Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Todos los católicos somos discípulos de Emaús: de los que se van perplejos ante la Cruz, o de los que vuelven gozos por la Pascua.

Homilía ap03012a, predicada en 20140504, con 16 min. y 0 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos. El bellísimo pasaje de la Escritura que acabamos de escuchar se encuentra en el capítulo 24 del Evangelio de San Lucas. Comento esto por aquellos que puedan interesarse en darle una nueva lectura. Capítulo 24 de San Lucas.

Jesús explica las Escrituras y Jesús parte el pan. Por favor, notemos la relación que hay entre estos dos verbos explicar y partir el pan. Porque en las Escrituras es Jesucristo el que se nos da a nosotros. En una discusión con los judíos, decía Jesús: "Ustedes estudian las Escrituras, ellas hablan de mí" El tesoro escondido en la Palabra de Dios no es otro, sino el mismo Jesús. Y el conocimiento de la Biblia es distinto de otros estudios. No se trata simplemente de tener unas ideas en la cabeza, se trata de tener un Señor y Salvador que se llama Jesús en nuestra vida. El verdadero conocimiento de la Palabra no es amontonar ideas; es hacerle un trono a Jesús, recibirlo como Señor de nuestra vida. El mismo que explica las Escrituras parte el pan.

Podemos decir que Él nos ofrece un doble banquete, y eso es exactamente lo que sucede en cada Eucaristía y muy singularmente en la Misa dominical. Nuestra Madre, la Iglesia, prepara ese banquete al escoger aquellos textos de la Biblia que van a alimentar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor. Eso se llama la mesa de la Palabra. Como representante y como miembro de esa iglesia, es el trabajo del predicador servir de mesero; eso es lo que me toca hacer a mí.

El alimento no es mío, yo lo recibo lo mismo que lo reciben ustedes. Mi trabajo es servir de mesero y ayudar a que ese alimento, que no es otro sino Jesús, pueda llegar a tu vida. Porque Cristo quiere traerle sensatez y quiere traerle juventud a tu vida. Pero además de la mesa de la Palabra está la mesa de la Eucaristía. Podemos decir que estos dos banquetes se iluminan mutuamente a medida que conocemos más a Jesús a través de la Palabra, comulgamos con mayor humildad, reverencia, agradecimiento y deseo de ofrecernos nosotros mismos, junto con Cristo.

La persona que está atenta a la Palabra, la persona que descubre el tesoro que es Jesús en esa Palabra, es la persona que va a comulgar con mayor amor. Lleno de emoción, decía en una oportunidad el Papa San León Magno: -Date cuenta que tienes mejor Dios de lo que pensabas-. Esa frase se puede aplicar a cada Eucaristía. Tenemos que salir de la mesa de la Palabra llenos de asombro y llenos de gratitud: -Yo no sabía que Dios era tan bueno, a mí me habían dicho que Dios era bueno, pero yo no sabía que era tan bueno, yo no sabía que Dios era tan misericordioso-.

Observemos que la explicación de la Palabra produce en nosotros un salto cuántico, mis hermanos. Estos dos discípulos de los que nos habla el Evangelio, eran eso discípulos, pero eran discípulos tristes, eran discípulos, pero eran discípulos confundidos, eran discípulos, pero sus palabras solo les servían para hundirse el uno al otro en la tristeza. Cuanto más conversaban, más sombrío se ponía su rostro, cuanto más hablaban, más se deprimían, y sin embargo, eran discípulos.

Tal vez hay muchos católicos así. Hay muchos católicos sombríos, hay muchos católicos que no tienen en su boca sino palabras de desilusión, de desencanto, de frustración. Hay muchos católicos que tal vez necesitan darse un buen baño en la luz de la Pascua de Jesús. Un buen baño que les deje ese rostro radiante, que se vea y que se note que ese Cristo ha resucitado en tu vida. Llega la explicación, llega la Palabra de Cristo y se produce el salto cuántico. Llega la Palabra de Cristo y el discípulo triste pasa a ser un discípulo gozoso, el discípulo cansado pasa a ser un discípulo rejuvenecido, el discípulo que utilizaba su palabra únicamente para contar cosas negativas, ahora tiene algo muy positivo, ahora tiene algo maravilloso que contar: -Es verdad, el Señor ha resucitado, se ha aparecido a Simón. Nosotros nos lo hemos encontrado por el camino-.

Hermanos, no se puede evangelizar sin alegría, no se puede evangelizar si uno no ha bañado su rostro en la luz esplendorosa del rostro de Cristo; no se puede evangelizar si uno no ha experimentado ardor en el corazón, fuego, ganas de contar a otros. Esto se parece tanto a esa experiencia humana de enamorarse o a la experiencia humana bellísima de llegar a ser papá o ser mamá. Cuando una persona que ha anhelado ese hijo, tiene la noticia que ya va a nacer y cuando ya puede sostener ese bebé en los brazos y las lágrimas corren por sus mejillas de pura alegría ¿que hace? agarra el teléfono, correo electrónico, whatsapp, Facebook, Twitter y cuanta cosa exista, -porque tengo que decirle al mundo entero que soy la mamá más feliz del mundo, que soy el papá más feliz del mundo-. Eso es lo que produce la alegría.

El que está ardiendo tiene que contar qué fue lo que le incendió el corazón. Y eso es lo que hace Jesús con nosotros. Es Jesús el verdadero mesero, así como es Jesús el verdadero alimento. Y por eso tenemos que pedirle a Jesús que llegue a nosotros con su alegría.

Nos parecemos a los discípulos de Emaús. Ustedes y yo nos parecemos a los discípulos que iban para Emaús. Pero ahora tengo que preguntarte: ¿Te pareces a los discípulos de Emaús cuando iban para allá o cuando volvían de para acá? Porque todos somos como los discípulos de Emaús, pero hay unos que son discípulos de Emaús en retirada, en huida, en cansancio, en fatiga, en depresión y todo les parece triste, complicado y no ven en las cosas, ni siquiera en las cosas de Dios, sino las limitaciones y las cargas.

Un cardenal muy importante de nuestra Iglesia Católica, el secretario de Estado del Papa Francisco, el Cardenal De Paolis, dijo estas palabras que me parecen tan bellas: -No pueden vivir los cristianos recibiendo la ley de Dios como si fuera una carga, una carga-. Y hay mucho cristiano católico que vive los mandamientos como una carga. Y la Iglesia como si fuera una prisión; ¡ay! Esta iglesia que no me deja ser adúltero ¡ay! esta Iglesia que no me deja robar en paz, ¡ay! esta Iglesia, que no me deja drogarme con lo bueno y delicioso que es drogarse, pero no lo dejan a uno drogarse en paz, no lo dejan a uno ver su pornografía tranquilo.

Hay gente que ve la iglesia como una carga pesada. Se parecen a los discípulos de Emaús. Todo les parece pesado y complicado. Pero cuando uno se encuentra con Jesucristo, entonces uno descubre que, por ejemplo: La indisolubilidad del matrimonio no es una carga pesada, sino es la certeza de que el varón tiene el derecho de ser amado hasta la muerte y la mujer tiene el derecho de ser amada hasta la muerte. La indisolubilidad matrimonial no es una carga, una cadena pesada que ahora me une a esta señora. ¡ay! será ¡Ay! ¿qué pasará?, ¿será que todavía dura mucho?, ¿qué va a ser? No es una carga pesada, la indisolubilidad es la certeza que tienes de que vas a ser amado hasta la muerte, pase lo que pase. Y esa es una gran noticia, esa es una maravillosa noticia. Pero el demonio nos engaña y nos quiere presentar las leyes de Dios como si fueran cargas pesadas para que nosotros vivamos como los discípulos de Emaús cuando iban en retirada.

Tanto cristiano cabizbajo diciendo: ¿Y ahora?, entonces ¿yo qué voy a hacer?, ¿Qué voy a hacer?, que no me dejan separarme de mi esposo o de mi esposa ¿Qué voy a hacer?, que la Iglesia me está recordando cada rato que tengo que pagar el salario justo, ¿Qué voy a hacer? con esta iglesia que no me deja explotar a mis esclavos como yo quisiera -hombre-. Pero la Iglesia te da una voz maravillosa como la que el apóstol San Pablo le dio al discípulo llamado Filemón. Filemón tenía un esclavo que se llamaba Onésimo, y Pablo le dice a Filemón: -Tú vas a recuperar a Onésimo, pero es importante que lo recuperes, no como esclavo, sino como hermano querido-. Entonces, cuando la Iglesia te dice que no tienes derecho a pagar salarios de hambre, no es por amargarte la vida, es para que dejes de tener máquinas con ropa humana, es para que dejes de tener robots con ropa humana. Es para que dejes de tener esclavos y empieces a tener hermanos es buena noticia. Pero uno no ve la buena noticia.

Y hay mucho joven que considera que la Iglesia es como una prisión. -¡Ayyy! esa iglesia que no me deja tener relaciones con mi novia, yo creo que yo me voy a ir de esa iglesia, me voy a ir para otro grupo por allá donde lo dejen a uno fornicar con buen impulso-. Pero no se dan cuenta los que así hablan, que eso que parece tan deleitable es una trampa. Porque detrás de la fornicación irresponsable lo que hay es el desprecio al amor humano. Y si no, pregúntale a esa muchacha que ya lleva tres o cuatro relaciones de todo tipo de fornicación; pregúntale si no se siente usada y prostituida, pregúntale si se siente bonito despedir al cuarto o quinto novio con el que ha vivido todo tipo de barbaridades en la intimidad, pregúntale si ella se siente bien.

Entonces las leyes de Dios siempre las podemos ver por el lado negativo. ¡Ay! esta iglesia amargada que no me deja fornicar, no me deja robar, no me deja ser soberbio, no me deja, no me deja. Esas voces de que la Iglesia no me deja son voces del demonio. En cambio, cuando llega Cristo y te explica las Escrituras, tú descubres que cada una de esas expresiones de lo que parecen limitaciones, son en realidad cantos a la libertad y a la verdadera felicidad del ser humano. Y por eso termina la persona descubriendo que lo que manda Dios y lo que manda la Iglesia es absolutamente razonable.

Mire, yo solo le digo esto y con esto termino porque hay que terminar. Mire lo que dijo Jesús: "¡Qué insensatos y qué duros de corazón!" Y esos somos nosotros. Somos insensatos porque nos quejamos de que no nos dejan pecar. Y somos duros de corazón porque no conocemos cuánto nos ha amado Dios.

Pero viene Jesús, viene Jesús sale a tu encuentro en la Escritura, sale a tu encuentro en la oración, sale a tu encuentro en el sacramento de la confesión, sale a tu encuentro desde el altar viene Jesús, te revela su amor, te muestra la inmensa ternura y poder y luz que Él trae a tu vida. Y cuando eso sucede, entonces tú dices: -Me estaba engañando el enemigo, pero ya no me dejo engañar-. Ya sé que es verdad. De verdad ha resucitado el Señor.

¡Aleluya! ¡Aleluya! De pie, por favor.

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