Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Voluntad del Señor es que trabajemos, como nuestros, los fines que son suyos.

Homilía ao33009a, predicada en 20201115, con 28 min. y 33 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos, esta palabra que acabamos de escuchar, esta parábola que nos ofrece Jesucristo, tiene muchas enseñanzas a distintos niveles. Tal vez lo primero que uno descubre es la necesidad de poner a trabajar los talentos que uno ha recibido para no ser llamado negligente y holgazán. Ya esa aplicación de la parábola es buena, correcta y saludable. Uno tiene que poner a trabajar los talentos que ha recibido. Cada uno de nosotros ha recibido dones que son distintos y una manera interesante de descubrir esos dones es darnos cuenta que no a todos nos cuestan trabajo las mismas cosas.

Hoy una persona puede sufrir especialmente por la obediencia. Otra persona por la pobreza, otra persona por la castidad. Nos damos cuenta que, como se suele decir, no nos aprieta el zapato en el mismo lugar a todos. Si examinamos esa frase, estamos diciendo que hay personas que han recibido un don que les facilita ser obedientes o ser castos, o ser pobres. La repartición de los dones y talentos es desigual y por eso es deber nuestro conocernos a nosotros mismos, descubrir nuestros dones y ponerlos al servicio del Reino de Dios. Algunos dones son menos conocidos o menos aplaudidos por el mundo, pero no son menos importantes.

Así, por ejemplo, entre los santos encontramos algunos que tuvieron el don de hacer penitencia. Es un don. Que una persona conserve sanidad mental, salud física, estabilidad emocional, humildad sobre todo, y que pueda hacer penitencia. ¡Es un regalazo de Dios! El mundo no aprecia ese don, pero nosotros sabemos que nos une, nos configura con la cruz de Cristo. El don de un silencio, silencio que acoge la palabra. Es algo que el mundo poco aprecia. Pero sabemos que hay toda una orden religiosa, la de los cartujos, que le da particular énfasis a ese don. Una persona que no tenga ese don de silencio, pues creo que sufrirá mucho donde los cartujos.

Entonces, un primer nivel de lectura y de apreciación de este texto del Evangelio. Capítulo 25 de San Mateo, es conocer, apreciar, agradecer y cultivar los dones que Dios me ha dado. Dones para mi propia persona. Dones para la relación Interpersonal. Piense usted, por ejemplo, en un Francisco de Asís. Parece que era una persona encantadora. Tenía lo que se suele llamar don de gentes. Uno de esos personajes que todo el mundo dice es el alma de la fiesta. Francisco hubiera podido llevar una vida, entre comillas, normal, una vida decente, con gran popularidad social en Asís y en otros lugares. Pero cuando se encontró de lleno con Cristo, encontró que el don que había recibido tenía todavía una dimensión mayor, más bella y permanente.

Esa dimensión mayor es el don de la fraternidad. De modo que el encanto personal que él tenía ayudó extraordinariamente en la consolidación y en la ruta de toda una orden religiosa, la Orden de los Frailes Menores. Así que hay que conocer los propios dones. Una razón más para seguir el consejo de los que nos dicen que tenemos que conocernos a nosotros mismos. Además, a medida que uno va conociendo sus dones, deja de ser tan envidioso y tan entrometido en vidas ajenas. La mayor parte de las personas que se quejan o que tal vez nos hemos quejado tanto, tanta quejadera y tanta quejumbre es falta de hacer este ejercicio. El ejercicio de descubrir los dones. Tanto quejarse es como decirle a Dios, hiciste mal las cosas, le diste a otros y no me diste a mí.

Conoce lo que tú has recibido y entonces cambiarás las quejas por gratitudes. Y eso encontramos en grandes santos que son siempre una referencia para nosotros. Así que hay razones, y razones para conocer los propios regalos, los propios dones que Dios nos ha dado. Pero esa es solo una manera de leer este texto. Hay otras. Les voy a compartir la que he conocido en último lugar y me parece más bonita, con esta misma parábola. A ver, fueron tres, fueron tres siervos, que recibieron talentos. Uno recibió cinco, otro recibió dos, otro recibió uno. Nos damos cuenta que lo que recibieron fue desigual, pero dos de ellos, el que recibió cinco y el que recibió dos, obraron de una forma semejante.

Así, el que recibió cinco, pues se puso a trabajar con ellos y consiguió otros cinco, y el que recibió dos consiguió otros dos. Ellos trabajaron con lo que Dios les había dado. Mientras tanto, el otro tomó ese dinero como si no fuera suyo. Tomó ese dinero y lo escondió. Lo que es de Dios queda ahí, en ese hoyo. En el hoyo lo de Dios y aquí yo. Ahí está la clave de esta segunda interpretación. Veamos un ejemplo de otra parte del Evangelio. En un momento dado. Cansado de tantas privaciones, sacrificios y generosidad obligatoria, Pedro se paró y le dijo a Cristo: -Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos va a tocar?- ¿Qué observa usted en esa pregunta de Pedro? Hay una diferencia entre Dios y yo. -De tal manera que si quiere, yo le trabajo. Pero vamos a ver qué me va a dar usted.-

Allá está lo suyo. Los madrugones espantosos, las noches mal dormidas, la comida repetida, poquita y fea. La gente que cansa a todas horas, leprosos por aquí, ciegos por allá, paralíticos aquí, sordos. Y al final, un endemoniado. Yo le trabajo. Está bien. Perfecto. Yo le trabajo. Yo no me voy a echar de para atrás. Pero, cuénteme. ¿Qué me va a tocar a mí? Esa es una relación de lo que la Doctora De Siena llama un mercenario que pelea; pero pelea por un sueldo. El mercenario no logra unir lo del amo y lo suyo, lo del jefe y lo suyo. Y resulta que lo que Dios quiere es la unión. -Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios.- Por eso también tenemos todo un libro de la Biblia, que es el Cantar de los Cantares, que entre sus interpretaciones tiene por supuesto que Dios es el novio, es el esposo y el alma es la novia, es la esposa.

Uno sabe que un matrimonio va mal cuando utilizan demasiado los pronombres mío, tuyo. Y en algunos casos y regiones, lo suyo. Ahí está lo suyo, lo de usted. Y aquí está lo mío. Con mucha frecuencia, en el matrimonio, donde se multiplican esos pronombres, lo mío y lo suyo, mi tiempo y su tiempo. Ah es que yo tengo mis amigos. Cuando mis amigos no pueden ser conocidos ni pueden ser los amigos de mi esposa, o cuando los amigos de ella no pueden ser amigos de él, uno siente que algo anda regular, quizás fracturado, en ese matrimonio. ¿Por qué? Porque el amor tiende a la unidad. ¿Por qué tienes que esconderme de platas? Esas son peleas típicas del matrimonio. ¿Por qué tienes que esconderme dinero? ¿Por qué no puedes decirme cuáles son tus amigos o tus amigas?

No estoy invitando a que se vuelvan espías el uno del otro. Más bien estoy invitando a que recapaciten. Porque cuando en un matrimonio se utiliza demasiado el lenguaje de lo mío y lo tuyo, lo tuyo y lo mío allá lo tuyo y lo mío está mal ese matrimonio. Algo parecido hay que decir con la relación con Dios. Fíjate la manera como habló Pedro. -Yo le trabajo, está bien. Yo le hago lo suyo, allá, lo suyo yo se lo hago. Pero ¿Dónde está lo mío? Ahora le voy a dar otro ejemplo. Había un padre que tenía dos hijos. El menor de esos hijos un día le dijo al padre Dame lo que me toca de la herencia. Entre paréntesis, eso significa: -Su merced ya se murió para mí.- Dame lo que me toca de la herencia, que me voy. Y se fue. El hijo mayor se quedó. Uno puede pensar que el hijo mayor, pues estaba más cercano al papá, pero todos sabemos cómo termina esa parábola.

Cuando regresa el hijo pródigo, el papá lo recibe lleno de amor. Dice: "Pónganle un anillo en el dedo, -cámbiale esa ropa después de que se bañe. Claro,- cámbienle esa ropa". El papá se vuelca en amor hacia ese hijo. ¿Qué actitud toma el hijo mayor? Observa el lenguaje del hijo mayor: "Durante todos estos años te he servido sin rehusar una sola orden tuya. Pero cuando viene ese hijo tuyo. . . " ¿Le puso cuidado? -Ese hijo tuyo, no dice cuando vino mi hermano.- No, no, no; es el hijo suyo. -Cuando vino ese hijo suyo.- Entonces " . . .usted mata al ternero cebado". Yo que le tenía echado el ojo al ternerito, hombre, y usted mata al ternero cebado. Durante todos estos años he estado trabajando. Y fíjate lo que dice: "Nunca me has dado un cabrito. . . " Por ahí andan los cabritos, -nunca me has dado un cabrito. ¿Para qué? Para comerlo. Yo. ¿Con quién? Con mis, mis, amigos. No son amigos suyos. Son míos. Amigo mío.

¿Se da cuenta? Entonces ese hijo mayor hacía la separación. Allá usted, con su puerco hijo. Ese que en mala hora se llevó la herencia. Claro, el hijo mayor se preocupa de que el hijo menor haya vuelto. ¿Por qué se preocupa? Porque ahora que ha vuelto, se redefine la herencia. Me va a tocar menos. Ese era el problema. Hay que entender bien la parábola. Entonces usted se da cuenta que en esa parábola el hijo mayor marcaba la diferencia. -De aquí para allá está usted que es papá y tiene ese hijo, y de aquí para acá estoy yo, que tengo mis amigos.- Ese es el problema que aparece también en la parábola de hoy.

El que recibió cinco talentos y el que recibió dos talentos, ¿Qué hicieron? Tomaron como suyo lo que era de su señor. No hicieron diferencia entre lo del Señor y lo de ellos. Lo trabajaron como propio, aunque sin adueñarse. Ese es el arte. Porque hay otras parábolas que nos muestran como la parábola de los viñadores asesinos, que nos muestran que cuando uno se adueña de las cosas, también se equivoca. Entonces parece que lo que Cristo quiere es que uno trabaje los dones como propios, pero sabiendo que todo viene de Dios. Eso lo expresa San Pablo en primera Corintios 7. Los que tienen como si no tuvieran, y las demás expresiones que utilizan. Entonces así tenemos la segunda interpretación de este texto. Este texto yo diría que de una manera más profunda nos está enseñando algo, nos está enseñando el peligro de tener yo una relación con Dios, en la cual hay una barrera que nunca se rompe, nunca se rompe, siempre está lo de Dios allá, lo mío acá.

Hay personas que forman una relación con Dios, así que yo le voy a su misa, pero usted me ayuda a mí en mis negocios. De aquí para allá. Su misa. Ahí le fui ya a la misa y de aquí para acá mis negocios para que me vaya bien. Ahí no hay verdadero abrazo, ahí no hay verdadera unión con Dios. Para tristeza mía, eso también pasa entre nosotros, los sacerdotes. Doy el ejemplo de los sacerdotes para dar tiempo de que se preparen psicológicamente al ejemplo de la monja que vendrá después. Entonces, ¿Qué le pasa al sacerdote? La gran tentación del sacerdote en este sentido es creer que su sacerdocio es un trabajo, es un trabajo. Y como es un trabajo, yo tengo mi horario. Yo tengo mi calendario. Yo tengo mis responsabilidades.

Por fuera de mi horario. No me pida nada por fuera de mi calendario. No me pida nada y por fuera de mis responsabilidades, no me pida nada. Por supuesto que el sacerdote, como todo ser humano, necesita también descansar. Ahora, no es que ustedes se aprovechen. El sacerdote también necesita descansar. Pero una cosa es necesito descansar y otra cosa es necesito descansar de Dios. O necesito descansar de orar, o necesito descansar de mi relación con el Señor. Precisamente eso se nota más en la hermosa comprensión del sacerdocio que existe en la Iglesia latina. Ese es el sentido profundo del celibato. El sentido profundo del celibato es ese, que no hay dos, sino solo uno. Es decir, que el sacerdote se ha hecho uno con el Señor que le ha llamado, de tal manera que su descanso y su alegría están en primer lugar en el Señor. Esa es la idea.

En principio, uno podría decir Bueno, pero los sacerdotes ortodoxos también son sacerdotes. Sí, pero es evidente que la pureza del llamado de ningún modo se retrata mejor que cuando la persona solo tiene a Cristo. Solo tengo a Cristo, lo cual no significa que no tenga posibilidad de amistad, de cercanía, de cariño. Pero tener, tengo solo a Cristo. ¿Qué le pasó a este señor? Este señor marcó una diferencia. Del hoyo para allá, Dios, del hoyo para acá, lo mío. Porque ese señor durante ese tiempo seguro que trabajó, algo hizo. No se dejó morir de hambre. O sea que él sí sabía sobrevivir. Él sí sabía trabajar. No murió de hambre ni se volvió mendigo. Pero él puso una frontera. Lo de Dios allá, lo mío acá. ¿Qué es lo peor de poner esa frontera? Lo peor de poner esa frontera se nota en el final del texto que hemos oído.

¿Qué imagen de Dios tiene el que pone esa distancia? Cuando yo le pongo un límite a Dios y digo Dios de aquí para allá y yo de allá para acá. Cuando yo pongo ese límite, mira lo que pasa con la imagen de Dios. Mira la manera como Él habla de Dios. -Eres exigente, Tú quieres cosechar lo que no sembraste. Tú quieres recoger donde no esparciste semilla. Tuve miedo, fui a esconder tu talento.- Cuando se pone una frontera a Dios que eso en lenguaje espiritual se llama cuando uno le niega algo a Dios, cuando uno le niega algo a Dios, Dios se convierte automáticamente en un intruso. Dios se convierte en una amenaza. Dios se convierte en alguien que asusta. Mis posesiones. Claro, No puede ser de otro modo. A ver. Dios, es inmenso, infinito, sabio, poderoso, eterno, todopoderoso.

¿Y yo? Pues yo soy como nada ante él, la diminuta y ridícula frontera que yo pongo para decirle a Dios No entres aquí. Esa frontera siempre se verá amenazada por el océano de su infinito poder, de su infinita sabiduría, de su infinita presencia. Apenas le pongo una frontera a Dios, Dios se convierte en un intruso para mi vida. Por supuesto, este siervo tiene esa imagen de Dios, es un Dios injusto, es un Dios exigente, es un Dios que me amenaza. O sea que fíjate a dónde nos conduce esta parábola. Dios, o es el amor de tu alma frente al cual no tienes ninguna reserva y nada le ocultas; o Dios se convierte en tu enemigo a la puerta, se convierte en el intruso que amenaza la soberanía del pequeñísimo, diminuto y ridículo reino que tú has tratado de establecer.

No hay alternativa. O Dios es todo para ti, o Dios es tu enemigo número uno. No hay alternativa. Y esto tiene que hacernos pensar a todos, pero muy especialmente religiosos y religiosas. La única manera de ser cristiano, y sobre todo, la única manera de ser religioso, la única. No puede haber otra. Es en el lenguaje del todo. Todo para ti. Todo. Todo. Que mi pasado es vergonzoso. Lo entregaré a tu misericordia a través de la confesión. Pero todo para ti. Todo, Todo, Señor. Porqué; porque si no digo todo para ti, un día te voy a considerar mi enemigo. Te voy a considerar mi amenaza, el que amenaza mi pequeño reino. Solo hay una manera de ser discípulo de Cristo, y más se nota todavía en la vida religiosa y monástica. Solo hay una manera. Todo para ti, Señor. Todo para ti. Absolutamente todo. Mi tiempo, mi corazón, mis pensamientos, mis días y mis noches. Solo hay una manera de serlo. Todo para ti.

Observemos la respuesta que le da el Señor: "Eres un siervo negligente y holgazán. . . " Y después de todo el regaño, la sentencia a ese siervo inútil, " . . . a ese siervo inutil échenlo fuera a las tinieblas". ¿Eso qué quiere decir? Eso quiere decir que el que tiene una imagen torcida de Dios, ese es el Dios que va a encontrar. El Dios que va a encontrar es ese. A menos. A menos. A menos que se arrepienta, a menos que recapacite como recapacitó el hijo pródigo. A menos que diga ante el Señor Perdóname, Señor, perdóname. Yo estaba muy equivocado. Yo traté de poner fronteras. Yo traté de ponerte un límite. Es el peor error que he podido cometer. Perdóname. Perdóname, Señor.

¡¡En este momento. En este momento, quito toda frontera, quito todo límite. Y te digo ven, Señor. Ven con todo tu poder. Ven y haz de mí lo que quieras!! No hay otra manera de vivirlo. Cometí error, señor. Iba por un camino que no era. Traté de ponerte límite. Mal hecho de mi parte. Perdóname. Perdóname, pero ahora quito toda barrera Señor. Ahora no quiero otra cosa sino tu voluntad. No quiero otra cosa, sino lo que tú quieras de mí. Ese es el camino de conversión al que nos llama el Señor Jesús.

Observa que este es el capítulo 25 de San Mateo. Estamos llegando al final del Evangelio. ¿Qué nos quiere decir Jesús aquí? Nos quiere decir, -Así es como hay que prepararse para el final.- Quita ya toda barrera y dile al Señor: -Te recibo como Señor de mi vida en cada área de mi existencia, en todo lo que tengo, todo lo que pienso, todo lo que siento y todo lo que soy. Te recibo, Señor, y no quiero otra cosa, sino lo que Tú quieras. Amén.-

Amén.

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