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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Solo el que está profundamente decepcionado de las capacidades del ser humano se da cuenta para qué vino Cristo, y por qué era necesario que padeciera.
Homilía ao32008a, predicada en 20201108, con 5 min. y 43 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! Va terminando el año litúrgico y a medida que nos acercamos al final, hay un mensaje que Cristo nos repite con frecuencia que estemos preparados, que estemos despiertos, que estemos aguardando. Este mensaje de Jesús es algo que puede parecer muy extraño en nuestra época. Parece que nuestra vida depende más bien de otros factores. Depende de las previsiones del gobierno, depende de la salud que uno conserve, depende de las reservas económicas o previsiones económicas que uno tenga, etcétera. ¿Dónde entra Cristo en esa, digamos, en esa manera, como nosotros organizamos la vida hoy? ¿Dónde entra la expectativa por la llegada de Cristo? Es una pregunta difícil de responder. Más bien tendríamos que decir que para mucha gente no hay ninguna respuesta, por la sencilla razón de que no hay ninguna pregunta. El tema simplemente no les interesa. Quizás les parece que todo esto del retorno de Cristo como Rey glorioso para la humanidad, o incluso la visita misma de Cristo a mi propia vida, a tu propia vida es algo que pertenece más bien a la fantasía, al folklore, a la mitología. ¿Cómo podemos nosotros reforzar esa idea de esperanza como esperanza en Cristo? No la esperanza fácil, no la esperanza suavecita que es la esperanza de un mundo mejor. ¿No? Vamos a luchar por un mundo mejor, vamos a entendernos entre todos y vamos a cuidarnos entre todos. Y vamos a tener una casa, una casa mejor organizada, un mundo, un mundo más amable. La esperanza cristiana va mucho más allá de tener este mundo más organizado. La esperanza cristiana va más allá de tener este mundo en condiciones de justicia o en condiciones de solidaridad mejores que las que tenemos ahora. De hecho, hay muchos que hablan sobre esa búsqueda de solidaridad, esa búsqueda de justicia y para buscar esos bienes que son bienes lícitos, ni más faltaba, pero que son bienes intramundanos, que son bienes propios de este mundo. Para hablar de esos bienes no es necesario ni siquiera ser cristiano. Casi podemos decir que las personas de todas las edades, de todas las culturas han tenido deseos semejantes, es decir, una vida tranquila, próspera y feliz. Y ya está que tendré que morirme, pues tendré que morirme. Pero una vida tranquila, próspera y feliz. Ahí está. No necesito más. Bueno, ¿Cómo podemos renovar nuestra esperanza e incluso contagiar de esa esperanza a otros? Yo creo que es muy importante darse cuenta que nuestra esperanza cristiana está profundamente unida a una desilusión. Es decir, porque nosotros, dado que nosotros no nos ilusionamos fácilmente, no nos ilusionamos con lo simplemente humano, por eso creemos en la importancia de la acción de Cristo, de lo que Cristo ya ha hecho y de lo que Cristo habrá de hacer. Esta es la sabiduría de la que nos habla la primera lectura de hoy. No es simplemente el acomodarnos a esta tierra, no es simplemente organizar mejor esta vida. Es más bien descubrir con la luz de la sabiduría, repito, esa sabiduría de la que nos habla la primera lectura. Descubrir con esa sabiduría una profunda desilusión, una profunda decepción. Solo el que está profundamente decepcionado de las capacidades del ser humano. Se da cuenta para qué vino Cristo. Por qué era necesario que Cristo padeciera. Qué significa entonces; -eso lo entiende uno en ese momento- ¿Qué significa entonces que Cristo es Señor, que Cristo quiere realmente transformar nuestras vidas? En síntesis, el mundo tiene sus esperanzas, que son esperanzas planas, de corto vuelo, repetidas y siempre defraudadas. El cristiano se da cuenta de que esa esperanza está apoyada en una ilusión sobre las capacidades humanas y, por consiguiente, tiene que partir de una desilusión realista sobre lo que es el ser humano, para entonces, dar el paso decisivo. Apoyarse en Cristo con todas sus fuerzas y con todo su amor. Esa es la raíz de la esperanza propiamente cristiana.

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