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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía ap02004a, predicada en 20080330, con 16 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Hay dos palabras, mis hermanos, que sobresalen en el Evangelio de hoy. El saludo de Jesucristo, que es un saludo de paz. Después de todo ese tormento de la pasión, podemos decir que la cruz de Cristo fue el lugar de la batalla más grande de la historia. Fue el lugar del gran combate. El lugar de la guerra sin parangón. Y después de esa batalla, y después de tanta guerra, el saludo de Jesucristo es: "Paz". Este era el saludo usual en la cultura de aquel tiempo, y aún muchos judíos piadosos saludan de esa manera con esa palabra en hebreo que muchos hemos oído. Shalom. Era el saludo usual, pero en este caso el saludo ordinario tiene un cariz extraordinario, porque ese saludo de paz después del combate de la cruz es también un saludo de victoria. Por eso, la primera palabra que quiero destacar en este santo Evangelio que hemos oído es la palabra paz. La segunda palabra es el envío. Inmediatamente después de saludarlos, lo que les dice Jesucristo es: "Así como el Padre me ha enviado, Yo os envío." Observemos, mis amados hermanos, que la paz de alguna manera viene a cerrar una etapa. Viene a cerrar ese pasado de agresividad, de violencia, de traición, de pecado. Cuando Jesús pronuncia: -Paz- es más o menos como cuando un sacerdote le da a uno la absolución. Precisamente la absolución lo que se nos dice es que somos admitidos a la paz de Dios. Dios Padre misericordioso, reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo, y envió el Espíritu Santo para remisión de los pecados. Estas palabras nos las dicen cada vez que nos absuelven. Él te concede por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz, de manera que en el sacramento de la Confesión, al darnos la paz, el sacerdote está sellando con la sangre de Cristo lo que ha sido nuestro pasado. Y por eso, si de veras creemos en la sangre de Cristo, y si de veras creemos en el sacramento de la reconciliación, sabemos que después de recibir la absolución, no hay razón para preocuparse por los pecados pasados. Porque cuando Dios dice: -Te perdono- es porque nos ha perdonado. Con la palabra paz que Jesucristo viene a sellar, nuestro pasado viene a sellarlo con el poder de su sangre y con la palabra envío, "Yo os envío"; con esa palabra Jesucristo está abriendo nuestro futuro. Dice la carta a los Hebreos, capítulo 5 Jesucristo ayer, hoy y siempre. Y verdaderamente eso lo podemos aplicar a este texto porque Jesucristo sella nuestro ayer con su sangre. Jesucristo se hace presente en nuestro hoy y Jesucristo nos abre un futuro en su camino, en su nombre y con su Espíritu cuando nos envía a predicar. De manera que una de las posibles lecturas de este Evangelio es a través de esas dos palabras, a través de la palabra paz y a través de la palabra envío. La paz que mira hacia el pasado y el envío que mira hacia el futuro. Observemos una cosa que estas palabras la Iglesia nos las presenta hoy para todos. No son palabras únicamente para los sacerdotes, para los obispos, para los misioneros. Cada uno de nosotros ha recibido la paz, porque la sangre de Cristo no fue derramada únicamente para los obispos, los sacerdotes, los diáconos o los catequistas o los misioneros. La sangre de Cristo fue derramada por cada uno de nosotros, y por eso cada uno de los que ha recibido el don de la paz, de alguna manera ha recibido también el don del envío. Todos los que hemos recibido el don de ser reconciliados y abrazados por Cristo, también somos enviados con el poder de Cristo y desde el corazón de Cristo. Para llevar esta buena noticia a los demás. Hay que tener en cuenta también la paciencia de Jesús y la sabiduría que acompaña a esa paciencia. La palabra paciencia viene del latín, que significa la capacidad de padecer. Nosotros usualmente significamos con la palabra paciencia, que una persona es capaz de resistir el paso del tiempo en circunstancias difíciles o a veces unos cuantos sufrimientos. En su origen latino, la palabra paciencia lo que significa es la capacidad de aceptar, de integrar y de superar aquello que nos hace padecer, es decir, el sufrimiento. Jesucristo, especialmente en su Santísima Pasión, nos mostró esa paciencia. De hecho, la palabra pasión y la palabra paciencia, aunque tienen distinta ortografía en español, son palabras que provienen del mismo verbo en latín, el verbo "passio", que quiere decir eso, padecer. Pues bien, mis hermanos, brilló la paciencia de Cristo en la pasión, pero no se agotó en la pasión. Jesucristo sigue manifestando esa misma paciencia, como nos lo dice muy bien el apóstol San Pedro en su segunda carta, cuando dice: "Algunos se extrañan de que el Señor no haya vuelto; y dice: está expresando Dios su paciencia, dando ocasión a todos para que se conviertan". Y esa paciencia brilla en el Evangelio de hoy, en la manera como Cristo trata a Tomás. No es a base de humillación, no es a base de regaño. La expresión de Jesucristo es de paciencia, de comprensión. Además, ustedes que son atentos escuchas de la Palabra de Dios, habrán notado que hubo ocho días de diferencia entre la primera aparición cuando estaban reunidos y luego cuando ya estaba Tomás y en la primera aparición les dijo: -Yo los envío- y ocho días después todavía estaban encerrados. Es decir, aunque ya estaban enviados, todavía no habían salido, todavía seguían aprisionados por su miedo, todavía seguían con los cerrojos puestos y ya Jesús les había dicho: -Yo los envío-, pero no sentían todavía el valor para salir. Y por eso esta lectura de Pascua tenemos que situarla ya en el contexto de la preparación para Pentecostés. Nosotros tenemos que mirar el misterio de Pascua en paralelo, en contraste y en continuidad con el misterio de Pentecostés. Pascua, Pentecostés. ¿Por qué? Porque la Pascua nos da estas dos palabras la paz y el envío. Pero para que esas dos palabras se hagan realidad en nosotros, necesitamos acoger el huracán, el viento portentoso del Espíritu Santo. Necesitamos acoger el terremoto, el terremoto poderoso del Espíritu Santo, como se vivió en Pentecostés. Así que hoy, hoy tenemos que hacer ya propósito de mirar hacia Pentecostés. ¿Por qué Jesús les dijo: -Yo los envío-, y ocho días después ellos seguían encerrados? ¿Por qué la Iglesia nos ha dicho tantas veces que quiere, que necesita que nosotros anunciemos el evangelio de salvación? Y muchas veces nosotros seguimos artríticos, seguimos paralíticos, seguimos tímidos, seguimos encerrados. ¿Por qué? Porque tal vez a nosotros nos falta lo mismo que faltaba a esos discípulos nos falta ese huracán. Nos falta ese poder del Espíritu Santo, nos falta ese ¡¡fuego!! que nos haga ser valientes en la proclamación del nombre de Dios. No podemos quedarnos únicamente en la Pascua, porque si miramos únicamente la Pascua, nos vamos a quedar mirando lo que le pasó ¡¡á!! Jesús. Pero la historia del Evangelio no es lo que le pasó a Jesús únicamente. La historia del Evangelio es lo que le pasa a los que creen en Jesús también. Y hay algo muy hermoso en este sentido, y es lo que nos enseña el evangelista Lucas. Ustedes saben que Lucas escribió dos obras, el tercer Evangelio en la numeración o en el orden actual, que lo llamamos así Evangelio según San Lucas. Y también esa otra obra que se llama Los Hechos de los Apóstoles. Los Hechos de los Apóstoles, de alguna manera son la descripción, son la narración de las maravillas del Espíritu Santo en la comunidad cristiana y el Evangelio, que es la primera obra de Lucas. La primera mitad de la obra de Lucas es la descripción del poder del Espíritu Santo en Cristo. Entonces Lucas, en el fondo lo que hace es contarnos los hechos del Espíritu Santo en Cristo y los hechos del Espíritu Santo en los cristianos. La obra del Espíritu Santo en Jesús y la obra del Espíritu Santo en los que creen en Jesús y se unen a Jesús. De nada nos sirve celebrar la Pascua si no es en el poder del Espíritu. De nada nos sirve recordar que Cristo resucitó de entre los muertos si esa resurrección no se hace operativa en nosotros. Y eso se realiza precisamente a través de la acción del Espíritu Santo. ¿Qué rostro adquiere una comunidad cristiana cuando acoge ese don del Espíritu? Eso es lo que nos ha contado la primera lectura tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, como ustedes lo reconocieron muy bien. Precisamente es de Pentecostés; es del día de Pentecostés, porque la Iglesia desde hace mucho tiempo tiene claro que estos dos misterios están íntimamente unidos Pascua y Pentecostés. Se miran mutuamente. ¿Cómo es; qué rostro adquirimos nosotros cuando recibimos este don del Espíritu? Destaquemos apenas algunos elementos según la lectura que oímos. Dice aquí: -Los hermanos son hermanos porque tienen un mismo padre- y tienen un mismo Padre, porque hay un Hijo que los hizo hijos. No es la fraternidad de la simpatía humana, no es la fraternidad de la camaradería del comunismo, no es la fraternidad del decir que somos. Es la fraternidad de los que han nacido de una misma semilla, como nos dice también San Pedro; una semilla incorruptible. Esa es la fraternidad nuestra. Los hermanos, por eso se les da ese nombre. Los hermanos eran constantes. ¿En qué? En escuchar la enseñanza de los apóstoles en la vida en común, en la fracción del pan, en las oraciones. Constantes en la enseñanza de los apóstoles. Eso es lo que se menciona en primer lugar, para que nosotros podamos ser verdaderamente fieles, para que nosotros podamos crecer y florecer en Jesucristo, necesitamos ser constantes en la enseñanza de los apóstoles. Hay un peligro que acecha a los sacerdotes. Espero que no haya afectado aquí a mis hermanos queridos. Hay un peligro que acecha a los sacerdotes y acecha también a aquellos que son personas de piedad, como tal vez muchos de ustedes. Y es el peligro del sacerdote que cuando empieza a oír un texto del Evangelio dice: -Ah, ese yo lo conozco. Ah, sí, ahí salió la parábola del sembrador ya lo conozco-. -Salió la multiplicación de los panes. Ya lo conozco.- El cristiano, el verdadero discípulo, no es uno que dice: -Ya lo conozco-. El verdadero discípulo, el verdadero seguidor de Jesucristo, es uno que siempre está aprendiendo, que siempre está encontrando algo nuevo. Porque como bien nos ha dicho el Papa Juan Pablo, y como bien nos ha enseñado el Papa Benedicto, nuestra fe es fundamentalmente un encuentro con la persona viva de Jesucristo. Y el que se encuentra con una persona viva siempre puede encontrar y siempre sabe encontrar algo nuevo. Quienes me han enseñado eso a mí son especialmente las mamás. Siempre me ha admirado la capacidad de las mamás de mirar a los bebés y esto lo he comentado en más de una predicación, sobre todo a sus hijos, por supuesto, pero a veces también miran otros niños. En general, las mujeres tienen una capacidad de mirar y mirar y mirar, y miran a esos niños y yo digo: ¿Ya, qué más le mira la cara a ese niño? Y resulta que las mamás en esa mirada están descubriendo verdaderamente el alma del niño. Están leyendo el alma del niño; en la manera como sonríe. Son "Microgestos" que hacen los bebés microgestos y en esos gestos diminutos, milimétricos y por contados segundos ahí expresan algo está cómodo, está incómodo, tiene hambre, tiene sueño, está aturdido, está confundido. Siento que mi bebé está dubitativo. Las mamás, las mamás aprenden a descubrir el alma de los bebés. El alma de los bebés. Yo pienso, dice la mamá. Y en eso tienen un tino muy grande. Yo pienso que esto tiene por lo menos un treinta y dos por ciento de melancolía. Cuando pasa el tiempo. Por eso las mamás pueden reconocer tanto en la voz de los hijos, en la cara de los hijos, en el comportamiento de los hijos. Claro, uno de hijo no tiene cómo defenderse de eso porque le llevan años de ventaja. Años y años mirando cómo se para uno, cómo se sienta uno, si ríe, si no sonríe. Entonces, claro, ya tienen ahí toda esa base de datos. Y ustedes no piensen que una mamá es simplemente una mamá, no una mamá es una base de datos. Eso tiene ahí una cantidad de archivos perfectamente clasificados, Tiene un disco duro que no se les ¡¡llena nunca!! Afortunadamente, porque la mamá entre todas las mamás, la bendita entre las mujeres María también tiene su disco duro y por eso es la persona que mejor conoce a Jesucristo. Entonces, nosotros nos apegamos a la enseñanza de los apóstoles y oímos los textos de la Escritura porque no queremos caer en el pecado clerical, el pecado clerical por excelencia. ¿Cuál es? -Ah, yo ya sé eso-. Qué peligro para un sacerdote el día que dice: -Ah, ya es ese; Ah, listo, ya vi. Ah, sí. Estas son las lecturas, Listo. Conocido-. El sacerdote que dice eso jamás volverá a predicar un Cristo vivo. Ese sacerdote predicará las ideas que aprendió hace ¡N! Años, donde N puede tender a infinito, o puede ser pequeño. Puede ser grande. Una vez, dicho sea entre paréntesis, había un sacerdote que había celebrado en muchos, durante muchos años la Semana Santa en una cierta parroquia, y el obispo fue a visitarlo. Y el obispo le dijo Bueno, cuénteme aquí cómo se hacen las cosas y cuáles son los materiales y qué utiliza usted y qué hace usted. Y entonces le dijo el padre, le dijo el padrecito Señor obispo, pues yo, bendito Dios, yo he celebrado 17 semanas santas en esta parroquia. Y el obispo le dijo: -No, señor, usted no ha celebrado 17 semanas santas. Usted ha celebrado 17 veces la misma Semana Santa. Ese es el peligro cuando nosotros creemos que ya conocemos. Y ese peligro acecha no sólo a los sacerdotes, no sólo a los predicadores, ese peligro nos acecha a todos. Por eso, cada vez que nos acerquemos aquí, porque en esas lecturas está la enseñanza de los Apóstoles. Cada vez que nos acerquemos a la Santa Misa, sobre todo hay que tener esos oídos así, con antena telescópica, y hay que tener el corazón súper despierto y vigilante, y hay que estar atentos a decir: -¿Cuál es tu palabra, cuál es tu mensaje hoy para mí, qué es lo que me vas a enseñar hoy?- Esto, por ejemplo, que les estoy contando de la relación entre la paz y el envío. Yo con la edad que tengo, que pues reconozco, es una edad avanzada y los que dijeron eso tienen más edad que yo. Yo con la edad que tengo, con la edad que tengo, nunca me había caído en cuenta de eso. Nunca. Solo hoy vine a descubrirlo.

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