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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Resurrección, el Anuncio de la Paz y el Don del Espíritu Santo: ¿cómo se relacionan?
Homilía apen008a, predicada en 20140608, con 7 min. y 43 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, feliz día de Pentecostés. Es el momento para desearlo, para recibirlo. Es el momento para gozarse. El texto del Evangelio que hemos escuchado de San Juan relaciona el don del Espíritu con la victoria del Resucitado y con el regalo de la paz. Por favor, formar un triángulo con esas tres palabras: Paz, resurrección, Pentecostés. Ese es el mensaje que nuestra Iglesia Católica quiere que conservemos hoy. Resurrección, paz y Pentecostés. El Resucitado partió de esta tierra en medio de horrible violencia. Las fuerzas del mal se conjuraron y se concentraron contra el Mesías. Y así como su carne fue duramente lacerada, penetrada por los clavos, rota por los azotes, humillada por los escupitajos, así también su corazón fue oprimido más allá de todo límite con el dolor, con la angustia, con la soledad, con el abandono, con la ingratitud. Más duros que los azotes que sufrió Él y que fueron visibles en su carne, fueron los azotes de su corazón. Y en esos azotes están también nuestros pecados. Así, pues, hermanos, Cristo partió de esta tierra, desechado y humillado. Podemos decir que por la alcantarilla, por el caño más humillante que tenía el Imperio Romano, que es la muerte en cruz. Por ahí fue desechado y por ahí, en medio de durísimo combate, fue arrojado de la tierra de los vivos. El Señor Jesús, el Rey y Mesías. Cuando Él se aparece a los apóstoles, no se aparece para pedir venganza, sino para ofrecer perdón. Cuando se aparece por primera vez a los apóstoles, no está reclamando castigo, sino ofreciendo misericordia. Y ese saludo, el saludo tradicional de la lengua hebrea "shalom", es el saludo de paz en los labios del Resucitado. Tiene un alcance infinito, porque esa paz está declarando terminado el tiempo de la batalla. Es la paz que sigue a la victoria. El hecho de que el Resucitado no esté reclamando venganza ni desquite está indicando la serena posesión de la victoria. No, Cristo no viene aquí a discutir con los que le condenaron. Cristo no viene aquí a desquitarse contra aquellos que lo crucificaron. El don que Él trae de lo alto es mucho más profundo, es mucho más permanente, es mucho más valioso. El hecho de que Jesús pueda ofrecer la paz indica el final del tiempo del combate y se convierte, como dice la carta a los Hebreos, en ese lugar seguro en donde ya tenemos ancla. La paz de Cristo está mostrando a dónde se dirige todo el esfuerzo del cristiano. Esa paz es una señal de victoria. Así podemos relacionar la resurrección de Cristo y el hermosísimo saludo que Él da: -La paz con ustedes-. Pero ese saludo se prolonga en un mandato, el mandato de ir a perdonar. Cristo dice: -A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados-. Precisamente la predicación de los apóstoles, precisamente la obra de la evangelización es la obra de la reconciliación. El Evangelio de Juan resume la redención de Cristo con estas palabras: -Reunir a los hijos de Dios dispersos-, reunirnos a todos con Dios, porque cada uno erraba según su propio camino. Reunirnos también porque estábamos divididos entre nosotros por nuestros múltiples intereses y rencillas. Así que la redención tiene otro nombre en la palabra paz y la fuerza de la redención es la fuerza del Espíritu. Por eso Jesús sopla sobre ellos y les dice: "Recibid el Espíritu Santo". Y por eso los envía con el encargo más hermoso de esta tierra. Que sean ministros de reconciliación y que sean fuentes vivas de paz. Así que el Espíritu Santo viene a tomar de lo que es de Cristo y a darlo a todas las naciones. Así lo había anunciado el mismo Jesús en los discursos de despedida de la Última Cena. Él tomará, dice refiriéndose al Espíritu Santo Paráclito. -Él tomará de lo que es mío y lo dará-. Y eso, efectivamente es lo que sucede. El Espíritu Santo toma de lo que es de Cristo y nos lo da a nosotros, porque toma del amor de Cristo y nos lo da a nosotros, toma de la victoria de Cristo y nos la da a nosotros, toma de la reconciliación realizada por Cristo y nos la da a nosotros. Y los instrumentos de esa reconciliación son también los primeros canales vivos de la acción del Espíritu, es decir, los santos apóstoles. A través de la acción del Espíritu ellos van a ser los ministros de la reconciliación. El Espíritu Santo toma de lo que es de Cristo y lo da a todo el mundo a través de los apóstoles. Y lo que es de Cristo es la victoria sellada con la palabra paz. Y por eso el día de Pentecostés es el día que le da el pleno sentido a la resurrección. Quedémonos, hermanos, con ese triángulo resurrección de Jesucristo, el tiempo de la venganza, el tiempo de la violencia, el tiempo de la agresión queda atrás. Quedémonos con ese triángulo. El tiempo de la reconciliación, el tiempo de la dulce comunión y amistad con Dios ha empezado. Quedémonos con ese triángulo. El tiempo de la gracia, el tiempo de los carismas, el tiempo de la Iglesia ha empezado. ¡Cuánto nos ama Dios! Qué ¡Grande es su poder! Qué profunda, ¡Qué profunda es su gracia que lo renueva todo! Despidamos esta reflexión solamente recordando la casa de Pentecostés, el Cenáculo. Hoy me llamaba la atención lo que nos decía esa primera lectura. Llamaba la atención, cómo dice en el texto de Hechos de los Apóstoles que un ruido del cielo resonó en toda la casa, en toda la casa, así como un día el Evangelio tiene que resonar en toda la casa de Dios, que es la creación. Así como la santidad tiene que resonar en toda la casa, en todo el templo que eres tú, porque eres templo del Espíritu. Así tiene que resonar en toda la casa, en todas las razas, en todas las clases sociales, en todos los movimientos, en todas las parroquias, en todas partes. Tiene que oírse el eco bendito de Pentecostés y tiene que proclamarse. . . ¡Jesucristo está vivo! ¡Aleluya!

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