Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Tres dimensiones del reinado de Jesucristo: (1) Su poder va unido a su compasión: el rey es Pastor. (2) Su reinado es victorioso y por consiguiente implica vencer al pecado. (3) Su reinado trae orden. Si lo propio del demonio es la confusión y la incertidumbre, la realeza de Cristo restaura la claridad y el orden.

Homilía ao34009a, predicada en 20171126, con 26 min. y 45 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. La solemnidad de Cristo Rey nos presenta a Jesús como el que es compasivo, victorioso y el que trae orden a la vida, a la historia, al universo entero. Las lecturas de hoy nos llevan en esa dirección. Descubrir a Jesucristo como un rey compasivo, descubrirlo como un rey victorioso y descubrirlo como aquél que le trae orden a la vida, a la familia, a la sociedad, a las comunidades. Nuestro Dios no es un Dios de desorden. Vamos a descubrir estos rasgos de Cristo en los textos que han sido proclamados.

El rey que es pastor aparece claramente en el texto de Ezequiel. Un rey, un pastor que va a buscar a la oveja perdida. Sana, cura a las ovejas que están heridas. Trae a las extraviadas. Les concede descanso. Eso es lo que significa ese verbo difícil de pronunciar. Yo mismo las haré "Sestear". Eso es darles la posibilidad de la siesta, del descanso. Es el Dios que protege a los que ha rescatado. Es el Dios que alimenta. Es el Dios que defiende a su rebaño. Un Dios compasivo. Este encuentro con el Dios compasivo es el comienzo de toda la vida cristiana. Todos tenemos nuestras heridas. Todos tenemos nuestras decepciones, frustraciones. Yo creo que todos llevamos a lo largo de la vida nuestras propias cargas y también nuestros vacíos.

Lo que la vida no nos dio, los bienes que la vida no nos dio. Hay personas que van por la vida y uno los ve caminando bien por la calle y uno los ve haciendo sus compras. Uno los ve paseando en un lugar turístico. Uno los ve sentados en los pupitres de una universidad o en la oficina de un gran gerente. Pero por dentro esa persona tal vez lleva vacíos terribles que vienen de su familia. En nuestra época, cada vez estamos tomando mayor conciencia sobre los males del matoneo o el bullying. ¿Cuántas personas han sufrido eso? El abuso, con toda seguridad. La cifra exacta no la tenemos, pero con toda seguridad más de la mitad de las mujeres reportan algún hecho de abuso en su vida. Por manoseo, por violación o cosas parecidas.

Y la gente va por la vida, pero lleva esas cargas, lleva esas heridas. La gente va por la vida y también lleva unos vacíos terribles, falta de papá, falta de amigos, autoestima en el piso o más abajo. Entonces no podemos encontrarnos con Cristo Rey únicamente ni principalmente desde una estructura de poder anónimo. El encuentro con Cristo Rey es sobre todo descubrir que Él tiene poder para sanar mi vida, poder para restaurar lo que el mundo, lo que la vida, lo que el pecado dañó en mí. Sin ese requisito, miraremos a Cristo de una manera lejana o de una manera utilitarista. Necesitamos encontrarnos primero con el rey compasivo, el rey que es pastor. Muchas veces uno huye de su propio pasado, uno huye de sus propias heridas, trata de no pensar en cosas.

Esta mañana estaba atendiendo a una persona. Esta es una chica que quiso ser religiosa, pero por problemas de salud y otras cosas no pudo seguir adelante con su vocación. Salió de ese convento hace ya bastantes años. Un buen número de años. Todavía la herida está abierta y entonces me escribe y me dice: -Mejor no pensar en eso-. ¿Ven? Ahí estamos pintados. A esconder, a reprimir, a echarle tierra a los problemas. Y ese no es el camino. El camino es dejarnos encontrar por el rey compasivo. Lo mismo pasa en la vida religiosa. El día que a uno le otorgan un hábito religioso, el día que le permiten a uno hacer unos votos, incluso el día que lo ordenan sacerdote si esa es la vocación; eso no significa automáticamente que todo quedó sanado y arreglado.

Muchas veces religiosos y religiosas, llévan o llevamos unas cuentas largas y complicadas con la vida. Entonces necesitamos, en primer lugar, para descubrir a Jesucristo Rey, descubrirlo como verdadero y buen Pastor y descubrir su poder, pero su poder para sanarnos, su poder para liberarnos, su poder para rescatar en nosotros lo que quedó mancillado, lo que quedó perdido. Entonces ese texto es muy hermoso, es del capítulo 34 de Ezequiel. Si usted quiere volver a ese texto. Ya después en su casa. Capítulo 34 de Ezequiel. Bueno, segundo punto es un rey victorioso. Victorioso. Eso quiere decir que la mansedumbre que manifiesta Dios en su Hijo Jesucristo. Eso quiere decir que la ternura, que la dulzura, que la compasión, no son señales de debilidad. Esto es importante porque en el mundo en el que vivimos suelen oponerse la compasión y el poder, de modo que las personas que son muy poderosas, tristemente suelen tener muy poca Misericordia. Pero por otro lado, los que son muy compasivos, los que son muy dulces, a veces no tienen la suficiente firmeza o les falta la necesaria autoridad, y eso tampoco le gusta a Dios.

Esto es como cuando se educa a un hijo. Aquí hay varios que son papás y saben de qué estoy hablando. Para educar al hijo no se puede todo dureza, pero tampoco se puede todo dulzura, porque si la dulzura se convierte en falta de autoridad, pasa lo que está sucediendo en unas casas en que son los niños, son los chiquitos los que gobiernan la casa y todo toca pedirles permiso a ellos. -Hoy es domingo. ¿Cómo qué quisieras almorzar; quieres otra vez hamburguesa, mi amor? ¡No! Qué Hamburguesa. Lo que tú digas, mi dulzura. ¿Qué quieres?

Y entonces los pequeños niños se vuelven grandes tiranos. Grandes tiranos. Eso no lo quiere Dios. Esa no es la voluntad de Dios. La dulzura no puede ser pretexto para que se pierda la necesaria autoridad. Entonces Cristo tiene toda esa mansedumbre y toda esa compasión, pero igual tiene la victoria. Él tiene el cetro de victoria. ¿Dónde aparece eso en las lecturas de hoy? Fíjate cómo nos anuncia la segunda lectura tomada de la primera carta de Pablo a los Corintios. Dice aquí: Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies, ¿Qué es el estrado? El estrado es como una pequeña plataforma que está abajo de un trono. Es donde pone los pies el monarca. A veces también un estrado es otro tipo de mueble que sirve para destacar la presencia de alguien.

O sea que el reinado de Cristo tiene que ser derrota de los enemigos de Cristo. Derrota de los enemigos de Cristo. Entonces tiene que haber victoria sobre los enemigos de Cristo. Esto hay que entenderlo muy bien, porque la primera fase del reinado de Cristo, que es aquello de que Cristo me sana, Cristo me libera, Cristo me salva, eso le gusta a todo el mundo. Haga un congreso de sanación y se llena el local. A todo el mundo le gusta ser sanado, pero, falta esta segunda parte. Tiene que haber victoria de Cristo sobre tu pecado, sobre el mío, sobre el de todos, porque a Cristo no le gusta el pecado, y porque el pecado es el que está retratado con toda su crudeza y con toda su gravedad, precisamente en la cruz del Señor. No está Cristo de paseo ahí en la cruz, está en la cruz, está llagado, derrama su sangre. ¿Por qué? Por lo que decimos en el Credo por nosotros, por nuestra salvación.

Entonces el reinado de Cristo tiene que ser victoria sobre el pecado. No puede coexistir el reinado de Cristo y el reinado del pecado en nuestras vidas. Y eso tiene que notarse en cada uno de nosotros. Hay que ver cuál es el pecado que ha tenido poder en mi vida. Si soy una persona arrogante, soberbia, iracunda. Pues ese pecado tiene que ser vencido. Si soy una persona mentirosa, de mucha fachada, de mucho esconder, pero por dentro está una realidad muy distinta. Esa falsedad tiene que caer ante Cristo. Si soy una persona encadenada por la sensualidad, por la lujuria, por la obscenidad, ese pecado tiene que caer delante de Cristo. Sino ¿Qué reinado de Cristo estamos hablando aquí? Como estamos en una casa religiosa, pues este mensaje tiene que interpelarnos en primer lugar a nosotros.

Un religioso está en un camino de perfección. Según enseña Santo Tomás de Aquino, el religioso no es todavía perfecto, pero tiene que notarse que está en camino de perfección. Entonces tiene que verse la victoria creciente de Cristo en esa vida. Tiene que verse que en su paso del noviciado a su vida de profeso, tiene que verse que a lo largo del tiempo hay una victoria que realmente Cristo está teniendo autoridad sobre esa persona, sabiendo que esa victoria solo será plena en la gloria del cielo. Pero tiene que verse esa victoria. Por eso nosotros como religiosos somos llamados, dice el Concilio Vaticano II, a ser los testigos del amor perfecto, de la caridad perfecta. Y eso ha de notarse en cada faceta de nuestra vida. Si ya vale para todo cristiano lo que dijo Jesús sean perfectos, porque es perfecto su Padre Celestial. Esas palabras todavía deben resonar con mayor intensidad en nosotros.

Entonces, aquí encontramos la segunda fase. La segunda dimensión del reinado de Cristo. Victoria sobre el pecado. No digamos mentiras. No nos digamos mentiras, que todos somos débiles, que cada uno tiene sus defectos. También es cierto. Pero tú no puedes hacer de tu defecto un pretexto para mantenerte en la mediocridad. Entonces llevamos dos dimensiones del reinado de Cristo. ¿Cómo conozco el reinado de Cristo? Primero lo conozco en la sanación, en la liberación, en el consuelo, en la experiencia de su amor dulce de Buen Pastor. Segundo, conozco el reinado de Cristo en la victoria progresiva sobre el pecado y sobre todo lo que riñe contra Cristo, todo lo que riñe contra Cristo, todo tiene que caer a sus pies. Por eso dice como estrado de sus pies.

La tercera dimensión es la que tiene que ver con que Cristo trae orden. Fíjate que eso aparece en la primera lectura de hoy, y aparece en el Evangelio. Es muy interesante. En esa primera lectura que todo nos habló ¿No? De compasión y dijo, -Yo voy a buscar las ovejitas, las voy a abrazar, las voy a dejar que descansen-. Y al final dice esta frase Y a vosotras, mis ovejas, así dice el Señor: "Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío". Interesante eso. La misma idea aparece mucho más desarrollada en el Evangelio. En el texto es bien conocido el capítulo 25 de San Mateo. ¿Qué aparece ahí? Aparece una clara diferencia, una diferencia total, completa. Hay unos que sí, hay otros que no. Entonces Cristo viene a traer orden, lo cual es muy hermoso y saludable, porque una de las definiciones del pecado es desorden. Una de las definiciones del pecado es confusión.

Una de las definiciones del pecado es volver todo borroso y que todo dé lo mismo. El pecado. Y detrás del pecado el demonio mismo lo que quiere es eso, que uno viva en confusión, que uno no sepa, si uno es hombre o es mujer, si uno es bueno o es malo, si esto es bueno o es malo. Uno no lo sabe. Todo se volvió bueno o todo se volvió malo. Todo se puede justificar. No se sabe ni qué es verdad ni qué es mentira. Eso nos hace muchísimo daño. Eso hace un daño muy grave, porque en la medida en que crecemos en esa confusión, crece también el poder del pecado en nosotros. Y eso está pasando en nuestra época. Es motivo de grave desánimo el ver el descaro, el cinismo, la corrupción de tantos. Parece que no se necesita ser bueno, se necesita ser astuto. No se necesita ser correcto. Se necesita saber jugar las cartas. No se necesita ser honrado. Se necesita tener amigos y no se necesita ser verdadero. Se necesita tener poderosos medios de comunicación.

En la medida en que esa confusión va creciendo. entonces toda posibilidad de esfuerzo por el bien queda sofocada, queda ahogada y al mismo tiempo el mal crece. Eso sucede en la sociedad y eso pasa también en la Iglesia. Y una vez más, estas palabras tienen que resonar con especial fuerza en nosotros sacerdotes o quienes están en camino hacia el sacerdocio. Es muy triste lo que me han tenido que contar varias personas. "¡No!, yo fui a confesarme. El padre me dijo que eso ni siquiera era pecado". Qué daño tan brutal el que hacemos los sacerdotes, la gente tratando de salir de sus culpas, tratando de salir de sus cadenas. Llega donde el sacerdote y el sacerdote le dice: "No, eso ni se vuelva a confesar de eso. Eso ni es pecado". Está produciendo confusión en la persona, una confusión terrible.

Y también producimos confusión los religiosos y los sacerdotes, cuando nuestra propia vida con su incoherencia, está enviando un mensaje que es muy confuso a la gente, entonces nuestro Dios es un Dios de orden y ha de verse eso con claridad, ha de verse con claridad qué es lo bueno y qué es lo malo. Eso debe entenderse qué es lo razonable y qué no, qué es lo justo y qué no, y luego también otras diferencias que nos ayudan para encontrar nuestra ruta en esta vida. ¿Cuáles son mis deberes? ¿Cuáles son mis derechos? Esto, por ejemplo, que mencioné brevemente antes, este asunto de ideología de género es espantoso. Es espantoso. ¿Por qué? Porque yo lo he visto, como yo llevo tratando ese tema ya hace años y por supuesto atendiendo personas que tienen sus múltiples confusiones de género. -No sé lo que soy. No sé. Yo antes pensaba que era una niña encerrada en el cuerpo de un hombre. Ahora no sé si soy un mexicano encerrado en el cuerpo de un francés o no sé en qué cuerpo me encerraron-.

Ese tipo de cosas van produciendo una terrible confusión. Y sobre todo, este es el daño más grave que producen, hacen que la persona esté todo el tiempo esclava de su propia sensibilidad, sensualidad o sensación. Eso no me lo invento, eso lo conozco yo, porque yo he tratado esas personas. Entonces, ¿Qué pasa? Que la persona que tiene una confusión de género, que tiene eso que ahora llaman género fluido, es una persona que vive centrada sobre sí misma. A ver. ¡Hoy! ¿Qué me gusta? ¡Hombre, mujer, animal o cosa! Entonces la persona que está en esa confusión. Y esto tal vez es lo más terrible. Esa persona se convierte en esclava de su propia sensación, en esclava de su propia sexualidad, en esclava de su propia sensualidad.

Fíjese que cuando una persona tiene serena paz y alegría con lo que es, ni siquiera tiene que estar pensando en eso. Ahora que yo menciono este tema, tal vez algunos de ustedes se lo pregunten, pero la mayor parte de los varones que se sienten tranquilos, serenos, de ser varones, uno no piensa en eso. Uno no se despierta pensando, ¡Soy varón!, no, uno empieza a funcionar su vida y su día y hace sus deberes y está tranquilo y sirve a los demás. Y usted no se enreda con usted mismo. Lo mismo la mujer que se siente tranquila, serena, feliz de ser mujer. Esa mujer no tiene que plantearse ese tipo de cuestión. En cambio, esta cuestión de género, este tema de género, quiere llevarnos a una terrible confusión. A ver qué estoy sintiendo, a ver qué quisiera hoy. Y es una esclavitud interna.

Hermanos míos, el mismo Cristo que nos sana y nos salva, nos da la serena posesión de nosotros mismos. Precisamente una de las señales más hermosas de la sanación de Cristo es esa, que la persona tiene una serena posesión de ella misma. ¿Qué es serena posesión de uno mismo? Que uno tiene un grado suficiente de satisfacción con lo que es. Por supuesto, sabe que tiene que caminar, avanzar, crecer, pero de una serena posesión que uno qué es? Usted se imagina una mamá que tenga tres hijos y que diga ¿Será que yo sí debía ser mamá? Usted se imagina un hombre que ha dedicado su vida a una carrera Lleva 20, 30 años en el ejercicio del derecho y de pronto se pregunte ¿Sí será que yo he debido ser abogado? Más bien he debido ser cantante. Imagínese lo que le pasa a esa persona, cómo esa persona se encadena y se enreda.

Entonces la sanación de Cristo le trae a la persona esa serena posesión sobre lo que es, lo que es desde su cuerpo, porque el cuerpo fue donación de Dios. Por ahí empieza. Usted imagínese una persona que tenga la piel bien oscura. Algunos casos tenemos por aquí cerca. Imagínese una persona de piel bien oscura que diga yo debería tener la piel blanca, yo debería tener la piel blanca, yo debería tener la piel blanca o lo contrario. Imagínese una persona que mide un metro con sesenta y dos centímetros y que estuviera pensando todo el día. Yo debería tener dos metros con diez. Esa persona vive una tortura, vive una frustración, vive un descontento. Eso es lo mismo que le pasa a la persona que lucha contra su biología, que lucha contra sus cromosomas, que lucha contra sus gónadas. Esa persona está en un conflicto permanente y ese conflicto lo mantiene encerrado, encadenado en él mismo, o en ella misma.

Entonces, la serena paz que da Cristo no es simplemente yo ya me convencí que yo soy tal cosa, porque yo lo escogí, o porque a mí me parece. ¡No! La serena posesión que da Cristo es serena posesión desde mi realidad biológica, desde lo que yo soy en mi cuerpo. Para tener serena posesión del propio cuerpo. Entonces nuestro Dios es un Dios de orden. Y así llegamos al final de nuestra reflexión, tres dimensiones del reinado de Cristo. Primero, Cristo es buen pastor y por ahí hay que empezar. Deja la arrogancia, deja de pretender imponerle a Dios tu camino. Cristo es buen Pastor, como buen pastor yo le presento mis necesidades, mis dolores, mis heridas, mis pecados y busco en Él ¿Qué? Perdón, conversión, sanación, liberación. Por ahí empieza. Si no se empieza, por ahí no se empieza nunca.

Segundo, Cristo es victorioso. Entonces mi camino es un camino de victoria sobre el pecado. No se puede esconder, no se puede cambiar el mensaje. El mensaje es ese, la victoria de Cristo es victoria sobre el pecado. Y a medida que se van volviendo más torcidas las leyes en un país, como está pasando en Colombia y en otros lugares, que aprobemos la eutanasia, luego la eutanasia para niños, luego el suicidio asistido para niños y luego es una carrera hacia la muerte. A medida que los países van tomando ese rumbo, se van apartando del reinado de Cristo, donde no reina Cristo, quién reinará, las tinieblas, el demonio, el pecado.

Y en tercer lugar, el reinado de Cristo supone orden, y ese orden es claridad en la conciencia sobre lo bueno y lo malo, sobre lo razonable y lo irracional. Y luego también claridad sobre quién soy y mis derechos y mis deberes. Claridad que me reconcilia con mi biología, con mi cuerpo. Es que mi cuerpo no es un adorno. Mi cuerpo es don de Dios. Entonces, lo que yo piense en mi mente y lo que yo quiera hacer en contra de lo que es mi cuerpo, lo único que hace es instaurar en mí un durísimo conflicto que luego se transforma en odio y que sale hacia afuera. Pero ese es tema de otro día. Entonces pidamos, clamemos y acojamos el reinado de Jesucristo, el que nos sana, el que nos llama la victoria sobre el pecado y el que trae verdadero orden a nuestras vidas. Amén.

Amén.

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