Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía ao32002a, predicada en 19991107, con 11 min. y 58 seg.

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Transcripción:

Mis amados hermanos. El tiempo se va acabando. Este año litúrgico está a punto de terminar. La Iglesia termina el año litúrgico en el domingo número 34 del tiempo ordinario. Tal vez usted no sabe lo que es el tiempo ordinario, pero sí le cuento que ya vamos en el domingo número 32, de modo que ya queda poco tiempo para que culmine el año litúrgico. Este año civil, también se está terminando y particularmente este año tiene cierto sabor de final, porque nos han dicho por todas partes que este es el año final del milenio, cosa que no es cierta, porque el milenio, para los que han hecho bien las cuentas, termina el 31 de diciembre del año 2020, sino que el comercio aprovecha por partida doble.

Entonces este año se acaba un milenio y el otro año se va a acabar otro milenio. Póngale cuidado y verá. Este ambiente de final de milenio pone a las personas a reflexionar. Los periódicos, por ejemplo, sacan series de hechos. Cuáles son los hechos más sobresalientes de los últimos mil años o cuáles son los inventos más importantes de este siglo. O cuáles son los personajes más grandes de la historia cristiana, o así sucesivamente. Es una época como para hacer balance. Es una época como para pensar qué hemos hecho, qué estamos haciendo y qué vamos a hacer. No faltan tampoco los profetas de desgracias. El año 2020 va a ser un año terrible. Se va a acabar todo. Todo va a explotar. No sabemos si suceda en el año 2020 o en lo que queda de este año. Eso no lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que Jesucristo, sin ser un terrorista, nos invita a vivir precavidos, a vivir despiertos, a aprovechar el momento presente, a no dormirnos como se durmieron estas doncellas que no tenían aceite para sus lámparas. En el momento decisivo. Hemos sido golpeados hace unos días con la noticia trágica de aquel avión egipcio que partió del aeropuerto John F. Kennedy y cayó en el mar. Días después supimos otra parte de la noticia que a mí personalmente me impactó mucho. Todo indica que el avión se vino en picada, bajó hasta cerca de 10.000 pies, como unos tres kilómetros, digamos 3.000 metros. Logró levantarse hasta 24.000 pies en una maniobra desesperada y luego ya no pudieron con el aparato y se vino al agua y se acabó. ¿Sabe por qué me impacta más esa noticia? Porque esto quiere decir que la gente que estaba en ese avión vivió una agonía espantosa.

Si usted analiza lo que significa ese recorrido desde 33.000 a 10.000, a 24.000 y a cero. Usted piensa que ahí hubo un trecho, hubo un lapso trágico, terrible. Con razón muchas personas sienten terror de subirse a los aviones. Aunque las cifras de accidentes de tránsito indican que es mayor el número de personas que mueren en tierra, que el número de personas que mueren en accidentes aéreos. Estos accidentes nos hacen recordar un pasaje del Evangelio en donde se cuenta un accidente en el que murieron 18 personas. Le fueron a contar a Cristo que se le había caído una torre a 18 galileos y los había sepultado. Y la respuesta de Cristo fue inmediata: "Ustedes creen que esa gente era más pecadora que ustedes? Pues si ustedes no se convierten, todos van a morir del mismo modo".

El solo hecho de pensar en la muerte, la muerte que nos espera a todos, la cita que todos tenemos, le invita a uno a mejorar la vida. No se trata de volver a una predicación del miedo, pero sí de recuperar una sensatez. Esa sensatez cristiana que es propia de los que somos conscientes del momento final. No sabemos en qué momento regresará Jesucristo. Nuestra fe dice que Cristo vendrá por segunda vez. Vendrá glorioso a consumar la historia humana. No sabemos cuándo será ese retorno, pero sí estamos seguros de que hay una visita definitiva de Cristo a nuestra vida. Y esa visita, esa visita última, no puede fallar, no va a fallar y es la que corresponde precisamente a la hora de nuestra muerte. ¿Qué podemos sacar como enseñanzas para nosotros?

Como los próximos domingos van a volver sobre estos mismos temas, yo no me siento obligado a agotar lo que habría que decir. Solo quiero dejar tres puntos muy concretos. Primero hay que meditar sobre el misterio de la muerte con paz y con fe. Pero hay que meditar sobre la muerte para mejorar la vida. La superficialidad, la vanidad son compañeras inseparables de una vida que nunca medita en nada trascendente. El pensamiento de la muerte, recogido con serenidad, le hace a uno mejorar la vida. Segundo punto. Preparemos para la muerte no solo a los que están más adelantados en edad. Yo no creo que yo sea una persona muy mayor. De mis compañeros de colegio ya han muerto cinco personas, cinco de mis compañeros ya murieron y yo no creo que yo sea muy mayor. No sé si es que ya me estoy diciendo mentiras.

Hay que enseñar a los niños y a los jóvenes que la muerte existe. No hay que maquillarla, no hay que quitarla. La oración en familia, cuando llega la muerte es la mejor catequesis para los niños y para los jóvenes. Además, hay que traer el tema de la muerte con serenidad, pero hay que traerlo a los hijos. En esta semana tuve que atender en consejería a una persona psíquicamente fracturada, enferma. ¿Motivo? Se le murió la mamá. Mi mamá no se me ha muerto todavía. Me imagino que me dolerá en el alma la muerte de mi mamá. Pero. Pero entonces ¿A cada persona que se le muera la mamá tiene que salir para un siquiatra? la mamá enseñó a la hija a vivir, pero no enseñó a la hija a vivir sin ella.

Papás, hablen con serenidad, hablen con paz, hablen con realismo de la muerte. Figúrese que la semana antepasada fui a administrar los santos óleos a una señora de avanzada edad. Y aquí va la tercera y última enseñanza. La señora había pedido semanas enteras: -Tráiganme al sacerdote, Quiero confesarme, tráiganme la unción de los enfermos. Yo me voy es a morir como un perrito. Tráiganme al sacerdote.- Pero además, no quería cualquier sacerdote. Ella decidió que el sacerdote que Dios le había mandado para que la confesara era yo. Entonces yo tenía que ir allá. Bueno, con caridad y con amor, la familia y este servidor facilitamos las cosas. Y llegué allá.

La señora hizo una larga confesión de cerca de una hora y después llegó el momento de la unción de los enfermos, cuando ya tenía yo el dedo mojado en el aceite bendito para la unción de los enfermos, pega un grito la a la señora. . . "¿Y si me muero? Y qué tal que me muera yo con esa unción?" Este es un tiempo precioso para recuperar el sentido de la unción de los enfermos y de la oración de unos por otros. Yo sé que ustedes están más o menos en buena salud. Si están aquí a esta hora, con este frío, quiere decir que la salud está bastante bien. Y porque están en buena salud, les puedo decir a ustedes, no esperen para la administración del sacramento de la unción de los enfermos, a que la persona esté inconsciente, esté muerta o haya acabado de morir.

La unción de los enfermos sobre esto no se predica nunca. Por eso estoy hablando hoy aquí. La unción de los enfermos, como todos los sacramentos, es un sacramento para vivos y para la vida. Si usted siente que la vida está en peligro por la edad o porque la enfermedad se agrava, no espere hasta el último momento cuando ya la arterioesclerosis cerebral y la demencia senil hacen de las suyas; para entonces, como esta pobre señora, entrar en pánico. -¿Y si me muero?- Nosotros sabemos que los sacramentos son para los vivos y son para la vida. Así pues, nuestras enseñanzas. Meditemos sobre la muerte. Enseñemos a convivir con la realidad de la muerte sin tragedias, sin superficialidad, y aprendamos el verdadero sentido de la unción de los enfermos para recibir los bienes de amor que Dios nos tiene ahí.

Les invito a que sigamos participando de esta Eucaristía y de las Eucaristías de estos próximos días. Estos temas relativos al final van a seguir apareciendo.

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