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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El pasaje de Lucas 24 deja preciosas enseñanzas: (1) El Resucitado no se ha desentendido de su rebaño. (2) La pedagogía de Dios, y ala de la Iglesia, incluyen la ternura tanto como la firmeza y claridad. (3) Es la Palabra de Dios quien puede guiarnos al pleno conocimiento del misterio de Cristo. (4) Toda evangelización y catequesis apuntan a un culmen, que son los sacramentos de la fe, y particularmente la Eucaristía. (5) El regalo de la fe crece cuando lo compartimos: ser comunión y servir en la evangelización se pertenecen mutuamente.
Homilía ap03015a, predicada en 20170430, con 18 min. y 27 seg. 
Transcripción:
Muy queridos hermanos, hoy vamos a aprender o a recordar cinco cosas importantes. La primera es que Cristo resucitado no se ha olvidado ni se ha desentendido de su pueblo, de su rebaño, que somos nosotros. Varias de las apariciones del Resucitado muestran su solicitud, su cariño, su cercanía por los discípulos. La muerte puede romper muchas cosas, pero la muerte no rompió el amor de Cristo por nosotros. Y como ese amor está vivo, fuerte y en buena salud, ese amor hace que Cristo, más allá del umbral de la muerte, custodie, eduque, proteja, sane, sea, en fin, verdadero Rey y Señor de su pueblo. Recordemos, por ejemplo, aquel pasaje en el que los discípulos están tratando de pescar, pero el viento les es contrario y no logran nada en la noche. En la madrugada, desde la orilla, un personaje que al principio les parece desconocido, los saluda y les da indicaciones. Arrojen la red a la derecha y entonces logran una redada, una pesca absolutamente asombrosa. Ese que parecía un desconocido desde la orilla era Jesús. Jesús, que mira a su Iglesia batallando en medio del oleaje de este mundo. Jesús, que sigue cuidando a su Iglesia y dándole la indicación precisa en el momento preciso. Otro pasaje que nos recuerda esta preocupación de Cristo es el que escuchamos el domingo pasado. Recordemos que uno de los once apóstoles restantes no estaba cuando Cristo se aparece. Ese apóstol se llama Tomás. Tomás manifiesta incredulidad. Incredulidad porque le resulta imposible aceptar una noticia tan buena, tan hermosa. Está más allá de sus fuerzas asentir a esa afirmación. Cristo ha resucitado. Pero ocho días después Cristo vuelve a aparecerse, y si recordamos ese pasaje, nos damos cuenta que el objetivo prácticamente único de esa aparición es sanar la herida de la incredulidad en ese apóstol. A Cristo le importa cada uno de sus apóstoles y le importa cada una de las ovejas de su rebaño. Cristo no se ha desentendido del mundo. Cristo vuelve a manifestarse para que ese apóstol pueda llegar a la fe. Y como dice San Agustín: -Gracias a la incredulidad sanada de Tomás, la Iglesia puede creer con mayor vigor y alegría-. El pasaje de hoy, hermanos, que solemos denominarlo el pasaje de los discípulos de Emaús, porque estos dos hombres iban hacia esa aldea llamada Emaús, es una muestra más de que Jesús no se ha desentendido de su pueblo. Estos dos discípulos iban melancólicos, frustrados, amargados, porque ellos interpretaban la cruz como la derrota del Mesías. Cristo no los deja atascados en ese lodazal de amargura. Cristo sale al encuentro de ellos. Así que ese es el primer punto para este domingo. Cristo resucitado no está lejos de su Iglesia. Más bien, y si se quiere, está más cerca, porque superadas las barreras, los límites de la corporalidad, como nosotros la vivimos, el cuerpo glorioso de Cristo tiene infinita agilidad para llegar al corazón que le necesita. Y si ese corazón que le necesita está hoy aquí, no dudemos. Cristo Resucitado está visitando esa historia, esa vida en este momento. Segundo punto; porque son cinco enseñanzas. Segundo: Observemos la combinación de mansedumbre y fuerza del Resucitado. Mansedumbre, humildad de un peregrino anónimo que se une a estos dos caminantes. Con qué dulzura les pregunta por la causa de su dolor. . . Esa mansedumbre, esa sencillez de Cristo, es típica de su inmensa misericordia. Pero no confundamos la misericordia con una especie de complicidad con el pecado. Este Cristo que llega con tanta mansedumbre y suavidad, llegado el momento, Le suelta palabras duras. Así, por ejemplo, les dice: "¡¡Insensatos, duros de corazón!! Para creer lo que anunciaron los profetas". O sea que Jesucristo desde siempre y también en su ministerio público en esta tierra y también resucitado, utiliza tanto la mansedumbre como la fuerza. En ocasiones tiene que hacerse presente con esa suavidad, pero en otras ocasiones también tiene que sacudirnos y confrontarnos; a imagen de la Iglesia, a imagen de Cristo digo, la Iglesia también tiene que utilizar estas dos manos. A veces acariciar con suavidad, otras veces sacudir con firmeza y no le quitemos a la Iglesia el derecho y el deber que tiene de utilizar estos dos recursos. La ternura es muy importante, como nos lo recuerda varias veces el Papa Francisco. Pero no queramos que la Iglesia sea solamente ternura cuando se enfrenta a los poderosos de este mundo, cuando es confrontado con los hipócritas de su tiempo. Cristo muestra que no tiene un pelo ni de cobarde ni de cómplice. Así también la Iglesia. Y dentro de la Iglesia, los que tienen o tenemos el servicio de la Palabra, hemos de enseñar al mismo tiempo con mucha dulzura, pero también con mucha claridad. Rebajar las exigencias del Evangelio no es prestarle un servicio a los evangelizados, porque al rebajar las exigencias del Evangelio los estamos declarando incapaces de la Gracia poderosa que Cristo, lleno de poder, otorga. En efecto, el mismo Cristo que habla con tanta fuerza, con esa misma fuerza, puede cambiar los corazones para que nosotros salgamos de nuestra insensatez, como la llama esta traducción que hemos oído hoy. Así que el segundo punto es: En Cristo está la misericordia, pero en Cristo también está la fuerza, y la claridad, es al mismo tiempo comprensivo pero exigente. Es dulce, pero sabe también cuándo reclamar ese paso que cada uno de nosotros tiene que dar. Pasemos al tercer punto. Nos damos cuenta que este caminante, hasta este momento anónimo llamado Jesús, les va explicando las Escrituras. Ese es el tercer punto: -Solo se puede llegar a conocer a Jesucristo a través de ese profundo -bucear- en las Escrituras. Es necesario entrar en esos torrentes de agua viva para encontrar la claridad y para saber quién es el Señor. Por algo dijo aquel gran Padre de la Iglesia San Jerónimo: "Desconocer las Escrituras es desconocer a Jesucristo". Tengo conciencia, mis hermanos, tengo conciencia de que esta Eucaristía en nuestra Catedral tiene como especiales invitados a los catequistas y a los niños y jóvenes que van avanzando en su camino en la fe. Tengamos presente todos entonces la necesidad de apropiarnos el mensaje de la Escritura. Sin esas dosis de la Palabra de Dios, Cristo será a lo sumo un recuerdo que se va diluyendo en el pasado. Es la Palabra de Dios la que va poco a poco incendiando el corazón. Y ese incendio es saludable porque es el incendio que quema nuestra basura. Ese incendio es saludable porque es el incendio que da la suficiente claridad, no solo para reconocerlo a Él, sino para reconocer el estado de nuestro propio corazón. La Escritura, en efecto, nos permite conocernos y nos permite conocerle. Por algo decía un autor católico francés con gran elocuencia: "La Biblia es el libro que me lee", -el libro que me lee-. Es decir, la historia de mi vida se esclarece en las palabras de la Escritura. Y como diría San Agustín, al descubrir mis propias miserias, empiezo a descubrir las misericordias del Señor. Así que el tercer punto es: -No hay camino para la Iglesia que se pueda apartar de la escucha diligente y frecuente de la Palabra de Dios-. El cuarto punto tiene que ver con la escena culminante del pasaje de hoy amados hermanos, ese cuarto punto es la fracción del pan. Observemos, hermanos, que en el libro de los Hechos de los Apóstoles al sacramento que nosotros estamos celebrando y que se llama la Eucaristía, ellos lo llamaban la fracción del pan. Ese momento, el momento en el que se reparte el pan, era tan central para la fe de aquellos cristianos que le daba nombre precisamente a toda la celebración eucarística. Y con buen motivo, ciertamente, porque la fracción del pan nos está recordando al mismo tiempo la fractura, o si digo mejor, el sacrificio del Cordero. El Cordero para darnos la vida se ha sacrificado. El pan para poder repartirse, primero tiene que partirse. Así que la fracción del pan es memorial incruento del sacrificio del Señor. Pero por otro lado, como nos lo enseña San Pablo: -La fracción del pan nos está recordando que todos nos alimentamos de un mismo Cristo-. Y si un mismo Cristo crece en cada uno de nosotros. En Él está la raíz y la posibilidad única de nuestra verdadera fraternidad, de nuestra verdadera unión. Así que el cuarto punto es que toda la obra evangelizadora de la Iglesia tiene su culminación en la celebración de los sacramentos y muy particularmente de la Eucaristía. Por eso hay documentos muy hermosos, como aquel famoso del Papa San Juan Pablo II, "Ecclesia de Eucaristia", en donde se nos recuerda varias veces que este sacramento del altar es a la vez la fuente y la cumbre de toda la vida de la Iglesia. De modo que toda evangelización, no importa por dónde empiece, ya se trate de la salud, la educación, la promoción humana o lo que sea, toda la obra evangelizadora ha de tender a la celebración de la Eucaristía, porque solamente en la fracción del pan, según palabras de Santo Tomás de Aquino, -Bebemos de la dulzura en su propia fuente-; y además, al llegar a la Eucaristía, nuestros pequeños amores, porque pequeños somos, se unen como riachuelos que llegan finalmente al afluente mayor y se convierten en un solo torrente de alabanza al Padre Celestial. Esa unión de nuestros amores con el amor del Hijo sucede de manera señalada en la Eucaristía, y por eso es importante que toda evangelización tenga siempre en el horizonte los sacramentos y siempre como meta la Eucaristía. El quinto y último punto es que recordemos, hermanos amados, -Recordemos que estas noticias de Gracia, de iluminación de nuestra conciencia con el Evangelio y de transformación de nuestra propia vida, no pueden quedarse lejos de la comunidad-. Los dos discípulos, una vez transformados por su encuentro con Cristo, no se quedan con esa noticia, sino que emprenden camino, un camino que no era tan corto. Habían llegado a Emaús once kilómetros a partir de Jerusalén. Es una caminata larga y sin embargo, alimentados por ese pan del cielo como si fueran nuevos Elías, emprenden el camino no hacia el monte Horeb, que fue el punto de llegada del profeta Elías, sino hacia el monte de Sión, es decir, hacia Jerusalén, para encontrarse con la comunidad y para dar testimonio gozoso. -Es verdad. Cristo ha resucitado. Nosotros nos hemos encontrado con Él-. Ese también ha de ser nuestro camino. Encontrarnos con Cristo en la Palabra de Dios y en los sacramentos, y luego anunciar con fuerza, con gozo, superando los obstáculos, esforzándonos más allá de nosotros mismos, para que el mundo entero sepa en dónde está la verdadera esperanza y cuál es la fuente de la verdadera alegría. Estos puntos, hermanos, quería compartirles y que sea Dios nuestro Padre, el que deje sellados nuestros corazones por la presencia del Hijo de Dios, de modo que también nosotros seamos testigos de su resurrección. Amén. De pie, por favor.

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