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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El reinado de Cristo nos aclara cuál es nuestro bien y cuál es nuestro mal, que somos criaturas y que Él es el Creador, y cuál y cuánto es nuestro pecado, para entender la maravilla de su redención.
Homilía ao34008a, predicada en 20171126, con 5 min. y 6 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! Este es el domingo de la gran Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Una solemnidad que nos recuerda cómo el Evangelio afecta, toca, transforma todo lo que es humano. Cristo no viene a poner reparaciones temporales o accidentales en nuestra vida, El evangelio no es simplemente una especie de vendaje que le ponemos a un mundo que tiene algunos problemas. Cuando hablamos del reinado de Cristo, hablamos de la necesidad que todo nuestro ser individual, familiar, como comunidades, como sociedad, como país, la necesidad que todo en nosotros está gritando por la presencia de Él. Sin ese presupuesto no se entiende esta fiesta, porque sin el presupuesto de nuestra necesidad reconocida, el reinado de Cristo se mirará siempre como una imposición, como algo ajeno y extraño que quiere venir a aplastar nuestros intereses o nuestros proyectos. Pero en la medida en que vamos descubriendo, que lo profundo del ser de cada uno de nosotros necesita sanación, necesita unción, necesita transformación; en la medida en que lo descubrimos, en esa misma medida, saludamos con júbilo a Aquel que viene a sanarnos, que viene a ungirnos y que viene a transformarnos. Así que el presupuesto, el punto de partida para comprender esta solemnidad es descubrir la necesidad profunda que hay en cada uno de nosotros y en nuestras familias, y en nuestras comunidades y en nuestros países y en el mundo entero, por no decir el universo; porque la verdad es que ese es el nombre de la fiesta: Cristo Rey del Universo. Cuando uno empieza a escuchar ese clamor profundo que tiene el corazón humano, clamor, necesidad profunda que solo puede ser satisfecha por el mismo Cristo, en ese momento uno descubre el gozo del reinado de Cristo y uno descubre con gratitud que esa es la mejor noticia que se le puede dar a nuestras almas, lo mejor que podemos escuchar es que Cristo reina. Pero añadamos un punto tomado de las lecturas de hoy, la primera del profeta Ezequiel, capítulo 34. El Evangelio de San Mateo, capítulo 25. Observemos que el reinado de Cristo se manifiesta ante todo como una diferenciación: -Yo voy a diferenciar, yo voy a distinguir entre oveja y oveja- dice Ezequiel capítulo 34, El reinado de Cristo supone una separación y el reinado de Cristo supone también esa separación en el Evangelio, donde con una imagen que estoy seguro está grabada en nuestra mente, dice el Señor: "Las ovejas irán a mi derecha, las cabras a mi izquierda". El Señor que separa, que distingue, que hace diferencia. ¿Porque destaco esto? Porque lo propio del enemigo malo, lo propio del demonio, es tratar de confundirlo todo, que lo bueno parezca malo y lo malo parezca bueno. Que nosotros no sepamos ni de qué religión somos ni nos importe, porque nos parece que todo da lo mismo. Eso es lo que quiere el enemigo. El enemigo quiere que nosotros no sepamos si somos hombre o somos mujer, o quizás soy género fluido o soy veintiocho por ciento hombre y setenta por ciento mujer y dos por ciento que no sé, pero mañana seré otra cosa; eso es propio del enemigo: la confusión, el que no sepamos quiénes somos, el que nos dé lo mismo todo. Por el contrario, el reinado de Cristo trae esa claridad, de manera que sepamos dónde está nuestro bien y cuál es nuestro mal, de modo que sepamos qué somos como criaturas y quién es el único Creador. De modo que sepamos qué es nuestro pecado, para así también entender cuál es la maravilla de la redención que hemos recibido.

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