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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La evangelización no se limita a mejorar la sociedad humana en esta tierra: anuncia un bien permanente y trascendente que llamamos el Cielo.
Homilía ap05009a, predicada en 20140518, con 5 min. y 1 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! Llegamos al quinto domingo de Pascua. Recordemos ante todo, que cada domingo, no solo los domingos de Pascua, es un eco del gran domingo. Y el gran domingo es el de la Resurrección. El gran domingo es aquel que trae la buena Nueva. La muerte ha sido vencida, El demonio no se salió con la suya. El pecado no tiene la última palabra. Ése es el contenido del gran domingo. El domingo de la Pascua. Y cada domingo del año estamos recibiendo un eco de esa noticia, un recordatorio de ese amor que no envejece. Ésa manera de renovar nuestra alegría es también nuestra manera de tomar un nuevo impulso hacia la misión, como nos lo han recordado varias veces los últimos Papas, especialmente Benedicto y Francisco: "La Iglesia no existe para sí misma. No queremos una Iglesia centrada exclusivamente en sus intereses y problemas". La frase de quien será próximamente beatificado el Papa Pablo VI es perfecta. "La Iglesia existe para evangelizar". Según ese criterio, encontremos en cada Evangelio del domingo un motivo para renovar nuestra alegría y un motivo para contarle al mundo esa noticia que necesita, aunque muchas veces desprecia. Hoy, por ejemplo, tenemos un texto del capítulo 14 de San Juan. Pertenece a los discursos de despedida de nuestro Señor. Recordemos que en San Juan y solamente en este evangelista, encontramos ecos de esa conversación posterior a la última Cena. En esa conversación, Jesús abre su corazón a los discípulos, pero también abre un poco del misterio de nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor. Les revela que los ha elegido, les revela hasta dónde nos ha amado el Padre; les revela la esencia de la vida cristiana, particularmente en aquel aprender a servirnos y lavarnos los pies unos a otros. Es la noche de las grandes revelaciones. Y en ese contexto, Jesús les invita a abrirse a la esperanza. La vida cristiana no es simplemente un modo de vivir bien en esta tierra. No consiste simplemente en la organización de la sociedad que conocemos. La vida cristiana se abre a una esperanza aún mayor. Cristo nos habla de una casa, nos habla de nuestra casa, nuestra verdadera casa, allí donde verdaderamente pertenecemos. Y la evangelización tiene que seguir con la mirada y con el amor y con la alegría a Jesús. Para apuntar hacia esa causa. La verdadera casa, aquella en la cual nosotros podemos reconocernos verdaderamente, hermanos, verdaderamente hijos. No, la evangelización no es solamente ayudar a solucionar los dolores y problemas que aquejan a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. No es solamente un asunto de alimentos, de vivienda, de dignidad humana o de justicia social. Éso es necesario, pero es necesario como lenguaje que habla de un amor más grande, que habla de una felicidad sin término. Y el que no aprende a evangelizar así, no está en realidad siguiendo el ejemplo de Cristo, porque también eso trae la Pascua. Quiere hacer de nosotros verdaderos discípulos, verdaderos evangelizadores.

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