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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Espíritu Santo y el poder de la Palabra de Dios atraviesan las barreras y llegan allí donde nuestros prejuicios no nos lo permiten para restaurar la unidad.
Homilía ap06011a, predicada en 20200517, con 6 min. y 36 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! La primera lectura de hoy nos muestra la victoria del Evangelio sobre las divisiones que tenían judíos y samaritanos. Hay una cosa que queda perfectamente clara en el Evangelio y es que había profundas divisiones entre los judíos y los samaritanos. En tiempos de Jesucristo, esa división, esa rivalidad, ese mutuo desprecio tenía ya cerca de novecientos años. Efectivamente, viene de la época de el rey Roboam, hijo del gran rey Salomón. Estamos hablando del siglo IX antes de Cristo. Y desde esa época viene esa división que no ha hecho sino profundizarse entre judíos y samaritanos. Sin embargo, ya el mismo Cristo mostró que esa división podía superarse. Hay dos pasajes de los evangelios que nos hablan de cómo Cristo quiso superar esa división. ¿Recuerdas el diálogo de Jesús con la samaritana? Es algo tan sorprendente que ella misma le pregunta: ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? Es decir, ella puso por delante la barrera, pero Cristo está por encima de esa barrera, y la Palabra de Cristo y el don del Espíritu están por encima de esa barrera. Eso es lo que nos muestra el pasaje de la primera lectura de hoy del capítulo 8 del libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero recordemos otro pasaje de los Evangelios que nos habla de cómo Cristo vence barreras. ¿Recuerdas la parábola del buen samaritano? Un escriba, que es por quintaesencia un judío re convencido de su judaísmo y de su ley y de sus escrituras. Le pregunta a Cristo: ¿Quién es mi prójimo? Y como respuesta, Cristo pronuncia esta parábola del buen samaritano. Y en esa parábola un sacerdote y un levita pasan de largo, olvidándose o dejando aparte el dolor de un hombre que había sido atacado, ¿quien es?, por decirlo de alguna manera, el héroe de esa parábola. Un samaritano, es un samaritano, es decir, que Cristo estaba poniendo como modelo de amor no a un judío siendo Él mismo judío y habiendo dicho en otra ocasión: -La salvación viene de los judíos-, ¡no!, Cristo no pone como modelo de amor a un judío pone como modelo de amor a un samaritano. Esto se parece a otra actitud que tuvo Cristo cuando delante de un auditorio de judíos dice: "Jamás he visto en nadie tanta fe" . Y¿ sabes de quién estaba hablando? De un centurión romano. Cristo puso como modelo de fe a un romano, pagano de origen, y Cristo puso como modelo de amor a un samaritano, es decir, los archi enemigos de los judíos, aunque eran vecinos. Esto nos muestra que Cristo quiere, siempre que nosotros sepamos vencer las barreras, que no nos encerremos simplemente en nuestros prejuicios. No quiere decir, que dé lo mismo ser judío o ser samaritano, porque precisamente aquella frase: -la salvación viene de los judíos-, esa frase la dijo Jesús a la samaritana. Entonces hay que evitar la tentación de creer que porque nuestras ideas tal vez son correctas, ya somos dueños de la verdad y ya no importa lo que piense el resto del mundo, o porque nuestra moral quizás es más elevada. Por lo menos en lo que dice el papel. Tal vez podemos caer en la tentación de creer que entonces todos los demás son despreciables. Cristo, insisto, nos invita, nos empuja a vencer barreras. Y por eso encontramos en la primera lectura a un hombre llamado Felipe, del grupo de los diáconos, es decir, aquel primer equipo de servidores que fueron elegidos y ungidos por los apóstoles. Bueno, pues este diácono Felipe venciendo barreras fue a predicar donde los samaritanos y la Palabra de Dios hizo grandes conquistas en Samaria. Y luego los apóstoles van de Jerusalén, capital de Judea, a Samaria, y van a Samaria a imponer las manos, a pedir el don del Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo se manifiesta en Samaria, como se había manifestado en Jerusalén, y como puede manifestarse en Ciudad de México, en Madrid, en Tokio, en Bogotá, en Buenos Aires; porque el Espíritu Santo y el poder de la Palabra de Dios atraviesan las barreras y llegan allí donde nuestros prejuicios no nos lo permitían. Demos gracias a Dios. Demos gracias a Dios por esta palabra que rescata. Por esta Palabra que salva, por esta unción que vence las barreras y que hace posible que se recupere la unidad siempre en torno a Cristo y siempre para la gloria del Padre. Amén.

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