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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Sin pentecostés la Pascua sería sólo el recuerdo de un héroe fantástico. Con pentecostés la verdad del amor divino se hace realidad, vida, fuego.
Homilía apen006a, predicada en 20110612, con 4 min. y 26 seg. 
Transcripción:
La celebración de Pentecostés es la corona y la meta de todo el tiempo pascual. En cierto sentido, celebrar la Pascua es prepararse para Pentecostés. Porque celebrar la Pascua es mirar a Jesucristo, contemplarlo resucitado. Pero ¿De qué nos valdría ver la victoria del Señor si fuera únicamente su victoria? Sería algo así como recordar las grandes batallas de Napoleón o de Julio César y saber que eso quedó allá en el pasado. En cambio, cuando nosotros celebramos la efusión del Espíritu, estamos diciendo que la misma unción, la misma bendición, el mismo poder que obró en Cristo y a través de Cristo, ha querido llegar a nosotros, tomar posesión de nosotros, iluminar nuestra mente, limpiar nuestro corazón, sanar nuestro cuerpo, unirnos como hermanos, darnos fuerza para ser testigos del Evangelio en todas partes. Este es el hermoso contenido de la fiesta de Pentecostés. Y yo me alegro, porque creo que año tras año esta fiesta adquiere mayor relieve, mayor importancia y mayor impacto también en el pueblo católico. -En cuántos lugares ya se están celebrando, desde hace años fiestas, vigilias, congresos, alabanzas- Porque este es el día en que precisamente somos facultados para alabar a Dios. Somos facultados para congregarnos, somos facultados para comprender con mayor intensidad y con mayor gozo el mensaje de la Escritura. Así que si no lo habías hecho antes, piénsalo para este día. Jamás vayas a perder la fiesta de Pentecostés. Que sea esta la ocasión de abrir tu corazón, de clamar el poder del Espíritu, las maravillas que Dios realizó en los comienzos de la predicación evangélica las quiere y las sabe y las puede realizar hoy en día. Si nosotros leemos, por ejemplo, en los Hechos de los Apóstoles, capítulo segundo, cómo fue aquella primera efusión de Pentecostés y cómo la gente ora y alaba en lenguas, y cómo los enfermos se curan y cómo la alegría se derrama deliciosamente entre todos, y cómo el perdón, la reconciliación y el valor toman ahora posesión de los corazones que hasta hace poco estaban acomplejados, asustados, arrinconados. ¡Bendito sea Dios! No dejes perder. No dejes perder esta fiesta ¡Vívela con intensidad; qué importante escuchar la palabra! Por ejemplo, el Evangelio de hoy, Juan capítulo 20. Es Jesús que en el día mismo de la Pascua se aparece ante sus apóstoles con todo el esplendor de su resurrección. Sopla sobre ellos y les dice: "Recibid el Espíritu Santo. . . -Y atención a esto- . . .A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis les quedan retenidos". De ahí aprendemos dos cosas. Primero, que el Espíritu Santo completa en nosotros la obra de la redención. Es decir, es como una inundación que limpia, es como un fuego que purifica. Juan Bautista dijo que teníamos que ser bautizados con el Espíritu Santo y con fuego, y ese es el fuego que purifica, el fuego que perdona. Pero, no debemos perder de vista ese otro detalle, estas palabras las dice Cristo, a sus apóstoles. De modo que de ahí surge precisamente ese poder que es poder para servir, que tiene el obispo y que el obispo comparte con el sacerdote para perdonar los pecados. Los protestantes que niegan el sacramento de la confesión hacen mil malabarismos para torcer el sentido de este versículo que es tan claro. Jesús dijo a sus apóstoles: -A quienes les perdonen ustedes los pecados les quedan perdonados-. Y es así. ¡Bendito sacramento! ¡Bendito Espíritu! ¡Bendito Pentecostés!.

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