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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo nos mantiene vivos por el don del Espíritu Santo.
Homilía ap06004a, predicada en 20020505, con 13 min. y 23 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Estas palabras del Evangelio de Juan son hermosas, pero un poco difíciles de entender. Dicen cosas muy bonitas, pero las dicen de una manera que desafían a nuestra inteligencia, porque no son como el argumento que se hace en un razonamiento perfecto, no son la conclusión que se saca de unas premisas, sino más bien son como el desenvolverse, el abrirse de un corazón que es el corazón de Jesucristo. Y sabemos que los caminos del corazón no son caminos rectilíneos, el corazón no tiene autopistas y calles cuadriculadas; el corazón tiene rincones, jardines, pozos, veredas, sendas. El corazón es como el hogar, un hogar no es como un supermercado, en el supermercado están las cosas puestas en líneas rectas, largas, para que uno escoja lo que quiere. Si uno entra a la casa, en la casa, las cosas tienen su propia lógica. Tienen su propio orden. Jesucristo, mis hermanos, en estos textos del Evangelio, nos está abriendo su corazón, está haciendo de su corazón una casa, un hogar, para que nosotros entremos y habitemos. Y hay que acostumbrarse a esas curvas, a esas entradas y salidas, a esos pozos y jardines que tiene el corazón de Cristo, como los tienen todos los corazones: porque el ser humano es así, es complejo, es fecundo, es inexpresable. Jesús les dice a los discípulos muchas cosas en muy pocas palabras. El texto que hemos oído en el Evangelio es tomado de las palabras de nuestro Señor en la Última Cena, y por eso estamos seguros que son palabras que nos hablan del corazón del Señor, porque Jesús estaba abriendo realmente su corazón en esos momentos últimos, en esos momentos definitivos, el Señor estaba mostrándoles todo lo que tenía adentro. Él mismo dice: "Vosotros sois mis amigos. El siervo no sabe lo que hace su Señor. Pero ya no os llamo siervos, a vosotros, os llamo amigos" . Es decir, Jesús en la Última Cena, abre su corazón con una confianza inmensa y quiere que aprendamos a vivir en Él. Aprendamos a recibir de Él la vida. La vida. Tomemos algunas palabras de este texto del Evangelio como quien se pasea dentro de una casa, una casa muy hermosa que se llama el Corazón de Jesucristo. Tomemos algunas palabras para llevarlas a nuestras propias casas y a nuestros propios corazones. Dice Jesús: "Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro defensor, el Paráclito" . La palabra importante aquí, o la que queremos destacar es que Jesús dice: -El Padre les dará otro, otro defensor, otro-. ¿Por qué dice otro? Porque mientras Jesús estaba con los discípulos, los amparaba, los defendía, los alimentaba, los robustecía. Pero ha llegado el momento de la partida de Jesús. Jesús se va y por eso los discípulos, que en esa época eran muy poquitos, y ahora mire cuántos somos. Necesitamos, necesitábamos y necesitamos otro defensor. Es decir, que el Paráclito, el Espíritu Santo, viene a hacer con nosotros lo que Jesucristo hacía con sus discípulos. Esa es la primera perla, la primera enseñanza bella que quiero que nos quede en el corazón. El Espíritu Santo. . . -ya se va acercando Pentecostés-. El Espíritu Santo viene para hacer con nosotros lo mismo que Jesús hacía con los discípulos. Es el Espíritu que nos defiende, es el Espíritu que nos enseña, es el espíritu que nos alimenta, es el espíritu que se pone de parte nuestra, es el Espíritu que hace maravillas y prodigios. Tener al Espíritu entre nosotros es tener siempre entre nosotros las obras, la palabra, la enseñanza y sobre todo el amor que Jesucristo mostró mientras estuvo en esta tierra. Por eso dice Él "No los dejaré desamparados. Volveré, volveré a ustedes" . Y explica una doctora de la Iglesia, Santa Catalina de Siena: -Cuando vino el Espíritu Santo no vino solo, sino que vino con la sabiduría del Hijo y vino con el poder del Padre. El que recibe al Espíritu Santo tiene siempre a Cristo con Él, el que recibe al Espíritu Santo tiene siempre las obras, el amor, la enseñanza que Cristo dio a los discípulos-. De aquí sacamos una segunda enseñanza. Yo estudié un tiempo en la Universidad Nacional en Bogotá, que como ustedes saben, tiene muchos simpatizantes del Partido Comunista. Un día escribieron en una pared: -Mao-, refiriéndose al líder chino Mao Tse Tung, -Mao, tú no has muerto, tú vives en nosotros-. Decía una pared ahí, -Mao, tú no has muerto, tú vives en nosotros-. Pero observemos la diferencia entre Mao y Jesucristo. Los seguidores de Mao, de Mao Tse Tung dicen que Mao Tse Tung está vivo porque ellos mantienen viva la memoria de Mao Tse Tung. No es eso lo que decimos nosotros los cristianos. No somos nosotros los que mantenemos vivo un recuerdo de Cristo. Es Cristo quien mantiene su vida en nosotros a través del don del Espíritu Santo. Esa es la gran diferencia entre Cristo y Mao TseTung, entre Cristo y Carlos Marx, entre Cristo y David Ricardo o Simón Bolívar, o Napoleón Bonaparte o cualquier persona de la historia. La gente que vivió en el pasado se quedó muerta y los seguidores los mantienen vivos. Pero nosotros no mantenemos vivo a Cristo, es Cristo quien nos mantiene vivos a nosotros, quien mantiene la fe, quien mantiene la esperanza y quien mantiene el amor a través del Espíritu Santo. Porque el Espíritu es el que permite que nosotros experimentemos la presencia de Cristo. Lo que Cristo hacía con los discípulos, el Espíritu lo hace con nosotros. Y yo creo que una gran demostración de esto es lo que vemos en la historia de la Iglesia, porque en la historia de la Iglesia encontramos motivos más que suficientes, para que esto se hubiera acabado hace rato. Hubo en tiempos de la Ilustración francesa, un pensador que se volvió muy famoso, llamado por su apodo conocidísimo Voltaire. Voltaire creía en Dios, pero detestaba a la Iglesia. Más o menos por razones parecidas a las que mucha gente tiene hoy para detestar a la Iglesia, es decir, por los pecados de los sacerdotes. Voltaire le tenía asco y fastidio y rabia a la Iglesia. Y habló, podemos decir con odio, contra la Iglesia. Pero era un odio fino porque era un hombre que manejaba muy bien la ironía. Bueno, Voltaire era un gran enemigo de la iglesia y alguna vez estaba hablando con un cardenal, un hombre muy importante de iglesia. Y el cardenal le decía: -señor Voltaire, usted pierde su tiempo, usted luchando contra la iglesia, pierde su tiempo. Si la Iglesia no la hemos podido acabar, los sacerdotes no la va a acabar nadie-. Y es verdad, y es verdad. Claro que hay sacerdotes muy buenos y muy santos, pero también hay sacerdotes que nos decepcionan. Y hay escándalos terribles, terribles. Pero es que la vida que hay en la Iglesia no es la que tenemos nosotros como seres humanos, los sacerdotes; no es la vida que tiene el Papa; no son las ideas del Papa, ni las ideas del obispo, ni las ideas del sacerdote. A la Iglesia la renueva, la sostiene, la rejuvenece, a la Iglesia, la alimenta, la congrega sin cesar, la defiende y la purifica, a la Iglesia, la ilumina, la sana y la embellece, El Espíritu Santo. No somos nosotros los que mantenemos vivo a Jesucristo. Es Cristo que nos mantiene vivos a nosotros por el don del Espíritu Santo. Pobrecitos los seguidores de Mao Tse Tung, qué trabajo tan terrible el que les toca, mantener vivo a un muerto; es un trabajo muy duro. ¡Qué felicidad para los seguidores de Jesucristo! Porque es el Espíritu de Cristo el que nos mantiene vivos. Y a pesar de los errores y de las caídas y de los escándalos, una fuente inagotable brota en nuestro corazón, y una vida nueva rejuvenece sin cesar a la Iglesia, y el Espíritu de Dios va suscitando, va despertando vocaciones nuevas, va produciendo conversiones, va invitando a la generosidad y a la consagración y va santificando al pueblo de Dios. Esa es solo una, una o dos perlas de las palabras de Cristo en el Evangelio de Juan.

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