Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Al final del Evangelio, Cristo exhorta vivamente a sus discípulos a permanecer atentos y fieles, vigilantes desde la fe y el amor.

Homilía ao32004a, predicada en 20111106, con 4 min. y 37 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo!

Feliz día del Señor. Y bueno, vamos llegando al final del año, del año civil, pero también al final del año litúrgico. Nos ha acompañado durante este año San Mateo. La Iglesia distribuye los evangelios por años para los domingos, de modo que en este año tenemos lo que se llama el ciclo A y es Mateo quien nos ha venido acompañando en la gran mayoría de los domingos. El año entrante tendremos el ciclo B y será el turno entonces de San Marcos y el siguiente será el año o el ciclo C con San Lucas, luego nuevamente Mateo, Marcos y Lucas, y así sucesivamente ciclo A, ciclo B y ciclo C.

Eso quiere decir que si una persona asiste juiciosamente a la misa del domingo, en el curso de tres años, habrá escuchado los principales pasajes, prácticamente todo el Evangelio, explicado en su parroquia o en el lugar donde se reúne para alimentarse de la Palabra de Dios.

Porque la Eucaristía dominical tiene dos mesas: la mesa de la Palabra y la mesa propiamente Eucarística; y tenemos que alimentarnos de ambas, porque ciertamente se iluminan en su misterio la Palabra y la Eucaristía. Podemos decir que la Palabra nos revela quién es ese Cristo que luego se da a nosotros y la Eucaristía da la realidad, crea en nosotros ese vínculo maravilloso de unión con Dios y de unión como cuerpo de Cristo. Por eso es importante, al asistir a la Misa, estar tan atentos al recibir la comunión, como atentos al oír la Palabra.

Como hemos recorrido a San Mateo, es de suponer que ya al final del año vamos llegando al final de este Evangelio, y así es. Estamos en el capítulo 25, y ¿dónde se encuentra Jesús en ese momento, en ese capítulo 25?, está ya en Jerusalén, y su predicación adquiere un tono dramático porque se trata del final de su propia vida, se trata del final de Jerusalén, y sobre todo, se trata del final de la antigua Alianza.

Dios había prometido por medio de los profetas, especialmente Jeremías y Ezequiel, por citar a dos de los más notables, había prometido una nueva alianza y esa nueva alianza tenía que inaugurarse en la carne y en la sangre del Cordero de Dios. Porque la alianza con Moisés se había sellado en la sangre del Cordero pascual, es decir, el Cordero tomado de nuestros rebaños, aquí es, en cambio, el Cordero de Dios.

Es el Cordero que Dios mismo ha provisto para el sacrificio; y por eso hay ese tono dramático, y por eso Jesús quiere que nosotros estemos intensamente despiertos, estemos profundamente atentos, porque Dios nos visita, porque Él vuelve, porque Él no está ausente de la historia. Ese tono, ese tono, podemos llamarlo dramático, esa exhortación viva, ese llamado que brota del corazón de Cristo, va a estar muy presente en estas próximas semanas.

Es el Señor recordándonos que la historia humana no solo tiene un comienzo y no solo tiene un desarrollo, sino que también ha de encontrar su conclusión en Dios. Y por eso es bueno que al llegar a este final del año litúrgico, nosotros hagamos reflexión sobre qué camino estamos siguiendo y si estamos realmente preparándonos para encontrarnos con el Señor.

Porque se dicen muchas cosas sobre el fin del mundo, pero sea cuando sea la fecha que Dios haya escogido para esos últimos acontecimientos de la historia del mundo, nuestra historia personal, ciertamente se va a encontrar cara a cara con Cristo. ¿Estamos preparados? ¿Nos estamos preparando?.

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