Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En el Cielo cada uno se encontrará con el Dios en el que haya creído.

Homilía ao33001a, predicada en 19961117, con 15 min. y 29 seg.

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Transcripción:

A medida que va terminando el año litúrgico, las lecturas que nos ofrece la Iglesia nos invitan a estar vigilantes, atentos, diligentes. Y en ese contexto se proclama hoy la conocida parábola de los talentos. Lo gracioso de esta parábola es que todos trabajaron. Los tres empleados trabajaron. Y de los cinco talentos para conseguir otros cinco, el de los dos talentos para conseguir otros dos. Y el que recibió un solo talento trabajó para conseguir un hoyo. De todas maneras, tuvo que trabajar, aunque sea para esconder lo suyo tuvo que trabajar y parece que en ese sentido se cumple en este Evangelio aquello de que el flojo trabaja doble, porque de todas maneras tuvo que trabajar, aunque fuera para esconder lo suyo.

El sentido general de la parábola es claro, no tenemos que estar mirando qué han recibido las otras personas, porque eso es cavar un hoyo. La persona que se pone a mirar si el otro recibió más o miró menos, está enterrando su propia riqueza. Tampoco tenemos que mirar si Dios nos parece duro o blandito. Si nos parece generoso o mezquino; en cierto modo cada uno encontró en Dios lo que creía de Dios. El que creía en un Dios generoso y bueno encontró un Dios generoso y bueno. El que creía en un Dios terrible, castigador, encontró un Dios castigador y terrible. Por eso, una segunda enseñanza de este texto es que cada uno se encontrará con el Dios en el que haya creído.

El que se esfuerza simplemente en tenerle miedo a Dios, finalmente se encontrará con que había que tenerle miedo. Pero el que pone su trabajo para la gloria de Dios y para gloria de la bondad de Dios, esa bondad y esa gloria es lo que va a encontrar. Cada uno encontrará aquello que haya hecho, pero sobre todo, cada uno encontrará aquel en quien haya creído. En el diálogo que sostiene este importante y adinerado Señor con el último de los empleados, hay una tercera enseñanza. ¿Sabías que siego donde no sembré y recojo donde no esparcí? Le pregunta a este señor. Debías haber puesto mi dinero en el banco. Este señor, que evidentemente está representando el juicio de Dios, no pierde tiempo defendiéndose. Si uno le levanta los puños a Dios y le dice -Tú eres un injusto, Dios no va a abrir otro juicio para que alguien más determine si Él es justo o es injusto.- Si nosotros le decimos a Dios tú me has tratado mal, Él no va a poner una tutela ni una demanda ante la Fiscalía para ver si es verdad que nos ha tratado bien o mal.

No hay un tercero, no hay una instancia entre Dios y el hombre. Lo que nosotros digamos de Dios, Así lo recibe Dios. Él no se va a defender. Y efectivamente, así lo muestra el texto que hemos escuchado. "Sabías que siego donde no sembré y recojo donde no esparzo". Dios no se defiende. De aquí es posible obtener todavía otra enseñanza. Hay veces que nosotros intentamos defender a Dios ante las otras personas. Por ejemplo, una señora pierde a su esposo, que era el que sostenía el hogar. En un accidente o peor aún, en un acto de violencia. Y llega el sacerdote, o la religiosa, o el amigo, muy creyente y muy piadoso, y empieza a defender a Dios. Muchas veces esas defensas de Dios sólo sirven para distanciar más a las personas del Señor.

Y ahí puede pasar lo que sucedió en alguna oportunidad, cuando murió el marido. Y entonces le pregunta. Un amigo muy piadoso de esa familia le pregunta a la viuda ¿Y de qué murió el marido? ¿De qué murió su marido? De una gripa que se le fue complicando y de eso falleció. Y dice este hombre, -bueno, una gripa, gracias a Dios no fue nada grave.- De manera que esas defensas de Dios sirven para lo mismo que sirve la filosofía. De acuerdo con aquella frase de Oscar Wilde: "La filosofía ya lo hemos comentado, sirve para sobrellevar con paciencia los males de los demás". Nosotros defendiendo a Dios, muchas veces lo único que probamos es que no tenemos fuerzas para ayudar a cargar el dolor, el absurdo que tantas familias que tantas personas viven.

Si hay un oficio que parece caritativo, pero que trae grandes engaños, es ese de pretender defender a Dios. Dios se defiende solito. Si uno lee el libro de Job. Pero hay que leerlo completo, no solo los dos primeros capítulos. Uno se da cuenta de que Dios dejó hablar a Job todo el tiempo y la gran defensa de Dios. Si hubiera que hablar en esos términos, fue simplemente su silencio y su presencia. Job, es verdad que al principio resistió con gran paciencia, pero luego se rebeló. ¿Y yo para qué nací? Mejor hubiera sido que hubiera muerto antes de nacer, ya estaría enterrado y tranquilo. Dios no entra en discusión y el libro de Job nos muestra a través de todos esos comentarios que le hacen los amigos a Job, lo inútil y lo estéril que es tratar de defender a Dios.

Pero volvamos al sentido primordial de la parábola. Hay que aprovechar el tiempo: -Al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener.- Desde luego que esta es una sentencia muy injusta. Alguna vez me decía una amiga, pero eso es como consagrar la injusticia. Sí, eso es lo mismo que vemos que pasa en la Tierra que el que tiene dinero acumula más dinero y el que no tiene, pierde hasta lo que cree tener. ¿Cómo puede decir el Evangelio una realidad que es la misma que estamos viendo en nuestro injusto mundo? Y efectivamente, es gracioso. Después de todo, pensar que lo primero que le piden a uno para prestarle dinero en el banco es que uno tenga dinero. Como quien dice, si no necesita el préstamo, se lo damos.

Es gracioso porque entonces quienes sí necesitan el préstamo son precisamente quienes no lo van a poder recibir. Pero si usted demuestra que puede vivir y sobrevivir y progresar sin ese préstamo, entonces usted puede tener ese préstamo. ¿No es eso lo mismo que dice el Evangelio? Al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará. Pero en realidad, este señor del que habla el Evangelio no le quitó todo a ese empleado, le quitó el talento, pero le dejó el hoyo, le dejó el hoyo que había hecho. Y realmente el infierno es eso, es quedarse uno con el hoyo, es quedarse con todas las estrategias que utilizó para esconder lo suyo. Con ese hoyo puedes quedarte, pero aquella bondad que había en ti no permanecerá para siempre contigo.

Bueno, sin el ánimo de justificar a Dios ni de defender a Dios, tratemos de dar alguna respuesta a aquella objeción de la amiga. ¿Cómo así que el Evangelio dice lo mismo que vemos que sucede en nuestro mundo? Lo que sucede es que el Evangelio lo dice de unos bienes y el mundo lo vive y lo practica de otros bienes. Que el santo se siga santificando. Dice la Escritura en algún lugar: -La gracia de Dios se multiplica sobre sí misma y la cooperación con la gracia de Dios multiplica esa gracia.- En cambio, la esterilidad, la aridez con que nuestro corazón a veces recibe algunas gracias, hace que ni esas ni otras que hubieran podido venir realmente den fruto en nuestra vida. Hay una enseñanza muy bonita de Santo Tomás sobre este mismo tema.

En algún lugar de la Suma Teológica se pregunta Tomás si todos en el cielo verán lo mismo y responden como de costumbre, haciendo una distinción. Y dice en un sentido sí, van a ver lo mismo todos los bienaventurados. En otro sentido no. -Veremos lo mismo. Así lo permita Dios, porque en la contemplación de su rostro somos unánimes. Seremos unánimes en la bienaventuranza es al mismo y único Dios.- Pero en cierto sentido no veremos lo mismo. Porque, dice Tomás, -verá más el que tenga más amor.- Pasa lo mismo que en un banquete, todos participan del mismo banquete, pero come más el que llega con más hambre, el que ya llega comido al banquete. El que llega con poquita hambre, picotea aquí, picotea allá. Un sorbito de este otro servicio del otro, y me voy. Pero el que llega con hambre, con hambre, pero con salud.

Y así es como hay que llegar al cielo, con hambre de Dios y con salud y sanidad en Dios. El que llega al cielo así, con hambre y con salud, ese tiene mucho de qué alimentarse. Y ese es el que puede ser llamado realmente bienaventurado. Catalina de Siena hace una comparación semejante con respecto a la Eucaristía. Ella dice que, -La Eucaristía es como un fuego, como una hoguera inmensa de caridad, y que a esa hoguera cada persona se acerca con alguna velita, velón o cirio.- Hay personas que llegan o que tal vez llegamos a la Eucaristía sólo con una velita como esas pequeñitas, diminutas, ridículamente pequeñas que se daban en los puentes de cumpleaños. Una velita de este tamaño.

La persona que se acerca a la Eucaristía dice Catalina de Siena con una velita, así que apenas parece un fosforito. Eso es lo que se lleva de amor ese poquito de luz. Y dice, -La persona que se acerca con una vela más grande lleva más luz.- Y hay personas ávidas de Dios, ansiosas de Él, sedientas de su presencia y de su amor, que llegan como con un inmenso cirio pascual y se llevan una plenitud de luz. Así se ve que la Eucaristía realmente es anticipo del cielo. O mejor, el cielo es como una prolongación de la Eucaristía.

Cada persona en el cielo recibirá al mismo Dios. Pero el que llega con desinterés, el que llega con poco amor, poca luz, será también la que espera recibir, el que llega con plenitud de hambre de ese Dios, el que llega con plenitud de gozo y gratitud a ese Dios como si hubiera multiplicado sus talentos. Se alimenta por la eternidad de su Creador y Redentor, de su amor, de su Santificador. Que esta Eucaristía, entonces, que nos une a la fuente misma del amor, no solo sea alimento para nosotros, sino sea aumento de hambre de Él, porque Él sacia sin hastío, colma nuestra esperanza y nuestro deseo, pero deja siempre en nosotros la capacidad de desearle más, de buscarle más, de servirle mejor. El que infunde este anhelo en nuestro corazón nos conceda vivirlo para gloria suya.

Amén.

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