Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía ap03007a, predicada en 20080406, con 10 min. y 41 seg.

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Transcripción:

Lo mismo que el apóstol San Pedro, en la primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles. Así también yo quiero decir: -Os anuncio a Jesús de Nazaret-. Para eso existe la Iglesia, para anunciar a Jesús de Nazaret. Para eso celebramos la Pascua, para anunciar a Jesús de Nazaret. Para eso enviamos a los pequeños, a los niños, a colegios católicos, para que se les anuncie a Jesús de Nazaret. Venimos al templo, escuchamos la Palabra de Dios porque queremos que Jesús de Nazaret sea anunciado y queremos escucharlo y recibirlo.

Es el corazón mismo de nuestra fe y de nuestra Pascua. Nuestra fe, nos lo ha dicho el Papa Benedicto varias veces y lo dijo Juan Pablo II muchas veces: -Nuestra fe es, ante todo el encuentro con Él, el encuentro vivo con Él-. Nuestra fe no es simplemente el recuerdo; nuestra fe no se limita a unas doctrinas, por inteligentes o sensatas que parezcan. Nuestra fe es la respuesta que nosotros damos a la propuesta que Dios hizo. Y la propuesta de Dios se llama Jesús. Ahí está propuesto, ahí está ofrecido, ahí está entregado todo lo que Dios podía decirnos hasta el punto que aquel gran santo Carmelita, San Juan de la Cruz llega a decir: -Ahora Dios se ha quedado mudo porque ya nos dio su palabra y todo lo que podía decirnos, todo, todo está dicho en Jesús de Nazaret-.

Tener fe es encontrarse con Jesús. Es poder contar como aquellos discípulos del Evangelio, es poder contar: -Lo hemos reconocido, ha caminado con nosotros, sabemos que está vivo-. Eso es tener fe. Tener fe es haberse encontrado con Él. Quizás muchos entre ustedes, quizás muchos de nosotros, podemos decir: -Yo pienso que me he encontrado con Él-. Quizás algunos tengan que decir: -No sé de qué está hablando ese padre-. ¿Qué es encontrarse con ese Jesús? A todos. A los que sienten una fe viva y ardiente y a los que sienten una fe pálida que casi se extingue. A todos quiero anunciar el misterio, la hermosura. La luz que solamente hay en Jesús de Nazaret.

Además, la manera como Jesús trata a estos discípulos, a estos dos que iban camino de Emaús, es una muestra de esa hermosa combinación de ternura y regaño porque Dios nos atrae con las dos cosas. Como Padre amoroso pero verdadero Padre que es, tiene que corregirnos, pero sabe que tiene también que consolarnos y para consolarnos nos da su ternura y para corregirnos nos da su regaño. No se puede solamente con la suavidad y la caricia, no se puede solamente con la reprensión. Se necesitan las dos cosas y Dios despierta nuestra conciencia y a través de ella muchas veces nos corrige y nos regaña y nos hace ver que somos tal vez egoístas, superficiales, materialistas, sensuales, envidiosos. Esa es la corrección. Así como Jesús regañó a estos hombres: "Que duros de entendimiento, Cómo les cuesta creer lo que está en las Escrituras" Ese es un regaño.

Pero no solo regaña, regaña y acompaña, regaña y consuela, regaña y acaricia. Y así, junto con la palabra de corrección, está también la palabra de ternura que va encendiendo poco a poco en nuestros corazones ese mismo fuego que estos dos discípulos pudieron experimentar. Éllos se sentían fríos, tristes, sentían su corazón a oscuras. Pero a medida que Jesús les va hablando, a medida que esa palabra va entrando, un fuego nuevo se enciende en ellos una esperanza que viene de lo alto. En realidad, cada aparición del Resucitado es una mezcla de esa ternura y corrección. Cada una de esas apariciones es un testimonio de esa misericordia de Dios. Cristo no resucita para alejarse de nosotros, sino para atraernos hacia donde Él mismo se encuentra. Cristo no resucita para desentenderse del mundo, sino para superar todas las barreras.

El día de la Pascua, nuestro Santo Padre Benedicto predicó una bellísima homilía. Amigos de Internet, encuéntrenla. Entran al sitio web del Vaticano. Eso es vatican, punto, "v" ¡ve! corta, "a" "vatican.va" entran en la sección del idioma preferido, tal vez el español. Buscan la parte del Santo Padre y se van a la homilía de Pascua. Ahí tienen ustedes a un predicador. Ese es el Papa que tenemos; un maestro en la fe, un hombre que sabe predicar, un digno sucesor de San Pedro, el que nos dijo en la primera lectura: -os anuncio a Jesucristo- y nos dice el Papa, claro que ustedes lo van a ver en Internet, pero yo les voy adelantando para que se animen. Nos dice el Papa: -Cristo atraviesa las puertas, Cristo entra allí donde están cerrados los cerrojos y hace este comentario; Cristo vence las barreras. El Resucitado ya no tiene barreras. No solamente la barrera del cerrojo, sino la barrera del miedo, la barrera del tiempo. El Cristo que se hace presente en nuestro altar llega aquí venciendo la barrera del tiempo. Dos mil años separan la última cena de esta Eucaristía. Y sin embargo, es el mismo Jesús, es la misma Cena, es el mismo Calvario el que se hace presente aquí.

Y sobre todo, es el mismo amor redentor, el que se nos comunica en esta comunión-. Cristo vence la barrera. Cristo, el Resucitado no está lejos de nosotros, sino que así glorioso está más allá de todo límite, y por eso puede atravesar puertas. Pero no nos quedemos en los efectos especiales de Hollywood. Lo más importante no es que atraviese puertas, lo más importante es que atraviesa mi inseguridad, mi miedo, mi incredulidad, mi soledad. Lo más importante es que vence el tiempo y atraviesa las culturas, atraviesa los lenguajes, llega a los corazones. Para eso ha resucitado Cristo, para que no haya ninguna barrera. Mientras estaba sobre esta tierra, mientras caminaba por Galilea, por Samaría o por Judea, tenía barreras. No podía tocarnos a todos. No podía besarnos a todos, no podía abrazarnos a todos. Ahora resucitado, ya no hay barreras.

El Jesús que recibes en tu boca cuando comulgas te está amando, Te está abrazando, Te está besando. Ahora puede tocarnos a todos. Ahora resucitado, vivo y glorioso, puede llegar a todos; tocar a todos, sanar a todos. Amar a todos. Su resurrección no es una huida. Su resurrección es una entrada en lo profundo de la realidad para crearla de nuevo según el designio del Padre. Esa es la resurrección del Señor. Los discípulos de Emaús se encontraron con Cristo, lo reconocieron. El fuego renació en sus corazones y pudieron dar testimonio. Nosotros, con la fuerza que nos dé el mismo resucitado, también tenemos que salir a contar este testimonio. Tenemos que salir a decir a otros que existe este Jesús. Tenemos que decir a otros: -Te anuncio a Jesucristo-. Tenemos que contarle al mundo que esta clase de amor existe, Es posible y está vivo. Porque nosotros mismos hemos sido levantados y resucitados por Él.

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