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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios ha querido asumir una deuda con nosotros al prometernos su Espíritu; le llevó a endeudarse solamente su amor sobreabundante.
Homilía apen007a, predicada en 20140608, con 4 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Feliz fiesta de Pentecostés. Llegamos al término, pero digo mejor a la culminación del tiempo pascual. La fiesta de Pentecostés fundamentalmente nos está recordando que la resurrección de Cristo no es algo que queda afuera de nosotros, no es un espectáculo para que veamos; es una realidad para que la vivamos. Pero no es posible vivir la Pascua de Cristo, no es posible experimentar en nuestra vida la fuerza de la resurrección; si no recibimos esa gracia, esa luz, ese amor, ese fuego del Espíritu Santo. Y eso precisamente es lo que nos concede la fiesta de Pentecostés. El Espíritu Santo tiene en la Biblia un buen número de nombres, símbolos y palabras, nos ayudan a comprender un poco de la riqueza de este don por excelencia. Hoy quisiera que reflexionáramos un instante sobre uno de esos nombres que recibe el Espíritu. Es llamado -La promesa del Padre-. El Espíritu Santo es promesa, fundamentalmente porque Dios, desde su propia generosidad, se comprometió a darnos ese regalo. La carta a los Hebreos dice en algún lugar: -No pudiendo jurar por nadie mayor que Él mismo, Dios juró por sí mismo-. Y ese es el carácter de las promesas de Dios. Son compromisos que Dios asume desde su infinita libertad, pero también desde su infinita bondad. Y es así que encontramos, por ejemplo, aquel famoso texto del profeta Joel en donde el Señor dice: "Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne" . ¿Qué obliga a Dios a ofrecernos semejante regalo? Es como si dijera: -Voy a dar de mí mismo-, y de eso es de lo que se trata. "Derramaré de mi Espíritu" . ¿Quién lo obliga? Y la única respuesta es: el amor. El amor le obliga. Es como una madre que acaba de dar a luz a su hijo y ella dice: -Yo voy a alimentarlo-, y lo alimenta con su propia leche, con su propio ser. ¿Quien la obliga?, la obliga el amor, le conmueve ver a esa criaturita pequeña, indefensa, necesitada, que solamente sabe pedir ayuda. Con una compasión semejante y aún mayor, Dios nos está ofreciendo, nos está prometiendo esa leche, ese alimento, ese amor que sabe que necesitamos, sin el cual no podemos vivir, sin el cual jamás podremos alcanzar nuestra meta. La ley de Moisés nos mostraba el bien, pero nos lo mostraba lejano, como algo que teníamos que conquistar con nuestras propias fuerzas. Y sabemos en qué terminó esa historia. Nuestras fuerzas no son suficientes para llegar a ese bien. Necesitamos una fuerza adicional, una fuerza magnífica, necesitamos fuerza de Dios. Y eso es exactamente lo que nos da el Espíritu Santo. De la inmensa compasión de Papá Dios y de la infalible fidelidad de su Palabra, hemos recibido esta promesa. Y la promesa se cumple hoy. Feliz, feliz, Feliz día de Pentecostés.

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