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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Una conversación que cambió la vida
Homilía ap03017a, predicada en 20200426, con 16 min. y 10 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, este pasaje precioso del capítulo 24 de San Lucas, merece toda nuestra atención. Está lleno de detalles y en cada uno de esos detalles Dios nos habla. En el contexto de la celebración eucarística en que nos encontramos. Es absolutamente precioso darse cuenta que lo mismo que para nosotros, también para aquellos discípulos fue decisivo escuchar la Palabra y partir el pan. En el lenguaje que utiliza nuestra Santa Iglesia Católica en este momento, hablamos de la Liturgia de la Palabra, y luego la liturgia de la Eucaristía podemos decir que Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, celebró liturgia de la Palabra con éllos, abriéndoles los tesoros de la Escritura, y luego celebró liturgia de la Eucaristía, consagrando y compartiendo ese pan en el que también se reveló Él. Pero como no podemos detenernos en todos los detalles, centrémonos en aquella frase tan hermosa que ellos dicen cuando reflexionan. Al final: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?". El corazón de éllos estaba apagado y frío al principio. Está encendido y vivo al final. ¿Quién hizo ese cambio? Jesucristo. ¿Cómo lo logró? A través de una conversación. Pienso que nuestro Señor Jesucristo, que en todo es maestro para nosotros los cristianos, en esta ocasión es maestro en la conversación. Podemos decir que Cristo nos está enseñando a conversar en este pasaje, y nos muestra también los frutos de una buena conversación. Muchos de los antiguos griegos se preguntaban para qué servía el corazón. Por supuesto, los conocimientos de anatomía y de fisiología que éllos tenían eran muy limitados; y algunos pensaban que el papel del corazón era calentar la sangre, que la sangre se calentaba en el corazón como en un horno y era enviada a través de las venas y arterias para darle calor al resto del cuerpo, según pensaban ellos. En el corazón estaba el fuego y el fuego, y el calor de ese fuego era el que después llegaba a todo el cuerpo. Me parece que es una metáfora muy bella, una metáfora hermosa sobre cómo cuando se calienta el corazón se puede calentar el resto del cuerpo y de la vida. Éllos decían: -¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?- Pero, ¿Cómo encendió Cristo ese fuego? Podemos distinguir en el proceso que hace Cristo como tres etapas. Primero, se interesa por éllos, segundo, les escucha, como decimos popularmente, les deja desahogarse. Ellos expresan toda su frustración, el triste estado de su ánimo. Están decepcionados y confundidos. En tercer lugar, ya interviene Cristo después de haberlos dejado hablar a éllos. Ahora habla Él; y a medida que habla va respondiendo de algún modo a esa frustración, a esa decepción que tenían. Entonces: Las tres etapas son, primera: Cristo se interesa por ellos, ahí donde les dice: "¿Qué conversación es la que ustedes tienen?". Segundo: Les permite desahogarse. Ellos dicen: "¿No conoces lo que ha sucedido en Jerusalén?". Y Él abre una puerta para que ellos hablen. "¿Qué fue lo que sucedió?" No necesita Cristo enterarse de lo que sucedió en Jerusalén. Él lo sabía mejor que nadie, pero quería darles esa oportunidad de que abrieran su corazón y se desahogaran. Me hace acordar otro pasaje de la Biblia cuando el profeta Ezequiel fue a visitar a los desterrados junto al río Quebar. Los desterrados estaban en Babilonia. Cuando Ezequiel va allá a Babilonia, no empieza a hablar, no empieza a predicar, no empieza por darles muchos consejos, ni tampoco les anuncia grandes promesas. Cuando Ezequiel llega, lo que hace es callar. Y según dice el libro de ese profeta, durante una semana nada dijo, sólo veía y escuchaba y seguramente recibía el lamento, recibía el desahogo de ellos. Y entonces éllos cuentan, ya volviendo al Evangelio de Lucas, estos discípulos cuentan cuál es la fuente de su dolor y de su frustración: "Jesús Nazareno fue un profeta poderoso." Claramente, los corazones de éllos en esa época ardían de entusiasmo. Pero eso fue lo más duro, que después de haber puesto tantas esperanzas en ese profeta, no lograron entender qué había sucedido para que ese mismo profeta, pues, les abandonara de esa manera tan humillante, de esa manera tan extraña, y terminan ellos diciendo: "Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro, lo encontraron, como habían dicho las mujeres, pero a Él no lo vieron" y se quedan callados y se quedan callados. . . ¿Qué demuestran estas palabras? Es que el mensaje de las mujeres, de aquellas que fueron temprano el día domingo, ¿Es que el mensaje de las mujeres no era una luz de esperanza? ¿Las palabras de éllas no eran un comienzo, de consuelo? ¿No eran una lumbre nueva para la fe de éllos? Indudablemente lo eran estas palabras de las mujeres; pero aquí entendemos el verdadero drama de éllos. Ya se habían entusiasmado una vez con Cristo, el profeta poderoso en obras y palabras. Y habían tenido que decepcionarse. Y el que ha pasado por una decepción ya lo piensa demasiado para volver a entusiasmarse. Entonces aquellas mujeres hablaban de Cristo que había resucitado, que habían tenido una aparición de ángeles. Pero ellos no quieren entusiasmarse. Ellos no quieren levantarse de su tristeza. Ellos no quieren volver a decepcionarse. Apegados entonces a su decepción y a su frustración, se encierran en la incredulidad. Han formado como un caparazón duro. No quieren salir de él. Que no vengan con historias de que está vivo. -No quiero sufrir más. No quiero volver a experimentar decepción-. Por eso las primeras palabras de Cristo son ¡¡un disparo!! a ese caparazón. Son ¡un disparo! a ese muro de incredulidad que ellos han puesto como si se tratara de un taladro. Las palabras de Cristo ¡¡¡penetran!!! en ese caparazón. "Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas" ¿Necios y torpes? Son palabras duras, pero es que a veces Cristo utiliza palabras que son así como taladros para romper la dureza del muro que hemos construido. Y cuando se ha formado una grieta, entonces Él suelta una pregunta: "¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?" Como diciéndoles. . . ¿No habrá algo que ustedes no han entendido?, ¿No será que la dureza de ustedes no les permite entender lo que está sucediendo? Y en, en esa grieta encuentra Cristo la oportunidad para ir derramando gota a gota una nueva esperanza ¿Cómo lo hace? Empieza por Moisés, va siguiendo por los profetas. Y cada vez que Cristo deja caer una nueva gota de esperanza, una nueva gota de luz a través de esa grieta que ya abrió, entonces empieza a renacer en ellos la fe, y empiezan a sentir: -Puede que sea verdad-. Es posible que si, se van llenando entonces de luz, pero junto con esa luz, Él les va regalando fuego. Y es así como esos corazones que estaban muertos llegan a revivir, y esos corazones que estaban fríos llegan a arder. Bueno, es una lección preciosa de caridad y de sabiduría a la que nos da nuestro Señor Jesucristo. Terminemos esta reflexión tratando de aplicar esto a nosotros. ¿Cómo podemos aplicarlo a nuestra situación? Hermanos, entendamos que hay muchas personas que se encuentran como los discípulos de Emaús, como este par de discípulos. Yo voy a mencionar tres tipos de personas que considero que hoy por hoy están en una situación semejante a estos. Primero, algunos están decepcionados de la Iglesia, están decepcionados por los escándalos que se han presentado en la Iglesia. Están decepcionados porque sienten que no recibieron una buena formación o porque conocieron los pecados de alguien. Esas personas están así como estos discípulos, y muchas veces esas personas se encierran también en un caparazón. Y esas personas no quieren creer y no quieren de nuevo ilusionarse con un Dios que es amor. Se parecen a estos discípulos. Hay otras personas que están como estos discípulos, porque en su infancia fueron creyentes. Pero cuando llegaron a la juventud, en el tiempo de la universidad y de todo aquello, ilustres profesores les fueron metiendo en la cabeza la idea de que todo lo de la religión eran mitos y fábulas, que en realidad no hay ningún Dios y que en realidad la única explicación hay que buscarla en las obras de la ciencia. Y entonces, ¿Qué ha pasado con esas personas que después de haber tenido una infancia tal vez fervorosa, sabes lo que son ahora? No solo son incrédulos, sino que son incrédulos con muralla, con caparazón, porque ahora sienten que es demasiado humillante deshacer el camino. Ya una vez lloraron de piedad en su infancia ante Cristo, ante la Eucaristía, ante el Sagrario, ante una imagen de la Virgen. Y ahora, después de haberse despedido de esa fe de niños, no quieren volver a la fe. También ellos están como los discípulos de Emaús. Y el tercer ejemplo que quiero dar es el de aquellas personas que con motivo de esta tragedia que está viviendo el mundo, esta catástrofe llamada COVID 19, sienten que se les ha venido encima lo que ellos estiman que es el fin del mundo. Pero al contrario de lo que dice el libro del Apocalipsis, es decir, que nosotros deberíamos recibir con gozo y con esperanza los tiempos finales, ellos que creen que estamos en los tiempos finales, no reciben con gozo lo que está sucediendo ni con esperanza, sino con grandísimo temor y encerrados en su miedo lo único que quieren es seguir escuchando aquello que les confirme en el pánico que ya experimentan. También éllos se parecen a los discípulos de Emaús. ¿Y qué nos corresponde a nosotros? Si Cristo nos lo permite, ¿Qué es lo que nos corresponde? Hermanos como Cristo, tenemos que mostrar sincero, sincero, interés, verdadera atención y caridad hacia aquellos que se sienten de esa manera. Segundo, tenemos que armarnos como Cristo de una gran paciencia para oír la versión que tienen estas personas. Hay que oírlos, hay que sentir o mejor, ayudarles a que sientan de verdad que han podido expresar su dolor. Pero luego también nosotros tendremos que hacer algún disparo de amor, como lo hizo Cristo para que se rompa ese caparazón y para mostrar que muchas veces a través del camino de la noche se llega al amanecer; y por el camino de la cruz se llega a la Pascua. Alabado sea nuestro Señor Jesucristo, que nos permite este momento, que nos permite vivirlo de esta manera. No seamos demasiado duros con aquellos que se sienten decepcionados de la Iglesia, con aquellos que perdieron la fe por unos tres profesores ateos que les metieron ideas en la cabeza, o por aquellos que en esta pandemia están encerrados, encerrados en su pánico y solo quieren saber cuál es la última conspiración de moda. No seamos duros con éllos. Que nuestra actitud sea la de Cristo, la caridad, la atención, la escucha y en el momento preciso, el disparo de amor que abre una grieta y que enciende una esperanza. Así sea.

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