Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las familias cristianas deben ser como la familia de Jesús.

Homilía asfa004a, predicada en 20011230, con 16 min. y 45 seg.

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Transcripción:

La familia de Jesús, de acuerdo con la lectura que acabamos de escuchar, padeció algunos de los dolores, algunos de los sufrimientos que también están padeciendo familias nuestras en este tiempo. La violencia sacó corriendo a José con su familia. Sabemos en qué situación de pobreza nació nuestro Señor Jesucristo. Y así, pobres y todo, una nueva amenaza se cierne sobre Jesús y es necesario huir.

Un cuadro, que lamentablemente vemos repetido en nuestro país. Familias que tal vez de noche, como le tocó a Jesús, tienen que huir. A esas familias nuestras las llamamos los desplazados. Y por eso no podemos celebrar la fiesta de la Sagrada Familia de una manera romántica, por decirlo así. No podemos quedarnos con el aspecto de la ternura y de la comprensión, cerrando los ojos a las terribles realidades que vivieron los personajes a quienes hoy damos nuestra atención Jesús, José y María.

Mi papá siendo un adolescente, miraba en alguna ocasión un cuadro del Sagrado Corazón y se hizo esta reflexión, que luego nos comentó varias veces a los hijos -Un cuadro como ese a mí no me gusta porque ese Jesús está demasiado bonito, si a mí me quieren pintar un Jesús píntenlo con las manos rudas, con el rostro quemado, con los ojos tal vez cansados-. Porque Jesús, no solo en la hora de la cruz, sino desde su misma infancia padeció los dolores y los sufrimientos nuestros. Y yo me atrevería a decir de pronto, más de lo que nosotros hemos sufrido.

Por eso nuestro primer pensamiento hoy es: estamos ante una familia real, que vive problemas reales. La familia de Jesús fue una familia de desplazados que tuvo que ir a otra parte. ¿Con qué cuenta bancaria? ¿Con qué fondos?, ¿Con qué monedas?, a hacer ¿qué?, sufriendo ¿Qué peligros? Inmigrantes, como tantos a lo largo de la historia, desconocidos, extraños, aislados. Una familia de pobres. Una familia de desplazados.

Tenemos que decirlo con fuerza y casi con alegría. -Jesús, realmente en su vida tomó lo más duro de nuestra existencia-. El profeta Isaías dice, refiriéndose a Él -un varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos-. Y por eso todo el que sufra, todo el que tenga dolor, hasta el dolor de la miseria, hasta el dolor de ser desplazado por la violencia, todos podemos mirar a Jesucristo. Él entiende ese lenguaje, Él sabe lo que es ese dolor.

Pero qué distinto el desenlace de esta familia. A pesar de esa tormenta de dolor, la familia permanece unida y permanece abierta a Dios, abierta a Dios, como se expresa por esos mensajes celestiales que recibe José. Y permanece unida porque la familia o se salva toda, o se pierde toda; en la unidad de la familia, en soportar la tormenta juntos, está la fortaleza, está la victoria. Juntos se fueron a Egipto como desplazados y juntos volvieron a Palestina, juntos volvieron a Galilea.

¿Cómo viven los dolores nuestras familias? También así, ¿en unidad?, o de pronto, cuando el barco entra en la tormenta, cada uno agarra un salvavidas y dice: Bueno..., ¡aquí sálvese quien pueda!. Y qué vemos en las familias, cuando en la familia entra la consigna de sálvese quien pueda... No se salva nadie, o casi nadie, el uno se va por un lado y se convierte quizá en un delincuente, la otra se largó con el novio, la embarazaron madre soltera dando vueltas por una parte y por otra, el esposo siente que ya no le gusta esa vieja porque se engordó y esta fea, por otro lado, a ver si me consigo otra. Y ¿quién se salva ahí? Pasan los años. Y ¿qué encontramos?: Una viuda agotada, triste, seguramente con embarazos de distintos hombres, unas muchachitas dando vueltas, enfermas, pobres, dispuestas a repetir la historia de los papás.

Y se va propagando la miseria. Y se va repitiendo el cuadro como una cadena, como una maldición. La familia de Cristo vivió la pobreza, vivió la violencia, vivió el desplazamiento forzoso y permaneció, permaneció unida. En la unión está la salvación de la familia. Esa es la segunda enseñanza para el día de hoy -En la Unión-. Cuando decimos sálvese quien pueda, normalmente no puede nadie.

Y una última enseñanza, la tercera, que queremos sacar de esta lectura del Evangelio. Ustedes habrán notado que estamos hablando de la familia de los santos entre los santos. El Hijo del Dios vivo, Jesús está ahí, María la Inmaculada, la Santísima está ahí. Pero Dios es un Dios de orden. ¿A quién le habló Dios? A José. Dios es un Dios de orden. Dios ama el orden. Y si Dios quiere que el hombre sea cabeza de la familia, por algo será. Claro, no estamos hablando de cualquier cabeza, porque a veces el hombre quiere ser cabeza para tener el respeto y para que se haga en la casa lo que a él le da la gana. Pero es que ser cabeza no es solamente eso.

Hoy, en esta Sagrada Familia aprendemos cuál es el lugar particular que tiene el papá en la familia, o mejor dicho, aprendemos lo que quiere decir ser cabeza. San Pablo dice en la segunda lectura: -las mujeres deben ser dóciles a sus maridos-. Pero también dice: -Los maridos deben amar a sus mujeres y no tratarlas con dureza-. Las dos cosas. Dios quiere que el hombre sea la cabeza de la familia. Eso no lo debemos dudar. Pero una cabeza que sepa amar a la esposa.

Y en el libro del Deuteronomio dice, refiriéndose a los recién casados, que el que esté recién casado durante un año no se le podrá comprometer en servicio militar o lo que hoy llamaríamos servicio de gobierno, porque tiene que hacer feliz a la esposa. El hombre tiene que aprender a hacer feliz a la esposa, tiene que aprender el lenguaje del amor, de la ternura, de la delicadeza. El hombre tiene que aprender a ser cabeza. Y cuando el hombre no es cabeza, eso no lo reemplaza nadie, sino Dios.

Porque es verdad que Dios dice: que Él es el padre de los huérfanos y el protector de las viudas, pero usualmente en condiciones normales, en una familia constituida al papá no lo reemplaza nadie y uno como sacerdote sufre mucho de ver cómo: cuando falta el liderazgo del papá, liderazgo en los valores, liderazgo en la fe, liderazgo en el amor a Cristo., Cuando falta eso, la familia va perdiendo su calidad moral a veces, aunque la mamá sea piadosa.

Por eso yo quiero invitar a los papás que están aquí o a quienes lleguen estas palabras, -si usted es tan hombre, tan esposo, tan macho y tan papá, sea usted el primero en guiar la nave de su familia-. Y eso significa sea usted el primero en la oración, sea usted el primero en la sabiduría, sea usted el primero en el ejemplo, sea usted el primero en la justicia, sea usted el primero en el orden en el amor, sea usted el primero. Eso es ser cabeza, ser cabeza no es dar tres gritos y decir: -Yo soy el que pone la plata aquí y aquí se hace lo que me da la gana-. Ser cabeza no es ser un tirano, ser cabeza es ser el primero. Y hay muchos hombres que les gusta ser el primero para que les sirvan de primero y para gastarse primero lo que se ganan de primero. Pero no son los primeros a la hora de decir vamos a rezar ni a la hora de decir vamos a poner en orden las cosas, ni a la hora de decir vamos a ser sinceros, comprensivos, abiertos.

Y el hombre tiene que ser el primero. Tres veces, dice la lectura de hoy que Dios le habló a José en sueños. Ese era el lenguaje que utilizaba con José. Está bien. Dios le habló a José. Dios guió a José y a través de José a su familia. Dios quiere que el hombre sea el primero, pero el primero en todo. Bendito sea Dios que vemos aquí, un buen número de caballeros que seguramente han venido con sus señoras, con sus hijos. ¡Bendito sea Dios! Así debe ser y que eso crezca.

Y le voy a contar por qué eso es tan necesario. Porque resulta que si el hombre no es el primero en la fe, en la piedad y en la oración, ¿qué le pasa a la familia?. Pasa lo siguiente: la mujer muy piadosa, el hombre no va a la misa, ese cuadro se repite demasiado, demasiado..., -no en ustedes, obviamente,- porque veo a muchos de ustedes aquí. Pero es para que ustedes vean lo que uno sufre. Entonces, ¿qué pasa? El niño cuando está pequeño necesita de la mamá, pero el niño cuando va llegando a los nueve, diez, once años, empieza a mirar más al papá que a la mamá. Es normal, necesita un modelo para aprender a ser hombrecito. Y entonces ¿qué pasa? Que si el papá no es el primero en la oración, en la piedad, en la misa, si el papá no es el primero, ¿qué conclusión saca el niño? Si yo sigo rezando y sigo yendo a misa, es que soy una vieja. Entonces eso no es para mí. Y lo que yo tengo que ser es fuerte, grosero y ojalá toma trago mujeriego, violento. Y ¿a qué va a salir ese niño? A repetir esa historia ¿con otro y con otro?

Y de aquí la importancia de que las niñas y las jovencitas cuando se vayan a enamorar y cuando se vayan a casar, miren cómo está el hombre en eso es que se enamoran del perfil griego que tiene el muchacho, de la moto o el carro que tiene el muchacho, de la loción y de la manera de tirar paso en la discoteca. Se enamoran de eso y luego se quejan de que salió infiel, de que salió borracho, señora, usted lo conoció así.

¡Miren, mujeres!, ¡Miren! a ver con quién me estoy metiendo. ¡Miren, miren! ¡Abran los ojos! ¡Abran los ojos! ¿Con quién me estoy metiendo? Una mujer tiene que pensar., no solamente: ¿Este es el hombre que me va a dar placer a mí? ¿Este es el hombre que me va a dar plata y me va a decorar la casa como yo quiera?. Una mujer que sea cristiana tiene que pensar: ¿Este es el hombre que va a ir delante de mí en el amor a Dios? ¿Este es el hombre que me va a enseñar a amar más a Cristo?.

Si la mujer es así, inteligente, empezamos a frenar tanto matrimonio que nunca debió existir y seguramente vamos a tener familias mucho más robustas, mucho más sanas, mucho más alegres, mucho más cercanas a la Sagrada Familia. Y Jesús es el gran ideal.

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