Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía en los cincuenta años de la Renovación Carismática Católica.

Homilía ap02009a, predicada en 20170423, con 17 min. y 42 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos. La providencia de Dios, que todo lo dispone con sabiduría y misericordia. Nos permite unir en esta celebración dos acontecimientos. La Renovación Carismática Católica. Se llena de júbilo. Al cumplir cincuenta años de servicio amoroso y alegre en la Iglesia. Y esta celebración la tenemos en el Domingo de Pascua, conocido como el Domingo de la Misericordia. Ciertamente brilla la misericordia de Jesucristo especialmente en el Evangelio de hoy. Misericordia suya es traspasar las murallas del miedo.

La cobardía se ha apoderado del corazón de los apóstoles y se han encerrado. Cristo traspasa la barrera del miedo, se hace presente en medio de ellos, y su saludo es una expresión perfectísima de mansedumbre. Es el saludo tradicional hebreo "Shalom", la paz. Pero ese saludo en los labios del Resucitado tiene una connotación y una fuerza absolutamente única. Porque el que nos está deseando la paz es el que fue odiado tan agriamente en la hora de la cruz. El que fue abandonado por sus amigos, traicionado por sus apóstoles y puesto en manos de sus enemigos. Ese que sufrió tantísima violencia ahora nos trae la palabra, el saludo y el don de la paz. Y por eso el saludo de Cristo tiene tantísimo significado en este día.

Es también una muestra de misericordia que Él les muestra sus llagas. Esas llagas que son el resumen de la violencia de la humanidad. Esas llagas que son la expresión de lo peor de nuestro pecado, esas llagas a partir del gesto de paz de Cristo, son un canto de amor y son una expresión de compasión. Las que eran señales de lo peor del ser humano se convierten en señales de lo más puro y dulce del amor divino. Y por eso besamos las llagas de Cristo. Por eso veneramos las llagas de Cristo. Y por eso también encontramos en esas llagas la esperanza en un Dios que es capaz de transformar lo peor de cada uno de nosotros en una expresión de su amor.

Fue lo que le dijo el mismo Señor al apóstol San Pablo. Pablo, en el camino de su servicio apostólico, se encontró como cualquiera de nosotros puede encontrarse y seguramente se ha encontrado; Pablo se encontró con su miseria, se vio chiquito, pequeñito, ante el ataque del mal, encontró lo peor de sí mismo y le rogó a Dios que le quitara ese aguijón de Satanás. Pero la respuesta de Dios fue: "Te basta mi Gracia; en la debilidad se muestra mi fortaleza". De modo que así como las llagas de Cristo toman lo peor de lo que nosotros le hemos hecho y lo transforman en fuentes de misericordia para el mundo, así también Cristo toma las llagas y miserias de cada uno de nosotros, y por la fuerza de su sangre y por la unción de su Espíritu, convierte eso, que tal vez es nuestra mayor debilidad, lo transforma en una expresión de su ternura, en una forma de unión con Él y en un camino de servicio a los hermanos.

Éso hizo con San Pablo, éso hizo con Pedro, eso hace con nosotros. Y la verdad es que muchos de los que hemos caminado en la Renovación Carismática a lo largo de estos años hemos encontrado, como Pablo, nuestras propias miserias y tal vez le hemos pedido a Dios: -Quítame este problema, que no vuelva esta tentación-. Cristo de ninguna manera quiere nuestro pecado, pero Cristo ciertamente quiere que conozcamos nuestra debilidad y que desde la humildad nuestra encontremos la humildad de su cruz, para que así también experimentemos cómo nuestras llagas se transfiguran. Las llagas del Cristo resucitado son llagas transfiguradas y las llagas del cristiano que se fía de Dios con todas sus fuerzas son llagas transfiguradas. Ésos somos los católicos carismáticos.

No somos gente perfecta que no comete errores. Llevamos llagas, llevamos heridas. Llevamos el rastro de un pasado en el que nos hemos equivocado algunas veces y es necesario ser humildes y sinceros. Llevamos llagas, pero si nuestras llagas las ponemos ante Cristo, y si dejamos que su abrazo nos envuelva, las llagas de Él transfiguran las nuestras y de nuestra debilidad aprenderemos a apreciar la Gracia divina para seguir anunciando el Evangelio. Expresión de la misericordia de Dios fue sobre todo la manera como trató a Tomás. Sabemos lo que sucedió aquel domingo en el que Cristo atravesó las murallas para saludar a sus apóstoles, no estaba Tomás. Este apóstol se manifiesta distante e incrédulo. Reclama pruebas que le puedan convencer. Su actitud puede parecernos poco edificante. Pero si esa es la llaga de Tomás, esperemos de las llagas de Cristo que haga algo bueno con este pobre apóstol que no logra creer. Efectivamente, a la siguiente semana, al siguiente domingo, porque la Biblia es cuidadosa en indicar que fue un domingo. Primer día de la semana lo llamaban los judíos. Al siguiente domingo vuelve a aparecerse Cristo. ¿Y qué palabras tiene para el apóstol incrédulo? Palabras de exhortación y de corrección. Pero no lo humilla, no lo rechaza, no lo disminuye, no lo excluye. Las palabras de Cristo son una redoblada mansedumbre. "Aquí están mis manos, aquí está mi costado".

Tomás, abrumado por la evidencia, pero sobre todo abrumado por el amor, cae, como caerá un día Pablo, como muchos de los que estamos aquí, hemos caído y desde el suelo hemos tenido que decirle al Señor: -Sólo tú eres el Señor, solo tú eres Dios-. Tomás cae, "Señor mío, y Dios mío", le dice. Y Pablo también le dirá lo mismo a Jesús: "¿Quién eres, Señor?" Y Él le responderá: "Soy Jesús a quien tú persigues". Y nosotros también hemos caído. Seguramente, y desde el fondo de nuestra miseria nos hemos preguntado ¿Quién es ese que se acerca con tanta dulzura y con tanta alegría para llenar de luz nuestras tinieblas? Y la respuesta de Él siempre es la misma: "Yo soy la resurrección y la vida. Yo soy el que era, el que es y el que viene. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos". Palabras que se encuentran en el capítulo primero del libro del Apocalipsis.

Hermanos, ante este Cristo compasivo, ante este Cristo misericordioso, renovemos en primer lugar nuestra pertenencia. Somos tuyos, Cristo le estamos diciendo hoy somos tuyos, porque nos has adquirido por tu sangre. Somos tuyos porque nos has ungido con tu Espíritu. Somos tuyos, Jesucristo. Este día La Renovación Carismática Católica, sobre todo de aquí de La Paz y hasta donde lleguen estas palabras debe repetir: -Somos tuyos, Jesús-. En segundo lugar, este Evangelio nos invita a reconocer nuestras llagas. Hemos fallado en muchas cosas. Nos ha faltado oración, perseverancia, humildad, constancia, espíritu de servicio. Ha habido pecados, pecados de poder, pecados de sexo, pecados de plata, pecados de envidia, pecados de murmuración.

Lo segundo que propongo entonces, es: No neguemos nuestras llagas, reconozcamoslas, presentemoslas a Cristo y busquemos en Cristo sanación, palabra que todos los carismáticos amamos. En tercer lugar. La importancia de la paciencia para aguardar la hora de Dios. Los demás apóstoles le decían a Tomás: "Hemos visto al Señor". Y Tomás dijo: "No lo creo". Y éllos supieron tener paciencia. Supieron esperar la hora de Dios. Supieron dejarle el problema a Cristo. No se obsesionaron por demostrarle, convencerlo, restregarlo contra el suelo y decirle: -Miserable Pecador, calla esa herejía-. Tuvieron paciencia. Necesitamos esa paciencia también nosotros; para ser buenos sembradores.

¿Por qué creció tanto la Renovación Carismática en sus primeros años? Una parte de la explicación es porque aquellos primeros predicadores y predicadoras testigos todos del poder del Espíritu Santo, sembraban y sembraban y sembraban. Y hubo muchos que no les creyeron, y hubo muchos que se burlaron. Pero aquellos primeros testigos del poder del Espíritu Santo en tiempos recientes a través de la renovación sembraban y sembraban y sembraban. Con paciencia, con perseverancia, con amor. Así que necesitamos esa paciencia. Si va llevando en su cabeza la lista. Primero: Renovar nuestra pertenencia. Segundo: Reconocer las llagas, no decirnos mentiras, orar, convertirnos y presentarle al Señor lo que somos. Tercero: Que se acabe el inmediatismo. Quisiéramos siempre tener fórmulas mágicas para llenar los estadios, las iglesias. Despídete de la magia para darle la bienvenida al espíritu. Y cuarto punto. Cuarto y hermoso punto. Dice nuestro Señor Jesucristo: "Dichosos los que crean sin haber visto".

No nos vamos a aferrar a los signos. ¿Dios sigue sanando? Sí, ¿Sigue liberando? Sí. ¿Sigue despertando vocaciones para la vida sacerdotal? Sí. ¿Sigue dando sus dones? Sí, pero no nos vamos a apegar a los dones. No nos vamos a apegar a lo extraordinario. Haremos nuestra tarea, evangelizaremos con gozo. Seremos, como decía el apóstol San Pablo a los Corintios, -Seremos una carta escrita por Dios-, seremos un grito enamorado de su corazón que rebosa vida, seremos abrazo y ternura de Cristo hasta el confín de la tierra. Así lo conceda Él por su misericordia.

Amén.

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