Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Personajes de la Biblia que encarnaron los dones del Espíritu Santo.

Homilía apen013a, predicada en 20230528, con 39 min. y 12 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos, en primer lugar quiero presentar un saludo fraterno y afectuoso de parte de nuestro superior local, el Padre Prior, Padre Javier Castellanos, que hubiera querido estar presente en esta celebración. Pero otros compromisos pastorales y de evangelización reclamaron su presencia. Vigilia de Pentecostés, día de Pentecostés, día de gozo, día de esperanza. Día en que la Iglesia vuelve su mirada a sus fuentes. Porque, en cierto sentido, el día de Pentecostés es el nacimiento mismo de la Iglesia. La Iglesia que nace con la fuerza del Espíritu. La Iglesia que nace arropada en la oración de María Santísima. La Iglesia que nace con fuego y con poder.

Decía uno de los grandes teólogos del siglo XX. El padre Yves Congar, decía que el Espíritu Santo es el gran desconocido y con la ayuda del Señor, del Señor Jesús y con la ayuda del mismo Espíritu, quisiéramos todos nosotros como comunidad dominicana, dirigiéndonos a ustedes y a quienes siguen esta transmisión por el Canal Cristovisión. Quisiéramos que el Espíritu Santo fuera un poco menos desconocido, un poco más conocido. Al Espíritu lo conocemos fundamentalmente por sus obras, y el Evangelio que acabamos de escuchar nos muestra cuál es la primera de esas obras. Es la obra de la purificación. Esto no debemos olvidarlo.

Hay una parábola en la que Cristo describe la obra del Espíritu con este ejemplo. Dice el Señor: -Cuando un hombre fuerte tiene asegurada su casa, se considera firme, se considera seguro, pero llega otro más fuerte y le quita lo que creía que tenía-. Y con esa comparación el Señor hace referencia a lo que sucede cuando llega el Espíritu Santo, que es el más fuerte y le quita su posesión a ese que se creía tan dueño, es decir, al pecado, incluso al demonio mismo. O sea que lo primero que hace el espíritu es lavar, limpiar, arrojar fuera lo que no es de Dios. Lo que no conduce a Dios, es la purificación, es la sanación que hace el espíritu, sanación que todos necesitamos, las personas, las parejas, las familias, las comunidades. Hoy hermanos, no estamos orando solamente por los aquí presentes, estamos orando por Colombia, estamos orando por el mundo.

Queremos que haya un diluvio de amor y de gracia, un viento impetuoso como el que se sintió el día de Pentecostés, que pase por las calles, por las casas, pero sobre todo por los corazones, limpiando, purificando. Este es el día, hermanos, para sentir hastío del pecado. Este es el día para sentir cansancio de tanta corrupción que se ha metido por todas partes, incluso hasta ensuciar el cuerpo de la Iglesia. Este es el día para pedir, para implorar la acción del Espíritu que llegue con fuerza a nosotros y a todos y pueda realmente limpiar corazones, limpiar las intenciones, limpiar la boca, limpiar los pensamientos. Cuánta cosa puerca que ha llegado a nuestro cerebro, cuánta indecencia que ha salido de nuestra boca, cuánta oscuridad que ha tomado cobijo en nuestros corazones.

Que venga el espíritu, que venga con fuerza y que saque todo eso; de tal manera que se prepare una digna morada para el Señor Jesucristo y para que el Reino de Dios pueda suceder. Y en este sentido, yo creo que es bueno irnos a los ejemplos bíblicos en cada paso de esta meditación. Quisiera yo mencionar algún ejemplo que nos muestre cómo en la Palabra de Dios esto se cumple. Y el primer personaje que me sirve de referencia es el gran profeta Elías, del que nos habla el primer libro de los Reyes. Impresionante el profeta Elías. Impresionante. Un profeta como un fuego. Elías lleno del fuego de Dios y al final de sus días, arrebatado por el mismo fuego de Dios, puso al pueblo frente a una clara confrontación.

En el monte Carmelo; Elías llamó a todo el pueblo y le dijo: "Si Baal es Dios, sigan a Baal. Pero si Yavé, el que nos sacó de Egipto, es Dios, sigan entonces a Yavé". Esa confrontación fue una tremenda purificación que sucedió en el Monte Carmelo. Fue un día de oración. Fue un día donde este hombre, prácticamente en soledad, enfrentó a todo el pueblo, enfrentó tanta idolatría de tanta gente y con el fuego del cielo que finalmente consumió el holocausto preparado por Elías, mostró cuál es el Dios verdadero. Nos sirve entonces de referencia el profeta Elías para este primer elemento, para este primer punto de nuestra enseñanza.

El espíritu que limpia, que purifica, que nos aleja de toda ambigüedad, de toda idolatría. Después de esa purificación, ¿Qué trae el Espíritu? Según nos enseña nuestra fe. Lo que el Espíritu trae son sus dones. La palabra don significa regalo. Una vez que ya se ha limpiado la casa, viene el mismo Espíritu y colma de dones al pueblo. Basándonos en la enseñanza de la Iglesia, especialmente de Santo Tomás de Aquino, vamos a ver qué es lo que hacen estos dones y cómo realmente, según la expresión de Santo Tomás, nos llevan siendo seres humanos a actuar de un modo genuinamente divino.

Para asomarnos a los dones del Espíritu. Lo mejor es seguir el esquema antropológico de este santo. Hay en cada uno de nosotros una facultad que se llama la inteligencia y que está abierta a la verdad. Y hay otra facultad que se llama voluntad y que está abierta y deseosa del bien y del amor. Inteligencia y voluntad. Y el Espíritu Santo, con sus dones, viene a elevar nuestra inteligencia con su luz. A esto llamamos iluminación, y el Espíritu Santo viene con su fuego. Es el fuego del que nos hablaba la primera lectura. A que arda de amor el corazón. Entonces, según este esquema, que me parece precioso, tres de los dones del Espíritu se dirigen principalmente a la inteligencia. Otros tres se dirigen especialmente a la voluntad. y hay uno que unifica inteligencia, voluntad, cuerpo y alma y que nos une, podríamos decir que nos asocia al ser mismo de Dios.

¿Cuáles son esos dones propios de la inteligencia? Pues hay uno que se le suele llamar el don de inteligencia o con otro nombre don de entendimiento. Los tres dones que van para la facultad de la inteligencia principalmente son Entendimiento, Ciencia y Consejo; Entendimiento, Ciencia y Consejo. ¿Qué hace el don de Entendimiento? Hace que nuestra mente se abra a la Palabra de Dios; como está en la Escritura, como es predicada por la tradición de la Iglesia, como es proclamada por el Magisterio. El don de Entendimiento nos abre a la Palabra de Dios. Ese don de Entendimiento es, en cierto sentido, el primero de los siete dones, porque es el que nos hace entrar en el idioma de Dios.

Cuando uno ha estado extraviado, que es el caso de muchos de nosotros que hemos tenido tiempo de nuestra vida, en que hemos estado cómo extraviados, lejos de Dios, es como si uno no le entendiera el lenguaje a Dios. Todo lo de Dios, todo lo de la religión le parece lejano, amenazante, sospechoso, confuso, contradictorio. Pero cuando llega el don de Entendimiento, es como si fuera una escuela de idiomas que te ayuda a comprender el lenguaje de Dios. Es una luz potente. Ése el primero de los dones, en cierto sentido. ¿Qué personaje de la Biblia nos ayuda a recordar este don precioso? Moisés. Moisés que asciende a la Montaña Santa y que a través de prolongadísimo, ayuno y oración se abre a la Palabra de Dios hasta el punto de poder proclamar al pueblo. . . "Esto es lo que Dios quiere". Don de Entendimiento, que brilla especialmente en Moisés.

Yo espero que ustedes vayan desarrollando una gran memoria, porque vamos a ir recorriendo todos estos dones y personajes. Moisés, don de Entendimiento, ya Dios no es un extraño para mí. Ya llego a la Iglesia, ya voy al grupo de oración, ya hago mis oraciones y empiezo a entender más. Hay una conexión, hay un idioma don de Entendimiento. En segundo lugar, tenemos el don de Ciencia, ¿Qué hace el don de Ciencia? La palabra ciencia en sí misma significa solo conocer. Pero lo que hace el don de Ciencia es permitirnos algo mayor. Nos permite reconocer, ¿Reconocer qué? Reconocer el paso de Dios, la presencia de Dios en la armonía de la naturaleza, en los meandros de la historia humana. Y lo que es más valioso todavía; en los confusos y muchas veces enredados días de la propia historia de uno.

El don de Ciencia nos permite reconocer que Dios siempre estuvo y que Dios siempre está. El mal es arrogante. El demonio ladra mucho, pero la verdad es que Dios siempre está. Y como le decía el mismo Dios a Santa Catalina de Siena: "Nada sale de mi mano sin que recaiga otra vez en mi propia mano". Dios es el siempre soberano. Si usted es una de esas personas que a veces siente, como dice el refrán, refrán, que uno no debe repetir, -Esto se lo llevó el diablo- de por Dios, no digan jamás esas palabras. Esas palabras son una blasfemia. Esas palabras son una negación de la majestad y de la omnipotencia divina. Dios siempre está.

Pero ¿Cómo se puede reconocer que Dios está en medio de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo se puede reconocer que Dios está con un niño que muere de cáncer? ¿Cómo se puede saber que Dios está en la historia de una persona que ha sufrido, por ejemplo, una violación? Sé que son ejemplos extremos, pero a tanto llega el don de Ciencia que le permite a la persona ver a Dios actuando, incluso cuando parece que las tinieblas lo dominan todo. ¿Qué personaje de la Biblia brilló con el don de Ciencia? Muy especialmente el profeta Daniel. Las visiones que aparecen en el libro de Daniel nos muestran que tenía una comprensión de la historia que estaba mucho más allá de lo que daban los ojos humanos.

En la sucesión de los imperios, por ejemplo, Imperio Caldeo, Imperio Persa, Imperio Lágida, Imperio Romano. En esa sucesión de imperios el profeta Daniel no deja de ver la mano de Dios que está actuando. Hoy necesitamos muchísimo del don de ciencia, porque hay muchas personas que sienten que su vida es un fracaso. Hay muchas personas que sienten que este país quién sabe qué le va a suceder. Hay muchas personas que sienten: -La Iglesia, no sé para dónde va ese barco-. Necesitamos el don de Ciencia. Necesitamos el ejemplo del profeta Daniel para reconocer a Dios en la armonía de la naturaleza, en los vericuetos de la historia humana y también en las confusiones y enredos de la propia vida de cada uno. Luego tenemos el tercer don que va para la inteligencia, que es el don de Consejo.

El don de Consejo ilumina la inteligencia para que uno se dé cuenta en las propias circunstancias, con los propios talentos y también con las propias limitaciones, qué es lo que mejor conviene. Santo Tomás de Aquino conecta el don de Consejo con la prudencia, que es virtud cardinal. El don de Consejo nos permite seguir lo que realmente conduce a la mayor gloria de Dios, al mayor bien del prójimo y a la propia santificación. Podríamos decir que el don de Consejo le baja el volumen a tanto ruido que hay en esta tierra. Estamos repletos de ruido por todas partes, se multiplican los medios de comunicación y paradójicamente, quedamos más aislados. El don de Consejo nos ayuda a percibir más allá de todo ese ruido, percibir la voz de Dios.

Es muy importante y por eso hoy les pido a quienes nos acompañan en el templo y a todos, pidamos el susurro del Espíritu, muy particularmente para quienes están discerniendo su vocación, como son nuestros queridos aspirantes dominicos. ¿Qué debe hacer un aspirante? Orar mucho, entre otras cosas, orar mucho, pedirle a Dios ese don del Espíritu para que sepa con sus propias limitaciones, pero también con sus propios dones, virtudes y talentos, qué es lo que Dios quiere de él. Es muy importante el don de Consejo. ¿En qué personaje de la Biblia?, estos personajes los he escogido todos del Antiguo Testamento. ¿En qué personaje del Antiguo Testamento brilla ese don de consejo? Indudablemente, en José, el hijo de Jacob. Ustedes saben que el patriarca Jacob tuvo 12 hijos y uno de ellos fue vendido como esclavo y llegó a tierra de Egipto. Y es interesante ver en toda la historia de este hombre, de este José.

Es interesante ver cómo de cada uno de esos trances tan difíciles, él salió fundamentalmente porque tenía una luz celestial que le permitía discernir cosas en los propios sueños y en los sueños de otras personas. José fue el famoso personaje que le pudo interpretar al faraón los sueños de las espigas, que primero estaban robustas y luego se murieron 7 y las 7 vacas gordas que fueron devoradas por 7 vacas flacas sin que las vacas flacas engordarán. ¿Quién podía entender ese sueño? José tenía tanta finura en su inteligencia. Era algo sobrenatural que pudo discernir esa situación y eso hizo que no solamente se salvara la vida de Egipto, sino que se salvara la vida del pueblo de Dios. Hasta ahora llevamos el don de Entendimiento, el don de Ciencia y el don de Consejo. Son los que tienen que ver, en primer lugar, con nuestra inteligencia. Pero la vida cristiana no es solo entender cosas.

Es necesario que nuestro corazón arda. Recordemos que Nuestro Señor Jesucristo, en el conocido pasaje de los discípulos de Emaús, les iba hablando. ¿Y cuál fue la conclusión a la que ellos llegaron? "¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras? La explicación va para la mente, pero el ardor va para el corazón. Y Cristo que irradia ese espíritu trae algo para tu mente con los dones de Entendimiento, Ciencia y Consejo. Pero Cristo también trae fuego para tu corazón a través de los dones de Temor de Dios, Fortaleza y Piedad. El don del Temor de Dios es en cierto sentido único, porque es un don que va creciendo. Empieza por una sensación de asco frente al pecado, una sensación de asco, de fastidio. Y si alguno de nosotros conoce esa sensación, sabe de qué estoy hablando.

Si una persona, por ejemplo, que es adicta a cualquier cosa, cualquier pecado, por ejemplo, se emborracha, se droga, se masturba, pero un día esa persona siente como repulsión y dice: -Pero, ¿Qué es lo que estoy haciendo?, ¿Qué es esto?- Esa es la micro semilla del don de Temor de Dios. Empieza por un asco y fastidio del pecado, lo cual es un regalazo, porque mientras uno no llegue a sentir asco del pecado, sigue revolcándose en el lodo. Pero pronto el don del Temor de Dios crece y entonces crece en una sensación como de tristeza de ¿Qué es lo que me estoy perdiendo? Hay que ver las vidas de los santos para encontrarse con esas expresiones. Fíjese, por ejemplo, la famosa frase de San Agustín. Cuando San Agustín dice: "Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva". San Agustín tomó conciencia. . . "Todo lo que me he estado perdiendo por Dios, todo lo que me he estado perdiendo.

Es una sensación de prisa, es una sensación de ganas de recuperar como decía Marcel Proust de, "El tiempo perdido". Es una sensación, es un apetito nuevo porque la persona sabe que se ha perdido mucho. Pero el don de temor de Dios, cuando ya madura, es ante todo el miedo de hacer algo que ofenda a quien tanto nos ha amado. Y ese es el don maduro del temor de Dios que vemos en los santos. Lo encontramos en un Santo Domingo de Guzmán que por eso se confesaba con alguna frecuencia, bastante frecuencia. No es que cayera en escrúpulos, es que tenía tanta conciencia del amor tan delicado, tan fino, tan alto, tan perfecto de Dios, que su conciencia no toleraba falta alguna. Ese es don de temor. No es tener un miedo a Dios, ni tampoco miedo de que me voy a condenar.

Es esta historia maravillosa de amor que va llevando a la conciencia de que Dios es el perfectamente santo y que Él lo merece todo. Todo mi corazón, todo mi cuerpo, todo mi ser. ¿En qué personaje encontramos una escena perfecta de lo que acabamos de decir? En el profeta Isaías. Nos describe el capítulo sexto del libro de este profeta que este hombre estando en el templo, tuvo una visión de la grandeza de Dios apenas contemplando el borde de su túnica. ¿Y qué dijo? " ¡Ay de mí! Estoy perdido. Soy hombre de labios impuros, en medio de un pueblo de labios impuros". Es decir, es encontrarse con la santidad de Dios; y de repente, a la luz intensísima de esa santidad, ver lo mediocre que uno ha sido, lo desagradecido que uno ha sido.

Algunos santos tienen expresiones muy duras. La Dominica, Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia. En una de esas oraciones ella exclama, -Yo sé que esta palabra le va a parecer exagerada a mucha gente-, pero decía Santa Catalina: "Infierno es lo que yo merezco", ¿Por qué; es que era una persona que vivía perversamente? No, llevaba una vida que medida con nuestros estándares, era supremamente santa. Pero es que tenía tan clara la santidad de Dios. Es que había recibido unos dones tan grandes de lo alto que ella sentía frente a esa santidad, como que todo lo mío disuena. Es como si usted llega con su ropa de calle a un palacio y los pisos son tan brillantes, tan perfectos, tan inmaculados. Todo refulge de tal manera que usted casi no se atreve ni a entrar, porque usted siente que si entra lo va a ensuciar.

Eso lo vivió Isaías, eso lo vivió el apóstol San Pedro cuando le dijo a Cristo en ese episodio de la pesca milagrosa: "Apártate de mí, yo soy un pobre pecador, apártate de mí. . . " Hermanos, el don de temor de Dios tenemos que recuperarlo. Vivimos en una época en la que resulta barato y fácil insultar a la Iglesia. Vivimos en una época en la que resulta barato y fácil blasfemar. Proyectos de ley, por ejemplo, en el Parlamento español quieren quitar para siempre o eso es lo que ellos quieren, el delito de blasfemia para que se pueda ofender impunemente y no haya posibilidad de recurso jurídico cuando se cometan sacrilegios, blasfemias o cualquier cosa de esas.

Ese es exactamente el punto opuesto del don de Temor de Dios. Pero el don de Temor de Dios es indispensable, porque por algo dice la Escritura: "El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor". Esa frase es tan importante que si usted va al Seminario Mayor de Bogotá la encuentra en el frontispicio. A la pura entrada está: ?Initium Sapientiae Timor Domini est" El don del Temor de Dios que finalmente a lo que nos conduce es a limpiar nuestra vida, a no decirnos mentiras, a salir del pecado, a ponernos en la ruta, es algo que mueve la voluntad. El segundo don que santifica la voluntad es el don de Fortaleza. El don de Fortaleza también lo requerimos hoy y en grandes dosis. El don de Fortaleza es el que impide, según la expresión de San Juan de la Cruz, que las flores o las fieras nos desvíen del camino.

Se llaman flores a las seducciones del mundo, especialmente las que tienen que ver con la sensualidad. Se llaman fieras las amenazas del mundo. Y entre las amenazas y las seducciones nuestra vida se arrastra entre vicios y pecados. Pero si llega a nosotros el don de Fortaleza, aunque nos pongan por delante una tentación seductora, no tendrá poder. Porque hay dentro de nosotros, uno que es más fuerte, según lo que enseña la primera carta de Juan: "El Espíritu que está en ustedes es más fuerte que el Espíritu que obra en el mundo". Ese es el don de Fortaleza. ¿Qué personaje del Antiguo Testamento nos hace recordar el don de Fortaleza? Son muchos, pero yo quiero destacar al profeta Jeremías, porque Dios le dijo a Jeremías en un tiempo en el que pululaba la idolatría, el lenguaje ambiguo y el pecado. Dios le dijo a Jeremías: " ¡¡Tú no te vuelvas hacia ellos!! Que ellos se vuelvan a ti". Y también le dijo a Jeremías: "Hoy te convierto en muralla de bronce ¡¡Lucharán contra ti!! Pero no podrán". Don de fortaleza.

Y lucharon contra Jeremías. Y, por supuesto, no pudieron. Hubo un momento en el que Jeremías se sintió tan abrumado que él acuñó una expresión que se entiende mejor en la lengua hebrea, pero yo no sé pronunciarla en hebreo, y esa expresión es terror en torno usted mire Jeremías, y verá que aparece varias veces esa expresión. Hubo momentos en que Jeremías dijo: -No me queda nadie, nadie- Porque el rey era un monigote que era manejado por los príncipes, los príncipes corruptos y enemigos de Jeremías, los sumos sacerdotes metidos hasta el cuello en idolatría. Pero aunque todos se vinieron contra Jeremías, el hombre se sostuvo.

El don de Fortaleza lo necesitan muchísimo, especialmente los misioneros. Porque el don de Fortaleza es el que nos quita los complejos. Por algo dice la primera carta de Juan: "Les he escrito a ustedes, jóvenes, porque son fuertes y han vencido al mundo". Y yo miro a mis hermanos jóvenes aquí de la comunidad y deseo que esas palabras se plasmen en ellos, que en ellos el apóstol San Juan se sienta orgulloso y pueda decir: -Le escribo a los frailes del convento de Santo Domingo, porque son fuertes, porque han vencido al mundo-. Y lo mismo pienso de mis queridos amigos en Familia Espiritual. El don, que es como una corona en la voluntad, es el don de Piedad. El don de Piedad es el que nos da espíritu de hijos. Y si recordamos las palabras de San Pablo que dice en la carta a los Romanos: "Estos son los hijos de Dios", los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, de inmediato comprendemos cuán importante es este don de Piedad.

El don de Piedad es el que da una confianza en el trato con Dios. Pero no es la confianza de la chabacanería, no es la confianza de la vulgaridad, no es la confianza de la trivialidad, la frivolidad o la superficialidad. Porque a veces se le habla a Dios con mucha confianza, pero es una confianza de superficie que en vez de elevar nuestro corazón para que actuemos como hijos de Él, lo que pretende rebajar a Dios para que sea, entre comillas, nuestro parcero. No, tú no tienes que rebajar a Dios. Ya Él se rebajó donde tenía que rebajarse. En el misterio de la Cruz. Tú no tienes por qué achicar a Dios. Ya Él se achicó donde tenía que achicarse en el vientre de María Santísima. Tú no tienes por qué humillar a Dios. Ya Él recibió todas las humillaciones en su dolorosísima pasión.

El don de Piedad nos trae entonces otra clase de confianza. Es la confianza del Hijo amoroso. Es la confianza del que puede decir lo que dijo Santo Domingo de Guzmán en una vigilia, en una noche de oración con un obispo amigo suyo. Santo Domingo de Guzmán le confió este secreto al obispo, le dijo estas palabras que a mí me producen tantísima admiración y que me muestran lo mediocre que yo he sido toda mi vida religiosa. Mire lo que le dijo Santo Domingo a su amigo: "No me acuerdo haberle pedido algo a Dios y que me lo haya negado". Esas palabras parecen calcadas de lo que dijo Jesucristo en el Evangelio de Juan: "Padre, yo sé que tú siempre me escuchas. . . " El don de Piedad aparece de un modo impresionante en Santo Domingo de Guzmán, una santa en la que brilla muchísimo el don de piedad, es Santa Teresita, del Niño Jesús. Y en el Antiguo Testamento, cuál será ese personaje en el que vemos brillar el don de Piedad? Me parece que es el rey David.

La manera como Él le habla a Dios. Las comparaciones que utiliza. Recordemos solamente dos, en un salmo, dice: "Como un niño en brazos de su madre, así está mi ánimo en ti. . . " Como un niño. Ese es el don de Piedad. La piedad, como la entiende la Iglesia Católica, no es simplemente la devoción o perdónenme la expresión: -Rece que rece-. Las oraciones, los rezos, las novenas, si se hacen con espíritu de hijos. Muy bueno y muy santo, pero no es la mucha palabra. Es el mucho espíritu de hijos y eso solo lo da el Espíritu Santo. Otra expresión del rey David que es impresionante es cuando él dice: "Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa". Se sentía a gusto, sentía que era su casa. El don de Piedad es impresionante y el don de Piedad es el que más sana la afectividad.

Porque aquella persona que se siente tan amada, tan mimada, tan, tan abrazada por el amor de Dios, muy difícilmente se va a dejar caer por las promesas de amores de esta tierra o ganancias perecederas. Nos queda el último de los dones, que es el don de Sabiduría. Sobre esto también nos enseña Tomás de Aquino y nos dice, que el don de Sabiduría es el que -Nos da como el sabor de Dios en la boca-. De hecho, se nota bien en latín, porque la palabra sapiencia en latín está conectada tanto con el saber como con el sabor. El don de Sabiduría es conocimiento de Dios, ciertamente. Pero lo clave aquí es entender qué clase de conocimiento. Efectivamente, mis hermanos, durante muchos años yo me preguntaba bueno, ¿Pero si ya tenemos don de entendimiento y tenemos don de ciencia, ahora para qué Don de Sabiduría? ¿No son lo mismo?

Ya hemos explicado la diferencia entre el don de Entendimiento y el don de Ciencia. Pero es que el don de Sabiduría. Aquí viene la clave es, conocimiento por connaturalidad. Se parece mucho a la manera como una mamá conoce a los hijos, como la esposa conoce al esposo como un amigo, conoce a su amigo de toda la vida, lo conoce, no porque haya leído un libro. Así es Juan Perico de los Palotes. No, no es un libro que ha leído, es que lo ha tratado tantas veces. Lo ha conocido en las buenas y en las malas. Ha convivido con él o con ella. Sabe cómo es la persona. Eso se llama conocimiento por connaturalidad. Y por eso los santos, incluyendo Santo Tomás, ponen al don de sabiduría como cúspide de todos los dones, y dicen con razón que el don de sabiduría no va solo a la inteligencia, ni solo a la voluntad, sino que va a todo nuestro ser y lo asocia y lo une, podríamos decir, lo apega al ser mismo de Dios.

El don de Sabiduría es como conocer a Dios porque uno vive con Dios. Y ese don de Sabiduría, según Santo Tomás, nuevamente es inseparable del don teologal de la caridad. ¿En quién ha brillado ese don de sabiduría? En muchos. Pero la Biblia en el Antiguo Testamento recuerda sobre todo a Salomón. Sin embargo, hay algo muy importante que decir aquí. Este hombre que brilló con tantísima sabiduría, se dejó torcer y al final de su vida, por sus manejos afectivos y políticos, introdujo una cantidad de hechiceros y de brujos paganos en la ciudad de Jerusalén, hasta el punto que la Biblia dice: "Nunca llegaron tantos ídolos a Jerusalén como en la época de Salomón". Sin embargo, hay una lección para nosotros, y esta lección la enseña San Agustín y otros santos.

Y que quede esta lección como última advertencia al cerrar estas palabras. Estos dones son absolutamente preciosos, pero no podemos conservarlos. No podemos conservarlos si no es con el don de la humildad. La humildad unida a la gratitud, la humildad unida a la gratitud y unida a la vigilancia, serán las que pueden hacer que estos dones del Espíritu no se pierdan en nosotros. Por eso le decía San Pablo a su discípulo Timoteo: "Cuídate tú, cuídate tú es lo primero. Cuida también la enseñanza, cuida la doctrina, pero cuídate tú". Que Dios en este día Santísimo traiga la abundancia de su Espíritu Santo sobre nosotros y nos regale junto con esa, con ese diluvio de amor como lo llamo, nos regale la humildad, la gratitud y la vigilancia para que todo lo que es de Él sirva a su gloria y encuentre pleno fruto en la eternidad.

¡Así sea!

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