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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Domingo de Ramos: aclamar a Cristo como rey para aprender de su pasión y pascua qué es reinar y cuál es su reinado.
Homilía aram005a, predicada en 20110417, con 4 min. y 43 seg. 
Transcripción:
Isaías, capítulo 50. De ahí está tomada la primera lectura en este Domingo de Ramos. Pero ante todo, hay que explicar por qué lo llamamos así, los ramos o las palmas o demás elementos de aclamación y celebración que utilizamos en este día tan especial. Son nuestra manera de conectar con aquello que sucedió cuando Jesús entró en Jerusalén. Cristo entra en Jerusalén y la multitud lo saluda jubilosa: -Hosanna al que viene en el nombre del Señor-. Cristo, en ese momento inolvidable, es reconocido por su pueblo como el Ungido del Padre. Debería ser el comienzo de un reinado feliz. Al fin y al cabo, cuando se le llama a Cristo Hijo de David, se está diciendo que Él es el verdadero heredero del trono y que Él merece honor incomparable. Pero las cosas, ya lo sabemos, tomarían un rumbo muy diferente. Y ese camino distinto es el que vamos a recorrer en la Semana Santa. Esto incluye la traición de Judas, la negativa y la huida de los demás discípulos, y luego la tortura espantosa que padece Cristo, su muerte en la cruz. La historia no termina ahí, sin embargo, vendrá también el triunfo de la resurrección, que entonces es victoria sobre el demonio, sobre el pecado, sobre la noche y sobre la muerte. Esto es lo que queremos celebrar. ¿Pero tiene sentido entonces aclamar a Cristo?, ¿Tiene sentido batir nuestras palmas, o, o nuestros pañuelos, o lo que utilicemos para celebrar a Jesús en este día?; ¿Eso tiene significado? Cierto que sí; en verdad, sí lo tiene. Porque Cristo es nuestro Rey. Lo que le estamos diciendo al aclamarlo de esa manera es que queremos que Él sea quien reina en nosotros. Y este, esta exclamación jubilosa, tiene que seguir resonando en la Iglesia. Un gran teólogo, Yves Congar, decía hacia el final de su vida: -La Iglesia tiene que convertirse al Evangelio-. Esto no significa que la Iglesia no tenga el Evangelio o no pueda darlo. Pero ese mismo Evangelio que ofrece, en primer lugar tiene que asumirlo, recibirlo, tiene que dejarse cuestionar por él. La Iglesia es al mismo tiempo santa y necesitada siempre de conversión, y por eso necesitamos este mensaje del Evangelio para encontrar en él hacia dónde nos tenemos que dirigir. Así, por ejemplo, nos damos cuenta que en la lectura de hoy, el rostro del Evangelio es el rostro de la humillación que termina en exaltación. Isaías 50 nos está contando eso. El capítulo segundo de la carta a los Filipenses nos está diciendo eso. La pasión de nuestro Señor Jesucristo en esos capítulos de San Mateo, empezando en el 26, nos está diciendo eso. Es decir, somos invitados a asumir la realidad y la verdad del Evangelio. Nosotros quisiéramos quedarnos únicamente con la parte externa y la aclamación y el aplauso, pero hay que hacer el camino completo. Hay que reconocer a Cristo como Rey cuando está el momento de la fiesta, pero también cuando llega el momento de la oscuridad, cuando está la resurrección y cuando se pasa por la cruz. Porque también nuestras vidas tienen cruz y tienen Pascua. Que esta Semana Santa que vamos a iniciar, sea la ocasión de descubrir a Cristo en su verdad y que sea la ocasión de participar con Él de las horas duras, de la pasión y del momento glorioso de la resurrección. Hagamos ese propósito en este instante. Vivir con santidad desde la fe y desde el amor. La Semana Mayor.

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