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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Ser cristiano es ser como Cristo. Y puesto que el gesto más propio suyo es la misericordia--amor de gracia--ese será nuestro distintivo.
Homilía ao34006a, predicada en 20111120, con 4 min. y 25 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo! ¡Feliz fiesta de Cristo Rey! Con este domingo estamos llegando a la culminación del año litúrgico. Durante este año nos ha venido acompañando San Mateo y es él, también, quien cierra con broche de oro, dándonos luces muy claras sobre qué significa el reinado de Cristo y qué significa servir a Cristo. El mismo Mateo nos había dicho al final del Sermón de la Montaña, que es el discurso más famoso de Jesucristo. Había dicho en labios de Cristo: "No basta con decirme Señor, Señor, hay que hacer la voluntad del Padre que está en los cielos". La verdadera forma, la verdadera manera de servir a Cristo, es dar espacio en nuestras vidas para que su Evangelio suceda. El Evangelio tiene que volar, de las páginas de un libro a las páginas de tu vida, esas letras del Evangelio tienen que poderse leer en las horas, en las acciones, en las palabras, en lo que tú haces. Y esto es lo que nos recuerda de manera dramática el capítulo 25 de este Evangelio según San Mateo. ¿De qué se trata pertenecer a Cristo? ¿En qué consiste eso de pertenecer a Cristo? Pues el capítulo 25 nos lo muestra de un modo bastante gráfico. De lo que se trata finalmente es de compartir los sentimientos de Cristo, ser como Él. ¿En qué sentido? Pues lo mismo que escuchamos en otro contexto en el Evangelio de Juan: "Como el Padre me ha enviado, así os envío yo. Como el Padre me ha amado, así os amo yo". Es decir, eso que Cristo ha recibido del Padre, nosotros lo recibimos de Cristo, entonces nosotros venimos a ser como una presencia, como una prolongación del Señor. San Pablo decía: -Somos embajadores de Cristo-. Es una imagen que también se ha expresado de otras maneras, como por ejemplo: Tus manos, tus manos son manos de Cristo, tus ojos son ojos de Cristo. Es decir, Cristo no tiene otros ojos que tus ojos para mostrar su mirada al mundo, con tus manos, con tu corazón, con los pasos que tú das, con las palabras que tú dices, tú y yo y todos los que somos discípulos del Señor, mostramos la hermosura de su Evangelio, el poder de su gracia. Ahora bien, ¿Por qué Cristo ha querido tener esa paciencia con nosotros? ¿Porque Cristo nos ha soportado con tanta paciencia y nos ha rodeado de tantos bienes? ¿Porque ha curado nuestras heridas y nos alimenta incluso con su cuerpo y con su sangre? La única expresión, la única explicación, es el amor, amor de misericordia, amor gratuito, amor generoso. Pues sí eso es lo típico de Cristo, eso tiene que ser lo típico del cristiano. Y por eso el que no sabe de misericordia no sabe de Cristo; eso es lo que viene a decirnos el Evangelio de hoy. El que ve la necesidad del pequeño, del pobre, del enfermo, del desvalido, del desaparecido, del oprimido, el que ve eso y no hace nada y se encierra en cambio en su egoísmo, ese no ha entendido nada del Evangelio, ese no es de Jesús. En cambio, el que prolonga el gesto compasivo de Cristo con el hambriento, con el sediento, con el que está desorientado, con el que está desvalido. . . Ese, ese sí conoce la palabra gracia, ése sí ha entendido el Evangelio de salvación.

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