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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La apertura al Espíritu empieza con la apertura a la verdad de que somos pecadores y no merecemos el don que necesitamos.
Homilía ap03013a, predicada en 20140504, con 9 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Muchas veces hemos tenido ocasión de reflexionar sobre el hermoso pasaje de Emaús. En esta ocasión yo quisiera subrayar un punto de la primera lectura, porque precisamente como el tercer domingo de Pascua leemos este pasaje de Emaús. Quizás esa lectura de los Hechos de los Apóstoles pasa desapercibida. Se trata de una escena, una parte de lo que sucedió el día de Pentecostés. Por favor, tomemos nota que el domingo pasado, segundo de Pascua, también se leyó algo del día de Pentecostés. ¿Qué nos quiere decir la Iglesia con esto? Observemos que el tiempo pascual se encuentra entre la resurrección de Cristo y Pentecostés. Ahí hay un mensaje hermoso y profundo para nosotros. La resurrección de Cristo es la victoria del Espíritu en su humanidad. Dios resucitó a su Hijo de entre los muertos. El Espíritu Santo hace posible la resurrección de Cristo, y luego Pentecostés es la acción del Espíritu Santo en nosotros. El Espíritu en Cristo, levantándolo del sepulcro, dándole victoria sobre la muerte, expulsando lejos el reinado de Satanás, el Espíritu Santo, Levantándonos de nuestros sepulcros, dándonos la victoria sobre nuestros pecados. Alejando el reinado de Satanás. El tiempo pascual empieza con una victoria, la de Cristo, y termina con otra victoria, la nuestra. Por eso Pentecostés tiene que estar continuamente en nuestro horizonte, en nuestro recuerdo, durante el tiempo pascual. Porque venimos de la contemplación de la obra máxima del Espíritu y vamos a la realidad, a la experiencia de la misma obra del Espíritu en nosotros. Ese es un punto. Segundo punto: Miremos cuál es el discurso que dice Pedro en Pentecostés: Es el día de las maravillas, de las lenguas de fuego, del viento impetuoso, del temblor que sacude al lugar donde ellos estaban orando. Es un día de grandes prodigios. Pero Pedro no se queda reflexionando sobre esos prodigios, sino que hace una catequesis, una catequesis que empieza con el arrepentimiento de los pecados para poder participar de Pentecostés. Esto es muy interesante. La fiesta de Pentecostés empieza con la fiesta de la conversión. La alegría de Pentecostés empieza con la alegría del abrazo renovado en el amor del Padre. O dicho de otra manera, no hay Pentecostés sin Pascua, no hay Pascua sin la victoria sobre el pecado, no hay victoria sobre el pecado sin el arrepentimiento. Miremos las palabras que dice el apóstol San Pedro dice aquí, dice aquí el Apóstol: "Conforme al plan previsto y sancionado por Dios. Jesús fue entregado, y ustedes utilizaron a los paganos para clavarlo en la cruz. Esto es muy interesante, porque yo no sé cómo estén las cosas por aquí, pero donde yo vivo estamos entrando en una superficialidad en la fiesta de Pentecostés que se vuelve simplemente un asunto exterior. Está muy bien la parte carismática, los cantos alegres, los aplausos, las manos levantadas. Eso está bien. Yo lo he conocido. Lo he vivido. Yo le debo mucho a la Renovación Carismática. No me opongo a eso. Pero esa manifestación externa muy poco va a lograr si no está la transformación interna. Y la transformación interna empieza cuando llega el arrepentimiento. Es la resolución de sacar el pecado de la propia vida. Es la convicción de que necesito ser renovado por Dios desde los cimientos. El sacudón de la casa donde están orando, el temblor que acompaña Pentecostés es el recordatorio de cómo tienen que ser renovados los cimientos de mi vida. Ahí empieza Pentecostés. En esa convicción de que necesito de Dios. Que el gran estorbo de mi vida es el pecado. Y que solo Él puede hacer de mí una criatura nueva. Ese es el segundo punto. Y por último, el tercer punto: Nos dice el Apóstol San Pedro: "A este Jesús, Dios lo resucitó, de ello somos testigos". Ese es un cristiano. El cristiano es fundamentalmente un testigo. Uno que puede contar porque tiene la experiencia. ¿Cómo puedo tener yo esa experiencia? Pues nos lo dice el apóstol San Pablo en el capítulo segundo de la Carta a los Gálatas. Dice este apóstol: "Dios reveló a su Hijo en mí". Es decir, que la persona que entra por el camino del arrepentimiento sincero, no como desesperación ni como complejo de culpa, no como complejo de inferioridad, ni como autocastigo, sino más bien como acto de caridad hacia sí mismo, dándose la oportunidad de una vida nueva; el que entra por ese camino y desecha el pecado y tiene la experiencia de la fuerza transformante del Señor, ése puede contar: -Jesús está vivo-. Ese puede decir: -El Señor ha resucitado-. ¿Por qué lo puede decir? Porque ha conocido a un Dios vivo. ¿Cómo se conoce a un Dios vivo? Cuando se conoce a un Dios que obra. Los recuerdos son como cuadros que quedan pintados en una pared. Uno puede recordar a Simón Bolívar o a Mao Tsetung, o a Napoleón Bonaparte, o a cualquier general del pasado. Pero bien muertecito que se queda. Soy yo el que tiene que hacer la fuerza. En cambio, con el Resucitado es distinto. Mi arrepentimiento me lleva a la certeza de que necesito que Él obre en mí vida. Y cuando Él obra en mí vida, mí vida se vuelve distinta y entonces puedo ser testigo de la resurrección.

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