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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La grandeza de Dios obra, toca y transforma a través de diferentes caminos; Él no está limitado a lo que alcanzan a ver nuestros ojos o a entender nuestra mente.
Homilía ao29005a, predicada en 20171022, con 6 min. y 41 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! La primera lectura de hoy fue tomada del capítulo 45 del profeta Isaías, el Evangelio del capítulo 22 de San Mateo. ¿Cuál es el parecido entre estas dos lecturas? Esta es una pregunta que uno debe hacerse con frecuencia cuando llega a la Santa Misa, porque nuestra Madre, la Iglesia, no propone lecturas porque sí. Hay siempre una relación, hay un mensaje que conecta a las lecturas y en ese mensaje suele haber algo de gran alimento para cada uno de nosotros. En el caso presente, nos damos cuenta que la primera lectura es un oráculo, es decir, un mensaje de Dios, una palabra que Dios le envía a alguien, pero lo interesante en este caso es que la persona a la que se dirige ese mensaje no pertenece al pueblo hebreo, es un extranjero, de hecho, es el gran líder del pueblo persa, en aquel momento, un hombre llamado Ciro. Hay que recordar que Ciro, fue el gran jefe de los persas que derribó, que quebrantó completamente el poder de los caldeos, y hay que recordar que la capital de los caldeos era Babilonia, y hay que recordar también, que los hebreos habían sido deportados a Babilonia. De tal manera que fue Ciro, el que hizo posible que los hebreos, los judíos que habían sido deportados a Babilonia, salieran de ese destierro y pudieran volver a su ciudad, pudieran volver a Jerusalén, para reconstruir poco a poco, en un proceso muy largo, incluso muy doloroso, pudieran reconstruir su ciudad. El hombre que hizo posible esto no fue un gran jefe judío, fue un extranjero, fue Ciro, rey de los persas. En el Evangelio se hace una mención de una persona que tampoco es del pueblo judío, estamos hablando del César, el emperador romano. La pregunta que le hacen a Cristo es, si hay que pagarle impuestos al César. De nuevo tenemos un tema interesante, porque no se trata de los tributos para el templo, no se trata de las ofrendas que se le quieren dar a Dios, sino se trata de impuestos para una potencia extranjera, y con esa pregunta que le hacen a Cristo, evidentemente quieren encerrarlo, le quieren tender una trampa. De modo que si Cristo decía que si había que pagar impuestos, entonces ya podían decir que estaba colaborando con el imperio pagano, con el imperio enemigo; y si Cristo decía que no había que pagar impuestos, entonces ya podían decir: -Este es de los rebeldes, este es un, este es como una especie de guerrillero-. O sea que era una pregunta muy aguda, muy inteligente, lo que llamamos una pregunta capciosa. Bueno, Cristo recibe esa pregunta, una pregunta que se refiere a un rey extranjero, o sea que nos damos cuenta, que la idea de un rey extranjero, es la que conecta la primera lectura y el Evangelio, capítulo 45 de Isaías capítulo 22 de San Mateo, ¿y por qué esa conexión? Porque aunque Ciro, ya lo hemos dicho, no pertenecía al pueblo judío, fue un instrumento de Dios. Es decir, Dios no actúa únicamente a través de su pueblo, ese pueblo que de una manera visible muestra la alianza con el Señor, Dios no actúa únicamente a través de ese pueblo, Dios precisamente es Dios de todos y por eso también a través de extranjeros, Dios puede estar actuando; o sea, los límites de Dios no son los límites del pueblo que Dios eligió. Observa lo que significa esa frase, la repito: -Dios no está limitado por las fronteras del pueblo que Él eligió-, y esto significa que nosotros, en la medida en que pertenecemos visiblemente a ese pueblo, tenemos en primer lugar que reconocer que Dios también actúa más allá de las fronteras visibles del pueblo, que nosotros somos, ese pueblo de Dios. Y en segundo lugar, debemos admitir que a través de esas personas y a través de esos pueblos, aunque no son su pueblo elegido, Dios también nos está hablando a nosotros. Por esa razón, la respuesta profunda al tema del impuesto al César, la respuesta profunda finalmente nos lleva a confesar la soberanía de Dios, la absoluta soberanía de Dios, ese es el punto. Es decir, nos lleva a reconocer que cuando nosotros obramos con justicia, por ejemplo, con el César, en el caso del tiempo de Jesús, pagando ese impuesto al César, nosotros no estamos ofendiendo a Dios, si estamos obrando en el orden de la justicia, porque lo bueno que nosotros recibimos del César o de quien sea, finalmente lo recibimos de Dios; porque Dios es más grande que las fronteras que nuestros ojos alcanzan a ver. O sea que no es solamente un tema político ni un tema religioso, es un tema teológico, es un tema bellísimo, de la grandeza de Dios que como causa primera, obra, toca, transforma, a través de tantos caminos y que no está limitado únicamente a lo que alcanzan a ver nuestros ojos o a lo que alcanza a entender nuestra mente.

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