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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los cristianos somos llamados, tras las huellas de Cristo, a agradecer a Dios y a los demás, bendecir al Señor y reconocer el bien que hacen nuestros hermanos y compartir generosamente, dando a Cristo como el mayor regalo.
Homilía ap03021a, predicada en 20260419, con 5 min. y 37 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! Este es el tercer domingo de Pascua y la Iglesia nos propone en el Evangelio de este domingo aquel bellísimo pasaje en el que nuestro Señor Jesucristo, haciéndose compañero de unos ciertos caminantes, pues les ayuda a levantar su esperanza y les conduce con amor, con paciencia, hacia el don inestimable de la fe. Podríamos decir que Cristo, que es el Evangelio vivo del Padre, porque Él mismo es la buena noticia, es también el evangelizador que con esa ternura y con esa paciencia, lo repito, está acompañando a aquellos desalentados, aquellos desesperanzados. Es un mensaje que tiene tremenda actualidad, porque si miramos nuestro mundo marcado por tantas guerras, por tanta corrupción, por tanta injusticia, si nosotros vemos este mundo en el que algunos aplauden y se gozan, por ejemplo, de que el aborto se convierta en un derecho consagrado, oye la palabra que utilizan derecho consagrado en la Constitución blindado en la Constitución. Ya sucedió en Francia, acaba de suceder en España. Ese es el mundo al revés. Es el mundo que ama las tinieblas, que corre hacia el abismo, que le da la espalda a Dios, que incluso apaga la luz misma de la razón para imponer las preferencias de aquellos grupos que tienen una agenda basada únicamente en el engaño y en la conservación del poder. Es algo supremamente triste. Y en esas circunstancias, pues es muy fácil pasar de la tristeza a la desesperanza, incluso la desesperación, llegar a este momento y encontrarnos con un Evangelio en el que Cristo es capaz de infundir nueva luz y de infundir nueva esperanza en aquellos hermanos. Es una gran, gran noticia. Alegrémonos por eso. Pero observa que también nosotros podemos aprender de Cristo para llegar a ser también testigos de esperanza. El Evangelio de hoy dice que el momento en el que llegaron a reconocer a Jesús fue cuando Él partió el pan. Y ese partir el pan incluye por lo menos tres verbos, porque nos dice el evangelista Lucas, que es el autor también de los Hechos de los Apóstoles, nos dice que Cristo pronunció la acción de gracias, partió el pan y lo repartió. Observa que ahí están los verbos, agradecer, bendecir y compartir. Son tres verbos que nosotros, que por gracia de Dios creemos en Jesús, estamos llamados a repetir. Te lo repito: -Agradecer, bendecir y compartir-. Agradecer en primer lugar a Dios, de quien proviene todo bien, agradecer también a nuestros hermanos. Por ejemplo, si se trata del alimento material, hay que agradecer a tantos que hacen posible que el alimento llegue a nuestra mesa, empezando por supuesto, por agricultores, campesinos, ganaderos, tantas personas. Agradecer a los hombres y agradecer a Dios. Bendecir; ¡Qué hermoso es ese verbo, bendecir! Decir bien. Decir una alabanza en medio de tantas noticias. Sé tú la persona que tiene una palabra de alabanza que tiene el elogio justo y oportuno. En primer lugar, para alabar, para glorificar a Dios, pero también para exaltar las buenas obras de nuestros hermanos. Y luego está el compartir. Compartir el pan. Por supuesto, en la Biblia, y aún en algunas culturas contemporáneas, el pan no solamente representa el alimento inmediato hecho de trigo, por ejemplo, o hecho de cebada. El pan representa todo aquello de lo que el ser humano tiene necesidad y tiene hambre. Y compartir el pan significa entonces que tengamos la generosidad, la capacidad de salir de nosotros mismos para hacer el bien a los otros, por ejemplo, compartiendo nuestro conocimiento, nuestra alegría, nuestro tiempo, nuestra escucha. Brindar esa mano a la persona que lo necesita. No se nos olvide, sin embargo, que dentro de ese compartir lo que tiene indudablemente el primer lugar, lo más importante de todo es compartir a Cristo. Poco comparte el que no comparte a Cristo; poco da el que no da el pan del cielo. Así que, sin dejar de dar lo que es necesario para el cuerpo, no se nos olvide aquello que sacia el hambre más profunda y que tiene valor de eternidad. En resumen, mira cómo Cristo es motivo de esperanza y mira cómo nosotros, unidos a Cristo, podemos ser también luces de esperanza, esperanza real, esperanza concreta, vida, vida nueva, que pueda hacer distinta la vida de tantos hermanos nuestros. Que Dios te bendiga y sigamos animosos este camino de la Pascua.

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