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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La conciencia de ser elegidos nos lleva a ofrecer ese mismo tesoro de amor a otras personas, caminando como pueblo de Dios con firmeza hacia nuestra plenitud.
Homilía ap05012a, predicada en 20170514, con 5 min. y 58 seg. 
Transcripción:
Los domingos nuestra Iglesia nos ofrece con mayor abundancia la Palabra de Dios. Por eso tenemos no solamente primera lectura con su salmo, sino también una segunda lectura. Después, por supuesto, viene el Evangelio. Casi siempre en los domingos. Hay una relación bastante estrecha entre la primera lectura y el Evangelio. Esto hace que la segunda lectura fácilmente pase desapercibida. Yo quisiera en esta ocasión que le diéramos un poco más de atención a la segunda lectura, que fue tomada de la primera carta del Apóstol San Pedro en el capítulo segundo. Hay tres ideas preciosas de esta lectura que creo que vale la pena destacar. En primer lugar, el apóstol quiere que tomemos conciencia de que somos elegidos, que somos raza elegida. Esas palabras podrían servir para vanidad, podrían servir para orgullo. Pero esas palabras, si las sabemos entender, han de servir para gratitud y han de servir para alabanza y espíritu de servicio. Efectivamente, cuando reconocemos que nosotros hemos sido elegidos según aquella expresión que también aparece en el Evangelio de Juan: "No fueron ustedes los que me eligieron a mí, sino que fui yo quien los elegí a ustedes". Si tomamos conciencia de lo que eso significa, entendemos que toda nuestra vida cristiana es puro regalo, es pura Gracia. Y el que descubre la vida cristiana como un regalo descubre también un motivo permanente de alabanza, de gratitud. Por supuesto, como lo que hemos recibido es regalo, no debe quedar únicamente en nosotros. ¿Quiénes somos nosotros para retener el torrente del amor de Dios? La conciencia de ser elegidos no es para encerrarnos en nosotros mismos, sino más bien para ofrecer ese mismo tesoro de amor a otras personas. Por otro lado, está la expresión: -Piedras vivas-. Al llamarnos piedras está hablando de la firmeza que nosotros recibimos, una firmeza que no viene de nosotros mismos, que no viene de nuestras cualidades, ni de nuestros conocimientos, ni de nuestro pasado. Una firmeza que, como bien explica el apóstol Pedro, la hemos recibido únicamente de nuestro Señor Jesucristo. Es Él quien nos da firmeza. Y efectivamente, el que se ha encontrado con Cristo tiene una ruta para la vida, tiene una puerta para vencer la muerte y tiene una certeza para la eternidad. Eso hace que tengamos solidez, la solidez propia de una piedra. Pero llama la atención que este apóstol combina la solidez de la piedra, con el dinamismo propio de la vida. Por eso dice que nosotros somos piedras vivas. ¿Y en qué consiste esa vida que nosotros recibimos? Que nuestra solidez no consiste simplemente en quedarnos en un pasado, en amarrarnos a lo que fue, sino que nosotros como cristianos, somos invitados a estar abiertos a nuevos regalos, a nuevas maravillas, a nuevas bendiciones del Señor. Efectivamente, si nosotros lo pensamos bien, aquellas religiones que se quedan ancladas únicamente en el pasado terminan convirtiéndose no en una fuerza que libera, sino más bien como en una especie de cárcel. Recuerdo una entrevista que le hacían a un joven hinduista y él decía: -Mi mayor anhelo es hacer las cosas exactamente como las hacía mi papá, que era como las hacía mi abuelo, que era como las hacían mis antepasados-. Esta manera de hablar, aunque parece noble y heroica, en el fondo lo que está indicando es que toda nuestra vida queda volcada únicamente hacia el pasado. Algo así como que lo que íbamos a recibir ya lo hemos recibido completamente. Tal manera de pensar es la muerte de la esperanza. Para nosotros, en cambio, rigen las palabras de Jesucristo. Jesucristo dice: "Todavía tendría muchas cosas más que decirles, pero ustedes no pueden ahora con ellas. El Espíritu Santo los guiará hacia la verdad completa". De manera que somos piedras en el sentido de que tenemos solidez, pero piedras vivas. Porque es necesario que sepamos que hay que crecer en la plenitud del conocimiento del misterio recibido y hay que crecer en la evangelización y hay que crecer en la virtud. De manera que nadie puede decir: -Yo conozco y entiendo perfectamente a Dios-. Cada uno más bien tiene que decir: -Estamos caminando, somos peregrinos, vamos avanzando y como pueblo de Dios aguardamos una plenitud que sólo Él puede darnos-. Después de comprender la hermosura que hay en estos contenidos y lo que contiene, entonces la fe para nosotros, de verdad podemos decir: ¡Feliz! ¡Muy feliz domingo para todos!

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