Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La fe, don precioso de Pascua

Homilía ap02012a, predicada en 20200419, con 19 min. y 34 seg.

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Transcripción:

Mis amados hermanos, siempre es conveniente cuando llegamos al día domingo, pedir al Espíritu Santo que nos muestre un hilo, que pueda conectar las lecturas que escuchamos. Nuestra Iglesia Católica cuida mucho, cuáles son las lecturas que deben decirse en cada día de la Misa, en cada día en la Misa. Pero muy especialmente las lecturas de los domingos son nutritivas, son verdadera nutrición para nuestras almas. Uno a veces puede encontrar un hilo, otras veces puede encontrar varios hilos que conectan.

En esta ocasión yo quiero que nos fijemos en el hilo de la fe. Y quiero empezar por lo que nos dice la segunda lectura, que como contamos, fue tomada de la primera carta del apóstol San Pedro. Dice aquí: -Bendito sea Dios-. Así empieza el Apóstol: -Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva-. Y añade: -La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final-.

Yo quiero empezar por esa frase: -La fuerza de Dios os custodia en la fe-. Bien sabe Dios que la fe es la puerta para todos los demás regalos que Él quiere darnos. Efectivamente, es a través de la fe como nuestro corazón se dispone para recibir de un Dios en el que cree, un Dios al que confiesa, un Dios en el que confía. Y por eso, qué importante esta frase de Pedro: -La fuerza de Dios os custodia en la fe-. Esto nos está enseñando que la fe se conserva en nosotros como un regalo, un regalo sostenido. Llegar a creer es un regalo. Seguir creyendo es otro regalo.

Ningún razonamiento humano puede producir la fe, ninguno. Con la razón humana, uno puede admitir: Dios existe y uno puede encontrar los atributos de Dios. Esto lo expone maravillosamente Santo Tomás de Aquino; si, uno sí puede llegar a eso, uno puede, mediante la razón humana, llegar a convencerse, sin ninguna sombra de duda de la existencia de Dios. Grandes autores como Santo Tomás han presentado argumentos en esa dirección.

Pero es que la fe no es solamente saber que Dios existe; esa no es simplemente la fe. La fe es: ¿Quién es ese Dios obrando en mi vida y cómo está mi vida ordenada a ese Dios? Saber que Dios existe, eso es algo que según nos advierte la Carta de Santiago, eso lo saben también los demonios, y eso no produce salvación; si esa fuera la fe, muy entre comillas, esa fe no trae salvación, nos dice la Carta de Santiago.

Entonces, la fe, la fe implica que yo pongo mi confianza en ese Dios y pongo mi confianza porque lo proclamo como Señor de mi vida. Es decir, no solo sé que Él existe, sino que yo existo en su plan. No es solo que Él existe, sino que Él existe en mis planes. Ahí es donde hablamos de verdadera fe. Y por eso también en la fe se puede crecer, cuanto más buscas tú, el plan de Dios, y cuanto más está Dios en tus planes, mayor es tu fe.

Es maravilloso ver a un santo, como por ejemplo San Juan Pablo II. Es maravilloso ver a un hombre que realmente desde su juventud tomó como guía la fe. Es decir, Dios estaba en los planes de Karol Wojtyla y Karol Wojtyla, hoy nadie lo duda, estaba en el plan de Dios. Esa es la fe. La fe no es simplemente admitir de un modo frío, abstracto e intelectual si debe haber un Dios, o incluso estar seguro de que ese Dios existe. Mientras ese Dios no sea ¡mi Dios!, mientras yo no pueda decir la frase de Tomás el apóstol -Señor mío y Dios mío- Sólo cuando él dijo Señor mío y Dios mío, cuando Dios fue su Dios, cuando Cristo fue su Señor, solo en ese momento se puede decir lo que Cristo le dijo: "Porque me has visto, Tomás, has creído" Ahí llegó a la fe.

Tomás no era un ateo. Tomás, cuando estaba dando vueltas por la ciudad de Jerusalén, tal vez tratando de enterarse por sí mismo qué tan grave podía ser la situación de persecución contra ellos, los apóstoles. Cuando Tomás estaba dando sus vueltas allá por la ciudad, él no era un ateo. ¡No! él sabía que existía un Dios, pero solamente cuando se postra, cuando se derrumba también ante Cristo, y cuando derrumbado ante Cristo, dice: -Señor mío y Dios mío-. ¡Ahí!, ¡ahí!, realmente es un creyente.

La fe es un regalo, pero el que nos da ese regalo nos da otro regalo: El regalo de custodiarnos en la fe. Y por eso nosotros no debemos dudar de que el mismo Dios que nos ha permitido creer es el Dios que está interesado en nuestra perseverancia, para que permanezcamos en esa fe. Por eso me gusta repetir la frase de Fray Luis de Granada, gran predicador dominico del siglo XVI -Dios, que me trajo hasta aquí, no me va a abandonar aquí-, no me va a abandonar. -La fuerza de Dios os custodia en la fe-.

La predicación tiene por propósito suscitar y luego robustecer esa fe. Miremos cómo acaba el texto de hoy: "Muchos otros signos que no están escritos en este libro hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo. Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios Y para que creyendo, tengáis vida en su nombre" . Toda la predicación de la Iglesia es para eso, para que se despierte en nosotros la fe y para que crezca esa fe.

Catalina de Siena comparaba la obra de la fe y de la caridad con esto que tenemos aquí, con estas velas. Y decía: -Hay gente que se acerca al fuego de Dios con una cerilla, con un fósforo, y se llevan muy poquita luz. Hay otros que van con una vela más grande y otros van con un cirio más grande Entonces, si yo voy donde Dios, que es fuego que no se extingue, fuego de amor y yo voy con una luz grande, entonces tengo una luz Si voy con una vela grande, con un cirio grande, entonces tengo una luz grande-. Para eso es la predicación, para que nosotros crezcamos en la fe.

Pero ahora vamos con el caso de Tomás, que por supuesto es el centro de la predicación de hoy. El texto que hemos escuchado empieza diciendo que los apóstoles tenían las puertas cerradas por miedo. -Puertas cerradas por miedo-. Pero las puertas que estaban cerradas no pudieron detener a Cristo. Para Cristo no hay puertas cerradas.

Vamos a sacar tres enseñanzas de eso. -Para Cristo no hay puertas cerradas-. ¿Qué quiere decir eso? Primero, quiere decir que aún la persona más rebelde que tú te puedas imaginar, aún la persona que parece más distante y apartada y enemiga de Dios, y que en ese sentido tiene toda su mente y su corazón cerrados y atascados con toda clase de candados y alarmas, eso no va a parar a Dios.

Piensa en el ejemplo de Pablo cómo él tenía completamente sellado su corazón por una mezcla terrible de mucho conocimiento y mucha soberbia. Porque el que tiene tanta soberbia pero no tiene conocimiento, por lo menos se cuestiona por lo que no sabe, el que tiene mucho conocimiento pero no tiene mucha soberbia, deja la puerta abierta para aprender más, pero el que tiene muchísimo conocimiento y a la vez tiene muchísima soberbia. ¡Ay, qué caso tan difícil!. Difícil para nosotros, no imposible para Dios.

Entonces Dios entra donde están las puertas cerradas, Dios entra, Dios sabe entrar, Dios puede entrar. Jamás desesperes en la oración. Así como hemos empezado esta misa diciendo: -Oramos por los que están blasfemando-, como aquel hombre que dijo: -Dios no tiene que ver en esto-. ¡Cuántas blasfemias, cuanta estupidez! Pero sabemos que aunque ese corazón tenga arrogancia, tal vez porque no quiere darle mérito a Dios, de modo que todo el mérito del control de la epidemia le quede a él. Pues eso, esa montaña de arrogancia no es difícil para Cristo, no es difícil, Él entra donde están las puertas cerradas.

Segundo, el poder del Evangelio ha llegado a muchos sitios donde supuestamente las puertas estaban cerradas. Yo quiero recordar lo que sucedió en Corea a comienzos del siglo XIX, en la época del Santo Sacerdote, Santo mártir Andrés Kim. Andrés Kim fue el primer sacerdote católico, por supuesto, ordenado en Corea, o mejor dicho, ordenado para Corea. Pero resulta que el gobierno coreano en aquella época no había aquello de Corea del Norte y del Sur, eso es reciente, es del siglo XX, pero resulta que el gobierno de Corea no quería cristianos y por eso precisamente eliminaron a Andrés Kim. Y por eso también eliminaron a otro santo sacerdote conocido como Francisco, él adoptó ese nombre. Fue el segundo o por ahí, cerca de los sacerdotes ordenados en Corea y Corea, cerró todas sus fronteras: -Aquí no entra un misionero más-. Eliminó a los sacerdotes, no quedó ni uno ¡ojo! ni uno. Eliminó a todos los sacerdotes y no dejó entrar misioneros.

Las puertas cerradas. ¿Crees que se acabó el cristianismo en Corea? Cualquiera lo hubiera dicho. ¿No? No tenían Eucaristía, ¡No tenían Eucaristía!. No tenían sacerdotes, no podían casarse. Habría que ver cómo es el tema de la validez en esas circunstancias. ¿Tú crees que desaparecieron los cristianos? ¿Tú crees que Cristo le hizo caso al gobierno de Corea cuando Corea dijo: aquí no entran misioneros? Pues hay un misionero divino que atraviesa puertas y paredes. La fe se conservó en Corea, sin Eucaristía durante décadas interminables. Hubo católicos en Corea que nunca pudieron comulgar. Fueron bautizados por sus propios papás o por otros laicos. Sabían que eran católicos; tenían que esconderlo toda la vida. Y murieron como católicos, sin comulgar ni siquiera una vez. Y fueron santos.

Cristo no se va a detener. Cristo no se detiene por eso. Y a mí ese ejemplo de Corea sí que me ha dicho cosas en esta situación de pandemia. ¿Tú crees que Cristo se va a detener? ¿Tú crees que Cristo nos va a dejar de bendecir? ¿Tú crees que Cristo, que nos ama tanto, se va a frenar por unas puertas cerradas? Cristo atraviesa puertas. No te angusties más de la cuenta por esas puertas.

Claro que todos estamos rogando para que puedan volverse a abrir las iglesias, claro, en las condiciones, en las mejores condiciones, porque no podemos causar una tragedia. Se dice que hubo cerca de cincuenta millones de muertos cuando aquella epidemia, aquella pandemia de la llamada gripe española. Cincuenta millones de muertos. ¿Cuántos quieres con esto del COVID 19? Mis hermanos, hay que ser prudentes, pero tener una certeza. Las puertas cerradas no van a frenar a Cristo. ¿Tú crees? ¿Tú crees que Cristo te va a dejar de amar? ¿Tú crees que Cristo te va a dejar de bendecir por un puerco virus, porque haya una puerta cerrada? Cristo se burla de los cerrajeros, Cristo se burla de los muros.

Ahí donde estés, ahí te está bendiciendo Jesucristo y no va a dejar de hacerlo. Cristo no va a dejar de amarte, ni de perdonarte, ni de bendecirte, ni de fortalecerte. Y yo ya tengo testimonios de personas que están creciendo en la fe en estos momentos duros. Es Cristo atravesando paredes. Bendito sea su nombre. No tengas dudas.

Tercero. Cristo atraviesa paredes. No solo había que atravesar aquella pared de piedra o de lo que fuera donde estaban encerrados los discípulos había que atravesar la pared del miedo. Hay mucha gente con mucho miedo. Hoy, después de la predicación, voy a hacer una oración. Yo soy solo un sacerdote y soy un pecador. Y por eso también tengo que pedir perdón. Y lo hago. Pero yo sé que el Señor puede usarme porque voy a hacer una oración pidiéndole a Dios que rompa los muros de miedo.

Hay gente que está aterrorizada. Eso no es de Dios. Hay gente que está en pánico. Eso no es de Dios. Incluso las autoridades nos dicen: -si tienes que salir a hacer unas compras-, cosa que es indispensable, -sal y hazlas-.

Claro, pueden pasarnos muchas cosas, muchas. Es posible que no nos ataque el COVID 19, pero caiga un meteorito y nos dé duro en la cabeza, y ahí quedamos. Todo puede pasar, pero yo no quiero que vivas con pánico. Yo no quiero que cuando termine este tiempo tú digas. Me quedó un trauma por el miedo. Yo quiero que tú digas: -El Señor me levantó de la tumba de pánico donde yo estaba-. No quiero que nadie sea imprudente, pero tampoco quiero que vivamos en el pánico. Cristo atravesó la barrera de miedo que tenían los discípulos y la barrera de incredulidad que tenía Tomás. Y entonces Tomás dijo: lo que hoy todos repetimos "Señor mío y Dios mío" .

Yo te invito a que tú también, tú también, le digas así en el corazón y le digas: -por encima de todo, mi vida está en tus manos, Señor. Y veremos la gloria de Dios-. Ya la estamos viendo. Nosotros no hemos cesado de orar todos los días, todos los santos días estamos orando, orando, orando por los médicos, las enfermeras, los agonizantes, los contagiados, los científicos. Necesitamos buenos, eficaces tratamientos y vacunas para esto.

Vamos a orar y Cristo y Cristo no se detiene. Es una de las cosas maravillosas que podemos decir del Resucitado. -Resucitado- no lo para nadie, nadie, nada ni nadie para el Cristo resucitado. Nada ni nadie. Repítelo allá en tu corazón o si quieres, en voz alta: -nada ni nadie detiene a Cristo resucitado-. Te doy la oportunidad todavía de que lo repitas. -Nada ni nadie detiene a Cristo resucitado-. Amén.

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