La gran felicidad de una parroquia es que el sacerdote sea santo, que sea el número uno, que sepa muchísimo, que sea inteligente, que sea líder con los jóvenes, que sea un buen predicador, que sea un tipo que emprende obras y las saca adelante, pero que no vaya a ser egoísta, que no vaya a ser arrogante, que no vaya a ser despectivo con los demás. ¡Ve!

Entonces hay una relación también de familia dentro de la iglesia. La solución de los problemas de la iglesia no es que empecemos a ordenar mujeres o empecemos a poner laicos a presidir la Eucaristía, como han sugerido tontamente algunos que creen que tienen muchos estudios. Así como la solución del matrimonio no es que empiecen a casarse mujeres con mujeres, así también la solución en la iglesia no es que empecemos a ordenar mujeres. La solución en la Iglesia es que los sacerdotes reconozcan en su ser biológico y en su historia particular de salvación el paso de Dios y sean ¡¡Cristo para la Iglesia!!. Y la solución para el matrimonio no es que empiecen a casarse mujeres con mujeres, sino que los hombres descubran su propia vocación y aprendan a ser el número uno en todos los sentidos. Y entonces la mujer es feliz y entonces el hogar es un remanso de paz y el mismo hombre se siente feliz también de cumplir su vocación. Y la Iglesia también es feliz y el sacerdote se siente contento de ejercer su vocación. Las cosas como Dios las pensó, fueron muy bellas. Dios pensó nuestras vocaciones muy bien pensadas.

Hoy tenemos que pedir a Dios entonces dos cosas: Primera, en el espíritu de esta reflexión que hemos compartido, primera, que los hombres, los hombres, recuperemos nuestra conciencia del ser masculino, la hermosura de lo que significa ser mujer, que nosotros sepamos lo que eso quiere decir y que nosotros sepamos entonces cuál es el papel nuestro con respecto a la mujer. Y eso vale para todos. Eso vale también para el sacerdote. El sacerdote tiene que descubrir su condición de hombre y tiene que descubrir el ser femenino de la Iglesia, tiene que descubrirlo y tiene que amar a la Iglesia como el esposo ama a la esposa. Eso es lo que tiene que hacer el sacerdote.

Por eso necesitamos que nuestros sacerdotes sean bien hombrecitos ¡claros en su masculinidad!. Nosotros no necesitamos sacerdotes que sean simplemente grandes líderes sociales o que sean simplemente gente muy espiritual; si eso no va unido a las características propias del ser masculino, porque cuando a uno lo ordenan sacerdote, lo ordenan todo en todo su ser, que incluye todo su cuerpo, todo mi cuerpo ha sido ungido sacerdote. Entonces las intenciones son dos. Primera, que los hombres redescubran su vocación y en eso pueden ayudar mucho las mujeres, por supuesto. Y segundo, que Dios nos regale iglesias santas con sacerdotes santos para que seamos verdaderamente la familia de Dios.

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