|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús participó de nuestra naturaleza humana y con su vida, pasión, muerte y resurrección abrió la puerta para que el Espíritu Santo nos haga ahora participar de la naturaleza divina.
Homilía ap06013a, predicada en 20230514, con 4 min. y 46 seg. 
Transcripción:
La característica más notable del final del tiempo pascual es que nos conduce hacia Pentecostés. Es decir, no es solo que la fiesta de Pentecostés cierra el tiempo pascual, sino que este tiempo pascual que empezó en la vigilia allá en Semana Santa, nos va llevando pedagógicamente, nos va llevando diríamos amorosamente hacia el don del Espíritu Santo. Y eso se nota muy bien en el Evangelio de hoy, donde Cristo nos habla de ese nuevo Paráclito. Por favor, que nos quede claro que el Paráclito es el mismo Cristo y el otro, el Paráclito es el Espíritu Santo. Y esto nos invita a preguntarnos ¿Qué es un Paráclito? ¿Y por qué es tan importante esto de los paráclitos? Bueno, la palabra Paráclito viene del griego "Parakletos", que significa -Aquel que tú llamas para que esté a tu lado-. Piensa en un momento de dificultad, en un momento de confusión, en un momento de tristeza también. Es decir, cuando estamos mal, cuando estamos en problemas, ¿Quién queremos que esté a nuestro lado? Esa persona que tú llamas para que esté a tu lado para que te acompañe, para que te aconseje, tal vez para que te consuele, tal vez para que te dé un poco de fortaleza. Eso es lo que significa la palabra Paráclito. Y Cristo, evidentemente es el primer Paráclito. Porque Cristo nuestro Señor a nuestro lado como verdadero Dios con nosotros, es aquel que sana nuestras heridas, es aquel que consuela nuestros corazones, es aquel que nos libera del poder del maligno, es aquel que levanta nuestra esperanza. Entonces por eso está muy bien decir que Cristo es el primer Paráclito. Pero este Paráclito, este Cristo que es nuestro auxiliador, nuestro abogado, nuestro, nuestro ayudador, podríamos decir también este Cristo pues no puede estar siempre con nosotros. Él participando de su naturaleza humana, de nuestra naturaleza humana, se hizo muy cercano a nosotros. Pero es evidente que nuestra naturaleza no tiene una duración ilimitada en el tiempo y por consiguiente, era necesario otro Paráclito que si pudiera estar con nosotros siempre. Y eso es lo que nos dice exactamente Cristo en el Evangelio de hoy, que viene este otro Paráclito, viene este regalo del Espíritu, y que este don del Espíritu es el que siempre puede quedarse con nosotros, el que ya no se va a ir de nuestro lado. ¿Por qué? Porque Cristo, con su naturaleza humana, con su pasión, con la ofrenda de su propio dolor en amor, abrió la puerta. Y ahora entra ese don del Espíritu a nosotros. Y ese don del Espíritu ya no tiene naturaleza humana, sino que más bien nos concede a nosotros naturaleza divina, es decir, nos hace partícipes, nos hace participar de la naturaleza divina. Entonces, fíjate, vino Cristo que participó de nuestra naturaleza humana, para que nosotros, abriendo la puerta, pudiéramos recibir al Espíritu Paráclito, el Espíritu que nos hace participar de la naturaleza divina. Y cómo este Espíritu Santo no tiene naturaleza humana, sino que más bien nos hace participar de la naturaleza divina, este Paráclito sí puede quedarse siempre para con nosotros, puede quedarse siempre a nuestro lado, puede ser siempre nuestro consejero, nuestro auxilio, nuestro abogado. Y de esta manera, con estas palabras, Cristo estaba abriendo el corazón, abriendo nuestros corazones en el deseo, en el anhelo, en el amor, para que nosotros busquemos ese espíritu, supliquemos ese espíritu, aguardemos a aquel que es la promesa del Padre, aquel que tiene tanto para darnos y que ya nunca se apartará de nosotros hasta que complete su obra. Viene el Espíritu Santo a nosotros, y esa obra se completa. Esa participación de la naturaleza divina se completa cuando nosotros llegamos a la gloria del cielo. Esa es la manera como se introduce esta hermosa promesa para que nosotros sintamos anhelo, sintamos hambre, sintamos deseo del Espíritu Santo de Dios, que se cumpla ese deseo de Cristo en nosotros y podamos verdaderamente esperar, aguardar, suplicar el don del Espíritu. Pentecostés ya no está tan lejos, ya está cerca. Animo, mis hermanos, y a suplicar el Espíritu Santo.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|