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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cinco palabras para Pentecostés: despertar, fuego, viento, perdón y armonía
Homilía apen015a, predicada en 20260524, con 17 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Hermanos, Tomemos de las lecturas de hoy cinco, cinco elementos para que se nos grabe bien el regalo de Pentecostés. Nos dice la primera lectura que hubo un ruido. Ese ruido lo podemos llamar un despertar. Como dicen en inglés, -Wake up call- es un despertar, una sacudida, un ruido; que aparecieron unas llamas de fuego. Segunda palabra. Fuego. Tercera palabra. Hubo un viento impetuoso. La cuarta palabra la tomamos del Evangelio. Perdón. Esa reconciliación con Dios es encontrar la paz con Dios. Y luego tenemos la quinta palabra que está en el Evangelio y que está en la primera lectura y que está en el texto de la primera carta a los Corintios, la unidad, la armonía de la Iglesia. Porque la Iglesia no es una fábrica de clones, no somos fotocopias. La Iglesia se parece a un jardín y cada uno de nosotros tiene su don propio y cada uno recibe del Espíritu su aroma espiritual propio. Entonces, las cinco palabras con las que nos vamos a quedar son: despertar, fuego, viento, perdón y armonía. Todo eso hace el Espíritu. Lo primero, el despertar. Ya San Pablo, en la primera carta a Timoteo, nos habla de cómo en aquel tiempo estamos hablando del siglo primero se repetía esta frase: "Despierta tú que duermes y te iluminará Cristo". Nuestro despertar es como un eco de la resurrección de Cristo. Así como el muerto está quieto y como dormido, eso es lo que significa la palabra cementerio. Etimológicamente cementerio quiere decir eso: -Lugar de los que duermen-. ¡Despierta, tú que duermes! Hoy tenemos que decirle a la Santa Iglesia En primer lugar, ¡Despierta! Si estás en la tibieza ¡Despierta! A una vida activa de servicio en la Iglesia. Si estás atrapado por el pecado, Dormido en tu pecado ¡Despierta a la santidad! Si estás encerrado en el miedo ¡Despierta! A la libertad. Eso lo hace el Espíritu. Es el despertar de Dios en nuestra vida. Ese despertar le cambia la vida a la gente. Ese despertar lo vivió San José. El Espíritu por medio del ángel, lo despierta para librarlo del peligro cuando la persecución de Herodes "¡Despierta y ponte en camino!" Ese despertar es el despertar de la conversión de un San Francisco de Asís o de tantos otros santos. Luego tenemos la palabra fuego. La segunda palabra, el fuego purifica y el fuego, especialmente en los países que tienen un invierno crudo, se convierte en el lugar donde se reúne la familia. ¿Sabía usted que la palabra hogar está emparentada con la palabra hoguera? Una hoguera. Un hogar es el lugar donde arde el fuego. Por eso el fuego congrega en el frío del mundo. ¿Cuál es el frío del mundo? El individualismo, el frío del mundo es ese, donde cada uno se ocupa únicamente de lo suyo y se vuelve indiferente y duro frente al hermano. El mundo se está muriendo de egoísmo. El mundo se está muriendo de individualismo y de frío. Pero viene el fuego del Espíritu Santo, fuego que a la vez nos purifica. Lo que hace el fuego purifica. Por eso en algunos lugares, cuando no hay otro recurso, el agua se hierve para que ese fuego, ese calor, haga potable el agua. El fuego nos purifica y el fuego nos congrega. El Espíritu Santo es el que hace de la Iglesia una hoguera y de la hoguera un hogar para que todos nos sintamos en casa. Y necesitamos que se sientan en casa los que están lejos, los que se han sentido rechazados, los que se han sentido olvidados; por su enfermedad, por su edad, por su condición social, por su pobreza. El Espíritu Santo, el fuego del Espíritu, purifica cada corazón y une los corazones para que la Iglesia sea un hogar. Tercera palabra: El viento. El Espíritu Santo es viento de Dios. Ese viento ya aparece en el capítulo primero del libro del Génesis cuando se dice que el Espíritu acariciaba las aguas. El viento que refresca. Cómo se aprecia esa brisa. Por ejemplo, cuando está haciendo calor y te puedes sentar donde hay un poquito de sombra y viene ese viento, ¿No es verdad que se siente muy agradable? El viento hay que mirarlo como caricia, la caricia de Dios para el mundo, la caricia de Dios para la creación. Y necesitamos esa caricia y necesitamos ese consuelo. Todos lo necesitamos. Pero hay sobre todo algunas personas que necesitan ese consuelo. Antes de venir a la Santa Misa. Estaba escuchando algunos mensajes que me han enviado personas de mi país con distintas necesidades. Una madre que está muy angustiada por un embarazo inesperado, incluso ha considerado la posibilidad de eliminar esa vida. El miedo. El miedo la tiene atrapada. Está asustada, pobrecilla. No la juzgamos, no la juzgamos, pero sentimos que necesita arroparse en el amor de Dios y en el amor de las personas que la conocemos, para que no vaya a cometer una barbaridad de la que se arrepentirá el resto de sus días. Necesitamos ese amor que acaricia, pero el viento también puede ser muy fuerte y ese viento fuerte a veces lo necesitamos para que se lleve lejos aquello que nos aparta de Dios. Necesitamos que el viento potente del Espíritu quite de nosotros lo que nos está apartando de Dios. Y el viento también ha sido en las aguas de los océanos. Ha sido el gran motor que ha movido las barcas, que ha movido, los veleros que han movido los barcos. Ese viento también lo necesita la Iglesia para no estancarse. El viento del espíritu nos libra del conformismo, de la mediocridad. La cuarta palabra es el perdón. Cristo dice en el Evangelio que hemos escuchado, que nos ha proclamado nuestro querido diácono: "Recibid el Espíritu Santo, -dijo Cristo a los apóstoles- a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados". Esto es de lo más grande que tiene el Nuevo Testamento, porque sabemos que Dios es el que puede perdonar, pero aquí claramente Dios le está dando esa potestad a seres humanos frágiles como lo somos todos. Este es uno de los textos fundamentales para entender y valorar el sacramento de la Confesión. Algunas personas dicen: -Yo qué me voy a confesar con un hombre-. Léete, por favor. Juan, capítulo 20. Léelo. Lee este versículo. Cristo dijo, a ver, leo completo: "Sopló sobre ellos". Es por el poder del Espíritu. Cuando el Padre Javier nos confiesa, no es el Padre Javier, es el poder de la gracia del Espíritu que le ha constituido servidor permanente en la Iglesia por el don del sacerdocio. No es el hombre el que me perdona. Es el don del Espíritu que habita en esa persona. "Recibid el Espíritu Santo", dijo Cristo a los apóstoles. Y claramente ese mensaje no era solo para los apóstoles, porque la necesidad de perdón es para todas las generaciones. Entonces está en la Biblia que un ser humano puede ser instrumento del perdón de Dios. Eso está en la Biblia. Aquí lo tienes, es el Evangelio de hoy y es el poder del Espíritu. O sea que este texto, en primer lugar, nos ayuda a comprender y valorar el Sacramento de la Confesión. Pero en segundo lugar, este texto también tiene otro mensaje y es la capacidad de perdonarnos entre nosotros e incluso de perdonarnos a nosotros mismos, porque a veces Dios ya te perdona. Esto lo puedo decir por el sacramento del orden sagrado. También yo administro, así como yo me confieso, también administro la confesión a otras personas. Y uno a veces se da cuenta que hay personas que repiten y repiten cosas que ya han confesado claramente. Dios ya te ha perdonado, pero tú no te logras perdonar, por errores que cometiste. Tal vez con un hijo, con un amigo en tu pasado, algo que no logras perdonarte. Ahí se necesita también que el Espíritu Santo te ayude, que te reconstituya y que te quite la soberbia que disfrazadamente, solapadamente se mete cuando uno no se logra perdonar. He contado varias veces algo que me sucedió a mí. Fui a confesarme, le digo mis miserias, mis pecados al sacerdote y yo agregué esta frase que fue importante que la hubiera dicho ya van a ver por qué, yo agregué esta frase: -No sé cómo pude cometer ese pecado-. Se voltea el padre y me dice con firmeza: -¿Cómo se le ocurre decir esa frase? Cómo si usted no pudiera cometer ese pecado-. En el fondo es soberbia. A veces uno no se logra perdonar porque uno tiene un ego tan alto. Eso me ha pasado. Luego, después de eso, ya llegué a la humildad. Ahora ya soy humilde. Entonces uno tiene un ego tan alto que entonces uno por la soberbia dice: -Pero ¿Yo cómo pude caer en eso? Pero ¿Yo, cómo? Pues claro, si estás hecho de barro, hermanita querida, hermano querido, si estás hecho de barro. Entonces el don del Espíritu Santo trae la reconciliación interior para que tú con humildad te puedas perdonar y para que tú puedas perdonar a las personas que te han hecho daño, lo cual no significa que les des permiso de maltratarte ni cosa parecida, pero eso te ayuda que tú puedas perdonar y que puedas acercarte al sacramento de la confesión. Por último, apoyándonos en las tres lecturas, hablamos de la obra del Espíritu que nos da armonía y ¿Dónde se vive esa armonía? Se vive en la Iglesia local, concretamente en cada parroquia, en cada comunidad, en cada grupo de oración, en cada movimiento. Hace poco, hace unos cuantos días nuestro Papa León, hacía una hermosa reflexión sobre qué tienen que vivir los distintos grupos y movimientos en la Iglesia. Y decía bellamente el Papa León, que cada movimiento tenía que aprender a ser fiel a su propia inspiración y ¡¡Abierto, abierto!! A toda la Iglesia. Esa es la armonía. Aplica ese principio a todo. Entonces, por ejemplo, en el matrimonio esto es muy bello. Necesitamos matrimonios donde el varón se sienta feliz de ser varón, de ser hombre y de aportar la fuerza de su masculinidad aportarla. Pero él no es todo, él no lo resuelve todo. Él no es el único que piensa. Él no es el único que decide. Él es parte de algo más grande que se llama la pareja que se llama la familia. Lo mismo la mujer. La mujer tiene dones propios que Dios le ha dado. Me gusta decir la mujer es ministra de la vida. La mujer tiene dones propios, pero la mujer no tiene que decidir todo, acaparar todo, controlar todo. Esa es la armonía que trae el espíritu. De manera que el hombre sepa ser hombre y abrirse al don de la feminidad y al don de los hijos. Que la mujer sepa ser mujer se sienta feliz de ser mujer, pero al mismo tiempo se abra a la riqueza de tener ese amor de hombre y de tener una familia. Lo mismo los hijos. Los hijos no tienen que ser papás porque hay ahora unos hogares donde los hijos deciden todo, dónde nos vamos de vacaciones. Entonces se reúnen el papá, la mamá y le piden consejo al gran a la gran asamblea de los hijos. Hijos, ¿Dónde vamos a ir de vacaciones? Nos vamos a no sé dónde. Y hijitos, hijitos, ¿Y qué vamos a comer hoy? Hoy no se come. Entonces el mundo tiene un orden. El mundo tiene un orden. Ese orden viene de Dios. Entonces el Hijo tiene mucho que dar con su alegría, con su entusiasmo, con su novedad, con su creatividad, con su fuerza. Pero el Hijo no es el papá. La hija no es la mamá. La mamá no es un hombre. El hombre no es una mujer. Eso es lo que trae el espíritu. Que cada uno aprenda a valorar lo que es y que al mismo tiempo se pueda abrir a los otros dones que hay en el mundo y que hay en la Iglesia. Ahora aplícalo también a la Iglesia. El sacerdote no tiene que portarse como un laico y el laico no tiene que portarse como un sacerdote. Cada uno tiene sus dones propios y esa es de las cosas hermosas que uno ve, por ejemplo, en la liturgia. Fíjate cómo en la liturgia se da algo muy hermoso y es que hacemos cosas diferentes, pero nos complementamos en una belleza. Entonces está el diácono. El diácono hace lo que tiene que hacer el diácono, el que preside, el que concelebra, el acólito. Todos hacen lo que les corresponde y todos participamos de una misma liturgia. Esa es una imagen de lo que es la armonía que trae el Espíritu Santo. Así que nos quedamos con esas cinco palabras: Despertar. ¿Cuál era la segunda? ¡Fuego! Gracias a Dios. Algunos se acordaron. La tercera. Viento. Viento, se ve que en Puerto Rico les gusta el viento. Cuarto, El perdón. Perdonarnos. Confesarnos. Perdonarnos a nosotros mismos. ¿Y la quinta y última? La armonía. Un solo cuerpo. Un solo espíritu. Decía San Pablo: "Un Señor. Una fe. Un bautismo".

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