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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Si el amor resume la Ley y los Profetas es porque se vuelve reconocible en frutos acordes con la Ley y los Profetas.
Homilía ao30006a, predicada en 20141026, con 4 min. y 59 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! Este ya es el domingo número treinta dentro de la serie de domingos del tiempo llamado Ordinario, y esto quiere decir, que poco a poco nos vamos acercando al final del año litúrgico. También vamos llegando al final de nuestra lectura del Evangelio según San Mateo, que es el Evangelio que nos ha acompañado particularmente en los domingos de este año; por eso este año se llama el Ciclo A, el año entrante será el año de San Marcos, el ciclo B y después tendremos el ciclo C, el de San Lucas. Esta repartición de las lecturas en ciclos para los domingos quiere decir, por una parte, que necesitamos distintos enfoques, distintas aproximaciones al misterio de Cristo, pero también es una invitación para seguir de cerca el estilo, la manera, la unción que cada uno de los evangelistas tiene. Este domingo número treinta contiene un texto del capítulo 22 de San Mateo: Es la gran pregunta por el mandamiento más importante. ¿Qué es lo más importante? Hay que tener en cuenta que si hablamos de los fariseos, que fueron los que hicieron esta pregunta, para ellos no se trataba simplemente de un asunto intelectual o de un asunto teórico; como había tantos maestros de la ley, la respuesta que Cristo diera lo iba a poner dentro de alguna de esas escuelas de pensamiento. Es decir, ellos lo que quieren es clasificar a Cristo, quieren saber en qué casilla se puede poner a Cristo, ¿Va con esta escuela? ¿Va con esta escuela? ¿A qué atenernos con Cristo? Por eso hacen esa pregunta, la respuesta del Señor, sin embargo, está por encima de las escuelas teológicas de aquella época y también por encima de las escuelas de teología o de espiritualidad de nuestro tiempo, la respuesta de Cristo va al corazón mismo de lo que Dios desea de nosotros. Aún más, va al centro, podemos decir, a la esencia de aquello que Dios es: Amarás, el amor está en el centro de los mandamientos; de ese amor dependen la ley y los profetas, nos dice Cristo. Por otra parte, el hecho de que el amor sea el compendio y el soporte de la ley y los profetas no quiere decir que las demás palabras de la Escritura estén de sobra. Más bien, un árbol necesita de la raíz, pero no es solo raíz, es también tronco y ramas. De la misma forma, la riqueza de la revelación bíblica en la ley y los profetas nos ayuda a reconocer la verdadera raíz. Creo que a menos que uno fuera un experto en botánica, a uno le costaría mucho trabajo ver simplemente una raíz y decir: -Ah, se trata de un árbol de manzanas o de un árbol de naranjas o de un árbol de higos-, solamente viendo la raíz, es difícil. Es en el tronco y las ramas es en las hojas, las flores y los frutos donde nosotros llegamos a conocer verdaderamente el árbol, como lo dice el mismo Cristo: "Por sus frutos los conoceréis". De modo que hablar de que el amor es el sustento y la raíz, no le quita importancia a todo aquello que brota del amor, a todo aquello que tiene que ser fruto del amor y que nos permite reconocer qué tipo de amor es el que tenemos realmente en el corazón. Porque tal vez sí tenemos amor, pero no el amor que Dios ha implantado en nuestros corazones, sino un amor que viene simplemente del deseo, de la satisfacción o de la conveniencia. Así que el mensaje completo es: Tiene primacía el amor, pero el amor llegamos a conocerlo por sus frutos. Y el fruto más precioso, el fruto más perfecto del amor, es precisamente el que nos ha dado Cristo, con su manera de predicar, de vivir, de padecer en la cruz y de darnos entrada a la gloria de la resurrección.

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