Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Pascua implica serenidad y triunfo, como aparece en las descripciones de las primeras comunidades cristianas; pero también implica a veces el desgarramiento que conlleva superar el mundo de nuestras experiencias habituales para abrirnos al infinito poder y amor de Dios.

Homilía ap02005a, predicada en 20110501, con 4 min. y 30 seg.

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Transcripción:

Las lecturas de este segundo domingo nos presentan al mismo tiempo un panorama tranquilo y tormentoso. Y creo que ahí, hay un mensaje para nuestra manera de vivir la Pascua.

El paisaje es tranquilo, en el capítulo segundo del libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos cómo la comunidad de creyentes se va afianzando sobre bases sólidas. ¿Cuáles son estas bases? Pues ante todo el testimonio y la enseñanza de los apóstoles. Ellos son los pilares, ellos son quienes mantienen vivo, fresco en la comunidad, el testimonio sobre Jesús, sobre sus palabras y sobre todo sobre la realidad de la resurrección. Junto a ello, la celebración de lo que en ese momento se llama, la fracción del pan, nosotros lo llamamos la Misa, lo llamamos la Eucaristía. Y es interesante ver que con ese acto, que es al mismo tiempo memoria y presencia.

Los discípulos están sencillamente cumpliendo el mandato de Cristo, porque Cristo les había dicho: "Haced esto en memoria mía" . Ese es un mandamiento, hay que hacerlo, hay que realizarlo. Y ellos, los primeros cristianos, celebran con gozo la fracción del pan. Podemos decir que en ese pan que se parte para repartirse, tienen como el memorial perenne, tienen escrito el amor de Cristo que hizo lo mismo. También Él se partió, también Él se ofreció, se inmoló y gracias a su inmolación se hizo posible el compartir de amor, el compartir de caridad.

Los creyentes viven esta experiencia del amor de Cristo, ya no como un recuerdo de la manera como Él amó, sino también como una presencia. Es decir, el amor está vivo entre ellos. Es un paisaje muy hermoso y esta referencia de los primeros cristianos ha servido a lo largo de los siglos de historia de la Iglesia como una referencia permanente. De modo que casi siempre, cuando se va a fundar una comunidad religiosa, los fundadores miran a estos textos de los Hechos de los Apóstoles y reconocen que el verdadero ideal cristiano está en esa clase de comunidad.

Si ese panorama nos parece tranquilo, pues tenemos que. . . al mismo tiempo reconocer que hay todo un drama interior en esto de la Pascua. Y el drama tiene nombre propio, en el segundo domingo, este que estamos celebrando, el nombre es el del apóstol Tomás, el apóstol que intenta, intenta ciertamente ser fiel a su llamado, pero intenta ser fiel a sus propias convicciones o, por qué no decirlo, a su propia conciencia. Es decir, Tomás vive un poco el desgarramiento entre lo que le cuentan los demás apóstoles que dicen, que han visto al Señor y su propia experiencia. Es decir, Tomás no logra creer. Tomás no logra dar ese paso. Tomás siente que no puede decirse mentiras, siente que no puede inventar una fe que no tiene y por eso, ciertamente experimenta una especie de tormenta, experimenta un desgarramiento interior.

Cristo, con una piedad maravillosa, con una compasión sin límites, se aproxima a este, al discípulo dudoso, al discípulo que está inmerso en su tormenta y con la fuerza del amor, con la fuerza de su gloria vence esa incredulidad. Una vez más nos damos cuenta que la iniciativa es de Cristo. Es Él el que da el paso. Es Él el que con su gloria y al mismo tiempo su misericordia, llega a nosotros y nos permite reconocer el regalo de la resurrección.

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