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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Del Resucitado brotan la fe, la esperanza y el amor. Y nosotros creemos en él, que nos ayuda a creer, como ayudó, con gran misericordia, al apóstol Tomás.
Homilía ap02006a, predicada en 20110501, con 13 min. y 29 seg. 
Transcripción:
Los domingos. Como bien sabemos, tenemos tres lecturas. Este no es una excepción. La primera fue de los Hechos de los Apóstoles, la segunda lectura de una carta de Pedro. La primera carta del apóstol San Pedro, y la tercera lectura del Evangelio según San Juan. También sabemos que en la vida cristiana hay tres virtudes que se llaman teologales y que son muy importantes, porque son como la vida de Dios en nosotros. Esas tres virtudes son la fe, la esperanza y la caridad. O fe, esperanza y amor. Entendiendo por la palabra amor el amor que solo Dios puede dar y que Él da abundantemente con la donación de su Espíritu Santo. En este segundo domingo de Pascua tenemos entonces tres lecturas, y podemos relacionarlas muy fácilmente con las tres virtudes teologales. Por ejemplo, el Evangelio de hoy nos habló de un apóstol al que le costaba trabajo creer. Se llamaba Tomás. Ese fue el que dijo que necesitaba meter sus dedos en el agujero de los clavos y su mano en la herida del costado. Tomás tenía dificultades para creer, pero Cristo resucitado sale a su encuentro y le ayuda a creer. Ahí está la parte de la fe. En cuanto a la esperanza, tenemos la segunda lectura. Porque el apóstol Pedro nos habla de cómo nosotros, a pesar de haber recibido una noticia tan maravillosa como es la resurrección de Cristo, y a pesar de sabernos redimidos y amados por Dios, sin embargo, tenemos que pasar por distintas pruebas. Y nos dice Pedro: "Bendito sea Dios que nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva". De modo que ahí está la esperanza. El cristiano, en cierto sentido, tiene que sufrir lo mismo que los demás seres humanos. Nosotros, por el hecho de tener fe, no estamos exentos de enfermarnos o de tener un accidente o de tener deudas. Y sin embargo, nuestra manera de afrontar estas dificultades y sinsabores es distinta. Nosotros vivimos desde una cosa que el apóstol Pedro llama: "Esperanza viva", y esa esperanza viva permite no solamente que aguardemos un futuro mejor, sino que ya en el presente nuestros corazones y nuestra manera de tratarnos y nuestra manera de hablar cambien. La esperanza no es únicamente para el futuro. Más bien, la esperanza cambia el presente, de cara al futuro. Llevamos dos. La fe que aparece tan clara en el Evangelio como un regalo y la esperanza que aparece que sobresale en la segunda lectura. La primera lectura, en cambio, nos presenta el rostro más amable del amor. El libro de los Hechos de los Apóstoles fue escrito por San Lucas, que también tiene un Evangelio. Es el tercero de los Evangelios. Y así como Lucas nos ha contado las maravillas de Cristo mientras estuvo en esta tierra, así en su segunda obra, es decir, en los Hechos de los Apóstoles, nos cuenta las maravillas de Cristo, una vez que partió hacia la casa del Padre. Todos son maravillas, maravillas de Cristo en el Evangelio, cuando sana a los enfermos, cuando predica con gran sabiduría, cuando expulsa los demonios; esas son maravillas de Cristo. Y luego siguen siendo maravillas de Cristo las que aparecen en los Hechos de los Apóstoles. Porque Cristo da fortaleza a sus testigos para que padezcan hasta el martirio, porque Cristo da el impulso misionero que prometió, según dice San Mateo: "Yo estaré con vosotros todos los días" y eso lo cumple Cristo y lo sigue cumpliendo aquí en nuestra misa dominical. Pero la gran maravilla de Cristo, la que Él mismo consideró como más importante, es el amor. Y ese amor florece en una comunidad que verdaderamente confiesa su nombre. Observemos lo que nos dice San Lucas: "Los creyentes vivían unidos. Lo tenían todo en común. Se repartía según la necesidad de cada uno. Comían juntos con alegría de todo corazón. Es el rostro del amor". Entonces, podemos decir que estas lecturas del segundo domingo de Pascua nos muestran en todo su esplendor lo que es la vida cristiana. Amor que nos permite vivir unidos, compartir incluso los bienes de esta tierra que es difícil no compartirlos. Si ya compartimos el don del cielo. El rostro de la esperanza que nos permite mirar más allá de las dificultades presentes. Mientras que la gente pagana, la gente apegada a las cosas de esta tierra, se agobia y se desgarra con cualquier angustia. El cristiano tiene una mirada más alta, la de la esperanza, que le permite superar la muralla del dolor o de la incomprensión y descubrir ya la victoria divina. Y luego la virtud de la fe. Hay que destacar que el Papa Juan Pablo II, hoy felizmente beatificado, declaró este segundo domingo de Pascua como fiesta de la Divina Misericordia. Obrando así; siguió aquello que una santa religiosa llamada Faustina Kowalska recibió como inspiración de Cristo resucitado. Es decir, el Señor Jesús se manifestó muchas veces a esta religiosa, una mujer humilde, obediente, creyente y sobre todo muy orante. Jesús se le manifestó a ella muchas veces, y como fruto de esa intimidad, de ese coloquio, quedó, entre otras cosas, una obra que se llama El Diario. El Diario de Santa Faustina o el Diario de la Divina Misericordia. Jesús pide que se celebre esta fiesta de la Divina Misericordia. El Papa Juan Pablo, con ese discernimiento de pastor de la Iglesia Universal, instituyó esta fiesta. Su nombre quedará para siempre ligado a esta fiesta, porque Él mismo murió, como recordamos hace seis años, en la víspera del Día de la Misericordia, y ha sido beatificado por disposición de Su Santidad Benedicto XVI en el día de la Misericordia. De modo que el Día de la Misericordia está unido a estas lecturas que acabamos de comentar brevemente. Hay algo muy hermoso con lo que quiero terminar. La Divina Misericordia, la fiesta de la Divina Misericordia, queda entonces unida al Evangelio, donde Cristo se compadece de su discípulo incrédulo. Podemos decir que de todas las manifestaciones de la misericordia que se podrían contar y son infinitas, refiriéndonos a Cristo, de todas ellas, las cosas se han dado de tal manera por disposición divina y por el decreto de Juan Pablo II, que de todas esas obras, la que ha quedado unida para siempre en la misericordia, es la ternura de Cristo, que no aleja al que tiene dificultades para creer. No lo echa fuera, sino que lo invita adentro. No lo rechaza, sino que allana el camino para que éste pueda creer. Si lo pensamos bien, esta es la puerta misma de la misericordia, porque sin la fe nada tenemos. Esta fe es la que nos abre la vida cristiana. Esta fe es la que hace posible el bautismo. Esta fe es la que da sentido y contenido real a nuestros sacramentos, que son sacramentos de la Iglesia. Así que es muy bello meditar en este día que la misericordia de Dios es especialmente visible en el modo como Cristo se compadece y ayuda a los que tienen dificultades para creer. Esa es precisamente la prueba de su superioridad, de su señorío. Por algo dice el libro de la Sabiduría. . . "Tú te compadeces de todos porque todo lo puedes". Ahí queda relacionada la omnipotencia y la misericordia universal. Y eso es lo que vemos que se cumple en el Evangelio de hoy. Terminada esta Eucaristía iremos a nuestras casas con dos enseñanzas que de Cristo vienen, de Cristo resucitado fluyen, la verdadera fe, la esperanza y el amor, y que la máxima expresión de la misericordia está en esa compasión de Cristo, frente al que tiene dificultad para creer. Que la alabanza sea para nuestro Señor y Salvador. Amén. No será usual, me imagino en muchos lugares, pero yo sí pido que, como una expresión de júbilo por un Papa que vino a Colombia y que visitó también esta tierra, expresemos nuestra alegría con un clamoroso aplauso por la beatificación de Juan Pablo.

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