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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo nos enseña que cada vida, cada momento cuenta: qué estamos haciendo con el don de la existencia que Dios nos dio? Somos productivos, inspiramos a los demás para que sean mejores?
Homilía ao33002a, predicada en 20081116, con 22 min. y 41 seg. 
Transcripción:
Amigos queridos. Las lecturas de hoy nos invitan a mirar el tiempo de nuestra vida como una oportunidad, como un regalo que hay que saber aprovechar. Cada día que se vive, cada día que llega, llega una sola vez. Puede decirse que la pregunta profunda existencial que subyace a estas lecturas es ¿Qué estoy haciendo con mi tiempo? qué es lo mismo que decir ¿Qué estoy haciendo con mi vida? La vida no regresa; los que ya hemos pasado por la juventud no podemos devolver el reloj, nos damos cuenta, las señales están a la vista, las oportunidades perdidas a menudo son eso, perdidas para siempre. Nosotros somos invitados hoy a apreciar ese regalo que significa vivir, no de una manera general, sino en lo concreto de las horas que tenemos, las cualidades que tenemos, los desafíos que tenemos, las oportunidades que tenemos. El nombre general que todo eso tiene es los talentos. A veces uno necesita que la vida lo empuje un poco para descubrir que uno sí podía haber hecho mucho más, mucho más. En esta comunidad nuestra, somos aquí sacerdotes dominicos, ha entrado recientemente un joven que desea ser dominico aquí para la provincia de Irlanda. Es una persona que tiene menos de treinta años, viene de Holanda y, como suele suceder con los holandeses, habla no sé cuántos idiomas. A mí eso, claro, me impresiona porque a la edad que él tenía yo creo que hablaba a duras penas español. Entonces uno se hace una pregunta, uno dice bueno, ¿Todos en Holanda son genios o de pronto nosotros en Colombia somos un poco perezosos? porque clases de inglés creo que yo tuve durante todo el bachillerato y si, algo aprendí algo aprendí de francés, pero mi inglés era muy pobre, ahora espero que esté bastante mejor, mi francés era muy pobre; algo ha mejorado, pero sigue estando muy crudo. Hay veces que uno se pregunta en cosas como esas, uno se pregunta ¿Qué es lo que está haciendo? A veces la pregunta surge en otro contexto, por ejemplo, cuando uno se acuerda con personas con las que uno trabajó o con las que uno estudió y después de un tiempo se vuelve a encontrar con esa persona y resulta que en ese tiempo la persona entró a trabajar, hizo un estudio, hizo una especialización, tuvo tres hijos, fundó una empresa y dice uno: ¿Y yo qué estoy haciendo? Por supuesto, no es que todos tengamos las mismas oportunidades y esa comparación no siempre es del todo justa; estoy solamente hablando de cómo suele a veces aparecer esa pregunta, o también a veces los papás, cuando ya los hijos empiezan a salir de casa y parece que cada vez salen más temprano. Una pareja tiene dos, tres, cuatro hijos; el último de esos niños tiene ya que salir de casa, se va para otra ciudad, tal vez a su universidad, y quedan otra vez los dos como al principio. . . Y queda esa pregunta Oye, y ¿yo qué? y ¿nosotros qué? A veces uno revisa la biblioteca pequeña o grande que uno tiene y encuentra una cantidad de libros que uno dice: -Yo en una época iba a leer este libro-. De pronto algunos aquí presentes hayan dicho: Yo me hice el propósito de leer la Biblia o de leer El Quijote, o de leer, no sé, algo, algún libro que es significativo, que es importante, o hice el propósito de aprender algo. Aprender a tocar un instrumento musical; y los años pasan y uno no termina de hacerlo y va quedando como una sensación de frustración, tal vez un poco. Hay un dicho que se utiliza en buena parte del Caribe: -Lo bailado nadie me lo quita-. Eso es cierto si uno la ha pasado bien, si uno ha disfrutado, si uno ha comido bien, si uno ha tenido buenas fiestas y buenos amigos y buena buena pachanga, decimos en unos países eso nadie te lo quita; es verdad, es verdad. Pero cuando se mira para atrás y lo único que hay es el recuerdo vago de haberla pasado bien con unas cuantas personas, también queda un interrogante Oye, ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy haciendo? Otras veces la pregunta surge desde el ámbito de lo romántico y la pareja. Sobre todo cuando ha habido uno o dos rompimientos afectivos fuertes, profundos. Nos queda esa pregunta: ¿Yo al fin, qué saqué de esa relación? También voy a decir ahí, lo bailado y además de lo bailado, lo que haya seguido nadie me lo quita. Se puede, se puede decir, pero la sensación de vacío está también ¿Era eso lo que yo quería? ¿Dónde está esa persona? ¿Dónde están esas promesas de amor? ¿Dónde están los brindis o los paseos? ¿Dónde están ahora? No todos los días uno está para hacerse esta clase de preguntas. Pero creo que después de unos ciertos años, uno se las hace porque se las hace; con ocasión de una cosa o con ocasión de otra, uno termina preguntándose ¿Qué está haciendo con los dones, con el tiempo, con las oportunidades, con los amigos? Sobre todo por una cosa dramática que yo he notado en mi propia vida y en la vida de la gente de mi edad. Para acabar con las conjeturas, tengo cuarenta y tres años cumplidos, cuarenta y tres y medio: eso para que se sepa qué significa gente de mi edad. Resulta que a estas edades uno descubre que es más fácil perder amigos que hacerlos. Y uno va descubriendo que aquí pasa como con algunas, con algunas iglesias de Irlanda, ¿no? Perdón la comparación, que es un poco de humor negro, persona que se muere, hueco que va quedando en la iglesia; o sea, nadie lo reemplaza. Y algo parecido le va sucediendo a uno, si por cualquier circunstancia uno se distancia de ciertos amigos o hubo un malentendido, algo se rompió, algo se dañó; es difícil recuperar a los amigos, a veces es incluso difícil recuperar una buena relación con la familia. No es verdad que estos años, como los años que yo tengo, algunos de nosotros hemos tenido episodios muy fuertes en nuestra familia, episodios en que casi hemos sentido: Yo como que perdí la relación con tal primo, o con tal cuñada o con incluso mi propio hermano o hermana. La Biblia y la Iglesia hoy nos invitan a preguntarnos cómo estamos viviendo nuestra vida y nos enfocan este tema desde tres ángulos distintos. La primera lectura es desde el ángulo de la laboriosidad y ahí se nos pone como ejemplo lo que es una buena mamá, una buena esposa, una buena ama de casa, una persona que aprovecha su tiempo, una persona que tiene para ofrecerle a su esposo, a sus hijos y a la sociedad algo mejor que la vanidad de una belleza que pronto se extingue. Esta persona, esta persona, dice, hace el bien todos los días de su vida, es laboriosa, trabaja de buena gana con sus manos, sabe tejer, abre su mano al desvalido, es una persona de la que brota el bien; es una persona que sabe, que sabe dejar un rastro de bondad. Yo creo que la gran mayoría de nosotros, al recordar a nuestras mamás y otras personas en casa, seguramente sentimos lo mismo. Pero esta vez la pregunta es bueno hacérsela con respecto a uno mismo. ¿Cuál es el rastro que yo voy dejando? Yo voy pasando por la vida de muchas personas. . . ¿Qué rastro queda de mí? ¿Qué va quedando de mí? La primera lectura dice que esta mujer es: generosa, esta mujer es inteligente, es aplicada, es laboriosa y va dejando un caminito de bondad. Jesús mismo, según el testimonio del libro de los Hechos de los Apóstoles, Jesús mismo fue descrito de ese modo: -Pasó haciendo el bien-. Nosotros pasamos por la vida de muchas personas. Por ejemplo, no quiero que esto siga siendo autobiográfico, pero pues yo estoy por ejemplo terminando estudios y sé que en algún momento en los próximos meses también me tengo que ir. Entonces ¿Qué queda de mí? De pronto, ¿Queda algún buen recuerdo en alguien? De pronto, queda un mal recuerdo en alguien. No se trata de vivir de la opinión, de vivir del qué dirán, se trata de preguntarnos ¿Qué de aquello que somos y hacemos, qué produce fruto? ¿Qué es bueno? El Papa Juan XXIII decía que su programa de vida, su programa de obispo y su programa de Papa habían sido uno solo: -La bondad-. Y él decía: -La bondad le dio paz a mi vida-. Él se propuso ser eso, un hombre bueno. Y qué difícil es encontrar una persona de la que uno pueda decir: -Es un hombre bueno-, es muy difícil; es un adjetivo que lo aplicamos a muy pocas personas. Ustedes estarán de acuerdo conmigo, pues Juan XXIII es una persona a la que se le aplicó eso y la gente lo llamaba y lo llamaba así: El Papa Bueno. Entonces la primera lectura nos invita a pensar eso: ¿Qué queda de mí? ¿Cuál es el rastro que voy dejando en esas empresas, en esas amistades, en la gente en la que, con la que he tratado? ¿Qué va quedando ahí? No por ser esclavos de un qué dirán, sino por reconocer lo que somos. En la segunda lectura el ángulo es diferente, nos dice el apóstol San Pablo: -Nosotros no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas-. Y nos dice: -Ustedes son hijos de la luz-. Jesús nos dijo una cosa parecida. Nos dijo: "Ustedes son la luz del mundo". Y Pablo nos invita a que ya que somos hijos de la luz, permanezcamos despiertos, permanezcamos sobrios. Aquí hay dos cosas muy profundas que son claves para la vida. La primera es hacerse esa pregunta: ¿Si mi vida es luz para otros? Pero como eso suena demasiado poético, vamos a tratar de concretarlo. Cuando decimos que una persona es luz para otros, por ejemplo, cuando inspira. Y ¿Qué es inspirar a otras personas? Despertar en ellas lo mejor de ellas, eso es inspirar; inspirar es ayudar a que otras personas sientan el alegre desafío de ser mejores y de sacar lo mejor que tienen. El fundador de mi comunidad, que se llamaba Santo Domingo de Guzmán, tenía ese don, tenía esa capacidad de atraer en las personas como una generosidad, una búsqueda de lo mejor. Y cuánto necesitamos personas así. Hay gente que dice que Barack Obama ganó la presidencia de los Estados Unidos, esencialmente porque es una persona capaz de inspirar a otros, él mismo, por supuesto, es muy inteligente, esperamos que esa inteligencia la aplique, entre otras cosas, a defender la vida humana y no a destruirla; estoy hablando del caso del aborto, por supuesto, pero Obama es muy inteligente y su principal inteligencia es que es capaz de despertar la inteligencia de otros. Necesitamos líderes así, por supuesto, moralmente completos; pero los necesitamos así, gente que inspire. Eso es ser luz. Ser luz es ayudar a despertar las cualidades en los otros, ser luz también significa fijar un estándar. De alguna manera, hasta un cierto punto, ayudar a ser modelo, un modelo, un punto de referencia para otros. Si tú estás, por ejemplo, en la universidad, y si tu comportamiento es alegre, eres buen estudiante, eres buen compañero, eres buen amigo y no necesitas drogarte; entonces tú estás fijando un estándar, tú estás convirtiéndote en una invitación a que todos aquellos que están en la esclavitud de algún vicio digan: -Oiga, en realidad no se necesita esto para ser feliz, ni para ser un buen amigo, ni para ser un buen estudiante, ni para ser una persona de éxito-. Eso es ser luz. Y San Pablo nos dice: que nosotros somos los hijos de la luz. ¿A quién has iluminado tú? ¿A quién has inspirado? Quién puede recordarte y decir en verdad encontré en esa persona una luz para mi vida, encontré un consejo, encontré un modelo, encontré. . . con mucha frecuencia, lo podemos decir de nuestros padres, o de algún profesor o de algún sacerdote. A veces pasa eso. Pero esto no es solo para los que son papás o para los que somos sacerdotes, que además fallamos un montón; esto es para todos. Y observa lo que dice San Pablo: -Puesto que somos hijos de la luz, permanezcamos sobrios-. ¿En qué consiste esa sobriedad? No es solamente abstenerse del exceso en el licor, es abstenerse de todo exceso que consiste en un escape de esta realidad. Permanecer sobrios es saber mirar a este mundo sin caer ni en una fantasía de color rosado ni en una fantasía de color negro. Algunos no ven sino desesperación y no ven sino los aspectos pavorosos de la existencia, y se vuelven amargados y se vuelven iracundos y se vuelven resentidos. Otros, en cambio, tratan de sumergirse, de vivir en una burbuja, su burbuja se llama sus ilusiones o su mundo protegido a fuerza de dinero; vivir así como entre mentiras. El cristiano no cae en ninguna de las dos cosas: No huye hacia un mundo rosado ni huye hacia un mundo ennegrecido. El cristiano sabe mirar a la realidad, la mira a la cara, no le tiene miedo, la afronta, pero la afronta haciendo también su propio aporte, Y esa es sobriedad, esa es una manera de vivir la vida. Y en la segunda lectura de hoy hemos sido invitados a eso. Y luego el Evangelio, pues está el caso de los talentos y aquí eso tiene mucha riqueza, pero de todo lo que tiene. Solo quiero mencionar un punto, mis hermanos. Ustedes se dieron cuenta de que estos dos servidores que pusieron a trabajar sus talentos, lo que hicieron fue duplicarlos, duplicaron los talentos. El que tenía cinco obtuvo otros cinco, el que tenía dos obtuvo otros dos. Jesús, que hasta donde sabemos fue el Creador, el autor de esta parábola, hubiera podido arreglar las cosas de otro modo, pero dijo eso que habían duplicado. Y esto probablemente tiene un significado. Vamos a llamarlo moral y místico. ¿Cuál es ese significado? Que uno tiene que duplicar lo que tiene. Y ¿Qué es duplicar lo que tiene? Duplicar lo que tú tienes significa completar cada una de tus virtudes o defectos con su complemento. Eso es duplicarse. A ver si nos entendemos. Una persona, por ejemplo, puede ser de un temperamento muy fuerte, un temperamento resuelto. Es un líder natural. Esa es una gran cosa. Pero ese temperamento fuerte necesita ser completado con otra virtud. Porque si te fías únicamente de tu fortaleza y de tu temperamento fuerte, vas a empezar a aplastar gente. Vas a empezar a aplastar a los que son débiles, a los que son pequeños, tal vez a los que están en necesidad y que podían esperar algo mejor de ti. Por eso, si una persona tiene un temperamento fuerte, tiene que completarlo, tiene que adquirir el talento complementario y el talento complementario. ¿Cuál es? Únele, por ejemplo, a esa fuerza únele la misericordia. Entonces, a la vez eres una persona con una capacidad de liderazgo, pero con un corazón capaz de compadecerse y lo contrario. Ahora vamos a suponer una persona que tiene un corazón compasivo. Todas las miserias del mundo le duelen, todo le preocupa, todo le hace llorar. Los niños que mueren de hambre en África, los niños que son abortados, los niños que son abusados. Pero no solo los niños. Los jóvenes que pierden esperanza. Los jóvenes que se suicidan, las parejas que se separan, los políticos que mienten, los profesionales y responsables. Todo le duele ay, ay todo le duele. Es maravilloso tener un corazón sensible, pero si nos quedamos solo con la sensibilidad, no vamos muy lejos. Tienes que completar ese corazón sensible con un poquito de lo que tiene la otra persona. Tienes que aprender a ser un poco resuelto. Tienes que aprender a unirte con otros y tomar acciones específicas concretas, porque si no te vas a quedar solamente. . . -Llorando en este mundo cruel que me tocó vivir. ¿Yo por qué nací aquí? Tal vez yo pertenecía a otro siglo. Ay! Ay!- Y así no se va muy lejos. Entonces el Evangelio es una invitación a completarte. Por ejemplo, es posible que tú tengas un temperamento muy intelectual. Eres una persona muy racional. ¿Eso es malo o bueno? Es buenísimo. Pero si tú crees que puedes resolver todo solo con tu capacidad racional, vas a arruinar muchas vidas, porque no todo el mundo es así y porque la vida no es tan lógica como tus libros, tus estudios y tus silogismos o tus algoritmos. Entonces tienes que completar tu capacidad intelectual. Tienes que completarla con una riqueza emocional que tal vez no es tan natural en ti, pero tienes que completarla, pero también lo contrario. El que es muy emocional y tiene un temperamento, que se yo. Artístico, por ejemplo, pues tendrá que aprender también a organizarse, entre otras cosas, para que no le roben los millones que va a ser vendiendo sus discos. Es decir, cada persona tiene que aprender a completarse, cada uno de nosotros tiene que obtener los talentos complementarios, que si tiene cinco, pues entonces busca los otros cinco, y si tienes dos, busca los otros dos. La Iglesia, mis hermanos y estas lecturas magníficas nos invitan a que aprovechemos el tiempo de nuestra vida. Yo también les invito a que ustedes vivan agradecidos con el don primero, que es el don de la existencia, y les invito a que en este momento renovemos con gratitud nuestra fe en este Dios que nos ha creado y nos ha redimido. Pongámonos de pie, por favor.

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