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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
De la Resurrección de Cristo viene el don del Espíritu, el perdón de los pecados a través de la Iglesia y también la misión de evangelizar.
Homilía ap02016a, predicada en 20260412, con 13 min. y 22 seg. 
Transcripción:
Hermanos. Es tan emocionante y tan cercana esta historia del apóstol Tomás que la gran mayoría de las veces, cuando llega el segundo domingo de Pascua y siempre se lee este Evangelio, predicamos sobre Tomás. Más que llamarlo incrédulo, deberíamos llamarlo el buscador, aquel hombre que está abierto a la verdad, pero que no quiere dejarse llevar simplemente por opiniones. ¿Se han preguntado ustedes por qué Tomás no estaba con los demás en ese primer encuentro cuando Jesús se apareció? Todo indica que mientras todos se dejaban llevar por el miedo, Tomás estaba afuera. Estaba en la calle. Estaba verificando por sí mismo si de verdad había tanto peligro o no. Ese es el perfil de un buscador. Es el hombre que busca la verdad, que busca evidencia. Y una gran lección que nos da este evangelio es que Dios trata con compasión, con pedagogía, incluso diríamos con ternura, a todo el que esté buscando sinceramente. Porque una cosa es negar a Dios y otra cosa es estarlo buscando, aunque sintamos que no lo hemos encontrado. Este pensamiento lo desarrolló varias veces durante su pontificado el Papa Benedicto, que quería que la Iglesia fuera también un espacio abierto para los buscadores. No todo el mundo llega a la fe a la misma velocidad o de la misma manera. Lo importante es que tengas una recta intención y lo importante es que estés dispuesto, como estuvo dispuesto Tomás, a dejarte vencer si llega la evidencia. Cuando llegó la claridad ante sus ojos, ya oíste lo que exclamó: "Señor mío y Dios mío". Eso es lo importante, que estemos en el camino de la búsqueda, que estemos en el camino de investigar la Verdad. -Porque la Verdad que nosotros buscamos también nos está buscando-. Esto también nos enseña que tenemos que ser pacientes, amorosos y dar buen testimonio a todos aquellos que tienen dificultades para creer por cualquier motivo. Bueno, ese tema es absolutamente central en el Evangelio de hoy, pero esta vez quisiera referirme a otro detalle precioso que está en el mismo Evangelio y que puede quedar oculto. Si todas las veces hablamos únicamente de Tomás, hay que mencionar también otras cosas. Observemos que Jesús, cuando se aparece hace tres cosas. Primero; les desea la paz. Segundo; les da el espíritu. Tercero; los envía en misión. Esos no son adornos, no son cosas de menor importancia, son hechos maravillosos, propios del Cristo resucitado. Y si bien leemos con emoción la parte que corresponde a Tomás, no nos quedemos solo con eso. Recuerdo, repito, tres elementos que trae el Resucitado: Trae la paz, trae el Espíritu y trae la misión. Esos tres elementos que Jesús viene a traer, son elementos que nosotros también hemos de recibir. La paz, el Espíritu y la misión. Y junto con el Espíritu, tenemos un cuarto elemento que no es de menor importancia: El perdón. Jesús dice a sus apóstoles: "Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados". ¿Se puede decir de manera más clara que Cristo mismo autorizó a los apóstoles para que en su nombre y con su fuerza y su unción, ¿Perdonaran pecados? Ahí lo tienes. Esto está en el capítulo 20 del Evangelio según San Juan, y es fruto de la acción del Espíritu y es fruto del Cristo resucitado. Esto nos habla profundamente al corazón, a los católicos, porque usted sabe que hay algunos cristianos no católicos que dicen: -¿Y yo por qué tengo que confesarme? ¿Yo por qué le voy a decir a otro humano que seguramente es más pecador que yo?- Eso está por verse. Pero puede ser que sí. Por qué le voy a decir a otro pecador mis pecados? Tú dices que crees en la Biblia. ¿Qué dice la Biblia? O como preguntan siempre los protestantes, con ese tono que tiene un poquito de incisión: -¿Qué dice tu Biblia?- Siempre le preguntan a uno así. -A ver qué lees en tu Biblia-. Bueno, entonces tú. . . Protestante, saca tu Biblia. Probablemente será la Reina Valera que dice Jehová por todas partes, una mala transliteración del nombre de Dios. Pero ese es otro tema. ¿Qué dice tu Biblia, señor protestante? Capítulo 20. Vuelvo a leer: "A quienes les perdonen los pecados. . . " -Les perdonen- ¿Quiénes? Esos apóstoles. Entonces les está dando ese poder. ¿Quiere decir que éllos eran dignos? Digno no es nadie. Digno no es nadie; ¿Quien dirá que es digno de predicar? ¿Quién dirá que es digno de pronunciar el nombre de Dios? ¿Quién dirá que es digno de perdonar pecados? Pero eso fue lo que hizo Cristo. Y viene la siguiente pregunta: ¿Y eso que hizo Cristo; esa autoridad que dio Cristo era para que se acabara cuando se murieran éllos? No tiene sentido, porque el mismo Cristo en otros lugares habla de una transformación de la humanidad entera, incluso del cosmos, hasta el fin de los tiempos. . . "Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo". Entonces, es evidente, y esta es una lección importantísima, que ése poder, un poder inmerecido, como todos, como todos los poderes, es que nosotros ¿Qué merecemos por nosotros mismos? Nada. Pero ese poder que Dios concedió a esos apóstoles tenía que transmitirse y nos enseña la misma Biblia cómo se transmite. Así, por ejemplo, Pablo le dice a su discípulo muy querido Timoteo: "Acuérdate de lo que recibiste por la imposición de manos". Ahí está el camino. Así es como se transmite. Y esos que recibieron la imposición de manos de los apóstoles siglo primero, esos también se murieron. ¿Tenía que acabarse ahí el perdón?, No, ellos tenían que transmitir ésa, esa potestad a otros, ¿Y esos otros?, a otros y a otros. ¿Cómo se llama eso en la Iglesia Católica? Se llama -Sucesión Apostólica-. El origen de la sucesión apostólica lo tienes aquí y lo tienes en los textos de la institución de la Eucaristía. El Jueves Santo recordábamos que Cristo dijo a sus apóstoles: "Tomen y coman todos de Él, porque esto es mi cuerpo; tomen y beban todos de Él. . . -del cáliz- . . . esta es mi sangre". Y termina diciendo: "Hagan esto en conmemoración mía". ¿Era para que lo hicieran solamente éllos y se murieran y se acabara todo? No, eso tenía que transmitirse. Esa es la sucesión apostólica. Entonces esa potestad, lo digo por tercera vez ¡¡¡inmerecida!!! porque nadie es digno. Esa potestad ha pasado, de los apóstoles a sus sucesores y a sus sucesores y a sus sucesores. ¿Y quiénes son esos sucesores de los apóstoles que son referencia y cabeza visible de la comunidad cristiana? Esos son nuestros obispos. ¿Son dignos nuestros obispos? Tendré que repetir otra vez que no, ¡que no! No sea terco. No insista, por favor. No son dignos. Pero esos seres humanos por los que oramos todas las misas en unos minutos me van a escuchar. ¿Qué voy a decir? Que oramos por el Papa, León, por el obispo, Luis José. ¿Quién es el obispo Luis José? El Señor Arzobispo, que además es Cardenal de nuestra Iglesia Católica aquí en Bogotá. Tenemos que orar mucho por nuestros obispos. ¿Puede el obispo hacerlo todo? Piense usted lo que es, por ejemplo, la Arquidiócesis de Bogotá, con millones de personas. No, el obispo necesita colaboradores a los cuales él les impone las manos. ¿Quiénes son esos colaboradores? Nosotros, los presbíteros. ¿Ya está preparado para que le vuelva a preguntar; y somos dignos? No somos dignos. A veces podemos ser muy indignos y me avergüenzo de eso. Por eso también los sacerdotes tenemos que confesarnos ¿Qué es lo que somos nosotros? Sacerdotes. Más técnicamente llamados presbíteros. Nosotros somos los colaboradores de los obispos. ¿Para qué? Para que ustedes tengan la misa. Entonces nosotros, por ejemplo, el caso mío, yo he recibido la ordenación sacerdotal hace unos cuantos años. ¿Para qué?, ¿Para que yo vaya por ahí diciendo misas? No. ¿Para que yo haga lo que se me dé la gana? No. ¿Para que yo me invente una manera de decir la misa y ustedes digan qué original es el padrecito? No. Yo soy aquí un servidor, un servidor; yo soy un colaborador del obispo. Hizo un servidor. ¿Para qué? Para ustedes. Para que ustedes reciban el alimento de la Palabra de Dios, para que ustedes reciban la Sagrada Eucaristía, para que ustedes reciban el perdón de los pecados. Para eso somos nosotros. Así funciona la Iglesia Católica, y todo está ahí en la Biblia. O sea que hoy es un día muy bello para amar más a la Iglesia Católica, que ha recibido tantos, tantos regalos. Pero no se nos olvide, por favor: Orar, orar mucho, orar para que a todos pueda llegar el mensaje. Ese mensaje que en este segundo domingo de Pascua tiene un título muy especial: La Misericordia. Pero hoy no nos vamos a extender mucho. Ustedes ya saben que este es el Domingo de la Misericordia. Pueden encontrar preciosas predicaciones sobre la misericordia. No quiero extenderme, solamente les digo; qué riqueza la que hay en este texto. ¡Qué hermosura! Cómo Dios trató con tanta comprensión a Tomás. Y qué belleza ver los regalos del Resucitado, la paz, el Espíritu, el perdón, el perdón y la misión, para que vayamos y anunciemos que hay un Dios bueno y compasivo que nos ha dado todo lo necesario para que estemos en comunión con Él. Amén.

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