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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo Resucitado viene a que podamos comprender el lugar que el sufrimiento tiene en la vida.
Homilía ap03006a, predicada en 20020414, con 15 min. y 15 seg. 
Transcripción:
Este pasaje del capítulo 24 del Evangelio según San Lucas, es un hermoso testimonio que nos permite reconocer a Jesucristo. ¿Cómo es Él con nosotros? También a nosotros Jesús nos encuentra apesadumbrados, acongojados; dice la traducción que hemos escuchado que en estos discípulos se veía la tristeza. La tristeza salía a sus rostros. Y además estaban ciegos, no podían ver a Cristo vivo, a Cristo resucitado. Estas son las ruinas que deja el pecado en la vida humana. Estas son las ruinas que quedan en el mundo por la obra del mal. Rostros tristes y ojos ciegos. Nosotros, que estamos padeciendo los males de la violencia, seguramente tenemos también estos rostros tristes. Y seguramente tenemos nuestros ojos ciegos. ¿Dónde están las señales de la vida? Si la vida es destruida sin compasión, ¿Dónde están las señales de la resurrección? Si la crueldad impera. ¿Dónde están las señales de Cristo, de su amor y de su paz? Si lo que encontramos es guerra y violencia, la tristeza se ve en la cara de la gente. La tristeza se ve en la cara de nuestra ciudad. La tristeza se ve en la cara del mundo. Porque si nuestro país sufre una manera de violencia, lamentablemente ésa espantosa señora la violencia tiene otros dominios donde hace también mucho daño. ¿Cómo no recordar aquí el drama que están viviendo en el Medio Oriente? ¿Cómo no recordar los conflictos en Afganistán y en tantos otros lugares del mundo? Y no solo la violencia que hace escándalo, sino la violencia que ya está aprobada. Porque ya hay un país donde se aprobó el suicidio asistido, la eutanasia. Ya los médicos pueden ser herramientas de muerte, aunque por vocación deberían ser defensores de la vida. Pero como la vida física se convirtió en un absoluto, y el bienestar físico se convirtió en un ídolo, entonces ya está aprobada la eutanasia, aprobada por la ley de los hombres, porque por la ley de Dios no podrá estar aprobada jamás. Y esta aprobación de la eutanasia se une a otra cantidad de atropellos contra la vida, contra la dignidad humana y contra la dignidad de la familia. Cifras hablan de cincuenta mil abortos en España. ¿Qué pasaría? Pregunto yo, ¿Qué pasaría si hubiera cincuenta mil muertos en un año? ¿Qué pasaría con cincuenta mil muertos? Ni siquiera la violencia terrorista produce tanto. Pero eso, no se ve. Eso no sale en los periódicos. Porque esos bebés no tienen manera de hacerse escuchar si no es a través de la voz de los pastores valientes y especialmente de la Iglesia Católica, seamos sinceros, qué es la que se opone a esa forma de violencia. Lo cual no significa que la Iglesia apruebe el aborto ilegal; todavía más dañino porque destruye la vida del hijo y destruye más la vida biológica de la madre. Toda esa violencia, toda esa contradicción, todas esas señales de muerte, las tenemos grabadas en las arrugas de tristeza en nuestra cara. Y todas esas señales de muerte nos vuelven ciegos a las señales de la vida que Cristo en su Pascua quiere darnos. Y por eso nos conmueve, nos estremece la ternura, la misericordia de Jesús. Jesús, que se hace compañero de camino. Jesús resucitado que camina con nosotros. Jesús que con una gran misericordia nos va abriendo el entendimiento y nos va calentando el corazón; para que podamos entender las Escrituras, para que podamos comprender el lugar que el sufrimiento tiene en la vida del Mesías y en la vida del pueblo del Mesías. La vida del pueblo de Dios, que somos nosotros con nuestra mente humana, jamás podremos entender eso. Jamás podremos entender qué lugar tiene la crueldad y qué lugar tiene la maldad en este mundo. ¿Qué tiene que ver el inocente? ¿Por qué el sufrimiento del inocente? No hay ninguna filosofía. No hay ninguna explicación inteligente que nos deje tranquilos. Necesitamos el misterio de Cristo. Necesitamos la luz de Cristo en nuestro entendimiento para darnos cuenta del lugar que tiene el sufrimiento en la vida del Inocente entre los inocentes y Santo entre los santos. Cuando entendemos el sufrimiento del inocente que se llama Jesucristo, entendemos también el lugar que el dolor tiene en la raza de Adán, en la raza humana. Pero eso no lo puede comprender la sola razón humana. Se necesita la palabra compasiva de Cristo. Se necesita la voz de Jesús. Y nuestros ojos están entrecerrados y no vemos señales de vida. Se necesita que Cristo nos abra los ojos y estamos apesadumbrados y estamos deprimidos, y se necesita que Cristo nos caliente el corazón, Encienda fuego en nuestras almas, y Jesús lo hace. Jesús va trayendo a nuestras vidas una mirada nueva. No es una mirada ilusa. No se trata de imaginarnos que estamos en el mejor país del mundo, ni en el mejor mundo posible. Eso no es lo que hace Jesús. Pero Jesús nos abre los ojos para que encontremos las señales de la vida. Necesitamos que esto que está pasando, por ejemplo, en Colombia. Necesitamos que esto, lo vea, y lo entienda y lo sufra hasta cierto punto esta generación. Y necesitamos que todos, pero especialmente los niños y los jóvenes, vean cuáles son los poderes de la muerte, esos que son capaces de destruir a inocentes. Pero cuando los jóvenes ven las fuerzas de la muerte con toda su arrogancia, con toda su prepotencia, con toda su eficacia maldita, cuando un joven ve la potencia de la muerte y dice: -A esa señora no la voy a servir. Yo no voy a ser así, yo no entro a ese ejército, yo no creo en esa patraña-. Esa fuerza que lleva a ese muchacho, esa fuerza que lleva a ese joven por dentro, es una señal de vida. El demonio del terror no pudo nada contra el alma de ese joven. Yo como sacerdote, yo veo lo que pueden los demonios del terror. Yo lo veo y ustedes también. Y me entristece como a ustedes. Pero yo también veo que hay familias, que hay niños y que hay jóvenes que miran a la muerte a la cara y dicen ¡¡¡No, conmigo no!!! Ahí, en ese ¡no!, en esa resolución, en esa fuerza, yo encuentro una señal de vida. Muchos de esos muchachos, y tal vez yo, no lo sé, moriremos; tal vez. Y no es cosa que me alegre una muerte absurda. Pero lo que quiero decir es que en esos que ya han visto la muerte a la cara y han dicho: -Yo no quiero seguir ese camino, yo no quiero que mi familia tome ese camino, yo renuncio a odiar-. El que es capaz de decir eso ya tiene fuerza de Cristo en el alma, y esa es una señal de vida. No dejemos, hermanos, que la tristeza por las malas noticias nos deje ciegos ante la Buena Noticia. Si usted tiene en su familia un hijo o una hija que ha visto todas estas noticias, que conoce todos estos engaños, que sabe cómo se roban la plata del pueblo y saben cómo se engaña a nombre del pueblo y saben cómo se destruye al pueblo diciendo defender al pueblo. Si usted ve que su hijo ya conoce cómo se engaña al pueblo, cómo se corrompe al pueblo, cómo se roba al pueblo, cómo dice, cómo hay gente que dice representar al pueblo y lo destruye. Si el hijo suyo ya sabe todas esas cosas y es capaz de decir: -Yo no quiero tomar ese camino, yo no voy a repetir esa historia- . ¡¡¡Ese muchacho tiene a Cristo en el corazón!!! ¡¡¡Ese muchacho tiene vida nueva en el alma!!! ¡¡¡Ese muchacho es el comienzo!!! ¡Es la resurrección de una sociedad donde pueda haber justicia y donde aparezca la sonrisa del Resucitado! No nos dejemos entristecer más de la cuenta. En los niños, en los jóvenes que están viendo todo esto, en éllos obra Cristo. ¿Por qué hablo tanto de niños y jóvenes? Sencillo, porque Dios viene del futuro y el futuro está en los niños y en los jóvenes. Cuando ustedes muchachos, cuando ustedes ven lo que está sucediendo y movidos con el poder del Espíritu Santo, dicen: -No, yo no repito esa historia, yo no voy a robar más, yo no voy a engañar más, yo no voy a mentir más ni a prostituir más, y yo no voy a destruir a un pueblo diciendo que soy representante del pueblo-. Cuando ustedes dicen eso, ustedes tienen una señal de Jesús en su vida. Ustedes tienen a Cristo en el corazón. Claro, se necesitan unos años para que estos muchachos crezcan. Claro, se necesitan, pero éllos no podrán olvidar estas escenas. Ellos no podrán olvidar este dolor y ellos sabrán que aún a precio de su propia sangre, tienen adentro una vida distinta. Tienen una semilla diferente. ¿Saben una cosa? Y con esto termino. Yo no añoro los tiempos pasados. Y ¿Sabe por qué? Porque de los tiempos pasados vinieron estos tiempos. Yo no añoro el tiempo pasado. A mí no me digan que las cosas estaban mejor antes. Sí, de ese tiempo pasado vinieron, éstos males. El tiempo que yo amo es el tiempo que me enseñó Cristo a amar, el tiempo futuro. Yo amo ese tiempo nuevo que va a nacer cuando estos niños y jóvenes que están con nosotros, cuando estos muchachos y estas niñas tomen las responsabilidades y digan: -Yo no voy a tener parte en la corrupción, yo no voy a tener parte en la mentira, yo no voy a tener parte en el terror-. -Yo ya miré la muerte a los ojos y le dije: Tú no tienes poder sobre mí, yo soy de Cristo-. Amén.

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