|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La diferencia más evidente entre las vírgenes prudentes y las necias es que sólo las primeras tomaron en consideración que la espera podía ser larga. Ser "prudente" incluye, entonces, saber dosificarse sin dejar de entregarse.
Homilía ao32009a, predicada en 20201108, con 22 min. y 6 seg. 
Transcripción:
Una parábola es una foto de la vida real en la cual se deja ver una enseñanza divina. Esa es la mejor definición de parábola que conozco. Una parábola es una foto de la vida real. No es un relato fantasioso ni fabuloso, es una foto, un retrato de la vida real, que sin embargo, trae un mensaje divino, un mensaje sobre cómo es Dios, cómo es su reino, cómo son sus planes. Esta definición es importante tenerla en cuenta, porque si uno toma un relato como el de hoy de San Mateo, Uno dice Muy mal ejemplo dan esas vírgenes prudentes. ¡Qué falta de caridad! Muchachas egoístas que dicen, -No, yo me quedo con mi aceite. Usted verá qué hace.- Entonces las parábolas no son relatos edificantes. No son historias de virtudes bonitas. Son fotos de lo que sucede en la vida. O por lo menos podría suceder en la vida. Hemos comentado en otras ocasiones esto sobre las parábolas. Piense otra parábola que tampoco es edificante. Había un administrador injusto. El dueño le dice al administrador Te voy a echar. Y el administrador empieza a hacer trampa. O si no estaba haciendo trampa al cambiar esos recibos, había hecho trampa antes al escribir lo que no era. Entonces las parábolas no nos están contando cosas bonitas, nos están contando la vida como es, con sus egoísmos, con sus trampas. Doy otro ejemplo todavía. Un hombre encontró un tesoro en un campo. ¿Qué hizo? Volvió a esconder el tesoro y fue y compró el campo. Según el relato, al comprar el campo. No dijo que había un tesoro. ¡Tramposo, mañoso! No dijo que había un tesoro. Él compró el campo simplemente él, con su cara lavada, dijo No, yo vengo aquí a comprar este campo. Y ya cuando el campo era suyo, ahí sí sacó el tesoro. ¿Esa es una manera correcta de obrar? Claro que no. Entonces las parábolas no son relatos sobre maneras correctas de obrar. Son fotos de la vida humana. Pero en esa realidad humana hay una chispa de Dios, hay un destello divino. Y ese destello divino es el que Cristo quiere que nosotros percibamos. Porque si aprendemos a recibir, si aprendemos a percibir el destello de Dios en las parábolas. Aprenderemos a descubrir el destello de Dios en la vida. En ese sentido, las parábolas son una maravilla de la pedagogía, porque son educación para nuestros ojos. Lo que quieren es que nosotros aprendamos a mirar la vida y en medio de los egoísmos, las trampas, las mañas, las mentiras, aprendamos a encontrar el relámpago de Dios. Las parábolas son tomadas de la vida, son pronunciadas por Cristo y nos enseñan a mirar la vida de otro modo. Por eso en las parábolas no todo es bonito, pero siempre hay una enseñanza o más. Y esa enseñanza o enseñanzas, esos relámpagos divinos, son los que uno debe percibir, porque ahí es donde está la educación de Cristo para nuestros corazones. Por ejemplo, esta parábola, la de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias, no es una educación en la caridad. Si usted necesita una educación en la caridad, váyase a la parábola del buen samaritano. Esa es una educación en la caridad. ¿Quiere decir que la parábola del buen samaritano me enseña todo? ¡No! ¿Qué es lo que no me enseña la parábola del buen samaritano? Pues sabemos que los samaritanos tenían una fe incompleta. Ellos rechazaban a los profetas. Ellos rechazaban la mayor parte de las Escrituras. Y el samaritano ese hizo muchas obras buenas; pero según vemos en el relato, se acabó la parábola y el tipo siguió siendo hereje. Entonces yo, de la parábola del buen samaritano, no puedo aprender cuál es la correcta doctrina, pero sí aprenderé lo que es un acto de caridad más allá de las fronteras de los prejuicios. En general, las parábolas tienen esa característica de la vida humana. Es decir, que hay cosas muy bellas junto a cosas muy tristes o muy lamentables. En esta parábola, entonces, no todo es bonito. Por ejemplo, tampoco es bonito que a todas les agarró el sueño. Es muy peligroso dormirse. Cuidado con dormirse. Entonces todas estas vírgenes se durmieron. Parece que es algo que está asociado con el don de la virginidad. En el sueño, el sueño les agarró el sueño a todas. ¿Le parece muy edificante eso que estaban esperando y se durmieron? Eso no está tan bonito. Tampoco es bonito que hayan sido egoístas. Estas prudentes. Entonces tenemos que buscar. Y esto vale para la misa de hoy. Pero esto vale para cada vez que usted lea la Biblia. Cuando usted se acerque a la Palabra de Dios, usted debe buscar con la ayuda del Espíritu Santo y la enseñanza de la Iglesia. ¿Dónde está el relámpago de Dios aquí? A veces es más de un relámpago, claro está, pero por lo menos hay una luz muy importante que es la que me corresponde como servidor de ustedes con la predicación. Es la que me corresponde destacar. ¿Cuál fue la diferencia? Casi siempre uno encuentra el relámpago cuando hace preguntas. Por eso le invito siempre a que usted se acerque a la Palabra de Dios, no solamente oyendo. Porque esa capacidad de oír y oír y oír la tienen también las sillas, los muebles, los libros. Lo interesante es que uno oiga y procure entender. Entonces, para eso es bueno hacer alguna pregunta. Y una pregunta muy importante aquí es ¿Cuál es la verdadera diferencia entre las necias y las prudentes? ¿Dónde está esa diferencia? Esa es una buena pregunta. El hecho de que Cristo nos haya contado que todas se durmieron quiere decir que la diferencia no va en términos de esa clase de virtud. ¿En dónde estará la diferencia? Pues la única diferencia que encontramos en la parábola es que unas llevaron consigo esos recipientes llamados "alcuzas", o sea que llevaban la lámpara y llevaban la alcuza. Las necias llevaban la sola lámpara. Seguramente cargar con aceite era una cosa aburrida, no solamente por el peso, sino porque el aceite tiene una capacidad increíble de ensuciar todo. Póngase usted a cargar aceite por ahí y verá que, no sé cómo lo logra, pero el aceite siempre lo mancha uno. Entonces las necias no llevaron alcuzas y las prudentes sí llevaron alcuzas. Esa es la única diferencia. Pero más allá del objeto material, ese pequeño recipiente para llevar el aceite, ¿En dónde está la diferencia? La diferencia está en que las prudentes se dijeron a sí mismas, ¡Esto puede tardar! ¡Esto puede tardar! Hay que prepararse para largo. Hay que prepararse para la larga espera. -Esto puede tardar.- En cambio, las otras llevaban sus lamparitas, pero no hicieron ese razonamiento. No cruzó aquel pensamiento por sus mentes. Esto puede tardar. ¿Sabe una cosa? Esa pequeñísima, esa minúscula frase, es tan importante. Hay otros textos donde Jesús nos invita a ser previsivos, a hacer cuentas del esfuerzo que viene más adelante. Por ejemplo, dice Cristo: -Cuando usted vaya a construir, ya se trate de un monasterio, una hospedería, lo que sea, cuando usted vaya a construir, haga cuentas, haga sumas. Me alcanza, no me alcanza. Mire hacia adelante.- Eso es lo que significa una previsión. Previsión. Hay que mirar hacia adelante. ¿Esto me alcanza? Cuando un rey sale al encuentro de otro y el rey tiene diez mil soldados y el otro tiene veinte mil, tiene que hacer sus cuentas. Bueno, hay una palabra en nuestro tiempo. Hay una palabra que creo que captura mucho de esta idea. Esa palabra se llama -Sostenibilidad.- Y en la Iglesia Católica, los maestros de la sostenibilidad son los monjes y las monjas. Por supuesto, porque un monje, sobre todo con esa sabiduría, haga de cuenta de un San Basilio, de un San Agustín, de un San Benito. Los monjes no están pensando solamente en las explosiones de entusiasmo, porque todos tenemos en la vida espiritual momentos explosivos de entusiasmo en que nos derretimos de amor por Dios y en que decimos todo para Él. Pero el que es previsivo, el que ve hacia adelante, sabe que ese entusiasmo no es de todos los días ni dura todo el día. Entonces hay que hacer cuentas. Esto puede tardar. El objetivo de la vida monástica siempre es la gloria del cielo. Siempre es la entrada en el banquete. Siempre es el abrazo y el beso con el Cristo amado. Ese es el propósito de la vida monástica. Siempre. Pero esto puede tardar. De aquí a que llegue el abrazo final a mi amado. De aquí a que yo escuche aquellas palabras, -Pasa al banquete de tu Señor.- Falta tiempo. Esto puede tardar y la palabra que se utiliza es la palabra sostenibilidad. La sostenibilidad es una obra de la sabiduría. O, para ser más precisos, es una obra de la prudencia. Es la capacidad de dosificarse sin dejar de amar, sin dejar de entregarse, sin dejar de esperar, sin dejar de anhelar dosificarse, sin dejar de amar y de esperar. Es saber consumirse. Esa es otra manera muy bella de describirlo. ¿Cuánto tiempo falta para el abrazo con el amado? Pensemos, por ejemplo, en una joven religiosa. Vamos a suponer que tiene 20 años de edad, según los estimados actuales, 20 años de edad quiere decir que le quedan fácilmente 70 años sobre esta tierra. Muy fácilmente, y más también, 70 años. 70 años significan por ahí otras dos sedes. Entonces la joven religiosa tiene que hacer cuentas. Estoy preparada. No para un año. No para un mes. No para esta priora o esta otra. No para este capellán o este otro. Toda esa gente se va a morir. Como diría por ahí, una monja medio descreída. -Para bien o para mal- toda esa gente se va a morir. Y lo que hay que pensar es cuando todo eso suceda, seguiré yo amando a Cristo, seguiré buscando a Cristo, seguiré anhelando a Cristo. Esto puede tardar. Esa es la diferencia entre las prudentes y las necias. Las demás cosas. Los demás elementos de la parábola simplemente son completar el retrato de cómo es la vida humana. La gente es egoísta y la gente es dormilona. Esa es la realidad de la vida. Pero uno tiene que captar el relámpago y el relámpago es la sabiduría para decir y para decirse: Esto puede tardar. Se necesita entonces paciencia y sabiduría. Se necesita saber administrarse. Tengo varias amistades en otras comunidades, sin dejar de ser fiel a Santa Inés, claro está. Y en un monasterio de clausura de otra comunidad. No se trata de dominicas. He acompañado. He ayudado. Espero. Espero haber podido ayudar a una religiosa que tiene una terrible impaciencia con su superiora, pero terrible. Yo me pongo a pensar de qué tamaño es la espera de ella. De hecho, según mis cuentas, esta hermana, la superiora, está terminando su tiempo en cosa de meses. Casi digo de semanas. Entonces uno necesita una visión alta para no dejarse llevar por el día de entusiasmo ni por el día de desolación. Se necesita levantarse como esos aparaticos que llaman drones, que son como helicópteros. Parecen de juguete y eso se levanta y tiene una camarita muchas veces y desde allá filma la vida espiritual. Necesita que tú seas también así, una visión alta, un saber que la gente pasa, que las cosas pasan. Ese saber levantarse, eso es propio, muy, muy propio de la vida monástica, ese tener los ojos serenos para saludar lo que llega y para despedir lo que se va. Esos ojos que saben amar. Aquella flor que también se va a marchitar. Y saben despedirla con paz. Esos son los ojos del monje. Los ojos que saben ver el invierno que llega sin temor porque se va a acabar. Y saben ver la primavera que llega con alegría y gratitud sabiendo que se va a acabar. Esto puede tardar. Hay que respirar profundo, hay que mirar lejos. Hay que mirar lejos. Sobre todo porque nosotros, nosotros somos solo un pequeño, un pequeño pasito dentro de la inmensidad del camino de la gracia, es inmenso el camino de la gracia. Atraviesa siglos y siglos y siglos. Entonces es una mezcla de humildad y sabiduría. Es una mezcla de paciencia. No se trata de no entregarse, se trata de saber entregarse. Se trata de saber entregar el día y luego entregar la noche. Y luego entregar el día y luego la noche y entregar el día y entregar la noche. Saber que un día mi salud se irá como se fue la flor del campo. Un día se me va a ir la salud. Un día se me van a ir las fuerzas. Un día se me van a ir los amigos. Un día se me van a ir las oportunidades. Un día yo no voy a importar más. La vida comunitaria nos ayuda extraordinariamente en eso. Extraordinariamente uno ve cómo la gente sube y baja y cómo nosotros subimos y bajamos y cómo todos vamos camino de la irrelevancia y del anonimato y del silencio. Y en ese silencio, y en esa humildad y en ese anonimato, es cuando verdaderamente nos preparamos para decirle a Dios: "Mi Señor, mi Dios y mi todo". Esa es la sabiduría, esa es la humildad, esa es la paciencia, esa es la prudencia, y esa es también la vida cristiana. Y esa vida cristiana, vivida con intensidad, vivida, con amor, vivida, con entrega de cada día. Esa, esa es la vida monástica.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|