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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuatro pensamientos: (1) Dios nos amó primero; (2) Su amor se manifiesta plenamente en Jesucristo; (3) Quien llega a Cristo, en Él encuentra alivio, fuerza y alegría; (4) Quien así es amado, no puede "defenderse de amar," según expresión de Santa catalina de Siena.
Homilía ascj008a, predicada en 20170623, con 29 min. y 58 seg. 
Transcripción:
El mensaje de las lecturas de hoy se puede sintetizar en unas cuatro frases. Primera: Dios nos amó primero. Segunda: El amor de Dios se manifiesta en Jesucristo. Tercera: El que encuentra el amor de Cristo, encuentra descanso, fuerza, alegría. Y cuarta frase: Llenos del amor de Cristo tenemos el derecho y el deber de compartir con otros ese mismo amor. Esas son las cuatro frases del día de hoy. Vamos a repetirlas porque queremos llevarlas a casa. Dios nos amó primero. Segunda: El amor de Dios se manifiesta en Jesucristo. Tercera: El que recibe el amor de Cristo encuentra descanso, fuerza y alegría. Y cuarta frase: Llenos del amor de Cristo tenemos el derecho y el deber de compartir ese amor con los hermanos. Es decir: que esta solemnidad del Corazón de Jesús es una celebración del amor. Amor a escala divina, amor versión Dios. Hay una cantidad de memes que ponen así: ¿no? Versión o nivel experto, nivel Dios. Pues así estamos diciendo aquí. Esta es la fiesta del amor nivel Dios. Esa es la solemnidad del Corazón de Jesús. Miremos cómo se relacionan estas frases o mejor, cómo brotan de los textos de la Escritura: "Dios nos amó primero". Esto aparece en la lectura del libro del Deuteronomio, porque oímos lo que dijo Moisés: "Él te eligió de entre todos los pueblos de la tierra". Pero mira esta frase: "Si el Señor se prendó de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros el más grande de todos los pueblos. Sois el más pequeño; por puro amor a vosotros y por fidelidad al juramento os sacó de Egipto por puro amor". Entonces nos eligió porque nos amó, y nos amó porque quiso amarnos. Eso es lo que se llama el anuncio de la gracia: ¡la gratuidad! Y esta noticia, según nos damos cuenta, llena la Biblia entera. Hay personas que dicen: "El Dios del Nuevo Testamento es compasivo y misericordioso. El Dios del Antiguo Testamento es bravo, es implacable, es sanguinario". Si vamos a los textos de la Biblia, nos damos cuenta que las dos afirmaciones son mentira. También en el Nuevo Testamento, Cristo habla con seriedad sobre nuestra salvación. De hecho, la persona en la Biblia que menciona más al infierno es Jesucristo. Entonces Cristo quiere que sepamos; que es grave la decisión que hay que tomar delante de Dios, y que optar por Dios es ganarlo todo, y salirse de Dios es perderlo todo. Y por eso Cristo habla del fuego que no se apaga, y por eso el Apocalipsis habla del lago de azufre y de fuego, y por eso San Pablo nos dice: Y todo esto es Nuevo Testamento: "Trabajad con temor y temblor por la obra de vuestra salvación". O sea, que no me vengan a decir que el Nuevo Testamento es un mensaje dulzarrón, demasiado parecido a un Dios alcahueta, que lo único que haría sería darnos palmaditas en la espalda y decir: "estos muchachos que se portan mal, no". El Nuevo Testamento es serio. También nos habla de amor. Amor hasta el tamaño de la cruz. Amor hasta el tamaño de la efusión de la sangre. Amor hasta el tamaño de... El fuego del Espíritu que llega a transformarnos. Entonces en el Nuevo Testamento hay misericordia, hay amor, pero también hay anuncio de la gravedad, gravedad de nuestra decisión. Y por eso también hay un llamado al temor de Dios. Jesús mismo dice: "Temed al que puede arrojar cuerpo y alma al infierno". Esa frase no es de ningún papa, no es de ningún doctor de la Iglesia, es de Jesucristo, Jesús de Nazaret. Entonces no le quitemos esas frases a la Biblia. Por otra parte, el Antiguo Testamento por supuesto que nos muestra la entrada del plan de Dios en la historia humana. Y esa entrada es difícil, porque el mundo está en garras del pecado, y por consiguiente hay combates, y por consiguiente hay una larguísima aurora en donde solo poco a poco se va descubriendo el camino de Dios; y por eso hay tanta sangre. Pero es que eso es lo mismo que sigue pasando en nuestro tiempo. El ejemplo que siempre doy es: piense usted que el Antiguo Testamento es como esos barrios subnormales que tristemente hay en todas las ciudades. Usted sabe que: ¿por ejemplo, aquí en Bogotá hay unos sectores en donde la policía tiene miedo de entrar? Piense usted que el Antiguo Testamento es eso, y si usted está viviendo en ese lugar, ¿usted cómo vive? Pues con una ley de que si me toca matar, mato, y si me toca golpear, golpeo, porque si no me acaban. Ese es el Antiguo Testamento. Eso explica la ferocidad de tantas expresiones en el Antiguo Testamento. Pero el Espíritu Santo encontró una manera de decir palabras tan sublimes, tan dulces, tan bellas como las que tenemos en el texto de hoy. Se la voy a repetir. Y yo quisiera que esto fuera una caricia para su corazón. Déjese acariciar por estas palabras. Mire, si el Señor se prendó de vosotros. Eso es lo que dice Santa Catalina: "Dios se enamoró de su criatura". El Dios infinito que nada necesita se enamoró de una criatura imperfecta, pecadora y sucia como somos nosotros. Lo mismo que ese enamorado que quisiera volver a ver a esa chica que le gusta tanto y trata de llamar su atención y trata de darle un regalo, de decirle una palabra; así Dios con nosotros: "El Señor se prendó de vosotros y os eligió". Os eligió. ¿Por qué? La respuesta está aquí. Por puro amor. Por puro amor. El Papa Francisco decía en una catequesis hace poco: "Cada uno de nosotros tiene que sentarse en silencio y decir esta frase: "Dios me ama". Despacio: "Dios me ama". Hasta que esa frase se escurra hasta lo más profundo de tu ser. Porque a veces la decimos y no nos la creemos. San Pablo la dice en Gálatas, capítulo dos. Dice eso: "Cristo me amó y se entregó por mí". Eso hay que decirlo. Cuando usted sienta que usted es una basura. Escuche esa frase: "Dios me ama". Usted ha fallado. Usted promete y no cumple. En esos momentos usted se siente mal, Se siente derrotado. Usted siente que es una frustración con patas. Diga esta frase: "Dios me ama". Eso hay que decirlo. Usted siente que ha fallado en su vocación sacerdotal. Usted dice: "Pero esta vocación tan bella que Dios me dio", yo le he fallado al Señor. No te dejes llevar de desesperación. Has fallado como hijo. Te das cuenta que le has causado dolor a tu mamá, a tu papá; has fallado como empleado, has fallado como jefe, has fallado como amigo. ¡Que no te dejes abrumar por eso! Esa es la primera frase. Él nos amó primero. Frase que se repite también en la segunda lectura de hoy, tomada de la primera carta de San Juan. Mira, Mira esto: Ver cómo nos manifestó Dios su amor enviando a su Hijo único al mundo: "Tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca". ¿Dónde tengo manifestación del amor de Dios en Cristo? Cualquier escena de la vida de Cristo nos habla de su amor, pero muy especialmente nos habla de ese amor, su llegada y su partida. Mira a Jesucristo. Míralo en el pesebre. ¡Míralo! Mira ese bebé. Míralo ahí, quizás aguantando frío, quizás llorando. Tan indefenso, tan pequeño. Míralo y hazle esta pregunta: ¿Por qué viniste? Y ese bebé, con su llanto, con su sonrisa, con sus bracitos, te va a decir la única respuesta: "Por amor a ti, por amor a ustedes, por eso estoy aquí". Lo decimos en el Credo: "por nosotros y por nuestra salvación. Bajó del cielo y se encarnó en María la Virgen". Porque nos amó. Y dice más adelante el texto de la segunda lectura, capítulo cuarto de la primera Carta de San Juan: "El amor consiste: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo". Entonces allá llegamos a la segunda frase. ¿La segunda frase? ¿Cuál es? El amor de Dios se manifiesta en Jesucristo, y por eso Jesucristo, y solo Jesucristo, es el que puede decir: "Venid a mí, venid a mí, los que estáis cansados y agobiados", porque en Él está la fuente viva, y su luz nos hace ver la luz. Porque de su corazón bendito brota el secreto de Dios. Porque de su corazón, como dice San Buenaventura: "sale ese manantial que alegra la ciudad de Dios, es decir, la Iglesia entera". Y por eso los místicos siempre nos invitan a que nos recostemos en el pecho de Cristo, como hizo San Juan en la última Cena. Catalina de Siena describiendo los pasos del crecimiento espiritual, dice que el tercero y más alto es llegar al Corazón de Jesús, llegar al Corazón de Jesús. ¡Qué hermoso eso! Besar ese corazón. Recibir ese amor. Entonces. Segunda frase. Segundo paso: El amor se manifiesta en Jesucristo, sobre todo en su llegada. Por eso hay que contemplar mucho el pesebre y también su partida. Y por eso hay que contemplar mucho la cruz. La contemplación de la cruz es muy importante. La contemplación de la cruz le da a uno conversión. No se nos olvide que nuestra querida Teresa de Jesús se convirtió. Fue precisamente así, viendo la Pasión de Cristo: allá en uno de esos monasterios donde ella vivía, se encontró en un salón. Esas estatuas, esas imágenes que se utilizan para Semana Santa. Y viendo a Cristo soportando el castigo de los azotes, con la carne rota, con la sangre abundante, tiene que preguntarse lo que con tanta elocuencia decía este obispo que muchos juzgamos. Santo Fulton Sheen, obispo norteamericano del siglo veinte:. ¿Por qué estás ahí? ¿Por qué te ha pasado eso? ¿Por qué si eres inocente? ¿Te ha pasado eso? Y la única respuesta es: "porque era esto o dejar de amar. Y no voy a dejar de amar". Ese es Jesús. Entonces en Jesús está esa manifestación. ¿Dónde puedo encontrar el amor? Lo puedo encontrar en Él, singularmente en su llegada y en su partida. Pero luego, si el Espíritu Santo nos da ojos, encontramos ese mismo amor en tantas otras cosas: en los milagros, en las predicaciones, en su cansancio. Yo me acuerdo una vez que el Espíritu Santo le regaló una sacudida fuerte a mi corazón. Leyendo ese texto donde dice que los discípulos llevaron a Cristo a la barca, pero mira lo que dice el evangelista: "y lo llevaron como estaba, lo llevaron medio desmayado". Cuando yo pienso en un hombre, en la plenitud de su vigor, de sus fuerzas, como era Jesús en ese tiempo, ¿cómo serían esas jornadas? Hasta que quedó extenuado, exprimido. ¡Así quedó Jesús! Y para mí, ese Jesús que llevan a la barca como estaba, es decir, medio desmayado, es la imagen del que se ha entregado sin reservas. Nos amó hasta el extremo, nos dio todo, nos dice. Por eso el apóstol San Pablo en la carta a los Filipenses que él se desocupó, él se vació de sí mismo, Él entregó todo, todo lo entregó. Eso a uno lo conmueve. Ahí es donde tengo que encontrar el amor. Otras escenas del Evangelio también nos sirven. Por ejemplo, el encuentro de Cristo con los pecadores, con los enfermos, con los extranjeros, con los excluidos. En este sentido, nuestro Papa Francisco tiene una sensibilidad poco común, muy alta. Él tiene una gran sensibilidad para ese aspecto de la vida de Cristo. Como Cristo quiere hacerse especialmente cercano a los que el mundo ha desechado, a los que el mundo ha alejado: El leproso, el publicano, la prostituta, el poseso, los niños que eran tan maltratados en esa época, las mujeres que eran tenidas como seres humanos subnormales. Los extranjeros. Cristo se preocupa particularmente por esas personas. Y sucede algo: que cuando uno entra en depresión, cuando uno entra en baja autoestima y todas estas cosas que diagnostican los psicólogos, -una raza con la que hay que tener especial cuidado-, cuando uno se encuentra con ese tipo de diagnósticos, no se nos debe olvidar que son esas personas precisamente a las que Jesús les manifestó más amor. Por sólo recordar una escena: aquella adúltera a la que Jesús salva. Y ese diálogo final tan lleno de respeto. Por favor, ¡qué manera de hablar la de Cristo cuando le dice: "¿nadie te ha condenado?"! Uno se imagina a esa mujer a la que han pillado en ese pecado tan escandaloso, tan vergonzoso, y ella, seguramente sin atreverse a levantar la mirada, dice: "Nadie, Señor". Y Jesús le dice: "Yo tampoco te condeno". ¡Eso es amor! Esa es la esencia, la quinta esencia del amor. Entonces nosotros, los que somos pecadores, fácilmente entramos en esas escenas. Ahí es donde uno puede encontrarse con el amor de Cristo. Yo soy como esa adúltera. Yo soy como ese publicano que decía: "Ten compasión de mí, que soy un pecador". ¡Ese soy yo! Yo soy como ese Mateo atornillado a la silla del pecado, cobrando impuestos para el demonio. Ese soy yo. Entonces los Evangelios, particularmente los Evangelios, nos ayudan a descubrir ese amor divino de una manera intensa. Tercera frase. El tercer paso es: el que llega así a Jesucristo. Encuentra su descanso, Encuentra su fuerza y encuentra su alegría. El que llega así al Corazón de Jesús encuentra eso. ¿Por qué? Porque los tres enemigos del alma son el demonio, el mundo y la carne. Pero resulta que el demonio no quiere meterse con el corazón de Cristo, porque ahí tiene perdidas todas las batallas. Por eso dice también hermosamente San Buenaventura: "que nosotros tenemos que hacer, como dice el salmo, como dice el Cantar de los Cantares, poner nuestra morada en el hueco de la peña". Místicamente se refiere San Buenaventura a la herida del costado de Cristo. Cristo es la roca y ese resquicio en la roca donde yo puedo encontrar mi casa es el corazón de Jesús, nos dice San Buenaventura. Entonces, cuando uno se refugia en el corazón de Cristo, cuando uno está en el corazón de Cristo, ahí el demonio no le puede hacer daño. Yo noto tantas personas tan preocupadas por el demonio: "me hicieron algo, es un maleficio que me hicieron. Yo creo que me salaron. Me rezaron al revés". Bueno, la gente tiene una cantidad de preocupaciones. Otras personas viven obsesionadas con la mala suerte. Por eso puso un amigo en Facebook: "En mi locura. Traté de hacerle algo a mi suegra, metiéndole agujas en una foto; y resulta que le curé la artritis con acupuntura". Entonces la gente vive obsesionada. La gente vive obsesionada con su mala suerte. Viven obsesionados con que el demonio ataca. Viven obsesionados con que se van a contaminar. Viven obsesionados con que hay lugares peligrosos. Todo eso es cierto. Todo eso es totalmente cierto. Hay lugares peligrosos. Hay brujería. Todo eso es cierto. Pero si estoy en él. ¿Qué puede hacerme daño? Escuchemos al Apóstol San Juan: "El que está en ustedes es más fuerte que el que actúa en el mundo". Más Corazón de Jesús y menos miedo. Tanta obsesión con el problema de las brujerías y de esas cosas. Más Jesús, más corazón de Jesús. Y se acaba el miedo. Esto es muy importante porque es un principio de verdadera paz. Nadie te entiende mejor, nadie te acoge mejor, nadie está más dispuesto a dar razones para tu salvación que Él. Por eso, una de las maneras de traducir el mensaje de San Pablo en la carta a los Romanos es ésta: "No intentes justificarte tanto tú. Hay uno que sabe justificarte mejor. Se llama Jesucristo". Tanto que uno hace por justificarse. Deja de justificarte. Hay uno que te justifica mejor que si da razones verdaderas. Entonces, en el corazón de Cristo tenemos defensa contra el demonio. En el corazón de Cristo tenemos defensa contra el mundo y sus vanidades y sus engaños, porque el corazón de Cristo nos lleva verdaderamente a las fuentes de lo que vale, de lo que es cierto, de lo que es verdadero, de lo que perdura. El lema de la Orden de los cartujos dice: "Permanece la cruz en pie. Mientras el mundo da y da vueltas". Stat Crux dum volvitur Orbis es el lema de los cartujos; mientras que el mundo con sus vanidades pasa, mientras que el mundo te deja sin respuesta frente a los problemas de la soledad, la enfermedad, la pobreza, la vejez y la muerte. Porque la única respuesta del mundo frente a todo eso: ¿Qué es? Eutanasia y eutanasia. Usted está muy feo y ya no va a mejorar. "Eutanasiese". Usted está muy viejo, ya nunca volverá a ser joven. "Eutanasiese". Usted está muy pobre y ya de esa deuda no sale. Acábase. Ese es el único lenguaje del mundo. Es decir, el mundo nos acompaña con su fanfarria, el mundo nos acompaña con su oropel mientras parecemos fuertes, mientras somos útiles, mientras somos bonitos, mientras estamos en el mercado de las vanidades. Pero en cuanto nos falten la belleza, la salud, la edad adecuada, los recursos, de inmediato somos inútiles para el mundo. Solo hay uno para quien siempre somos útiles. Solo hay uno que siempre tiene espacio en su corazón y se llama Jesucristo. Por eso el que aprende a vivir en Cristo muy pronto, mira con sana desconfianza y con sana distancia todas esas mentiras del mundo. El corazón de Cristo nos defiende también contra las múltiples seducciones, contra las muchas insinuaciones de la carne. Porque el corazón de Cristo es como un ascensor que pone en su adecuada altura la palabra amor. Yo digo: "lo mejor que le puede pasar a un joven, lo mejor que le puede pasar a un niño, a una niña, a una chica, lo mejor que le puede pasar es tener una experiencia fuerte del amor de Cristo", porque esa persona ya automáticamente tiene el diccionario. Esa persona sabe qué significa amor cuando le llega cualquiera, cuando llega el aprovechado de turno con un lenguaje así, medio raro. Una mujer que haya subido en el ascensor, es decir, que conozca el corazón de Jesús. Apenas le vienen con esas palabritas. Y qué más, reinita, ¿qué manda a hacer? Apenas le vengan con las expresiones, esta ya sabe esto para dónde va y sabe cómo escoger. Entonces el corazón de Cristo nos salva del demonio, del mundo y de la carne. Ahí está nuestro alivio, ahí está nuestra fuerza, ahí está nuestra alegría. Esas palabras de San Romualdo, nuestro muy querido San Romualdo, que se ha vuelto tan popular últimamente. Aunque algunos oyen San Romualdo y tiemblan. ¿No sé por qué? Verdad, como un escalofrío, como una cosa que les da. No, hay que amar a San Romualdo. Es un gran santo. Hay que amarlo. Entonces, San Romualdo. Esas expresiones que tiene sobre el amor de Jesús. Y así son todos los santos. Esas expresiones de gozo, ese quedarse sin palabras. "En él está la alegría". Última frase: El que ha recibido todo esto tiene el derecho y tiene el deber de compartirlo. De nuevo, viene en mi auxilio la amada Catalina de Siena con una frase que marcó completamente mi noviciado hace unos pocos años. Eso sucedió en mil novecientos ochenta y cinco, o sea, hace poquito. En esa ocasión leí la frase de Santa Catalina: "El alma, viéndose tan amada, no puede defenderse de amar; porque así como uno a toda costa quiere que lo quieran también, así a toda costa, uno busca disculpas para no amar". Amar a la altura del ascensor. Amar a la verdadera altura. Uno saca disculpas para no amar de esa manera. La disculpa más frecuente es: la persona no se lo merece. ¿Qué haremos el día del juicio con esa frase de que tal persona no se merecía que yo la amara? Qué vamos a hacer cuando Cristo nos pregunte: ¿Y tú sí? ¿Y tú sí? ¿Él no. Y tú sí? ¿Ella no. Y tú sí? Entonces nos dice Catalina que nosotros nos defendemos de amar y nos defendemos de amar. Quiere decir que buscamos pretextos para encerrarnos en nosotros mismos. Buscamos pretextos para guardar únicamente lo nuestro. Buscamos pretextos para encerrarnos únicamente en el círculo de los que piensan como nosotros, sienten como nosotros y sobre todo, nos quieren. Pero esto es como una represa. Cuando va llegando el torrente, ese torrente del amor divino, en ese momento llega el punto en el que la persona ya no puede defenderse de amarnos, dice Catalina. Y ahí es donde vienen esas grandes vocaciones misioneras. Uno tiene que pensar en un San Francisco Javier que era insaciable. Él quería recorrer el mundo entero. Uno tiene que pensar en un San Pablo que dice: "Y la cuenca del Mediterráneo ya la llené del amor de Cristo". Un poquito exagerado el hombre, pero así dice en la carta a los Romanos. Ese afán de llegar a todos, de evangelizar a todos, de entregarse completamente. Ese volverse insaciables en el amor. Eso, eso lo da el saberse uno amado. Entonces vamos a pedir al Señor que complete esa obra en nosotros, que nos dé esas experiencias de amor. Muchas veces, Él las da en retiros espirituales. Esa es la belleza de los retiros espirituales: que la persona se siente así, llena, llena de amor y por eso se vuelve capaz de amar. Un buen retiro espiritual sirve para eso. Otras veces son vigilias, oraciones, una buena confesión, un rato de meditación. Vamos a pedir al Señor que complete esa obra de su ternura en nosotros, porque solamente así podremos ser testigos suyos.

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