Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Doble milagro en Pentecostés.

Homilía apen001a, predicada en 19960526, con 24 min. y 6 seg.

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Transcripción:

Roguemos de Dios. La gracia del Espíritu Santo para hablar del Espíritu Santo. Porque si hay algo pobre y triste es una predicación sobre el Espíritu que no tenga espíritu. Vamos a tratar estos textos que la Iglesia nos ofrece en la solemnidad de Pentecostés. Vamos a tratarlos como lo que son, como una palabra viva, como la Palabra viva que Dios propone a su pueblo en este día. Y si son palabra viva, los podemos tratar en cierto modo como un interlocutor. Quisiera yo hacerle algunas preguntas a estos textos. Además, parece que uno escucha con más provecho cuando escucha preguntando, cuando escucha, buscando, porque es propio del amor buscar no contentarse con lo que se ofrece.

Y será por eso por lo que las madres miran y miran y miran el rostro de sus pequeñuelos. No porque no lo sepan ya de memoria, sino porque quisieran mirar como detrás de los ojos y más allá de la piel. ¿Cuál es el misterio que aman? Así también nosotros, movidos por el amor de la Iglesia, queremos acercarnos a esta Palabra que nos ha sido predicada y queremos preguntar y aprender. Porque no nos basta la piel del texto, porque queremos abrazar a aquel que nos abraza detrás de estas letras. Por lo pronto, el texto del Evangelio según San Juan corresponde al día de la resurrección. Hagamos por ello una pregunta incómoda al fin ¿Cuándo fue que se comunicó el Espíritu Santo? Porque esta lectura del capítulo 20 de San Juan está relatando el día de la Resurrección, el día primero de la semana.

Y en ese día se presenta Cristo dando el Espíritu a sus discípulos. Pero por otra parte, en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, se nos ha dicho que fue en el Cenáculo que estaban reunidos en oración y que aparecieron unas llamas y quedaron llenos del Espíritu Santo. Entonces, al fin fue el mismo día de la resurrección o fue en ¿El día de Pentecostés? Hay que recordar, aunque sería superfluo, que la fiesta de Pentecostés ya la tenían los judíos, es decir, que en cualquiera de las dos posibilidades el Espíritu Santo se comunicó, se dio a los discípulos en una de las festividades que tenían ellos, porque el acontecimiento de la resurrección tiene su fuente en la Pascua. Y ciertamente Cristo celebraba la Pascua en las fechas judías.

Y Pentecostés pues era una fiesta que ya tenía este pueblo judío y que era como la fiesta en la que sobre todo posteriormente, en los últimos siglos se celebraba el don de la comunicación de la ley, es decir, que Dios les hubiera promulgado la ley de Moisés. -Recibid el Espíritu Santo-, dice Cristo. En cambio, en la lectura de los Hechos de los Apóstoles no hay ninguna palabra, no hay ninguna aparición, simplemente un extraño ruido que atrae a los peregrinos de distintas nacionalidades. De pronto alguien se preguntará, bueno, pero ¿Qué es la discusión con eso? ¿Qué tanto problema con eso? Si tiene, si tiene su punto. El día de la comunicación del Espíritu Santo. Es el día en el que sucede a los discípulos lo mismo que había acontecido en Cristo. El Espíritu Santo se da a nosotros para que en nosotros sucedan los misterios que ya sucedieron en Cristo glorificado.

¿Tú te acuerdas de cuando Pedro fue liberado de la cárcel? Ahí Pedro iba traspasando paredes, traspasando puertas. Ahí Pedro superaba los límites físicos de las cadenas. Y la primera vez que encerraron a los apóstoles allá los sumos sacerdotes. Pues los fueron a buscar a la cárcel al otro día. Y llegaron los soldados diciendo: -Hemos encontrado la cárcel cerrada y las barras echadas, y los guardias en su sitio, pero adentro no había nadie-. Esto quiere decir que eso que Cristo glorificado realiza, por ejemplo, cuando se aparece a los discípulos estando las puertas cerradas, eso también lo realizan los discípulos. El Espíritu Santo es la misma vida de Cristo glorioso en nuestra vida.

Y nada de lo que hace Cristo resulta imposible para aquel que está lleno del Espíritu de Cristo. Si Cristo hace milagros. Quién está en el Espíritu de Jesucristo los hace. Y si Cristo atraviesa paredes, quién tiene el Espíritu de Cristo las atraviesa. No hay que esperar a morirse para eso. Yo pensaba que aquellos milagros, sobre todo ese tamaño de atravesar paredes, eso era propio y exclusivo y reservado a los llamados cuerpos gloriosos. Más allá de esta muerte. Pues no, ese tipo de milagros no depende de que uno haya muerto o no haya muerto. Depende de si uno está vivo con la vida del Cristo glorificado. Por consiguiente, podemos decir, que la Iglesia, al principio del tiempo pascual, celebra la Pascua en Cristo y al final del tiempo pascual. Es decir, en esta solemnidad bellísima de Pentecostés, se celebra la Pascua de Cristo en nosotros.

En realidad, lo que hacemos el día de la resurrección es celebrar la Pascua de Cristo en su humanidad. Y aquí celebramos la Pascua de Cristo en nuestra humanidad. Por consiguiente, todo aquello que sucede en la humanidad de este Cristo puede suceder en nosotros hasta el extremo de atravesar las paredes. Bueno, no es sino la vida de San Martín de Porres y sus bilocaciones. Y tráeme tres físicos, cuatro ingenieros y cinco arquitectos que me expliquen ese milagro. Puedes añadirle dos teólogos, ojalá recientes. Y de Santo Domingo de Guzmán ¿No se relata exactamente un milagro así? Llegaron tardísimo por dificultades del camino a cierto monasterio y no habiendo quien les abriera, se ha puesto este hombre a rezar frente a la puerta y ha atravesado la puerta. Y el hombre seguía estando en esta vida.

Es que el Espíritu no pelea con nada de lo que sea vida, no pelea ni con esta vida ni con la vida inmortal, que tenemos por bondad del Dios Creador. Entonces la pregunta no es tan tonta. En realidad, desde la resurrección del Señor hasta Pentecostés todo es una sola fiesta, todo es un solo misterio, todo es una sola donación, todo es un solo camino, todo es una misma gracia, y esa gracia es -Pascua de Cristo-. Primero, ciertamente en su propia humanidad, después en nuestra humanidad. Pasemos un momento a la segunda lectura y hagamos otra pregunta. ¿Qué es lo que quiere decir San Pablo con eso de que nadie puede decir que Jesús es Señor? Pues muchas personas podrían decir: -Jesús es Señor-. Son tres palabras en el idioma castellano y se pueden decir. Alguien añadirá No, pero es que se trata de decirlas con sentido sobrenatural. Se trata de decirlas en la fe. A mí se me ocurre que es más profundo todavía el problema.

El punto es ¿Quién es este es Jesús? El problema es ese. El problema es ese. Si después de que a usted le han contado quién es Jesús, usted dice: -Jesús es el Señor. El Espíritu ha hablado por su boca-. Decir Jesús es Señor sin saber qué significa ser Señor, y qué significa ser Jesús. Eso no tiene gracia. Es lo mismo que repetir palabras en copto o en tarquí. Pero si a uno le han dicho que Jesús es lo que nos cuentan los evangelios; y si uno lo ha visto morir como murió, tan débil, tan frágil, tan tonto, tan cobarde, sin defenderse, sin odiar, sin amenazar, sin vengarse. Si uno le ha visto morir así, solo amando y mirándolo así y sin quitarle los ojos de sus ojos, uno dice: -Tú eres el Señor-. Esas son palabras mayores. Mejor dicho, esas son las únicas palabras realmente importantes en esta tierra.

Que podamos llamar Señor a alguien así. Que podamos mirar esa sangre seca, cuarteada y fea. Que podamos mirar ese rostro desfigurado y ese cuerpo roto donde lo único que se lee es miseria. Y empezar a leer misericordia ahí y decir: -Ese es el que manda en el universo-. Ah, eso ya no es tan sencillo. Ya no es un asunto de palabras. Y decir que ese es el que me puede a mí, el que me gana a mí, el que orienta mi vida. Decir que le voy a hacer caso, al que murió así crucificado y me voy a unir a Él y entraré en su amor y Él en el mío. No nos digamos mentiras. Lo que ven nuestros ojos no da para decir Jesús es el Señor. No nos engañemos. Por favor, no caigamos en una falsa piedad o en un falso espiritualismo.

Mire, por favor, no nos tratemos como si ya fuéramos cristianos. Quizá, quizá. . . Quizá en el fondo de nuestra alma. No creemos totalmente que ese sea el Señor. Quizá creemos que bueno, está bien; ese amor, sí, es cierto, pero uno de vez en cuando uno también tiene sus derechos, sus derechos. Cuando te salen tus derechos y cuando esos derechos se oponen a esto que aparece aquí en la cruz, cuando te salen tus derechos. El Espíritu Santo anda bien lejos. Y yo quiero contar cómo es que le salen a uno sus derechos. A uno le salen sus derechos diciendo: -Bueno, pero es que ¡¡¡yo también soy humano!!! Yo soy humano-. Yo soy humano. Eso no te va a salvar, No te salvas por humano, sino por ¡¡Cristiano!! -Además, yo soy humano- ¿Y Él?. -Ah, pero es que Él es Dios, y entonces Él sí puede y yo no puedo-.

Hazme el favor de repetirme ese argumento hoy en Pentecostés, donde Dios se comunica al hombre. Hoy es el día en que se le acaban a uno todas las disculpas. Ah, pero es que Él es Dios. Es que Él es de Dios. Él es; no solo es humano, es divino. Bien, ¿Y el día de Pentecostés? ¿Qué vas a decir? ¿No hay acaso Dios en ti? ¿No está Dios comunicado, regalado y ofrecido para ti? Entonces, ¿Cuál es la disculpa? No te he dicho al principio de esta conversación, homilía dizque significa conversación. ¿No te he dicho al principio de esta conversación, que precisamente lo que hace el Espíritu Santo es que en tu humanidad suceda todo lo que pasó en la humanidad de Cristo? ¿Y eso por qué sucede? Porque Dios se da, se dona a nosotros. Y si Dios se está donando a ti, se te acabó la disculpita de que es que yo soy humano.

Cada vez que tú dices yo soy humano, significa: -Hay algo en mí en lo que Cristo no es el Señor-. No hay disculpa alguna. -Bueno, yo no soy ningún santo ¿No?- Esa es otra disculpa. . . Yo no soy ningún santo. Deberías decir con lágrimas esa frase. Si después de este dolor de la cruz, si después del amor, de la resurrección, si después de la gloria de la Pascua y después del día de Pentecostés. No eres un santo, estás muy mal en la vida. De manera que esa tontería de decir: -Yo no soy ningún santo-, como creyendo que uno conquistó algún derecho. O sea, -Tengo derecho de portarme mal porque no soy ningún santo-. -Tengo derecho a tener defectos porque no soy ningún santo-. O sea que la santidad te quita tu porquería de derechos. Tu ruindad, tu pobreza de derechos. O sea que la cantidad te va a quitar el derecho, entre comillas, el derecho a pecar, el derecho a ser un mediocre.

Eso es lo que te va a quitar la santidad. No quieres que te lo quites? Entonces por eso dices como tabla de salvación que el mundo al revés, hasta blasfemia será eso. -No, yo no soy ninguna santa, no es que yo no. Yo ninguna Santa soy. Yo no soy ningún santo-. Deberías decir eso en voz baja y llorando y con la frente en el piso porque significa. Te lo voy a traducir en el lenguaje del Nuevo Testamento: -La cruz de Cristo ha sido inútil para mí hasta ahora, y yo no he podido creer en el Espíritu Santo. Y la Iglesia todavía no es mi cuerpo, ni yo soy cuerpo de la Iglesia-. Oye, después de los apóstoles, después de los sacramentos, decir eso es una desgracia. Eso es una desgracia tener que decir: -No soy un santo- Y es el mundo al revés. Y es una blasfemia que uno lo diga cómo alegando derechos.

Ah, entonces te das cuenta de que el problema de que Jesús es el Señor no es un problema solamente de palabritas. Decir que Jesús es el Señor supone que ese es el amor en el que creo. Esa es la vida en la que creo. Y si mi vida no se parece a esa vida, no me llamen cristiano, no me llamen cristiana. Digan más bien que hay que evangelizarme y predíquenme por favor. La primera lectura nos ha presentado la comunicación del Espíritu Santo al grupo de Apóstoles. Se acercan habitantes de distintas regiones de la época. Eran simpatizantes del judaísmo o judíos y hablaban los dialectos de las regiones de donde venían. También ahí se puede hacer una pregunta interesante, pero esta vez yo quiero que la pregunta le quede a usted.

Al fin, ¿Cómo fue el milagro de ese día? Al fin, ¿Cómo fue el milagro de ese día? Usted cree que sabe cómo fue el milagro, le apuesto que no sabe. Porque ese es el bendito problema. Ese es el problema de la persona que va mucho a misa. Y yo a ustedes las veo mucho en misa. Que uno empieza a creer que ya ha oído los textos. Mire, podríamos suspender aquí la Santa Misa y me paso allá. Tomo lista y a ver si usted conoce realmente el texto que he escuchado hoy. Pues claro, el texto Pentecostés que unas llamas de fuego que empezaron a hablar, que había partos, medos y elamitas. Pero allá estaba leyendo una vez estaba leyendo una vez una señora que no tenía gafas, entonces leía estábamos de Judea, de Capadocia, de pronto de Asia, porque dice del Ponto y de Asia ¿No? -Ay quién no conoce ese texto que venimos de pronto de Asia, que venimos de Frigia, de Panfilia, de Mesopotamia, de Perge.

Hermana. Bautizada. Lo mejor que usted puede hacer para su vida religiosa es: -No conozco estos textos, voy a tratar de conocerlos- Si logra oírlos así, seguramente le hacen algún bien. Al fin. ¿Cómo fue el milagro? Yo debería suspender aquí y dejar así. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Cuando aquí se dice esto, da la impresión de que el milagro fue que éstos empezaron a hablar en otras lenguas. Tome usted el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles y averigüe si es ese exactamente el milagro, o mejor dicho, si esa es la única versión del milagro. Porque aquí parece que el milagro está en la boca de los apóstoles. Pero si usted revisa los textos que siguen, por ejemplo, ese que dice: " A cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua", da la impresión de que el milagro no está en la boca del apóstol, sino en el oído del que escucha.

En realidad, el Espíritu Santo está haciendo ese doble milagro. Está en la boca del predicador y en el oído del escucha. Está en el corazón del que habla y en el corazón del que oye. En realidad, el Espíritu Santo está haciendo el doble milagro, está dando una palabra vigorosa y está dando una escucha en la fe. De esa manera el Espíritu logra dar a nuestro corazón un susurro que dice lo de la segunda lectura: "Jesús es el Señor". Le creo a esa cruz, le creo a esa sangre, le creo a ese amor.

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