Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El costo por la adhesión de amor y obediencia de Cristo al plan del Padre al declararse Rey es la muerte por nosotros en la cruz.

Homilía aram009a, predicada en 20170409, con 6 min. y 41 seg.

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Transcripción:

Con el Domingo de Ramos, nuestra Iglesia Católica inicia la solemne celebración de la Semana Santa. La cumbre, el culmen de toda nuestra fe. Está muy próximo en la solemnidad de la Pascua. Tenemos el corazón mismo de todo lo que creemos, de todo lo que esperamos y de todo lo que amamos. Y el comienzo de esta semana es precisamente el Domingo de Ramos. ¿Qué recordamos en esta solemnidad? Recordamos las aclamaciones del pueblo. Recordamos el júbilo de todos los que reciben a Cristo como Rey en Jerusalén. Era algo que muchas personas habían estado esperando, algo que habían deseado ardientemente. Algo que incluso le habían sugerido a Cristo varias veces.

Encontramos después de algunos milagros, que la gente quería llevárselo para proclamarlo rey; pero Cristo no había aceptado, no había aceptado hasta ahora. Ahora, en cambio, en el Domingo de Ramos no solamente acepta las alabanzas y el júbilo y las aclamaciones del pueblo, sino que reprende a aquellos que quieren impedir este júbilo, esta alegría. Así que la primera pregunta que tenemos que hacernos es ¿Por qué antes no aceptaba estas aclamaciones como rey, y ahora sí las acepta? Para eso tenemos que hacernos otra pregunta y es, ¿Qué implicaba aceptar el título de Rey? La verdad es que el título de rey significaba una declaración de guerra para todo aquello que rodeaba a Jesucristo. Por supuesto, declararse rey significaba ponerse en el punto de mira del Imperio Romano, que solamente podía considerarlo como un revoltoso más que había que eliminar pronto, como ya habían eliminado a varios.

O sea que declararse rey era declararse enemigo de los romanos. Declararse rey era declararse enemigo de la casta sacerdotal. Los sumos sacerdotes habían logrado un equilibrio político muy frágil, pero muy fino, que les permitía a éllos seguir viviendo del templo de Jerusalén, mantener a la gente tranquila y llevar su vida como si nada estuviera pasando. Era entonces evidente que cuando los romanos fueran a contraatacar, si Cristo se declaraba rey, era evidente que eso suponía la destrucción del orden que tan difícilmente los sacerdotes habían logrado conseguir. Como lo dice Caifás, y lo vamos a escuchar el Viernes Santo. El gran temor de ellos es -van a venir los romanos y van a acabar con el lugar santo. Es decir, nuestra forma de vida se va a terminar. Esto va a ser la destrucción total-.

Los temores de los sumos sacerdotes no eran arbitrarios. Efectivamente, sabemos que en ese mismo siglo en el que vivió Cristo unos pocos años después, efectivamente los romanos llegaron y trituraron la resistencia de los judíos y acabaron con Jerusalén. Así que declararse rey era también declararse enemigo de los sumos sacerdotes, los cuales razonablemente veían amenazada su forma de vida. Declararse rey era declararse en guerra con Herodes, porque Herodes tenía el título de rey. Si Cristo se mostraba como verdadero rey, como verdadero Mesías, pues desde luego estaba denunciando la mentira, la impostura de Herodes. Y por supuesto, Herodes no se iba a quedar quieto con eso.

Declararse rey era declarar que las promesas que Dios hizo al rey David se cumplen en Jesucristo. Y esto no era del agrado de los fariseos, porque los fariseos entendían que la llegada del reino de Dios estaba ligada a la obediencia estricta a la ley. Pero como ese no es el mensaje que predica Cristo, declararse rey es poner a los fariseos en ridículo, y es decir que el camino rigorista, asfixiante, hipócrita de los fariseos no tenía cabida dentro del plan de Dios. Esto era echarse encima a los fariseos y también a los intelectuales, que eran muy amigos de los fariseos y que eran como su base académica, es decir, los escribas. Es decir, que declararse rey era echarse encima a toda la gente, era declararse enemigo de los escribas, de los fariseos, de los saduceos, de los sumos sacerdotes, de los herodianos, de los romanos.

Y luego vamos a ver que también era echarse encima al pueblo, porque lo que el pueblo quería al aclamar a Cristo como rey. Lo que quería era, evidentemente, que Cristo le diera su merecido a los romanos y por consiguiente tuviera una gran victoria política. Pero como Cristo sabe que los daños del corazón humano no se limitan a la política, entonces Cristo sabe también que las aspiraciones políticas de la gente no son exactamente el plan de Dios.

Esto quiere decir que Cristo no iba a complacer la expectativa del pueblo, y también el pueblo iba a estar en contra suya. En resumen, al declararse Cristo como rey, está diciendo a prácticamente todos los que le rodean, -Lo que ustedes han pensado, lo que ustedes han buscado, lo que ustedes han deseado, no es lo que Dios quiere-. El plan de Dios es distinto y la adhesión de amor y obediencia de Cristo al plan de Dios Padre, le va a salir muy costoso. El precio es exactamente la cruz, como lo veremos en la Semana Santa.

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