Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Catequesis sobre el amor de Dios: su fuente, sus caminos, sus frutos.

Homilía ascj006a, predicada en 20140627, con 20 min. y 22 seg.

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Transcripción:

Observemos, en primer lugar, que la Solemnidad del Sagrado Corazón queda en día viernes. Esto no es una casualidad. Estamos evidentemente haciendo eco al Viernes Santo. El Viernes Santo nos contaba el relato de la pasión según San Juan.

Cómo el soldado, habiendo ya muerto Cristo, con la lanza le abrió el costado. Y de ese corazón que había muerto por nosotros brotó sangre y agua. En este momento, y especialmente en esta Eucaristía, estamos haciendo un eco de ese Viernes Santo. Es una contemplación del mismo misterio, pero podemos decir también una profundización del misterio, porque la palabra que abunda en las lecturas de hoy es la palabra amor. Podemos decir del Viernes Santo: que el horror de la tortura, del castigo, de la sangre de Cristo, puede dejarnos como abrumados, paralizados con la luz de Pentecostés, y primero, con la luz de la Resurrección.

Quizás podemos tener una perspectiva un poco más serena, sin quitar nada del drama, del dolor, acercarnos a las fuentes del amor. Y por eso este viernes, y por eso esta celebración del Sagrado Corazón. Todas las lecturas nos hablan de amor. En la primera lectura, por ejemplo, aparece esa frase que tiene tanto más relevancia cuanto que pertenece al Antiguo Testamento: "El Señor se enamoró de vosotros y os eligió".

Destaco el hecho de que estamos en el Antiguo Testamento, porque queda por ahí gente que sigue oponiendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, como diciendo que en el Antiguo todo era el Dios castigador y en el Nuevo todo es el Dios misericordioso, queriendo como oponer justicia y misericordia. Eso no es cierto: En el Antiguo Testamento hay preciosos textos que revelan la ternura, la delicadeza, la gracia, el amor de Dios. Y uno de esos textos es este capítulo séptimo del libro del Deuteronomio: "El Señor se enamoró de su pueblo y lo eligió.

Así que es un lenguaje de amor; sorprendente que en este enamoramiento toda la causa, toda la fuente, está en el enamorado. Y aquí hay una diferencia muy grande con la comparación obvia que sería el enamoramiento, por ejemplo, entre un muchacho y una joven. Es evidente en la relación humana que en ese enamoramiento el hombre se fija en la mujer porque la encuentra agradable, bella o, como decimos, agraciada. Pero fíjate que aquí en el Deuteronomio se habla de enamoramiento; pero no es que el pueblo fuera especialmente grato o agraciado.

Más bien era un pueblo en desgracia. Lejos de estar en una condición de agradar a Dios, y lejos de estar en una condición de belleza, estaba en una condición de desastre. Entonces nos preguntamos: ¿cómo puede Dios enamorarse de ese pueblo al que ve como una doncella, según la comparación que hacen tantos profetas? ¿Por qué Dios se enamora de ese pueblo?

Y la única respuesta que encontramos es la que da San Bernardo: "El amor solo tiene explicación dentro de sí mismo". Ama porque ama. Es decir: aquí se rompe la analogía con el amor humano. No nos parece que sea lo común que un muchacho se enamore de una joven que es precisamente la más fea, la más tonta, la más pobre, la más sucia, la más enferma. Pero ese es el pueblo de Dios. Es el pueblo sucio por el pecado, pobre porque ha sido violentado. Es el pueblo abandonado y desposeído. Y sin embargo, Dios lo ama. ¿Qué estamos diciendo? Que desde el principio, en la Escritura, la revelación del amor de Dios es revelación de la gracia.

Es un amor gratuito. Es un amor que no tiene otra explicación sino su propia abundancia. Es lo primero que nos enseña la lectura del Deuteronomio. Pero luego viene una lección muy interesante: y es que, una vez que se ha hecho esta oferta de amor, vienen consecuencias. Dios ofrece su amor abundante y su amor gratuito, pero esa oferta de Dios pone al ser humano ante una disyuntiva: "Si voy a recibir ese amor con Él, voy a recibir un torrente de bendiciones que dice aquí se prolonga por mil generaciones". La abundancia como que crea más abundancia, abundancia de amor, que produce mucho más amor.

Pero también hay consecuencias si se rechaza ese amor. Dice aquí: "paga en su persona a quien lo aborrece". No se puede rechazar impunemente ese amor, una vez que Dios se ofrece con esa bondad y con esa generosidad. El ser humano tiene un regalo precioso, pero también adquiere una responsabilidad absoluta frente a su futuro. Son las dos enseñanzas que nos deja esta primera lectura. Que el amor de Dios es amor de gracia, pero que la gracia divina trae una necesidad de respuesta, nos obliga a una respuesta. Y esa respuesta define nuestro futuro.

En la segunda lectura vemos cómo ese amor no puede quedar infecundo en nosotros. Si hemos recibido ese amor, ese amor da fruto. Y le decía Dios, a Catalina de Siena: "Yo no necesito nada, pero tomo como he hecho a Mí, lo que hagas por tu prójimo". No podemos hacer más rico, ni más grande, ni más sabio, ni más bueno a Dios. Pero sí podemos tomar a las criaturas por Él, muy amadas, las que son su imagen y semejanza; es decir, nuestros hermanos, a ellos muy amados de Dios. Si podemos hacerlos depositarios de nuestra bondad, de nuestro cariño, de nuestro cuidado. Como dice el capítulo veinticinco de San Mateo: "lo que hicisteis por uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis". Ahí está la bondad que Dios nos da. Y cuál es la manera de responderle a esa bondad.

Lo cual también nos enseña en qué consiste el amor al prójimo. Así como el amor de Dios por su pueblo no proviene de que nos encontró muy simpáticos y muy agraciados. Así como ese amor no proviene de algo bueno que encontró en nosotros, así también la prolongación del amor divino en nosotros cuando se vuelca hacia el prójimo no tiene como explicación, ni tiene como justificación lo que ese prójimo me vaya a dar a mí. Por eso también Jesús va a decir: "Si ustedes aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen?". como indicando que el que está buscando una retribución, una recompensa, un aplauso, un agradecimiento, un pago de parte del prójimo, se apartó de la propuesta de Dios. Porque el que está esperando esa clase de pago se ha quedado con el amor puramente terreno, o como llega a decir San Pablo en algún lugar: "amor puramente animal, puramente carnal". Y efectivamente, vemos que las mascotas tratan con cariño a los que los tratan con cariño. De modo que hasta los animalitos pueden dar esa clase de amor. Pero nosotros hemos recibido de una fuente mucho más alta, y por eso. El verdadero amor al prójimo tiene como única motivación: que ahí está una imagen de Dios, y que ahí hay un Dios que quiere glorificarse en lo más profundo del corazón de mi hermano. A veces, bajo la sepultura de heridas, malos hábitos y pecados, pero en lo más profundo de ese corazón está la imagen de Dios. Y la única razón verdadera para amar al prójimo es que yo quiero que esa imagen brille.

Entonces, no es por el reconocimiento, por el aplauso, por el pago. A mí me marcó mucho la lectura del oficio de San Vicente de Paúl, un verdadero experto en caridad cristiana. Recordemos lo que él dice cuando habla de los pobres. Lo dice con mucho realismo, dice: "A menudo son rudos y desagradecidos. ¿Qué quiere decir? Que el que va a servir esperando encontrar su recompensa, así sea simplemente la recompensa de un agradecimiento en el prójimo, no ha entendido la dinámica de este amor. Si Dios me amó con amor de gracia, ese es el amor que le doy al prójimo. Y por eso ese es el amor en el cual habita la paz.

Dos grandes promesas que Jesús hace al final del Evangelio de Juan son: "Yo les voy a dar una paz que nadie se las puede quitar, y yo les voy a dar a ustedes una alegría que nadie les podrá quitar". Esa paz y esa alegría son las características de este tipo de amor. Porque el que está amando a la espera de una recompensa no tiene paz. ¿Por qué? Porque depende completamente de la respuesta; ¡ah! todo lo que yo hice y mire cómo me pagan. Entonces, cómo está esperando una paga, tiene el alma en vilo, tiene angustia, tiene ansiedad. ¿Será que sí? ¿Será que sí toman en cuenta todo lo que yo hago? ¿Será que si?

No tiene paz esa persona; esa persona depende de una respuesta exterior. En cambio, el que ama a la manera de Dios no depende de la respuesta exterior y, por consiguiente, no está en vilo, no está en suspenso. ¿Será que sí? ¿Será que me toman en cuenta? ¿Será que agradecen? ¿Será que si entendieron?

Por eso permanece la paz, y por eso permanece también la alegría. Porque, en el verdadero cristiano -y sabemos que los verdaderos cristianos son los santos-, la alegría permanece siempre en la fuente. Es que mi alegría, es alegría por ser amado. No es alegría por el amor esperado, sino por el amor ya recibido. El amor esperado es que me van a amar, que me van a creer, que me van a pagar. El que permanece en la fuente permanece en la alegría. Jesús anuncia esa alegría. La primera carta de Juan también nos habla de esa alegría: "para que tengamos una alegría plena". Y ¿cuál es esa alegría plena? Consiste en que todo me sale bien. No, consiste en que yo no dependo de esa clase de respuesta.

Algo de eso ya les estaba sugiriendo Cristo a sus apóstoles cuando les dijo, en una de las primeras misiones: "Vayan y prediquen. Y cuando saluden, digan: La paz sea con ustedes. Sí, ahí hay gente de paz. Bien para ellos. Y si no, ustedes quedarán en paz". ¿Qué les está diciendo Cristo? Ustedes no van a depender de la gente. No van a depender de que los reciban bien o mal, de que los quieran mucho, poquito o nada. Esas son lecciones preciosas que nos deja esta segunda lectura: La primera, que el fruto del amor se desborda en el prójimo y que el amor al prójimo es como permitirle a Dios prolongar su acción de amor a través de nosotros. Y la segunda, que ese tipo de amor es el que viene a cumplir las promesas que Cristo hizo, promesas de paz y de alegría.

Terminamos recordando, subrayando una frase del Evangelio de hoy. Nos dice nuestro Señor Jesucristo: "cargad con mi yugo, cargad con mí yugo". Esa frase puede parecer una especie de sorpresa. Jesús dice que ve a la gente agobiada. Por eso dice: "Los que estéis cansados y agobiados, venid a mí, Yo os daré descanso". Pero dice: "Yo os daré descanso". Y pone un yugo. ¿Cómo se entiende eso? Uno diría: Parece más lógico que si va a dejar descanso, no ponga ningún yugo. ¿Cómo hay que entender ese yugo? Hay que entender el yugo, por lo que el yugo hace para ese buey; el yugo le da dos cosas al buey. Es una carga, no lo vamos a quitar, pero le da dos cosas: le da una dirección y le da una fecundidad.

Una dirección: porque, con el yugo y por supuesto, con la acción del que lleva ese yugo, el buey va haciendo un camino y en ese camino, en esa dirección, va encontrando su fecundidad, va roturando el suelo, va rompiendo el suelo, va abriendo el surco donde un día crecerá la semilla y vendrá el fruto. Entonces se puede estar sin yugo. Esas son las pretensiones del mundo en el que estamos. La gente quiere una vida sin yugo. La gente quiere entender la libertad como que nadie me ponga límites. Pero resulta que una vida sin ningún límite es una vida que es esclava del peor de los tiranos, que es el capricho, y una vida en esclavitud al capricho. Es una vida sin dirección, es una vida sin fruto. Y Jesús no quiere eso para nosotros; no quiere una vida sin dirección y no quiere una vida estéril.

Entonces, el verdadero regalo no es quedarse sin yugo. El verdadero regalo es encontrar en Cristo la dirección y encontrar en Cristo la fecundidad. Porque todos tendremos que gastar la vida. Mire: por más que usted haga fuerza, este día se va a acabar. Uno puede hacer harta fuerza, concentrarse, dejar de respirar, desmayarse. Pero de todas maneras el día se va a acabar. Le quedan unas cuantas horas. No podemos frenar el día. No podemos frenar el tiempo. Entonces, si no puedes frenar el tiempo, solo te quedan dos posibilidades: O eres estéril o eres fecundo. Y la esterilidad se llama capricho.

Esterilidad es quedarse con las manos vacías. Esterilidad es ver pasar los días sin que haya un fruto, ni un provecho, ni nada que quede; esterilidad es llegar muerto a la hora de la muerte. Fecundidad es llegar vivo a la hora de la muerte; es tener vida, vida, vida perdurable que rompe por el umbral de la muerte y que entra en la eternidad.

Entonces es muy importante entender esto. La verdadera libertad es un yugo, pero no cualquiera. Es el yugo que nos pone Aquel que realmente nos ama, para mostrarnos una dirección y para hacernos realmente fecundos. Personalmente me llena de amor esta fiesta. Le pido a Dios que este mensaje de gracia impregne nuestro corazón. Todos lo necesitamos, pero especialmente los religiosos, porque precisamente en la medida en que no tenemos una familia inmediata, nos tienta la esterilidad, nos tienta el egoísmo, nos tienta el quedarnos simplemente en la comodidad de los días que se van amontonando sin mayor fruto.

Por eso necesitamos estar ardiendo de amor, y por eso esta fiesta tiene tanto que decirnos.

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