Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Jesús entra a Jerusalén a denunciar y a vencer el mal. Cristo con su humildad y con su sabiduría nos ayuda a entrar en esta Semana Santa.

Homilía aram010a, predicada en 20200405, con 6 min. y 12 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo para todos!

Este es el Domingo de Ramos. Lo llamamos así, por supuesto, porque cuando Jesucristo entró en Jerusalén, la gente entusiasmada le aclamaba, le bendecía y tuvieron un gesto de arrancar ramas de los árboles para ponerlas como una especie de tapete de honor cuando el Señor entraba a Jerusalén. Por eso lo llamamos Domingo de Ramos. Hoy vamos a hacer una pregunta de esas que yo llamo pregunta de niño. Muchas veces los niños hacen preguntas que parecen obvias, pero que tienen bastante profundidad, y nuestra pregunta de niño hoy es: ¿Por qué Jesús tenía que ir a Jerusalén?, ¿Por qué? Evidentemente, en Jerusalén le aguardaban todos los peligros, todo lo malo que le podía suceder y que de hecho le sucedió, le estaba aguardando, agazapado en Jerusalén.

Como diría la gente del pueblo de mi madre, ¿Qué tenía que ir a buscar a Jerusalén?, ¿Por qué Jerusalén? Hay varias respuestas y yo voy a compartir las mejores que conozco. Varias respuestas sobre por qué Jerusalén. La primera respuesta es que Jerusalén es la ciudad del rey. Es la ciudad de David. Es la ciudad del Mesías. Un Mesías que huye de Jerusalén. Un Mesías que se queda cómodamente fuera del peligro, en Jerusalén; es un Mesías que ha renegado de su ciudad. Por alguna razón que no es tan difícil de encontrar, lo asocio con lo que pasó en el siglo catorce, cuando varios Papas que son conocidos como los Papas de Aviñón se fueron de la ciudad de Roma. Estaba muy peligrosa la situación en Roma. Entonces se fueron de Roma a una ciudad del sur de Francia que se llama Aviñón. Por cerca de setenta años estuvieron los Papas allá, pero las consecuencias realmente negativas en su mayor parte que eso trajo, pues bien, las cuenta la historia.

Así que el lugar del Mesías es Jerusalén. El lugar para reinar es Jerusalén. Esa es la primera razón. Segunda razón: Sucede que Dios había hecho, estaba haciendo un camino con su pueblo. Ese camino, el camino que Dios hizo con su pueblo, es lo que conocemos como una historia de salvación. Y en esa historia, en ese recorrido de Dios con su pueblo. Cristo no es un accidente ni es una rueda suelta. De hecho, Cristo es la culminación de esa historia y en esa historia que Dios había construido con su pueblo, tiene un lugar absolutamente central Jerusalén. Jerusalén, la ciudad del Santo. Jerusalén, donde está el templo. Es decir, si Cristo se hubiera quedado, qué sé yo, en Galilea o en la región de Fenicia, en la región de Tiro y Sidón, en la Decápolis, si Cristo se hubiera quedado en otras zonas aparentemente más seguras para Él; sí, hubiera estado más seguro Él físicamente, esa parte estamos de acuerdo. Pero la pregunta sería: ¿Y todo lo que Dios había hecho antes y todo el camino recorrido antes?; ¿Qué, Dios abandona y empieza por otra parte? ¿No se supone que Dios, -y así lo es-, es el que cumple sus promesas?, ¿El que lleva a plenitud sus promesas?, ¿En dónde quedarían las promesas de Dios? Esa es una segunda razón. Y la tercera razón: Bien hemos dicho al principio, los enemigos de Cristo se centraban, se concentraban en Jerusalén. Es decir, por un lado, fariseos y escribas, por otro lado saduceos y herodianos.

Saduceos y herodianos, adictos al poder y tratando de que nada cambie, fariseos y escribas apegados a su propia manera de ver las cosas sobre la interpretación de la ley y por consiguiente, fastidiados y enojados hasta la muerte contra Cristo. Sí, ahí estaban todos los enemigos. Pero esos enemigos, ¿Había que dejarlos que siguieran afianzándose en su poder?; ¿O había que enfrentarlos? ¿Qué encontramos en los profetas? ¿Se quedó callado Jeremías ante la corrupción que había en el templo en aquella época?, ¿Se quedó callado Amós frente a la corrupción que había en el santuario? No. El mal también hay que denunciarlo y hay que vencerlo. Y por eso Jesús entra a Jerusalén. La acogida que recibe, ya sabemos, es grandiosa, grandiosa. Pero Cristo, Cristo sabe para dónde va ello y con su humildad y con su sabiduría, nos ayuda a entrar en esta Semana Santa. Para Él sea la Gloria. Amén.

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