Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El amor es el que lleva a Cristo hasta el sacrificio de la cruz y el que hace que Él ruegue para que este amor descienda con fuerza sobre nosotros y nos haga criaturas nuevas.

Homilía apen009a, predicada en 20170604, con 4 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Feliz Pentecostés. Cuando hablamos del día grande de la efusión del Espíritu Santo, es fácil sentir fascinación por todos los prodigios que sucedieron en aquella oportunidad. Aquel viento impetuoso, ese temblor de tierra, el congregarse de la multitud, las lenguas de fuego y luego escuchar en tantos idiomas las alabanzas del Señor. Todo esto cautiva nuestra atención, pero hay que tener cuidado, porque no nos debe distraer de lo esencial y lo esencial no está simplemente en lo extraordinario. No se trata simplemente de una gran demostración de efectos especiales como los que puede tener una película de Hollywood. Pentecostés es mucho más que eso.

Y precisamente el discurso del apóstol Pedro el día de Pentecostés nos conduce de una manera muy certera al centro del asunto. Lo que hace Pedro básicamente en su discurso es hacernos caer en cuenta que el día de Pentecostés enlaza con las antiguas promesas de Dios. Dios había prometido que iba a derramar en abundancia su espíritu. Es decir, no se trata de un accidente, no se trata de un montaje, se trata del cumplimiento de una promesa largamente esperada. Esa promesa nos pone en comunicación con Dios porque nos hace sintonizar con su mismo lenguaje. Básicamente, lo que hace el Espíritu, y esto es lo más importante de todas esas lenguas de fuego, es darnos el lenguaje de Dios, es decir, darnos su propia lengua de fuego.

En esa multiplicidad de lenguas hay que reconocer la importancia de la lengua, la lengua de fuego, el lenguaje de amor de fuego, que es el lenguaje propio de Dios. Y eso es lo que nos da el Espíritu Santo. Cuando nosotros recibimos esa abundancia de espíritu, estamos entrando en verdadera comunión y comunicación con Él. Ese es el punto importante, el primero. Pero el segundo no es menos importante. El mismo apóstol Pedro, nos hace ver la relación que hay entre el don del Espíritu y el sacrificio de Cristo en la cruz. De nuevo, no se trata simplemente de una explosión de fuegos artificiales. No se trata simplemente de una maravilla para nuestros ojos. La verdadera maravilla es que el Dios hecho hombre haya aceptado el extremo de humillación de la cruz.

Pedro quiere que la admiración no se quede en el viento impetuoso, no se quede en el temblor, no se quede en las lenguas de fuego. Pedro quiere, guiado por el mismo Espíritu Santo al que estamos celebrando, Pedro quiere que nuestra atención esté completamente atraída, completamente cautivada por ese amor, por el amor de Cristo en la cruz. Es decir, que lo que une al sacrificio de la cruz con el día de Pentecostés, es la palabra amor y es el amor el que lleva a Cristo hasta el sacrificio. Y es el amor el que hace que Cristo ruegue por nosotros, para que ese mismo amor descienda con fuerza sobre nosotros, caiga con fuerza sobre nosotros y haga de nosotros criaturas nuevas.

Entonces el centro de admiración, el centro de gravedad, podemos decir en la fiesta de Pentecostés, está en el amor. Amor que tiene su rostro propio en la muerte de Cristo en la cruz, y amor que nosotros participamos a través de la donación de ese Espíritu, como vemos que sucede en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Démosle entonces su verdadero centro, démosle su verdadero peso y belleza a esta maravillosa manifestación del Amor Divino y que mirando a la cruz entendamos de dónde viene este fuego, y mirando a este fuego descubramos lo que se escondía en el momento de la cruz.

¡Así sea!

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