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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Retrato del Corazón de Jesús.
Homilía ascj001a, predicada en 19990611, con 12 min. y 56 seg. 
Transcripción:
Jesucristo es admirable en su ciencia, en sus palabras Jesucristo es admirable en su ciencia, en sus palabras, en sus obras, en su paciencia, en su constancia. Realmente en Él está el espejo completo de todas las virtudes. Pero las virtudes tienen su reina, tienen quien la presida. Y es la caridad, es el amor. Así también entre todas las virtudes de Jesucristo, la que brilla, la que reina sobre todas, es el amor. Jesucristo es admirable en cualquiera de sus virtudes. Es especialmente admirable en su amor, en su manera de amar: en primer lugar, al Padre, al Padre Dios. En segundo lugar, en su manera de amarnos a nosotros. Esta Solemnidad del Sagrado Corazón es una cátedra del amor de Jesucristo. Es un día para meditar, para agradecer, para celebrar el amor de Jesucristo: El amor que hizo posible nuestra reconciliación con el Padre, y el amor que hace posible la unidad y la reconciliación entre nosotros. No se trata de un amor de puro sentimiento. No estamos hablando de las buenas intenciones de Cristo. Es un amor que conocemos, sobre todo por su eficacia, por su poder, por su obra, por lo que ha hecho. Lo primero que sabemos del Evangelio es que es un poder: Un poder que salva, un poder que restaura, un poder que limpia. Y ese poder del Evangelio proviene indudablemente y recibe toda su eficacia del amor de Jesucristo. Es muy difícil retratar esto. Yo, que he tenido ocasión de ver tantas y tantas imágenes del Sagrado Corazón, creo que apenas hay una que no me disgusta. No me gusta, pero tampoco me disgusta. Hay tantas imágenes. Me gusta que haya imágenes del Sagrado Corazón. Me gusta que se entronice la imagen del Sagrado Corazón; eso me gusta. Pero que me gusten las imágenes mismas. No me gustan. Es tan difícil retratar el amor. ¡Es tan difícil! Es tan difícil describirlo. ¿Cómo plasmar un rostro? ¿Cómo plasmar en una figura de Jesucristo un amor que es belleza sobre toda belleza, que es poder sobre todo poder, que es ciencia sobre toda ciencia? De ese amor estamos hablando, en ese amor nos estamos sumergiendo, ese amor estamos agradeciendo, ese mismo amor que estamos retornando a Dios; porque es el amor que ha bajado como palabra eficaz a nuestras vidas y que en nosotros da fruto y vuelve hacia Dios. El santo Evangelio que la Iglesia nos propone. Es como una intimidad de ese corazón de Cristo. Es uno de los pocos pasajes en que Cristo habla de sí mismo y, sobre todo, habla de su propio corazón. Texto perfectamente escogido para la solemnidad de hoy. Dice Él: "Te alabo, Padre, porque si ocultaste estas cosas a los sabios y las revelaste a los pequeños". Hemos leído la versión de San Mateo. El pasaje paralelo en San Lucas es más explícito; dice Jesús, conmovido en el gozo del Espíritu Santo, dijo: Ese rasgo, esa descripción que hace San Lucas, es muy hermosa porque nos permite asomarnos un poquito al corazón de Jesucristo y de todo lo que se podría meditar. Yo solo quiero compartir con ustedes. Una reflexión sobre esa oracioncita que hace Cristo, porque en esa oracioncita Cristo retrató su propio corazón: "Te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y las revelaste a los pequeños". Eso lo dijo Cristo lleno de alegría, nos dice San Lucas. Cosa que es extraña: Cristo no parecía ser efusivo, ni sentimental, ni emocional. Pero en esta ocasión se llenó de gozo del Espíritu Santo y dijo: "¡Te alabo!" Es una oportunidad única para conocer ese amor del que venimos hablando, y una oportunidad maravillosa de saber qué es lo que alegra a Jesucristo. Porque si usted quiere conocer qué es lo que una persona ama, busque qué es lo que le alegra: "Dónde está tu alegría, ahí está tu amor". ¿Cuáles son tus alegrías? Esos son tus amores. Y como este es un pasaje en que Cristo se alegró, pues tenemos que saber cuál es el amor que está detrás de esa oración, detrás de esa alabanza. Es una alabanza extraña. Es una alabanza extraña porque parece una alabanza como de revancha: "porque ocultaste estas cosas a los sabios y las revelaste a los pequeños". De pronto uno esperaría que el amor de Jesucristo o la alegría de Jesucristo fuera, por decirlo así, más universal, o que hubiera dicho solo la parte de los pequeños, pero sin decir: "Te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios". Uno se siente un poco extraño de que Cristo diga: "Te alabo porque ocultaste estas cosas a los sabios". Yo creo que esa es la parte problemática de esta alabanza, "porque revelaste estas cosas a los pequeños". Se entiende como motivo de alabanza. Es como un maestro maravilloso que puede explicar o que puede manifestar las cosas más abstrusas, las cosas más difíciles, incluso a los alumnos más duritos de entendimiento. Te alabo, Padre, porque tú logras explicarle estas cosas a los sencillos. Pero Cristo no dijo: "Te alabo porque tú logras explicar". Yo te alabo, Padre, porque tú revelas estas cosas a los sencillos. De todos modos, si Cristo hubiera dicho solamente ese pedacito, uno como que lo entendería más y segurísimamente uno lo entendería de esta manera: "Te alabo, Padre, porque tú te las arreglas para hacerles entender, incluso los bruticos de la clase", que es lo que tú quieres decir. Pero esa no es. Esa no es la enseñanza que podemos sacar de esta alabanza. Eso no es el motivo de la alabanza de Cristo. Cristo no está alabando aquí la capacidad pedagógica de Dios, que incluso a los más brutos y a los más cerraditos, les hace entender las cosas -como quien dice: entienden los más inteligentes y se las arregla para hacerse entender hasta de los bruticos-. Eso no es lo que Cristo dice. Y para que quede claro, que no es eso lo que dice: Por eso dice: "Te alabo, porque ocultaste estas cosas a los sabios y a los entendidos". Cristo no está diciendo aquí que el Padre Dios es como una especie de maestro que claro se hace entender de los adelantados del salón, pero se las arregla también para que los bruticos no se queden. No está hablando de eso. No está haciendo un elogio aquí de la capacidad pedagógica del Padre. Sí me está haciendo un elogio aquí de los caminos, los caminos de revelación del Padre; eso es lo que está alabando aquí Jesucristo. Y ¿qué quiere decir eso de: "te alabo porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos"? ¿Por qué eso puede ser un motivo de alabanza? ¿Cómo así, que alabar a Dios porque hubo gente que no lo entendió? ¿Hubo gente que no lo comprendió? ¿Por qué eso puede ser motivo de alabanza? Puede ser motivo de alabanza porque... ¿quiénes son esos sencillos, esos pequeños? ¿Quiénes son? ¿A quiénes se corresponden? Esos sencillos y esos pequeños: Son aquellos que son despreciados por el mundo, son aquellos que no tienen cómo hacerse valer en esta tierra; el que tiene plata, con la plata se hace valer. El que tiene apellidos, con los apellidos se hace valer. El que tiene amistades, con las amistades se hace valer; pero el que no tiene con qué hacerse valer, ese es el pequeño. ¿Por qué sabemos que eso es lo que pensaba Cristo? Porque en el mismo Evangelio, según San Mateo, capítulo veinticinco, habla de los pequeños cuando dice: "Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve enfermo y me visitasteis". Dice: "todo lo que hicisteis a uno de estos". Mis pequeños, mis humildes hermanos. Los pequeños son los que no se pueden hacer valer por sí mismos. Esos son los pequeños. ¿Y qué tiene de bueno ser así, pequeño? Tiene de bueno que el que no se puede hacer valer por sí mismo aprende a poner su confianza en Dios; de manera que lo más bajo del mundo se junta con lo más alto del cielo y eso es maravilloso. Y eso suscita la alabanza en el corazón enamorado de Jesús. Esa parte ya la entendemos un poquito. Y ahora ¿por qué? vuelvo a la pregunta: ¿Por qué entonces alaba a Dios de que los sabios y los entendidos no logren comprender, no puedan recibir la revelación? Pues porque ese es el mejor camino para ellos. Lo mejor que le puede pasar al sabio según esta tierra, es que no entienda por fin algo. Eso es lo mejor que le puede pasar. Porque cuando el sabio que se las sabe todas no logra pescar esta, empieza a dudar de sí mismo, se agrieta su soberbia, se cae su pedestal, llega a tierra y se vuelve un pequeño, y así pequeño. Ahí sí Dios le puede revelar sus secretos. O sea que hay que dar gracias por las dos cosas. Gracias porque a los pequeños que no tienen en qué apoyarse, tú les sirves de apoyo. Pero gracias porque a los grandes que sí creen que pueden apoyarse, tú les dejas que se den sus totazos. Porque esos "guanábanazos" que se dan los grandes. Ese no poder entender de los sabios y de los adelantados. Esa incomprensión, esa ceguera que en que quedó San Pablo -que se sabía toda la ley de Moisés y quedó ciego en el camino de Damasco, quedó ciego, no podía ver nada, no podía dar un paso-. ¡Bendita ceguera!, bendita. Esa ceguera le mostró a Pablo que no veía, que no estaba viendo nada. El comienzo de la luz es la ceguera. El comienzo de la verdadera sabiduría es darse uno cuenta de que no entiende. Es ternura de Dios, no es crueldad, ni venganza de Dios; es ternura de Dios que los sabios y los entendidos se queden sin comprender nada. Eso es ternura de Dios, porque así Dios los está conduciendo a que lleguen a ser un día pequeñitos; y cuando sean pequeños, entonces les podrá contar todos sus secretos. No es que Dios esté diciendo: "Los sabios nunca entenderán nada, Los pequeñitos sí entenderán siempre"; lo que está diciendo es: "Los pequeñitos comprenden y los que creen que comprenden, hagamos que no comprendan, para qué entonces comprendan que no comprenden y así lleguen a comprender". Esa es la pedagogía de Jesucristo; esa es la pedagogía del Padre. Y cuando Jesús se dio cuenta de que el Padre Celestial hacía eso con la gente, Jesús desbordó en alabanza y dijo: "¡Este es mi papá, este sí es mi papá!". Mi papá encontró una manera de llegarle a los más pequeños y, por esa puerta de lo pequeño, invitar a todos, también a los que se creen grandes. Así es Jesús: Jesús con su amor sabio y poderoso. Jesús, con su amor lleno de alabanza a quien hoy hemos podido retratar. A mí no me gustan los retratos, no me gustan los cuadros de Jesús. Quien sabe, de pronto un día habrá uno que me guste. No me gustan. Pero aquí, aquí yo veo retratado el Sagrado Corazón de Jesús.

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