Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La relación entre el amor a Dios y al prójimo consiste en que a Dios lo amamos porque Él nos amó primero, y ese exceso de amor recibido hace posible que amemos al prójimo.

Homilía ao30008a, predicada en 20171029, con 5 min. y 36 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo para todos!

El Evangelio de hoy sintetiza la vida cristiana en dos mandamientos. La simplicidad de esta consigna que Cristo nos da hoy, contrasta con la terrible complejidad que solía acompañar la vida de los fariseos y sus enseñanzas; atrapados en multitud de normas y en un laberinto de interpretaciones, ni siquiera ellos mismos entendían claramente qué era lo más importante; se puede decir, que habían perdido el horizonte.

Jesucristo nos da una brújula muy precisa con las palabras que hemos escuchado el día de hoy. Esa brújula es el amor a Dios y el amor al prójimo. Algo que debemos destacar es la palabra que utiliza el Señor. -Dice que el primer mandamiento, el del amor a Dios, es semejante al segundo-, y es bueno que nos preguntemos: ¿en qué consiste esta semejanza?

Tal vez una primera manera de entenderlo sería con la palabra misma amor, si estamos hablando de amor, que es amor a Dios y estamos hablando de amor al prójimo, entonces hay una semejanza. Como la persona que pudiera comparar: Yo amo a mi papá y amo a mi mamá, o por ejemplo yo amo a mi patria y amo mi tierra o mi familia, ¿Pero será ese el verdadero origen de la comparación? ¿Será que estos dos amores se comparan simplemente en la medida en que ambos son actos de amar?

Da la impresión de que haya algo más profundo aquí. . ., efectivamente, si nos ayudamos de otros textos, nos damos cuenta que nuestro amor a Dios no es algo que brota simplemente de nosotros, sino que más bien, es la respuesta que nosotros le damos al amor que Él nos ha manifestado primero.

Así lo leemos explícitamente en la primera Carta de San Juan: -En esto consiste el amor-, dice ese texto de San Juan, -No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero-. Si nuestro amor a Dios es ante todo una respuesta al amor que Dios nos ha dado primero, nos damos cuenta entonces que al hablar de amor al prójimo, las cosas tienen que ser un poco distintas.

Efectivamente, muchos prójimos que uno se encuentra en esta vida no son personas que lo amen a uno, ni tampoco que tengan la iniciativa de amarlo a uno primero. Así que, si bien es cierto que nuestra respuesta de amor a Dios proviene de la iniciativa divina, no podemos decir que nuestro amor al prójimo provenga de la iniciativa del prójimo. Esto nos hace suponer que hay una diferencia real entre estos dos amores; y sin embargo, Jesucristo dice que son amores semejantes.

Entonces tratemos otro camino: Quizás podemos hablar de que son amores semejantes, porque el mismo contenido de amor que nosotros recibimos de Dios es el amor que nosotros entregamos al prójimo. Algo parecido al correr de un río; el río del amor de Dios que visita mi vida, es el mismo río que yo, luego prolongó de manera que pueda llegar a mi hermano, de manera que pueda él también sentirse amado. En este sentido, hay una semejanza entre los dos amores, porque evidentemente lo que yo he recibido es lo mismo que yo entrego.

Siguiendo con la comparación del agua fresca y bella de ese río, la misma agua que yo recibí y que me renovó, es el agua que yo quiero dar a mi hermano, que yo quiero dar a mi prójimo. Y eso quiere decir que hay una semejanza. Además, Dios me amó de una manera gratuita, podemos decir sin ponerme condiciones. Y en ese sentido, el amor que yo doy al prójimo, que es como una prolongación del amor que Dios me dio primero, también puede tener esa característica.

Así, por ejemplo, el amor de compasión que tenemos por las personas en necesidad no proviene tanto de lo que nosotros vayamos a recibir de ellos, sino mucho más, proviene del hecho de que el amor que Dios ha sembrado en nuestro corazón quiere también alcanzar a esas personas. Estas consideraciones creo que nos ayudan a entender la nítida y hermosa relación entre el amor a Dios y al prójimo.

A Dios lo amamos porque nos amó primero y el exceso de amor que nosotros recibimos de Dios es el que hace posible que entonces nosotros con ese mismo amor, amemos al prójimo. Así, por ejemplo, dice el apóstol San Pablo en la segunda Carta a los Corintios: -Con el mismo consuelo que nosotros recibimos, nosotros queremos consolar a los que están sufriendo-.

¡Qué relación tan bella entre el amor a Dios y el amor al prójimo!

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