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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Universo donde Dios reina plenamente, se llama María.
Homilía ao34002a, predicada en 19991121, con 31 min. y 32 seg. 
Transcripción:
Muy amados hermanos. Cuando Dios nuestro Señor envía a Moisés contra el imperio satánico del Faraón, le dice Dios a Moisés que se va a cubrir de gloria venciendo al Faraón. Esta expresión es muy importante para nosotros, porque indica que el reinado de Dios crece con las victorias de Dios. La gloria de Dios crece con las victorias de Dios. El reinado de Dios se hace más extenso a medida que Dios va venciendo a sus enemigos. Y nos dice San Pablo en la segunda carta que hemos escuchado, el último enemigo, porque son muchos. El último enemigo vencido será la muerte. Esta visión sobre el reinado de Dios nos ilustra mucho y nos hace también realistas. Es el universo entero el que tiene que ser conquistado para Dios, y el único y victorioso emperador que puede ganarle todo el universo a Dios. Su Padre es precisamente nuestro Señor Jesucristo, que va delante de nosotros como un capitán valeroso, como un verdadero guerrero, va ganando terreno más y más y más va venciendo a todos los enemigos hasta que venza al último enemigo que será la muerte y ese universo reconquistado para Dios por el ministerio de Jesucristo, ese universo, todo ese universo va a ser como una inmensa Hostia, como una Eucaristía que se ofrece por el sacerdocio de Jesucristo a Dios nuestro Padre. Esta es la maravilla del reinado de Jesucristo, una maravilla que se anticipa en cada celebración de la Santa Misa. Nosotros tomamos, como dice el texto de la misa, tomamos el pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo del hombre. Los separamos para Dios, los entregamos al poder de la oración, al poder de la Palabra y al poder del Espíritu. Tres poderes concordes: el poder de la oración, el poder de la palabra y el poder del Espíritu. Y así la Iglesia robustecida y alimentada por el Espíritu, que es su alma, toma ese pan, toma ese trabajo, los consagra y ya no son pan ordinario, ya no son el fruto de la vid, ahora son el cuerpo de Cristo y su Divina Sangre. Y ese cuerpo y esa sangre que antes fueron el pan de nuestros campos y el fruto de nuestro trabajo, se levantan, se levantan en la Santa Misa y con ellos nos levantamos también todos nosotros. Y tenemos así una pequeña degustación, una pruebita, una muestra de lo que va a suceder al final de todos los tiempos. Porque de acuerdo con esa segunda lectura de San Pablo, al final de todos los tiempos, lo que va a hacer Jesucristo es eso ya va a recoger no solo unos granitos de trigo, no solo unas poquitas uvas, sino que va a recoger todas las galaxias, todas las constelaciones, planetas enteros, naciones, pueblos, lenguas, culturas y todo eso purificado y santificado por el mismo amor que llevó a Cristo hasta la cruz. Todo eso se va a convertir en la Hostia preciosa que Jesús, Sumo Eterno y Bendito Sacerdote, ofrece a nombre de nosotros, con nosotros y en nosotros a Dios su Padre. Esta es la obra maravillosa del reinado de Jesucristo. Así es como Jesús quiere reinar. ¿Y qué podemos hacer nosotros para que crezca el reinado de Jesús? ¿Cómo no desear, sobre todo en este lugar tan bello, en esta oración tan hermosa, en esta alabanza? Si yo pudiera contarles lo que yo siento, la alegría que yo siento, pero no voy a dejar de contarles uno de los gozos que he tenido hoy en una de las alabanzas de esta noche. Me llamaba la atención un joven, tal vez un hermano nuestro. Me pareció de nuestra hermana República del Paraguay. En medio de la alabanza, este muchacho daba saltos de júbilo, saltaba, cantaba, se levantaba. Hermanos, experimentando ese gozo, cómo no vamos a desear la plenitud del reinado de Jesucristo. Cómo no vamos a anhelar que se complete ese reinado. Cómo no vamos a rogar con las palabras que Cristo nos enseñó. Cómo no le vamos a rogar al Padre Celestial que venga a nosotros ese reino, que se complete esa herencia. Verdaderamente, como dice San Pablo en la Carta a los Romanos, mientras estamos en este júbilo y el Espíritu de Jesús nos llena de júbilo, mientras estamos en esta alegría, sentimos que verdaderamente la creación entera, como dice San Pablo, "La creación entera quiere entregarse a Dios". Todo quiere darse a Dios. Si las plantas pudieran hablar, cómo no se pasarían los días y las noches diciéndole a su Creador Gracias porque me hiciste. Si los arroyos pudieran hablar, cómo no le cantarían día y noche a Dios gracias porque me hiciste. La creación quisiera tener voz para poder decirle a Dios gracias porque me hiciste. Gracias porque me amaste. Pero la creación no tiene esa voz. Esa voz la tiene el ser humano. Esa voz la tenemos nosotros y por eso nosotros somos los sacerdotes de la creación. No solo somos reyes de la creación, sino sacerdotes de la creación. Porque todos nosotros cuando le damos nuestra voz a Dios y cuando le cantamos y le decimos Bendito tu nombre, Santo eres, Gracias Señor. Gloria y alabanza a tu nombre. Bendito seas Señor. Tú nos llenas de júbilo. No solo le estamos cantando por nosotros mismos. No solo le estamos cantando por nosotros. Cuando tú danzas, cuando cantas y bendices, cuando sonríes, cuando aplaudes a tu Dios, cuando te regocijas en Él tú estás expresando no solo tu alabanza, sino la alabanza que no le pueden dar las piedras, pero que quisieran darle; la alabanza que no le pueden dar las montañas, sino que quisieran darle. Y por eso yo te invito a que en este momento digas conmigo Bendito seas Señor. Gloria a ti, Señor, Bendito y alabado seas. Un aplauso a la gloria de Dios. Cuando experimentamos este gozo, queremos que ya venga Jesucristo, que ya se cumpla ese reinado, que no tengamos ya que celebrar esta pequeña, pequeña mesa, sino que se puedan extender los manteles de los cielos, manteles de nubes y siervos que serán los ángeles, cantarán y gozarán y repartirán para todos los pueblos y naciones el alimento. Y será Jesús el sacerdote, y será Jesús la Hostia, y será Jesús la Palabra, y será Jesús el júbilo, y será Jesús el motivo de nuestro canto y la letra de nuestra canción, y será Jesús la luz, y será Jesús la sonrisa que nos vamos a regalar los unos a los otros. ¡Dios mío, que venga tu reino! Jesús, ven a reinar, Jesús, ven a reinar. Ven a reinar. Ven, Ven a reinar. El santo Evangelio del día de hoy y los evangelios que leemos cada día nos muestran cómo quiere reinar Jesucristo. Es decir, nos cuentan cómo Jesús está ganando terreno. Esta es la parte más bella. Es la parte más hermosa. Ver cómo Jesús está ganando terreno, o mejor dicho, está recuperando terreno para Dios, porque todo enemigo tendrá que ser vencido hasta que el último enemigo nos dice el Apocalipsis, después de devolver a los suyos. ¡Qué hermoso es el Apocalipsis! Después de que la muerte y el Hades devuelvan a los suyos. . . ¡¡¡La muerte se precipitará al lago de fuego y azufre, y no habrá más enemigo, porque la victoria será solo de Dios!!! El Santo Evangelio en la lectura de hoy y en todas las lecturas, nos cuenta cómo son las victorias de Jesucristo. Son las victorias, podemos llamarlas parciales. Llegará el día de la victoria total, pero por ahora son las victorias parciales. Y quiero decirle una cosa: Cada uno de nosotros está aquí porque Jesús ha tenido una victoria en su vida. Sí o ¿No? Sí o ¿No? Sí, o ¿No? Jesús ha tenido una victoria en mi vida y por eso estoy aquí. Y cada uno de mis hermanos en el diaconado y en el Sacerdocio. ¿Por qué se resolvió a entregarse a Jesucristo? Porque Jesús tuvo una victoria en su vida. Yo estoy seguro de que si llamamos en este momento a cada uno de nuestros hermanos, nos dirían, -Jesús tuvo una victoria en mi vida. Jesús me ganó, soy su trofeo, Jesús me ganó, yo soy su victoria. Yo soy la prueba de que Él reina-. De todas las victorias que tiene Jesucristo, de todas, de todas. Hay unas que son especialmente hermosas en el Evangelio. Quiero recordar con ustedes tres pasajes que todos conocemos muy bien y que nos recuerdan el estilo de la victoria de Cristo. Uno de ellos está en el capítulo 19 del Evangelio según San Lucas. Se trata de un hombre que estaba perdido. Era un idólatra del dinero. Su nombre: Zaqueo. Y por lo visto a lo que se dedicaba era a eso, a saquear. Era un hombre que estrujando a las personas, especialmente a los pobres, había amasado una fortuna y por eso tenía dinero. Pero a precio de vender su alma al ídolo del dinero y a precio del odio de todos los demás compatriotas o conciudadanos suyos. Todos conocemos la historia. Jesús iba entrando a esa ciudad. Zaqueo estaba subido a un árbol. Y Jesús le dice: "Hoy me tengo que quedar en tu casa". En ese momento Zaqueo se sintió muy contento y le abrió la casa a Jesucristo y acogió a Jesús en su casa. Esa casa le pertenecía antes al demonio, porque era una casa donde solo se oía maldición. Era una casa donde se planeaba el pecado. Era una casa que servía para organizar la muerte. Era una casa que servía de centro de operaciones para estrangular y estrujar a los pobres y sacar de ahí dinero maldito. Esa casa era un santuario de Satanás. Y Jesús entró con su presencia humilde y majestuosa a esa casa. Jesús entró ahí y con su presencia arrojó las tinieblas, expulsó a Satanás y recuperó para Dios esa casa y pasó a ser una casa de Dios. Esa casa empezó a ser una casa de Dios, una casa para Dios. Y entonces Zaqueo, conquistado, ganado por el amor humilde de Jesucristo, este hombre, Zaqueo, se convirtió a Jesús. Deshizo el mal que había hecho. Ya nunca más robó. Zaqueo se transformó y ese terreno se recuperó para Dios. ¡Mira qué hermosura! Ahora escucha otra Le presentan a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. Juan capítulo 8, otro pasaje que tú también conoces. Esta mujer es una pecadora. Nadie lo duda. Pero el pecado de debilidad, tal vez de esta mujer, unido al pecado de hipocresía y de crueldad de quienes quieren apedrearla, utilizándola simplemente como un instrumento para hundir a Jesucristo, porque para eso fue que la trajeron ante Él. Esta mujer sumida en el pecado, ya no puede esperar otra cosa, sino una lluvia de piedras y la muerte misma. Todos sabemos lo que hizo Jesucristo en ese momento. Como insistían en preguntarle: "Moisés dice que la apedreemos, ¿Tú qué dices?" Porque no les interesaba la mujer ni les interesaba Jesús. Lo que querían era utilizar la muerte de la mujer para hundir a Jesús. Mira eso. Mira lo que es eso. Y dime si no es la estrategia del diablo utilizar una muerte de una persona para hundir a otra persona. Jesús guarda silencio. No responde nada. Cuando le insisten, se pone en pie. Y yo me acuerdo del salmo aquél: "Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos". Se levantó Jesucristo y dijo: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra" Aquella mujer antes de la palabra de Cristo, ¿Qué destino le esperaba? Piedra sobre piedra. Una muerte cruel, tal vez merecida dentro del esquema legal judío. Una muerte cruel. Solo eso le esperaba. Jesús se pone en pie y dice su palabra. Los que tenían que apedrearla se fueron retirando uno por uno. Finalmente queda Jesús solo con la mujer, y le pregunta, "Mujer, ¿Dónde están los que te condenaban? ¿Nadie te ha condenado? Y responde ella: Nadie, Señor". Y Jesús le dice la palabra más tierna, más amorosa y más consoladora: Yo tampoco te condeno. "Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más". Con esas palabras, con esa mansedumbre, con ese respeto, con esa delicadeza. Jesús estaba recuperando a esa mujer para Dios y gloria a Dios. ¡Mira qué triunfo el de Jesucristo! Apartó de ella las piedras y trajo para ella las bendiciones, le quitó los asesinos y la rodeó de amigos, la libró del odio y la abrazó con su amor misericordioso. Ese es el reinado de Jesucristo. Eso es lo que Jesucristo quiere hacer hasta el fondo de tu alma, hasta el fondo de mi alma, hasta el fondo de la entraña social, familiar, intelectual, política, de nuestros pueblos. Jesús, con su palabra sabia, mansa, piadosa, cercana, poderosa, ungida. Jesús quiere llegar hasta el último rincón de nuestras vidas y quiere librarte de una muerte segura. Quiere librarte de una muerte horrenda, quiere quitar esa lluvia de piedras y de muerte que te acecha y quiere traer para ti lluvia de bendición, lluvia de amor, lluvia de su espíritu, lluvia de su gracia. Amen. He dejado para el final el caso más espectacular, el caso más grande, la historia más maravillosa de cómo Jesucristo recupera terreno en esta tierra, en este universo, recupera terreno para Dios, su Padre. Desde luego, cada milagro, atención, cada milagro, cada palabra, cada gota de sangre de Jesucristo es una victoria. Es terreno que se logra. Tendrá tanto poder, tanto poder, tanto poder la sangre de Jesucristo, que el centurión romano, que era un pagano, un pagano acostumbrado a matar y a ver morir, un hombre endurecido más que esas piedras que se partieron cuando Jesús murió, el centurión romano cuando vio cómo moría Jesucristo, tan repleto de odio por todas partes, odio que le atacaba desde fuera, amor que le salía desde dentro. Cuando el centurión vio eso, cuando oyó ese grito que Jesús pronunció cuando murió, gritó inexplicable porque de acuerdo con los médicos, los crucificados morían sin aire, morían asfixiados. Pero Jesús murió gritando. Cuando el centurión vio eso, dijo: "Verdaderamente este era el Hijo de Dios". Verdaderamente, su corazón, aunque fuera endurecido, acostumbrado a la violencia, acostumbrado al odio y a la muerte, se partió por la mitad. Todo lo que Jesús hizo, todo, todo es para el reinado de Dios, todo. Y esa fue su predicación toda. Pero hay una persona, una en la que ese reinado se ha podido expresar total y completamente. Una persona que es el orgullo de la humanidad entera, una persona en la cual Dios reinó a sus anchas. Yo, como quisiera poder decir eso de mi propia vida. Yo quisiera decir en mi Jesús reina a sus anchas. Yo quiero decir eso. Yo quisiera decir eso, pero. Pero soy consciente de que esas huellas salpicaduras de pecado. Eso interrumpe el reinado de Cristo. Y casi me da rabia conmigo mismo. Y digo ¿Pero qué pasa, hombre? ¿Qué pasa si tú ya sabes que Jesús es el Señor? Ya tú sabes que Él es tu amor grande. ¿Qué pasa? Me consuela el corazón mirar a una persona en la cual Dios, desde el principio hasta el final, desde el primer instante de su concepción hasta su asunción a los cielos, pudo reinar a sus anchas. Estoy hablando de. . . María. María. María. En ella, en ella, en su pensamiento. En sus afectos. En su cuerpo. En sus pasos. En sus dolores. En sus alegrías. Dios pudo reinar a sus anchas. Y por eso, cuando la Iglesia. Todos nosotros. Cuando la Iglesia Católica vuelve sus ojos hacia la Virgen María, no está mirando solamente a una santa que lo es, y la más grande santa de todas las criaturas visibles e invisibles. No solo está mirando a una santa. Cuando miramos hacia María, estamos mirando lo que nosotros vamos a ser. La iglesia cuando vuelve sus ojos hacia ella, hacia la Virgen, cuando vuelve sus ojos hacia María, la Iglesia descubre cuál es el plan que Dios tiene para la misma Iglesia. Porque fíjate lo que hemos dicho. Hemos dicho que al final de la historia Dios será todo en todos. Al final de la historia Dios reinará con plenitud, con fuerza, con amor, en todo lo que nosotros somos, en todo y en todos. Pues eso es lo que no en el futuro, sino ya, ya se cumple en la Santísima Virgen María. Por eso, volviendo nuestro corazón hacia ella, sintiendo el gozo de su alabanza. Escuchando su Palabra que nos invita a obedecer a Jesucristo, aspirando, aspirando el perfume de su pureza y de su amor, siguiendo sus huellas hasta el Calvario, hasta el Cenáculo y hasta Pentecostés, todos nosotros como Iglesia, junto a ella, y mirándola a ella, descubrimos qué significa que Dios reine en esta tierra. Por eso, mis hermanos, a ella, a ella a la que con razón amamos tanto, tanto, tanto, tanto. Yo siento el amor de ustedes por la Virgen. Mire lo que pasó cuando dije María de inmediato, como si se hubieran puesto de acuerdo todos. Una corriente de sonrisas atravesó toda la asamblea. Yo siento que esta es una asamblea que ama a María. A ella la miramos con júbilo. Si hoy estamos celebrando a Jesucristo Rey del Universo, podemos decir que en ella encontramos cómo va a ser el universo. Termino con un testimonio personal. Yo tuve el primer llamado al sacerdocio cuando contaba quince años de edad. Estaba terminando mi secundaria, pero yo no he sido muy obediente muchas veces y que Dios me perdone, no lo digo con ningún orgullo, sino más bien con vergüenza. Me humillo ante Él y le doy solo a Él la gloria. Pues bien, yo entré a estudiar física pura en una universidad de mi país. Entré a estudiar Física Pura en la Universidad Nacional de Colombia, el mejor lugar para estudiar física y matemáticas. Y yo me preguntaba por qué yo había querido estudiar ciencia pura y la gente me lo preguntaba también. Yo siempre decía yo no estoy estudiando ciencias para hacer dinero. Lo que yo quiero es algo como íntimo, como del corazón. Es que yo quisiera, como comprender los pilares del universo. Yo quisiera asomarme a través de la ciencia, a los cimientos mismos del universo. Gracias a Dios nunca dejé de creer en Él, pero sí me aparté mucho, me enfrié mucho en mi fe. En aquella época, de pronto me sucedió algo muy extraño. Yo salía de clase y me daban unas ganas inmensas, un deseo inmenso de ver, conocer y amar a la Virgen. Yo mismo no podía entender por qué me pasaba eso. La cosa fue tan fuerte que yo, que estaba prácticamente enamorado y casado con mi carrera, dejé esa carrera para entrar al sacerdocio, para entrar a la Orden Dominicana y para servir a Dios. Pero yo no entendía por qué la Virgen me había sacado de mi carrera. Yo no entendía eso. Yo decía pero, ¿Cómo se explicará que el amor a la Virgen me haya sacado de mi estudio de la física? Un día Dios como que me lo hizo entender, un día como que Dios hablara conmigo y me decía óyeme, tú decías que estudiabas física para entender el universo. Pues yo quiero mostrarte cómo es el universo según mi mente, según mi plan, según mi amor, según mi gracia, el universo según mi mente, según mi plan, mi amor y mi gracia. Ese universo según mi designio se llama María. María. Ella es el universo como Dios lo pensó, el universo en donde Dios reina y por eso le doy la gloria a Dios. Alabo sus obras, proclamo con gusto y gozo que Jesús es nuestro Señor y bendigo a Dios, porque a través del testimonio, la hermosura y el perfume de la Virgen María quiso atraerme a su servicio. ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios!

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